Agustín
Tamargo Fernandez
Miami.-
El día que Cuba sea libre yo no quiero
más que una cosa: un par de zapatos. Es
poco, pero no necesito más. Otros quieren
que les devuelvan lo que les quitaron. Yo no.
A mí no me quitaron nada, es decir, me
lo quitaron todo, que era la Isla, pero si la
Isla es libre, ya es mía otra vez. No aspiro
a nada más.
Quiero sí, sí, un par de zapatos
para recorrerla de punta a punta. Necesito el
contacto físico con ella, necesito aspirar
otra vez su olor y sentir su sabor. Iré
a Santiago. ¿Cómo era el color de
Santiago? Iré a Trinidad. ¿Cuál
era el olor de trinidad? Iré a Caibarién.¿Cómo
caían los aguaceros en Caibarién?
Iré a La Habana, a un cafetín de
la calle Consulado, donde me reunía con
amigos para hablar de política y de poesía.
Atravesaré el Parque Central (¡salud
maestro!), bajaré por Obispo, entraré
en la Moderna Poesía a comprar un libro
y llegaré hasta un bar de los muelles donde
me tomé tantas cervezas con Mijares, Labrador
Ruiz, Diago y Joaquín Texidor. Iré
a un pueblo de Oriente donde me aguardan unas
tumbas de los que no me pudieron esperar. Esquivaré
tres cosas: Tropicana, Varadero y la revista Bohemia,
pervertidas las tres por la tiranía. Visitaré
Baracoa, donde nunca estuve, cuyo Yunque, cuyas
costas, he recorrido vagamente en el mapa de las
melancolías. Iré a Matanzas y a
Camagüey, sin buscar a nada ni a nadie, solo
para ver. Iré a Guantánamo, donde
hay una cerca que no quisiera encontrarme. Iré
a todas partes, solo o acompañado, conocido
o desconocido, despierto o soñando. Me
echaré tierra de Cuba por la cabeza, me
bañaré en el río Chaparra,
me comeré un caimito en Las Tunas, me tomaré
un vaso de pru en Bayamo. Y hablaré solo
por las calles, de día y de noche, bañado
en lágrimas, mientras los muchachos callejeros
gritarán: ¿De dónde salió
ese loco? Loco, claro. Loco tiene que estar el
que soportó 46 años fuera de su
casa, con la puerta cerrada por dentro.
Por eso quiero un par de zapatos, nada más.
Ella me dice: Tú, como siempre, delirando.
Ni esa Cuba es Cuba, ni Oriente ya se llama Oriente,
ni existe La Moderna Poesía, ni vas a encontrar
sentados en un banco del Prado a Lezama y a Víctor
Manuel. Y yo le digo que no, que se equivoca.
Que Cuba todavía está allí.
Que habrán cambiado las formas pero no
la sustancia de las cosas. El pandillón
verduzco habrá desfigurado en lo físico
a la Isla, habrá tratado de profanar y
cautivar la voluntad de los cubanos. Pero la Isla
sigue indemne, a pesar de todo. ¿No está
allí el Malecón? ¿Se habrán
comido los fidelistas el Malecón? ¿No
están allí la ceiba del Templete
y el Parque de la Fraternidad? ¿Habrán
talado los fidelistas la Ceiba del Templete y
echado vacas en el Parque de la Fraternidad? (Con
estas gentes cualquier cosa es posible). Pero
no. Todo está allí, aguardando.
Cambiado, mutilado, embarrado de la basura idolátrico-caudillista,
pero está allí. Intacto. Esperando
por quien lo mire otra vez con la mirada del amor,
que es la única que hace vivir.
¿Estará igualmente intacta el alma
de los cubanos? Yo también creo que sí,
yo quiero creer que sí. La dictadura ha
querido transformarla a ella también pero
no lo ha conseguido. El cubano real se ha sumergido,
se ha disfrazado, pero no ha cambiado. Si la Casa
Finzi existe todavía, con su alquiler de
disfraces y trajes de teatros, yo estoy seguro
de que se ha hecho millonaria. Es la zafra de
la mitificación. En Cuba hay hoy disfraces
de todo tipo: de patria o muerte, de yankeegohome,
de marxismo-leninismo, de comandante -en-jefe-
ordene. Todo el mundo se lleva el suyo de día
y se lo quita por la noche. Son partes de la diaria
necesidad de sobrevivir. Se los ponen, me dicen,
hasta algunos oficiales del ejército, encima
de los uniformes. Primum disfrazare, deinde filosofare.
¿Y el léxico? El léxico también
se ha camaleonizado. Mayimbe quiere decir delincuente
autorizado. Integrado quiere decir oportunista.
Jinetera significa prostituta. Máximo líder
quiere decir Máximo bribón. ¿Y
la alegría de vivir? ¿Y el comerse
un mendrugo de pan amargo con la cara sonriente,
virtud mundialmente reconocida siempre en los
cubanos? ¿Y el desprecio a los abusadores
del poder y a los traficantes de influencias?
¿Y la burla hiriente contra los pedantes?
Todo, todo está allí, solo que sumergido.
Háblale a un cubano solo y te dirá
una cosa. Háblale a dos cubanos y ya te
dicen cosas distintas. Junta tres cubanos, junta
mil, cien mil cubanos, y ya se forma una pachanga.
Eso ha sido así siempre y la dictadura
lo sabe. La dictadura sabe que la gente la acata
pero no la quiere. Que le tienen miedo pero no
la respetan. Por eso no deja a los cubanos juntarse
salvo estricto control policial. Si los dejan
solos, se ponen enseguida de acuerdo para usar
dos armas feroces: la trompetilla y el choteo.
De cada concentración, salen cuadrillas
irreverentes a deshogarse haciendo chistes sobre
las consignas que oyeron allí. Los mismos
carnavales, cuando los hay, son una fiesta de
música y alegría pero también
de burla. En cuanto el ron suelta las lenguas
los cubanos terminan recordándole la madre
al jorocón que les tiene el pie encima.
Por eso yo quiero volver a Cuba en cuanto Cuba
sea libre, sin ninguna demora. En el primer barco,
en el primer avión. Para sumergirme otra
vez en esa energía vital y humana de nuestro
pueblo cuya carencia es la que no deja al exiliado
vivir, aunque lo tenga todo. Por eso yo quiero
mi par de zapatos. Para recorrer la isla desde
San Antonio a Maisí. Para apretarla contra
mi pecho. Para apurruñarla. ¿Lo
demás? Lo demás se lo dejo al que
lo quiera, aquí o allá, casas, puestos,
todo esa basura. Al cubano verdadero que se muere
de nostalgia fuera de su tierra le basta para
vivir con el regreso. Aunque allí no tenga
más que un vaso de guarapo y un banco en
el Parque Central.
Pero, desde luego, sin policías.