
Entrevista
al escritor cubano Rafael Rojas *
Por Nuria Azancot
Mayo de 2006
Considerado uno de los más prestigiosos
jóvenes historiadores hispanoamericanos,
Rafael Rojas aúna en Tumbas sin sosiego
tanto rigor, como conocimiento y pasión.
Sabe que su libro va a irritar a todos, a los
cubanos de dentro (por los horrores que describe
sin estridencias), y a los cubanos de Miami, por
creer en una salida a la dictadura castrista “no
violenta ni revanchista”.
Está
a punto de llegar a España, así
que desde México (donde vive desde 1991),
Rojas confiesa que sí, que sabe que este
libro “y, en general, mis posiciones molestan,
sobre todo, a la clase política de la isla
por la centralidad que tiene en mi trabajo la
crítica del orden totalitario, marxista-leninista,
primero, y nacionalista-castrista, después,
que desvirtuó la cultura moderna de la
Revolución. En el exilio sólo se
irritan pequeños sectores que no quieren
dejar atrás el anticomunismo de la Guerra
Fría y que aún le apuestan a una
solución violenta y revanchista al problema
cubano. A unos y otros les incomoda la crítica
de ese régimen de partido único
y caudillo eterno, que personifica Fidel Castro,
articulada desde un discurso incluyente, flexible,
y desde la experiencia de un intelectual nacido
y educado en la isla después de 1959”.
Un
intelectual licenciado en Filosofía por
la Universidad de La Habana y Doctor en Historia
por el Colegio de México, que en Tumbas
sin sosiego recorre las trayectorias vitales y
literarias de un buen puñado de intelectuales
a los que, aquí y ahora, retrata. Son,
por ejemplo, Lezama Lima (“Monarca de la literatura,
que edificó su propio reino con imágenes
asombrosas y lecturas rarísimas, en el
corazón de La Habana, a mediados del siglo
XX. Un creyente de la poesía como saber
y como redención, que buscó siempre,
por medio de amistades y revistas, la fundación
de alguna comunidad intelectual”); Alejo Carpentier
(“Narrador moderno por excelencia, consciente
de que la novela contemporánea debía
ser una reescritura de la historia”) y Virgilio
Piñera (“La entrega a la escritura como
liberación moral y como testimonio del
absurdo cotidiano”).
La
prosa, refugio del exiliado
También
se detiene en Cintio Vitier: (“El más laborioso
y refinado pensador de la poesía que ha
dado Cuba. Su labor como clérigo de la
Revolución es y será muy criticada
por los demócratas cubanos”); Guillermo
Cabrera Infante (“Elevó el castellano hablado
en Cuba al gran estilo de la literatura occidental.
Otro moderno que, a diferencia de Carpentier,
entendió la narrativa, no como reescritura,
sino como parodia de los dramas históricos.
La buena prosa era, para Cabrera Infante, el refugio
del exiliado”); Heberto Padilla (“Fue el primer
poeta cubano que se atrevió a nombrar los
horrores del estalinismo en la isla. El que resumió
su poética en estos versos libertarios:
“Di la verdad./ Di, al menos, tu verdad./ Y después/
deja que cualquier cosa ocurra:/ que te rompan
la página querida/ que te tumben a pedradas
la puerta”), Reinaldo Arenas (“Vida y cuerpo entregados
a la escritura, en la tradición de Piñera.
La vida de Arenas, en la isla y en el exilio,
es una suerte de martirio profano”) o Raúl
Rivero (“Poeta con los ojos abiertos a su realidad,
en la tradición de Padilla, pero también
de Nicolás Guillén y Eliseo Diego.
Cronista atento y piadoso del deterioro físico
y moral de las ciudades cubanas en las dos últimas
décadas. Es el escritor más importante
con que cuenta el exilio cubano en la actualidad”).
–¿Qué
va a pasar con la intelectualidad de la Isla cuando
se produzca la transición a la democracia?
–Cuando
se inicie la transición a la democracia,
los intelectuales de la Isla, hayan sido leales,
silenciosos o críticos, intervendrán
en una nueva esfera pública, abierta y
tolerante, donde rija la libertad de asociación
y expresión. En ese nuevo orden democrático
se recompondrán muchas identidades ideológicas
y políticas –de hecho, esa recomposición
ya está produciéndose–, con el riesgo,
siempre inevitable, de que se den casos de lavado
de memoria. Lo peor sería, como ha sucedido
en tantos países europeos y latinoamericanos,
que el tema de la justicia quede varado y no se
resuelva de una u otra forma, ya sea por medio
del procesamiento judicial de crímenes
del pasado –en la Isla y en el exilio– o por medio
de una institución especial que trace una
política inteligente de memoria y reconciliación.
–¿Y
Miami?
–El
exilio cubano deberá jugar un papel fundamental
en la democratización de la Isla, como
agente de la reconstrucción económica
del país y como sujeto portador de una
experiencia cultural y política moderna.
Pero esa intervención, si quiere superar
rencores y prejuicios, tendrá que ser respetuosa
de los actores de la Isla, provengan éstos
de la oposición o del gobierno. Desde el
punto de vista cultural, una condición
de la futura democracia cubana sería el
reconocimiento pleno de la gran obra intelectual
del exilio.
–¿Por
qué el gobierno cubano quiere recuperar
ahora parte de la obra de alguno de los autores
silenciados?
–Desde
1992, cuando la desaparición de la Unión
Soviética obligó al gobierno cubano
a dar un giro hacia el nacionalismo, el Ministerio
de Cultura de la isla inició una labor
de recuperación de algunas zonas de la
literatura republicana y exiliada. Esas zonas
corresponden a la obra literaria, no política,
preferiblemente anterior a la Revolución,
de algunos autores como Gastón Baquero,
Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Jorge
Mañach y Eugenio Florit. Además
de selectiva, esa arqueología es despolitizadora,
ya que en todos los casos se escamotea la fuerte
identidad anticastrista de aquellos intelectuales.
Por no hablar de opositores y exiliados más
recientes de las generaciones postrepublicanas,
como Cabrera Infante, Padilla, Reinaldo Arenas,
Jesús Díaz, Eliseo Alberto o Zoé
Valdés, quienes han sido borrados de la
literatura cubana contemporánea.
Confuso
fin de régimen
–¿Cómo
logrará Cuba esa nueva energía cívica,
sin la que no será posible la transición
a la democracia?
–
Tu pregunta se refiere a otra de las paradojas
de este prolongado y confuso fin de régimen
que estamos viviendo los cubanos. Aunque desde
1992 el gobierno ha centrado su legitimación
ideológica en el nacionalismo revolucionario,
la cultura de la isla y la diáspora, por
diversas razones, rechaza el nacionalismo. A mi
entender, ese rechazo tiene sus ventajas, pero,
también, sus inconvenientes a la hora de
construir un nuevo orden democrático. En
países postcoloniales como Cuba, el patriotismo
sigue siendo la energía cívica primordial
de una cultura política republicana. Para
que la ciudadanía se involucre en el cambio
es indispensable una “mínima moralia” pública,
como decía Adorno, que identifique a la
comunidad.
–Escribe
que cualquier salida del laberinto de la soledad
cubana pasa por la democracia, pero... ¿qué
papel puede desempeñar Hugo Chavez?
–El
respaldo de Hugo Chávez al régimen
de Fidel Castro es fundamental para la prolongación
de la vida de ese viejo y moribundo artefacto
de la Guerra Fría. Estamos hablando de
casi 100.000 barriles de petróleo diarios
que cubren, como antes la Unión Soviética,
el 60% de las necesidades energéticas de
Cuba. Sin embargo, como sabemos, se trata de un
respaldo coyuntural porque Caracas no es Moscú,
el chavismo tiene techo de vidrio y Castro cumplirá
80 años el próximo 13 de agosto.
–¿España
puede servir de ejemplo para esa transición?
–Acabo
de leerme El camino a la democracia en España
de Álvarez Tardío y sólo
se me ocurre decirte: ojalá, ojalá
que la ordenada y pacífica transición
española sirva de modelo para Cuba. Pero
me temo que, más allá del ascendente
gallego de ambos dictadores, no hay suficientes
semejanzas entre franquismo y castrismo como para
esperar, en la Isla, un cambio de régimen
y una consolidación democrática
tan ejemplares.
Los
libros que están... y los que llegarán
La
bibliografía sobre el castrismo y la revolución
cubana es abundantísima. Entre los últimos
títulos aparecidos hay que mencionar: Fidel
Castro. Autobiografía a dos voces, de Ignacio
Ramonet (Debate, 2006. 592 págs., 29 e.).
Se trata de una extensísima conversación
con Castro, fruto de más de cien horas
de entrevistas, que linda con la hagiografía
y la desmemoria. Lo peor es que Ramonet (en la
imagen), director de “Le Monde Diplomatique”,
da por buenas las explica-ciones del dictador.
Fidel.
El tirano favorito de Hollywood, de Humberto Fontova
(Ciudadela, 2006. 252 págs., 21’50 e.).
Irritado por las “mentiras escandalosas sobre
Cuba” que difunden “la izquierda y los sectores
progresistas de los medios de comunicación
y de Hollywood”, el autor intenta desmontar mitos
de la revolución como Che Guevara o la
situación de la Isla antes de Castro.
La
próxima semana Debate, la editorial que
ha publicado el libro de Ramonet, lanza Fantasía
roja. La izquierda occidental y la revolución
cubana, de Iván de la Nuez (128 págs.,
14’50 e.). En ella, el escritor cubano, exiliado
en Barcelona, repasa con humor y rigor cómo
han visto la revolución cubana cineastas
como Woody Allen, Oliver Stone, Sydney Pollack,
Steven Spielberg o Robert Redford, pasando por
intelectuales como Sartre, Graham Greene, e incluso
los Simpsons.
En
cambio, y si no se retrasa nuevamente, en otoño
aparece la esperadísima segunda parte de
la Autobiografía de Fidel Castro, de Norberto
Fuentes (Destino). Promete ser explosiva, porque
si en el primero Fuentes (en la imagen) daba cuenta
de la prehistoria de Castro hasta el triunfo de
la revolución, en el segundo nos espera
la transformación del régimen y
de su líder.
* (Santa
Clara, Cuba, 1965) Director de la Revista "Encuentro".
Es historiador y ensayista, Licenciatura en Filosofía,
Universidad de la Habana, septiembre 1985-julio
de 1990. Diploma en Desarrollo y Relaciones Internacionales,
FLACSO, Cuba, 1990. Doctorado en Historia en Centro
de Estudios Históricos El Colegio de México,
1991-1994.. Es autor de varios libros sobre historia
de Cuba. Es también autor de la tesis doctoral
Cuba mexicana. Historia de una anexión
imposible. Reside en Ciudad de México desde
1991, donde trabaja como profesor e investigador
del Centro de Investigación y Docencia
Económicas (CIDE).
Fuente:
lanuevacuba.com