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Revista "Vitral" del Centro de Formación
Cívica y
Religiosa.
Diócesis
de Pinar del Río. Cuba. Año 12. No.
69.
Septiembre-Octubre de 2005
por:
Dagoberto Valdés
El
mundo de hoy necesita un nuevo CONTRATO CÍVICO
internacionalmente
acordado y globalmente vinculante.
Encontré sobre la mesa de un amigo el primer
número de la revista Contrapunto de América
Latina correspondiente a los meses de abril-junio
de 2005. Al hojearla me sorprendió la foto
de otro amigo, su Director, el Sr. Carlos Carnicero,
conocidísimo periodista español que
vive entre Madrid y La Habana. Casi al final, luego
de firmas muy conocidas, me encuentro con una muy
actual crónica cultural a cargo de otro amigo,
el narrador y editor Amir Valle.
No es sólo para alegrarme de tener amigos
en esta ventana recién abierta, sino para
confirmar que la revista es del tipo de publicaciones
que, quiera uno o no, se le pega a la mano y a los
ojos y no puedes dejar sin agotarla en la lectura
y rumiarla en la reflexión. Espero y deseo
que sea conocida, leída y debatida en Cuba
también.
Pero
lo que verdaderamente me ha motivado a escribir
este aporte es una de las secciones que más
honor hace al nombre y que está a cargo del
editor, Santiago Belloch, cuya Carta de Inicio de
la publicación es todo un desafío
y, un programa "Nacidos para el entendimiento".
La
sección mencionada se llama "El Debate
de Contrapunto" y la primera propuesta a discusión
es "Democracia y Estado de Derecho".
El artículo comienza planteando un tema que
daría, él solo, para un extenso y
animado debate: democracia y culturas. ¿Es
sano y aceptable para todos el concepto de democracia
que hemos acuñado desde la cultura occidental?
¿Es totalmente despreciable para otras culturas
o tiene algo universal que aportar a ellas en ese
diálogo intercultural y multiétnico
que debería abrirse paso cada vez con mayor
serenidad y seguridad en este mundo globalizado?
Coincido
con lo que dice Belloch de que "Desde esa posición
(la estrictamente cultural) la Democracia no sería
un bien absoluto, sino la consecuencia directa,
e incluso inevitable, de determinadas circunstancias
históricas, culturales, económicas
y sociales. Esa lectura del significado de democracia
implicaría la necesidad de buscar otro referente
más
estable, menos cultural, para las relaciones entre
los países y para la convivencia de los ciudadanos
dentro de cada país." (Contrapunto.
p. 58)
En este sentido, yo soy de los que cree que la democracia
no sólo debería ser un sistema de
gobierno, reducido a reglas y normas jurídicas,
centrada en partidos y elecciones, sino que la democracia
debería entrar a formar parte del referente
cultural de cada ciudadano y de cada pueblo.
No
se trata, desde mi punto de vista, de imponer el
concepto occidental de democracia, que de por sí,
creo que puede ser inspirador para otras culturas,
sino de compartir la formas de convivencia pacífica
y liberadora de todas las potencialidades humanas.
Para ello propondría un gradual proceso de
inculturación, respetuoso de las identidades
pero en diálogo abierto a una concepción
holística de la humanidad y de la creación.
Este proceso de comunicación y desarrollo
humano integral debería ser entendido como
el trasvase de la "esencia" a la conciencia
y la contingencia de cada cultura. Otros han llamado
a este proceso "transculturación",
aún cuando reconocen y condenan que queden
heridas y daños antropológicos propios
de las vicisitudes del camino, escogido o impuesto
desde fuera. (cf. Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano
de la caña y el tabaco).
Ese
daño-dicho sea de paso- debería evitarse
y es éticamente inaceptable aunque a veces
lamentablemente inevitable por la invasión
cultural de los centros hegemónicos. Buscando,
pues, el contenido de ese diálogo intercultural
para que se convierta en el "referente estable"
que pide Belloch, me atrevería a resumir
la "esencia" de la democracia entendida
desde el occidente, en varios puntos -creo yo- trasvasables
a otras formas de vivir y convivir, sin dañar
la cultura de esos pueblos y regiones, pues considero
que pertenecen al patrimonio común de la
humanidad:
- la dignidad y soberanía de cada persona
humana.
- su dimensión social que lo invita a vivir
como ciudadano en comunidad.
- el empoderamiento de cada ciudadano para ejercer
su soberanía y
- los mayores grados de participación de
los ciudadanos en el entramado
social, económico y político que le
permitan un desarrollo personal y
social armónico y pleno.
De esta forma, el referente pasaría de ser
exclusivamente cultural a ser un ethos, un carácter,
un perfil antropológico que compartimos todos
los seres humanos. De ser así debería
buscarse y lograrse un sano discernimiento de lo
que constituye la esencia humanista y que Enmanuel
Mounier llamó un personalismo comunitario
para salvarlo del individualismo liberal y del colectivismo
marxista, que emergieron de la post-guerra, en la
mitad del siglo XX, convertidos en sistemas totalitarios
y hegemónicos que dividieron nuestro mundo
en dos, con la llamada Guerra Fría en las
relaciones internacionales.
En algunos países aún vivimos con
cierta herencia de esa mentalidad que lastra cultural,
ideológica y políticamente la democracia,
herencia de la Guerra Fría que se anquilosa,
perseverante y defensiva en unos, trasnochada y
ofensiva en otros, como fantasma que puede regresar
y asoma su cabeza detrás de cualquier ensayo
de cambios, en muchos.
Esta perniciosa herencia es otro de los condicionantes
que hacen más urgente y necesario ese "referente
estable" que es como la piedra filosofal del
artículo de Belloch.
Cuba es uno de esos países que se debate
entre sus referentes históricos y su deseo
de una convivencia ad intra y unas relaciones ad
extra más centradas en lo ético-cívico
que en lo cultural-ideológico. Más
al servicio de la dignidad y los derechos de la
persona humana, toda ella y de todos ellos y ellas
y menos al servicio de estructuras de poder que
sólo alcanzarían su legitimidad si
logran "homologarse" con esos cuatro puntos
éticos que proponemos como esenciales para
la Democracia.
En camino hacia una ética de mínimos
de la que también nos habla Adela Cortina
en su obra Ética mínima, yo agregaría
a la propuesta de Belloch lo que podríamos
llamar como los cuatro perfiles del ethos democrático
que podrían conformar, a mi modo de ver,
la dimensión intranacional de ese "marco
ético" o "contrato cívico"
que estarían constituidos, en su dimensión
internacional, por las tres propuestas que nos llegan,
como signos de los nuevos tiempos, al final del
articulo puesto a Debate por Contrapunto...:
-La definición de un Estado de Derecho no
en cuanto a la elección de los tres Poderes
del Estado sino en cuanto a la independencia y mutuo
control efectivo entre ellos.
-Las garantías jurídicas, no juzgando
el contenido del cuerpo legal y normativo de un
país, sino su aplicación en general,
la no existencia de discriminaciones y que nadie
esté por encima de la Ley.
-El acatamiento activo al espíritu y la letra
de la Carta Universal de los Derechos Humanos asumida
por la ONU en 1948 y que marcaría "los
límites a que se obligan las leyes nacionales
y la actuación de los poderes públicos."
Desearía, además comentar dos de los
tres puntos que, sin duda, podrían estructurar
el ethos internacional de de ese "contrato
cívico". Con respecto al segundo desearía
que quedara claro que al decir que no se refiere
al contenido del cuerpo legal no significaría
que este no sería de la incumbencia del "marco
ético internacional" sino que es enmarcado
y regulado por el tercero de los puntos clave: La
Declaración Universal de los
Derechos del Hombre" que es, por cierto, como
se le conoce más universalmente.
Con referencia a este tercer punto, yo agregaría
los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y
Políticos, el Pacto Internacional de Derechos
Económicos Sociales y Culturales y los demás
Pactos y Convenciones que expresan la voluntad de
los pueblos y tienen carácter vinculante
para las naciones que lo firmen.
En nuestra revista Vitral, en su editorial 68, de
julio-agosto de 2005, abordamos esta necesidad urgente
de un "marco ético internacional",
en ese caso especialmente referido al campo de la
economía.
Considero que lo que Belloch llama "homologarse",
podría consistir en demostrar que la convivencia
ciudadana dentro del país en cuestión
y sus relaciones internacionales se encuentran en
lo admisible por ese marco ético o contrato
cívico y que, por ello, esa Nación
puede ser validada por la comunidad mundial como
un país que respeta y promueve la dignidad
de la persona humana y la solidaridad entre los
pueblos. Por otro lado, si algún Estado se
colocara a sí mismo fuera de estos límites
éticos, verificables y
comunes a todos, entonces debería responder
por su actuación ante la comunidad internacional
representada en esa autoridad mundial que pudiera
ser el Tribunal Penal Internacional o una Comisión
de Derechos Humanos reformada y con mayor credibilidad.
Personalmente comparto y deseo que se adelante esa
"hora de afrontar con seriedad, respeto y realismo
la elaboración de un escenario global de
convivencia entre ciudadanos y los pueblos".
En verdad, si somos todos "nacidos para el
entendimiento" entonces creo que también
hemos nacido para la convivencia pacífica,
participativa y plural.
Entonces todos habremos sido "descubridores",
o más bien, constructores de ese "territorio
de mínimos que pueda ser exigible, sin matices
ni paliativos, en el marco de una Sociedad de Naciones
con la autoridad y fuerza necesarias para cumplir
sus obligaciones."
En verdad sería como el descubrimiento de
ese Continente de la Democracia en el que todas
las naciones y culturas sean al mismo tiempo navegantes
y aborígenes de un mundo-aldea global lo
más participativa, respetuosa de la Dignidad
y de los Derechos y Deberes de cada persona humana
que entonces podría llegar a ser, gracias
a esa participación y a esa dignidad y derechos,
ciudadana, centro, fin y protagonista de una nación
llamada Soberanía y Solidaridad.
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