
Maggy
Guaty Marrero
Cancún, México.
20/06/2006
En
un poblado cercano a la bahía de Jagua
(Cienfuegos, Cuba), y mucho antes de que arribaran
los españoles, vivía una hermosa
india de nombre Aipiri, que era la envidia de
las mujeres de la región, y el encanto
de los hombres.
A
Aipiri le gustaba llamar la atención, destacar
por su manera de vestir con prendas de colores
vivos, y adornos de flores, y por sus aptitudes
de bailarina y cantante. Poseía una hermosa
voz y estaba presente en todos los guateques y
reuniones, siendo la atracción principal
de dichos eventos.
La hermosa joven de lustroso cabello, y ojos rasgados,
se prendó de un joven siboney muy trabajador,
y gran cazador. Se unieron y formaron un hogar.Al
pasar de los meses como era natural, se fue aplacando
un poco la pasión, y Aipiri pasaba los
días ocupada en los quehaceres de la casa,
y esperaba pacientemente a que su esposo llegara
cansado de sus cacerías trayendo el sustento
del día.
Aipiri
se aburría, ya le fastidiaba el ser mujer
casada, quería volver a sus
diversiones, quería oír halagos,
cantar, bailar. Quería volver a hechizar
a los hombres con su simpatía y encanto.
Estaba hastiada, extrañaba su vida anterior.
Dio
a luz a su primer hijo, y el tedio se hizo aún
mayor. A la muchacha no
le hacía ninguna gracia tener que cuidar
de un niño llorón, día y
noche. Comenzó a ausentarse de la casa,
dejando sólo al bebé. Se juntaba
con los vecinos, iba a reuniones, a fiestas. Cada
vez pasaba más tiempo fuera del
hogar, aunque su marido ni cuenta se daba, ya
que Aipiri tenía sumo cuidado de regresar
a su casa, poco antes de que él volviera
de su diaria faena.
Así, de escapada en escapada, y de fiesta
en fiesta, pasó el tiempo y
ya contaban con seis hijos. Estos pobrecillos
pasaban hambre, y su madre no se ocupaba de cuidarlos,
ni siquiera de mantenerlos limpios, subsistían
como animalitos en total abandono. Los niños
lloraban, y lloraban, en aquel bohío en
medio del campo en donde nadie los oía,
ni podía ayudarles. Lloraban con un guao,
guao, guao.
Pero resultó que los escuchaba el demonio
Mabuya, espíritu malo que merodeaba la
región, y estaba muy atormentado con aquel
sonido que salía de las gargantas de los
niños al llorar. Y un buen día el
demonio ¡en un terrible arrebato de ira!,
decidió callar de una vez por todas aquel:
guao, guao, guao.... y convirtió a los
niños en matas de guao.
¡Pobrecitos
niños! por causa del alocado y desobligado
comportamiento de su madre, los convierten en
un terrible y cruel arbusto que produce llagas,
hinchazón y picazón a quién
lo toque. Pero esto no podía quedarse así,
la culpable era la madre, y claro, donde hay un
demonio malo tiene que haber una contraparte buena,
e hizo su aparición el espíritu
del bien.
Cuando
Aipiri llegó esa tarde a su casa no encontró
a los niños por ninguna parte pero en el
jardín habían crecido seis extraños
arbustos, la joven mujer se puso muy nerviosa,
algo había pasado ese día durante
su ausencia.
¡De
repente todo se oscureció alrededor de
ella!, Aipirí se sintió muy pequeña,
¿que le estaba pasando? alzó un
brazo y luego el otro, y.... ¡OH sorpresa
se encontró prendida en el techo! El espíritu
del bien, buscando venganza por lo que la mujer
le había hecho a sus hijos la había
convertido en Tatagua, era una mariposa nocturna,
esas feas y prietas a las que llaman brujas, ¡era
una mariposa bruja! Y así de esa terrible
manera, pagó Aipiri su desamor y frivolidad.
Señala
la leyenda que el esposo de Aipiri buscó
a su mujer e hijos por largo tiempo, y un día
desapareció del lugar y nunca más
se supo de él.
En
el mito popular existe la creencia de que si una
mariposa bruja entra a una casa es un anuncio
de mal agüero, sin embargo la intención
del espíritu del bien al transformar a
Aipiri en una de estas mariposas, fue el de advertirle
a las madres que su obligación era, y sigue
siendo, la de cuidar a sus hijos, y que jamás
una madre debe abandonar a sus retoños
ni descuidarlos.
Desde
entonces el guao es una planta temida y evadida
por todos, los niños
transformados en arbustos siguen solos, y le cuesta
caro a aquellos que se atrevan a tocarlos. Mientras
que la madre obsesionada por el mal que les hizo
a sus hijos, los busca de casa en casa, atemorizando
a los moradores de estas, que tiemblan con su
presencia creyéndola portadora de alguna
desgracia.