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El primo Fidel

 

Tania Díaz Castro

Hace tiempo que estaba por escribir esto que les cuento. Inés María Domínguez Castro es una de mis tantas primas por la rama materna. Vive y trabaja como maestra en Camajuaní, municipio de la provincia Villa Clara. En sus visitas a La Habana, y durante años, cada vez que venía a verme lo primero que me decía era que Fidel Castro era primo nuestro. Supongo que primo octavo o noveno, si sacamos bien la cuenta.

Eso era lo que quería Inés María, que yo sacara la cuenta, que indagara, que fuera a la embajada de España en busca de una pista. Yo terminaba muerta de la risa, porque sus grandes ojos claros cobraban un raro brillo de entusiasmo mientras me hablaba de lo mismo.

Se basaba mi prima en la sospecha que tenía mi madre, ya fallecida, y hermana de la mía, sobre el parentesco que podía existir entre Juan Castro, mi abuelo materno y Ángel, el padre del presidente cubano.

Al parecer, fueron las palabras que dijera mi tía Ofelia, madre de Inés María, antes de irse al otro mundo. "Investiga, mi hija -le dijo-, investiga".

Yo, a la verdad, jamás hice nada para conocer mi supuesto parentesco con Fidel Castro. Eso me tenía como si nada. Porque, ¿qué ganaríamos con saber que éramos primos octavos o novenos del dueño de Cuba, si total, nada íbamos a obtener que no fuera una perpetua vigilancia por parte de la policía política, por si un día se le ocurre a Inés María o a mí ponernos una peluca rubia y escapar de su Isla con un pasaporte falso, como le ocurrió a Alina, su hija verdadera?

Pero lo peor ocurrió después, hace más o menos un año. Se apareció Inés María a mi casa, sofocada, en un bici-taxi y con un grueso libro entre las manos, asegurándome que al fin traía la prueba que tanto había esperado. Puso el libro sobre la mesa. Se titula "Todo el tiempo de los cedros, paisaje familiar de Fidel Castro", escrito por Katiuska Blanco.

La portada es una foto de Ángel Castro, el padre de Fidel, en compañía de una jovencita delgada y de rostro inocente, que más parecía la nieta que la esposa.

En la página 30 de dicho libro hay un párrafo que Inés María me leyó en voz alta y nerviosa. "En su segundo viaje pensó establecerse en Camajuaní, un pueblo pintoresco de Las Villas, que debía su existencia al tendido de la línea ferroviaria para conectar las zonas azucareras con los puertos de la costa norte. Allí, un pariente suyo poseía una finca".

Hasta ahí la pista. Sí, efectivamente, se comentó en el seno de la familia que Juan, mi abuelo, quien se había incorporado al Ejercito Mambí para luchar por la independencia de Cuba, había perdido una finquita arrendada muy cerca del río Camajuaní. También se comentaba que finalizada la guerra se dedicó a criar cerdos para vender su carne por libras, y regalarla a quien no podía pagarla.

Inés María me regaló el libro con una dedicatoria: "Para que veas que mamá tenía razón". Lo leí completo. No, en absoluto: mi familia toda (me refiero a los Castro), gente sencilla, honesta, desinteresada y de ambiciones tan pequeñitas, no podía ser familia de aquel cacique llamado Don Ángel, y mucho menos de su hijo, el dictador.

Mi abuelo Juan Castro era un pedazo de pan que nada poseía. Por eso, cuando murió, ni dinero hubo para comprarle un ataúd.

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