
Luis
Cino
La
Habana, Cuba
Decía
Soren Kierkegaard: "Tengo que encontrar una
verdad que sea verdadera para mí… la idea
por la que pueda morir o vivir". Buscando
esa verdad y esa idea ha pasado su tiempo el escritor
cubano Edmundo Desnoes. Entre el temor y la angustia,
la abulia y el despiste, su búsqueda sigue
siendo infructuosa.
Un
año en Venezuela, cuatro meses en un islote
desierto de las Bahamas y cuatro años en
New York consumieron más de la mitad de
la década de los 50 sin que Desnoes lograra
encontrarse. Regresó a Cuba en 1960, convencido,
según sus propias palabras de que "nunca
sería nadie fuera de su país".
Desarraigado, con pretensiones existencialistas
y escrúpulos de pequeño burgués
arrepentido, creyó que la revolución
de Fidel Castro era su oportunidad de lucir y
brillar.
Empezó
por escribir un artículo vitriólico
contra la revista Visión -la misma de la
cual había sido redactor durante su época
neoyorquina- en cuanto esta inició sus
ataques contra el nuevo gobierno cubano. En sus
novelas "No hay problemas" y "El
cataclismo" reflejó el desmoronamiento
de la burguesía cubana ante el ímpetu
de la revolución. No tuvo que esforzarse
demasiado. Las contradicciones de sus personajes
eran las mismas que él vivía.
Desnoes
estaba ya plenamente advertido de que el verdadero
artista siempre será un enemigo del Estado,
pero eligió dejarse llevar hasta ver adonde
lo llevaba su compromiso con la revolución.
Decidió integrarse al torrente verde olivo
a sabiendas -alguna vez lo escribió- que
nadie se integra: "El hombre es, siempre
será, un desarraigado".
Edmundo
Desnoes anduvo por sus años revolucionarios
como quien cruza un lago helado. El wei wu wei
de Lao Tsé fue su solución: actuar
sin actuar, eligiendo sin elegir, confiado en
su comprensión más elevada de intelectual.
Sólo que es muy difícil, casi imposible,
el dilema shakesperiano de estar y no estar, y
ser o no ser, en taumaturgia simultánea,
más aún con semejantes jefes.
Ante
la imposible ubicuidad, Desnoes prefirió,
por su bien, hacerse insignificante, sentirse
en el socialismo un muerto entre los vivos, ser
nadie, como en sus días de New York. Ninguno
como el mismo Desnoes para ser crítico
consigo mismo. "¡Quien te ha visto,
Eddy, y quien te ve, Edmundo Desnoes! exclama
el protagonista de "Memorias del subdesarrollo"
cuando se desdobla para verse, maleado, lejos
de sus ideas, oportunista, fumando tabaco y con
la aprobación oficial, pontificando sobre
literatura revolucionaria.
"Memorias
del Subdesarrollo", título casi tomado
prestado a Dostoievski de "Memorias del subsuelo",
retrata el clímax de las contradicciones
y desgarramientos de un intelectual burgués
que ve derrumbarse su mundo sin lograr entender
nada del paraíso proletarizado que ve surgir
ante sus ojos: ajeno, provinciano, mugriento y
peligroso.
Desnoes
se obsesionó con el subdesarrollo y quiso
estar por encima de todos. Como en uno de sus
primeros cuentos, "Jack y el guagüero",
creyó entender a los dos, al cubano y al
americano. No quiso intervenir, quería
ver en qué paraba todo. Gozó la
situación, como Dios dejando a los hombres
actuar según su libre albedrío.
En
el fondo, no nos perdonó ser subdesarrollados.
De la revolución sólo le quedó
la fascinación por Fidel Castro. Un Comandante
a la altura del mundo con mayúscula, no
del Tercer Mundo. El problema era que la revolución,
la patria, el socialismo y todo, el Comandante
lo rimaba con muerte.
Desnoes,
antes que tanta grandeza, quiso vivir, ir más
allá de las palabras. Por eso se fue de
Cuba, como quien camina sobre un lago helado.
Se fue y no se fue, está y no está,
es y no es, Lao Tsé se sentiría
orgulloso de él, viéndolo en La
Habana del siglo XXI como jurado del premio Casa
de las Américas, coleccionista de trastos
para antologías revolucionarias.
Edmundo
Desnoes es moderado, conciliador, objetivo; lo
que no es, no puede ser, es optimista, la culpa
fue del subdesarrollo, el culpable ahora es el
desarrollo. No se pierdan la nueva entrega: "Memorias
del desarrollo", que también fue llevada
al cine.
La
versión cinematográfica de Tomás
Gutiérrez Alea de "Memorias del subdesarrollo",
de 1968, será lo que hará perdurar
la novela de Edmundo Desnoes. Olvidaremos los
desgarramientos existenciales y los cargos de
conciencia del escritor. Nos será difícil
identificar a un galán protagónico
devenido en anciano funcionario que propugna la
amistad de los pueblos con una dictadura añeja.
Lo
que perdurará en el arte cubano de las
dubitaciones de Desnoes es lo que en la película
vio el actor Sergio Corrieri a través del
catalejo: el monumento al Maine con el águila
amputada, el mar, los techos de La Habana, la
ropa tendida en las azoteas, las palmas, los pinos
sucios y los álamos verdes de El Vedado.
Cuando pase la tormenta, al menos tendremos que
agradecerle a Edmundo Desnoes haber inspirado
a "Titón" la mejor de sus películas.
Foto:
Edmundo Desnoes.