
Por
Jorge Olivera
El
motor lanzaba un tenue silbido. Casi imperceptible.
Era un Mercedes Benz de la pasada década
del 90. Una pieza de lujo en una galería
de automóviles que luchan contra el tiempo.
Bronco y parsimonioso, un Chevrolet de hace 50
años envolvía la carretera con una
bocanada de humo negro. El Ford, despintado y
torpe, iba delante con unos pasajeros que parecían,
por el hacinamiento, los huéspedes de una
lata de conserva. De aquel Buick recuerdo sus
neumáticos con ganas de estallar y sus
ruidos de T-34, aquellos blindados que, en 1943,
le dieron la victoria al ejército soviético,
sobre el alemán, en la Batalla de Kursk.
Desde
la ventana del Mercedes podía pensar en
mis privilegios. No me contaba entre las víctimas
de las emanaciones lacrimógenas expedidas
por unos motores salvados de la chatarra gracias
al ingenio y a los enigmas. La temperatura tampoco
era un problema, lo contrario a los otros pasajeros
a expensas del vapor generado por una combustión
de vetas primitivas. Los baches pasaban inadvertidos
debajo de las ruedas. A la derecha del chofer
experimentaba el sosiego de una tarde a punto
de caer en las emboscadas del crepúsculo.
"Estoy
decepcionado". La frase se mezcló
con el sonido de Hotel California, la canción
que en la década de los 70 fue casi un
himno entre los jóvenes cubanos. Incrustada
en el panel del vehículo, la reproductora
servía de fondo a un monólogo que
apenas comenzaba.
De
entre los primeros acordes del grupo de rock norteamericano
surgían los síntomas de una catarsis.
El chofer se tornó severo y a la vez juicioso.
Habló del curso accidentado de una ideología,
la misma en la que había creído
con la probidad de un monje.
Denostaba
a la dirigencia que gobierna al país con
mano de hierro. Parecía un hombre herido,
arrastrándose para evitar la muerte. Sentí
alarma por el estruendo de un derrumbe espiritual.
Un ser con el alma hecha añicos frente
al timón, dueño de un destino incierto
y perdido en un bosque de decepciones, recurría
a las emergencias del desahogo.
"Voy
a entregar el carnet del Partido, aunque sé
lo que me espera", fue otra sentencia, al
parecer irrevocable de mi interlocutor. Por su
boca pude conocer los hilos de una ruptura y las
ideas de un viaje al exterior, sin retorno.
No
le pregunté su procedencia, ni los motivos
de sus tormentos. Tampoco si el automóvil,
de chapa particular, le pertenecía.
En
el asiento trasero del vehículo, había
una botella de ron Havana Club recién comprada.
"Voy a bebérmela entera esta noche,
me siento acorralado", afirmó el individuo
en un tono que desdibujó el epílogo
de una capitulación.
En
pocos minutos terminó el recorrido y pagué
los 20 pesos en moneda nacional.
El
hombre quedó allí con sus frustraciones
y en compañía de Don Henley, Randy
Meisner, Joe Walsh, Glenn Frey y Don Felder, los
muchachos del grupo Eagle interpretando su inolvidable
Hotel California.