Luis
Cino
LA
HABANA, Cuba
Noviembre
de 2005.
Dicen
que en Cuba no hay racismo. El socialismo lo eliminó
de un plumazo. Es un problema resuelto. Otro de
los logros de la revolución.
Ese
es un asunto que no se discute. Menos aún
entre cubanos blancos. Un escobazo ocultó
bajo la cama el polvo que había en el piso.
A buen recaudo de las miradas indiscretas.
Desde
la Independencia, los cubanos nos hemos negado
testarudamente a aceptar la existencia del problema
racial.
También
bajo la cama fueron a parar los casi tres mil
negros masacrados en 1912. Allí ya habían
ocultado el cadáver de un inconveniente
general mambí que casualmente era negro,
Quintín Banderas.
En
la bola negra que alguien impuso a Fulgencio Batista
para vetar su ingreso al Miramar Yacht Club, más
que su origen de clase y su ilegitimidad como
presidente de facto, pesó el color de su
piel. La tez rubicunda del falso Mesías
que lo derrocó pareció una bendición
del cielo a la burguesía criolla.
Al
triunfo de la revolución, exclusivos playas
y hoteles segregados fueron eliminados. Nicolás
Guillén cantaba en su poema Tengo:
Tengo,
vamos a ver
Que
siendo un negro
Nadie
me puede detener
A
la puerta de un dancing o de un bar.
En
los primeros años era inconcebible que
un negro fuera desafecto al régimen revolucionario.
¿Cómo era posible semejante abominación?
La
revolución había "bajado a
los negros de los árboles y les había
cortado la cola". Así, como lo oyen.
La frase, paternalistamente cruel e intrínsecamente
racista, se repitió hasta la saciedad.
No se sabe quién la acuñó.
No fue el Comandante en Jefe. No por anónima
dejó de ser reiterada, como si para los
negros no existieran opciones que no pasaran por
el marxismo leninismo.
¿Les
digo la verdad? En Cuba, la discriminación
racial no se acabó. Pregunte a los negros
si no lo cree.
El
racismo siempre ha estado prendido a la vida cubana.
Como una mala hierba. Bien arraigado en los prejuicios.
Acuñado en estereotipos comunes del imaginario
colectivo.
Los
negros sólo sirven para la música
y los deportes. Fuera de ahí, búsquelos
en juergas, borracheras y rumbantelas. Son vagos,
escandalosos, incompetentes y ladrones.
Además
del deporte y la música, para algo tenían
que servir. Hay toda una mitología sexual
en torno a ellos. Las negras son calientes. Los
negros son desmesurados atletas eróticos.
De
la famosa película Fresa y Chocolate trascribo
un bocadillo que no tiene desperdicio. Lo dice
Diego, el protagonista gay, a David. Escuchando
a María Callas, toman té hindú
en tazas de porcelana de Cebres que una vez pertenecieron
a la familia Loynaz del Castillo:
"¿Racista
yo? ¡Niño! Yo sé muy bien
lo que vale un negro. Pero no son para tomar té.
Es una lástima. Das un pestañazo
y zas, desapareció el negro y la porcelana
de Cebres".
Elementos
de origen africano han devenido en símbolos
de la nacionalidad: la música, los bailes,
expresiones del habla popular, los cultos sincréticos.
Los
jerarcas culturales descubrieron el filón.
Para ellos, los negros eran poco más que
folklore y brujería. Ahora los convirtieron
en carnada para atraer turistas. Sus dólares
salvarían al comunismo cubano. Para ello,
inventaron los diplobabalaos, los collares de
santería sin aché y las letras del
año de utilería de la Asociación
Cultural Yoruba.
Negros
y mulatos conforman, según cifras oficiales,
el 63% de la población cubana. Los no blancos
pueden ser muchos más. En el censo nacional
de población, a los cubanos les es posible
escoger su raza. Los que no tienen pronunciados
rasgos negroides suelen declararse blancos.
El
abigarrado mestizaje cubano crea una amplia categoría
intermedia de personas que no son blancas ni negras.
"Pasan por blancos". Su identidad racial
neutralizada promueve la discriminación
a la vez que niega su existencia.
En
la Cuba para turistas, apartando los ojos del
escenario y la pista de baile, uno pudiera acabar
preguntándose donde están los negros.
No
los busque en los puestos vinculados al turismo
o a las corporaciones con capital extranjero.
En ellos se exige "buena presencia",
al parecer, casi según los patrones hollywoodenses
de los años 40.
Tampoco
están en las altas esferas de poder. El
85 % de los miembros del Politburó son
blancos. Entre los demás dirigentes del
Estado y el partido único los negros y
mulatos se pueden contar con los dedos. Son las
excepciones que confirman la regla.
En
el cine y la televisión, raramente los
negros son protagonistas. Ellos tienen reservados
los papeles de esclavos.
Sin
embargo, son la mayoría de la población
penal en las más de 200 prisiones diseminadas
por el país.
Históricamente,
ha sido un aberrante círculo vicioso. Los
negros han sido relegados. Les han negado oportunidades.
Las estrategias de supervivencia de los más
desafortunados han sido interpretadas como pruebas
adicionales de su pretendida inferioridad. Se
creó el axioma de su supuesta propensión
a delinquir.
Despiertan
la suspicacia de las rondas policiales. Son las
principales víctimas de redadas y operativos
de la PNR.
"Es
como si no hubiera jineteras blancas. Como si
los blancos no robaran ni fumaran marihuana",
me dijo un desolado amigo rasta de Mantilla que
ha optado por encerrarse en su casa a oír
reggae. El sabe de registros en la vía
pública, de calabozos y de actas de peligrosidad.
En
Cuba, no hable con los blancos (o los que lo parezcan)
de discriminación racial. Los hará
sentir incómodos. Le dirán que el
racismo no es un problema aquí. No faltará
quien le diga que hablar de eso trae divisiones
que sólo benefician al enemigo imperialista.
Si
quiere saber, recorra las calles habaneras. Hágalo
sin ideas preconcebidas ni aires de solidaridad
tercermundista. Siéntese en la esquina,
entre en los solares. Tal vez así descubra
donde están los negros.