
Por
María Teresa Linares
Las
décadas del 40 y 50 en la música
popular cubana son importantes referentes para
las transformaciones que ocurrieron en las siguientes
hasta el momento actual. Fue un momento de tránsito,
en el que paulatinamente se produjo un proceso
de cambios, de transculturaciones, interinfluencias
entre las distintas manifestaciones de la música
nacional y la que nos llegó de diversos
países en contactos culturales. Esta época
se caracterizó por el auge del tango argentino,
del bolero que nos llegaba de México y
de estilos de bailes norteamericanos que aportaban,
además, nuevas sonoridades al conjunto
jazzband que ya se conocía entre nosotros.
Fue también momento de entrada de canciones
españolas, no sólo con las películas,
sino con las cancioneras y los grupos orquestales
que nos visitaban.
Este
espacio de tiempo se distingue, en la música
cubana, por los cambios de formato, de timbres,
de estructuras que se producen en los conjuntos
bailables. También en la cancionística
se alteran las formas de expresión, el
contenido de los textos, los movimientos melódicos
y la base armónica. Quizá por la
emigración de músicos cubanos portadores
de elementos de la música cubana a otros
países y en los aportes de los que regresan
o nos llegan a través de la radio, el disco
y el cine. El disco y el cine de aquel momento,
nos resultan hoy crónicas que reseñan
las estructuras cristalizadas que identificaban
nuestra música y los cambios que se han
ido operando de una manera consciente o inconsciente.
Es de tomar en cuenta que a fines de los treinta,
los conjuntos existentes en la música más
conocida eran los septetos de son, la charanga
francesa para los danzones y el danzonete, y los
conjuntos jazz band que introducían el
fox trot y otros géneros. Las innovaciones
que se introducían en los bailes americanos,
de inmediato se divulgaban a través de
las películas y eran retomados por estos
grupos.
El
son, el danzón, y el fox trot habían
transitado hasta llegar a fórmulas concretas.
Por distintos factores como la oferta y demanda
para la radio y los salones de bailes populares,
y sobre todo las innovaciones realizadas por nuevas
generaciones de músicos. Se inició
el cambio de formatos instrumentales, arreglos
u orquestaciones, estructuras y repertorios. El
músico cubano utilizó fórmulas
y modos de hacer que se transmitieron por tradición
oral, por la práctica y por la repetición
de estos procederes hasta hacerlos tradicionales.
Muchos, que tenían conocimientos técnicos
de la música y habían aprendido
igualmente los recursos interpretativos de sus
instrumentos, y realizaron arreglos instrumentales
con nuevos enfoques. El desarrollo de un virtuosismo
fue fundamental para los cambios ya mencionados
al destacarse el protagonismo de algunos de ellos.
La
presencia de la música norteamericana nos
proporcionaba la inclusión, nuevamente,
de instrumentos de aliento que habían sido
suprimidos de la antigua orquesta típica
de danzones. También nos ofrecía
nuevas técnicas de instrumentación
que se transcribían o se adquirían
mediante métodos sencillos que se vendían
para aplicar esta práctica. 
El
Septeto de son amplió su formato duplicando
o triplicando las trompetas, sumó el piano
y las tumbadoras, que compartieron en parte con
el bongó, ampliaron el coro de voces y
al aumentar el número de músicos
se le llamó Conjunto a esta nueva agrupación.
A semejanza de lo que ocurrió en los veintes
con los sextetos, los dos primeros Conjuntos,
el de Arsenio Rodríguez y el Conjunto Casino
marcaron un modelo que siguieron, de inmediato
muchas otras agrupaciones. Aquella inclusión
de otros instrumentos implicaba un cambio de funciones
en los mismos, por lo que su sonoridad en la franja
armónica era más abarcadora.
El
conjunto se ampliaba para que el volumen del mismo
llegara a grandes locales y lugares al aire libre,
por ello había que duplicar las trompetas,
incluir el piano que reforzaba los tumbaos armónicos
del bajo y llenaba un espacio sonoro, mientras
que las tumbadoras introducían nuevos ritmos
que alternaban en un diálogo con el bongó
y permitían otra expresión corporal
en los pasillos del baile. La campana o cencerro
tenía también su protagonismo con
un toque imperioso en el cambio de aire en el
montuno.
Arsenio
agregó al repertorio de sones, una serie
de estribillos tomados de las fiestas y bailes
de diversión de los grupos afrocubanos
como eran el tambor yuka y el de makuta. Estilizó
el guaguancó, utilizando tumbaos del tres,
que él magistralmente ejecutaba, y le llamó
guaguancó-son. Este tenía un aire
lento. También introdujo rumbas timbillas,
de aire más rápido, rumbas columbia
y afros que permitían virtuosismos vocales
y planos percusivos en las voces. Y regresó
al son montuno tal como era originalmente, pero
adaptado a su formato instrumental. En estos sones
también utilizó refranes y proverbios
de los antiguos cantos de yuka, que los solistas
alternaban con improvisaciones de décimas
y cuartetas o coplas de contenido jactancioso.
En algunas ocasiones incluyó boleros, pero
no fue lo más característico, quizás
por la preferencia de su público hacia
los estilos antes mencionados.
El
Conjunto Casino, con un formato similar, tenía
cuatro cantantes solistas que alternaban, y su
repertorio principal era el bolero bailable y
la guaracha. Esta agrupación alcanzó
gran fama nacional e internacional por sus giras
y por la cantidad de grabaciones que realizaron.
Quisiera señalar que ya en los conjuntos
soneros asomaba la jerarquía por la que
se destacaban algunos músicos. La participación
del piano y el tres era principal a pesar de ser
instrumentos con funciones armónicas y
percutivas. Con ellos se iniciaban pequeñas
"descargas" en las que los instrumentistas
podían lucir sus facultades.
Tanto
en el Conjunto Casino --con Roberto Álvarez
o Rolando Baró al piano-- como el Conjunto
de Arsenio Rodríguez que contaba con el
pianista y compositor Luis Martínez Griñán,
introductor del tumbao característico que
dio fama a aquel conjunto, pasaron por ellos numerosos
intérpretes que efectuaron cambios en su
devenir artístico, pero ambos conjuntos
siempre conservaron su carácter esencial,
su talante. Arsenio, se lucía "registrando"
con el tres, distinguiendo así su estilo,
que completaban la vigorosa voz de Miguelito Cuni
y la trompeta de Félix Chapottin.
Se
estilaba en los bailes, cabarets y programas de
radio y televisión, alternar el conjunto
con otras orquestas, de danzón o de jazz
band. El Conjunto de Arsenio Rodríguez
generalmente alternaba con la Orquesta de Antonio
Arcaño, de la cual tendremos que hablar
detalladamente. El Casino alternaba con la Charanga
de Belisario López, que permaneció
en su formato clásico hasta su disolución,
y en ocasiones con orquestas jazzband.
Además
de estos conjuntos hubo otros muchos que asumieron
un cantante bolerista como la Sonora Matancera
con Bienvenido Granda, Celia Cruz y otros invitados,
el Conjunto Saratoga con Lino Borges, el Bolero
del 35 con Tata Gutiérrez.
Una
de las transformaciones más importantes
que ocurren en este período es la transculturación
ocurrida en las orquestas jazzband por la que
se asimilan elementos de la música cubana
que van a sustituir géneros y expresiones
de la música americana que inicialmente
ejecutaban. El piano alcanza una máxima
representatividad en pianistas como Anselmo Sacasas,
de la Orquesta Casino de la Playa, en la que cantaba
Miguelito Valdés, como Armando Oréfiche,
que dirigió la orquesta Lecuona Cuban Boys,
Carlos Faxas, pianista de la Orquesta Cosmopolita,
Pedro Jústiz, Peruchín, en la Orquesta
Riverside, y Joseíto González en
el Conjunto Rumbavana. Ellos contribuyeron a que
el jazzband se "cubanizara" incluyendo
un repertorio de guarachas, rumbas y congas de
salón, proceso al que aportaron su virtuosismo
pianístico. No obstante, estas orquestas
ejecutaban música instru
mental
bailable norteamericana que alternaba con los
géneros bailables cubanos. Se puede recordar
aquí el repertorio de las orquestas femeninas
--Anacaona (foto) y Ensueño--, que tocaban
en los cafés al aire libre de la calle
Prado, que incluían guarachas y rumbas
entre fox trot y otras danzas de moda norteamericanas,
con las que se bailaba el tap que venía
en las películas norteamericanas y los
bailadores aprendían con profesores que
enseñaban "bailes de salón",
o en las "Academias"
El
proceso de cubanización culmina con la
Banda Gigante de Beny Moré, en la que se
observan arreglos que incluyen cambios ostensibles
de los planos instrumentales, debidos, posiblemente,
a la influencia que recibió en México
de la Orquesta de Pérez Prado. Cambios
en los que los trombones pasaron a realizar los
tumbaos que antes hicieran el tres y el piano,
y las trompetas ejecutaron motivos de fuerza percutiva
similares al bongó.
El
Beny
tenía un antecedente muy directo en Miguelito
Valdés y su estilo popularizado en la orquesta
Casino de la Playa. Pero aquel había partido
a los Estados Unidos a finales de los treinta
y se conocía por su fama adquirida, por
las visitas que hacía a Cuba y por los
numerosos discos que había grabado.
Cuando
Beny Moré llegó a La Habana ya había
cantado sones y canciones, participaba en el Casino
de los Congos, es decir, estaba vinculado a la
música afrocubana y además cantaba
e improvisaba tonadas campesinas del estilo rítmico
pinareño. También tenía referencias
de los montunos orientales que cantaban los cortadores
de caña de su pueblo que iban a realizar
la zafra en Oriente. De manera que cuando lo invitaron
a ir a México, llevaba su mochila llena
de la cultura musical más apegada a la
base del pueblo, y tuvo el talento de asimilar
el sonido nuevo de los conjuntos orquestales urbanos.
En La Habana se escuchaban las guarachas de Julio
Cueva cantadas por Cascarita y por Puntillita,
estaba de moda el estilo rubateado de Daniel Santos,
el cantante puertorriqueño que estuvo en
Cuba, de todos los cuales había recibido
elementos estructurales de la música por
tradición oral. Cuando Beny viajó
a México con el Conjunto Matamoros, se
vinculó a grupos musicales del momento
y a la orquesta de Pérez Prado.
Con él consolidó aquellos rasgos
más sobresalientes de sus modos de instrumentar
el jazz band y al regresar a Cuba comenzó
su carrera triunfante acreditándose primero
con Mercerón y sus muchachos, y crea luego
su Banda Gigante.
El
repertorio de Beny Moré fue un muestrario
de géneros de canto y baile representativo
de todo lo que se divulgaba en la década
del cincuenta El mambo, el son, la guajira, el
afro, la rumba, el montuno y el bolero. Uno de
sus mayores éxitos fue su interpretación
del bolero ¡Oh, vida! cantado en el estilo
filin de modo magistral.
Beny
Moré fue un caso único, con precedentes
en cantantes anteriores, pero nadie ha llegado
a superarlo ni a relevarlo. Aún hoy generaciones
de jóvenes que no lo escucharon personalmente,
lo consideran el músico más popular
de aquel momento de intensos cambios. Fue en definitiva,
quién cubanizó definitivamente la
orquesta jazzband hasta castellanizar su nombre.
No fue sólo un cantante, fue un creador,
director y arreglista de sus temas, y supo aceptar
las orientaciones de Generoso Jiménez y
de otros músicos que le dieron sus obras
para que las incorporara en su repertorio y les
hizo honor a todas.
Las
orquestas charangas, fueron también muy
sensibles a las transformaciones ocurridas a través
de estas décadas. Generalmente esta asimilación
ocurre en los conjuntos instrumentales que agrupan
más músicos profesionales, y en
las que se había desarrollado un virtuosismo
instrumental, sobre todo en el piano y la flauta.
Recordamos la excelencia del pianismo en Antonio
María Romeu y Neno González; y de
la flauta en Francisco Delabart y Belisario López,
pioneros.
El
danzón había cristalizado desde
los primeros años del siglo XX en que había
adoptado el montuno de son. Tenía una estructura
formal muy amplia que repetía la primera
parte o introducción de ocho compases cada
vez que se introducía una parte nueva,
hasta el montuno, que era de un aire más
rápido, con una estructura más segmentada,
y de forma abierta, que permitía su extensión
todo lo que quisieran los músicos y los
bailadores, que era lo que más atraía
y se disfrutaba.
Aquella
estructura fue uno de los primeros cambios en
los cuarenta, haciéndose más funcional.
Se
eliminó la repetición de las introducciones.
Después de unos compases de inicio se pasaba
inmediatamente al montuno, al que se le incluyeron
determinados ritmos sincopados tomados de antiguos
montunos de son, cantados en coros de voces con
textos a veces sin función semántica,
que servían como nuevos planos instrumentales.
Se
reconoce como inicial de este nuevo aspecto del
danzón, la presencia del danzón
Mambo, de Orestes López.
Este,
y otros que lo siguieron, fueron muy aceptados
por el público bailador, mismo que le llamó
"danzón de nuevo ritmo" por lo
evidente del cambio.
Muchos
jóvenes danzoneros aceptaron con éxito
esta nueva forma, sin que pudieran evitar choques
con las generaciones de danzoneros precedentes.
La
Orquesta de Antonio Arcaño, integrada por
los virtuosos: Arcaño en la flauta, Jesús
López en el piano, Israel López
--Concertista de la Orquesta Filarmónica
Nacional-- en el Contrabajo, su hermano Orestes
en el cello, ambos arreglistas y compositores
de muchísimos danzones, los violinistas
Miguel Valdés y Elizardo Aroche y Ulpiano
Estrada en el timbal o paila. Estos músicos
de muy alta calidad provenían de otra orquesta
llamada La Maravilla del Siglo, por lo que Arcaño,
al separarse de ella con algunos de sus músicos
para integrar la dirigida por él, le tituló
Arcaño y sus Maravillas.
El
éxito alcanzado de inmediato lo llevó
a reforzar los planos instrumentales aumentando
músicos (entre ellos a Enrique Jorrín)
e instrumentos (la tumbadora) hasta llamarle Orquesta
Radiofónica de Antonio Arcaño.
Otras
orquestas que se sumaron a este movimiento renovador
fueron las de los Hermanos Contreras, La Orquesta
Estrellas Cubanas, con Félix Reyna como
director, y la Orquesta América, en la
que Enrique Jorrín era violinista y compositor,
la Orquesta Sublime, y la Orquesta Aragón
desde Cienfuegos.
Este
período de veinte años, desarrolla
las orquestas de música bailable, en parte
por el aumento de salones de baile, y por otra
parte por el desarrollo de la radio hasta la aparición
de la Televisión en l95l. Algunas agrupaciones,
como la Orquesta Cosmopolita, acompañaron
a artistas en el Teatro América y en la
radio. Muchas de estas orquestas ampliadas sirvieron
para ilustrar programas de radio de música
no bailable, dirigidas por Ernesto Lecuona, Enrique
González Mántici y Adolfo Guzmán,
con la que acompañaban algunos artistas
líricos nacionales o visitantes de México,
Argentina y España. La mayor importancia
que tuvieron estas orquestas ampliadas, en las
que se contrataban a los mejores instrumentistas
y orquestadores procedentes de orquestas jazzband
y de danzón fue la de la grabación
de artistas nacionales y extranjeros que venían
expresamente a grabar en Cuba en los estudios
que se montaron en las dos más importantes
radioemisoras cubanas. En la radio y la televisión
actuaron los grupos, conjuntos y orquestas bailables,
grupos vocales armónicos y boleristas en
el nuevo estilo imperante, el feeling.
Junto a este movimiento cancionístico,
producto de una música elaborada para cubrir
las necesidades de la radio en un ambiente que
resultaba similar al de otras ciudades latinoamericanas,
la visita de artistas latinoamericanos principalmente
de Puerto Rico, de México, Colombia y Venezuela,
la difusión por la radio de canciones de
Agustín Lara y María Grever, Pedro
Flores, Chelo Velásquez, Rafael Hernández,
Bobby Capó, se sumaba el auge de cantantes
cubanos de similares condiciones, y de autores
que seguían la misma línea cancionística:
Osvaldo Farrés, Pedro Junco, Bobby Collazo,
Adolfo Guzmán, que interpretaban Olga Guillot,
Mario Fernández Porta, Fernando Albuerne,
Blanca Rosa Gil, Rosita Fornés, y Esther
Borja, que fue intérprete de Lecuona y
los autores del Teatro Lírico Cubano. De
aquellos autores, Adolfo Guzmán alcanzó
a componer un repertorio en este estilo que abarcaba
canciones líricas de concierto y canciones
dentro del feeling. Fue además director
y arreglista, de sus obras y las de otros compositores.
Simultáneamente
los aires renovadores influían en la cancionística
que asimilaba elementos de la canción norteamericana
que nos llegaba a través de filmes musicales
y discos. Siempre existió la anuencia de
los jóvenes al recibir estos elementos
novedosos, y luego que se interiorizaban, se incorporaban
a la música cubana. Nos referimos al estilo
que se denominó feeling. Esta novedad fue
de inmediato aceptada y al principio de los cincuenta
se consolidó con la presencia de la televisión
y el desarrollo de grupos vocales y de solistas
y compositores que se unían al grupo inicial.
En la misma corriente de influencias foráneas,
recibíamos los grupos armónicos,
las pequeñas agrupaciones o combos; se
desarrollaban virtuosos que, en los combos --palabra
puertorriqueña que sintetiza el término
combination-- realizaban descargas con un importante
contenido jazzístico.
Facundo
Rivero había organizado un Conjunto Siboney
en el que cantaban Isolina Carrillo y Marcelino
Guerra. Mas tarde organizó un Cuarteto
en el que participó Elena Burke. Orlando
de la Rosa organizó luego otro cuarteto
con Elena Burke,
Omara Portuondo, Roberto Barceló y Aurelio
Reynoso. Los iniciadores, los pioneros, fueron
llamados "muchachos del feeling"; César
Portillo de la Luz, Ñico Rojas, Jorge Mazón,
Luis Yáñez, el Conjunto Loquibambia
Swing, dirigido por José Antonio Méndez
compositor, guitarrista y cantante. El pianista
era Frank Emilio Flynn, cantaban Moraima Secada
y Omara Portuondo. A partir de l952, Aida Diestro,
pianista repertorista que había participado
en los primeros momentos del movimiento del filin
(término ya castellanizado), organizó
para la Televisión el Cuarteto D’Aida con
las cuatro gemas, Elena Burke, Omara y Haydee
Portuondo y Moraima Secada. Para este Cuarteto
la Diestro realizó arreglos que definían,
en su desarrollo melódico y armónico,
el nuevo estilo cancionístico que se había
iniciado varios años antes. Muchos fueron
los autores e intérpretes, los grupos vocales
y las obras que consolidaron esta nueva expresión
de la canción cubana. Al mismo tiempo que
resultaban innovadoras, sentaban las bases como
referente de los cambios que ocurrirían
en décadas posteriores. El filin, que había
asimilado elementos de la canción norteamericana,
en ese proceso de transculturación, no
desechó los valores raigales que le dieron
identidad cubana, consolidó sus elementos
estables y, aunque tenía evidentes elementos
de los cancioneros del Norte, en todo su devenir
se le ha considerado una nueva expresión
de nuestra canción.
Ahora
bien, queremos regresar al jazzband, al danzón
de nuevo ritmo y la nueva charanga en el inicio
de la segunda década que nos ocupa.
Dámaso
Pérez Prado había emigrado a México
y allí introdujo un género bailable
que partía de elementos del danzón
de nuevo ritmo con cambios en los timbres --utilizaba
el jazzband-- integrando las voces en un coro
con funciones más instrumentales que vocales
y coros que decían textos de valor rítmico,
percutivo. Su voz, en gritos enfáticos,
es un ejemplo de lo que él pretendía
lograr y logró. Su éxito internacional
llegó a Cuba y fue muy divulgado en sus
discos, pero cuando se reprodujo por otros autores
fue con determinadas licencias y cambios --como
la rumba mambo inicial de Jorrín que luego
llamó chachachá-- y los boleros-mambos
que crearon varios compositores de boleros para
los grupos vocales. La versión cubana más
cercana, en nuestro criterio, fue la que interpretó
Beny Moré a su regreso a Cuba.
En
los cincuenta los compositores danzoneros ya habían
compuesto danzones de nuevo ritmo en los que marcadamente
habían asimilado los fundamentos de aquel
danzón Mambo de Orestes López. Arraigados
ya, se iban descomponiendo en esquemas que provocaban
en el bailador un cambio de pasillos. Si no de
modo consciente, la relación música-
bailador establecía un diálogo en
el que se aceptaban o no las innovaciones.
Este
estilo de danzón coincidía en su
momento con el movimiento del filin. Ambos introdujeron
elementos novedosos que rompían con las
normas establecidas tradicionalmente. Nuevos modos
de instrumentar, nuevas estructuras armónicas
y melódicas daban resultados muy distintos
con respecto al danzón o a la canción
tradicional. El nuevo ritmo variaba la estructura,
como dijimos, eliminando partes repetidas y pasando
directamente al montuno. En éste se incluía
un ritmo sincopado que partía del tumbao
del tres en el son oriental. Se realizaba también
un cambio en los planos instrumentales: los violines,
que habían ejecutado una melodía
cantábile en el danzón tradicional,
creada originalmente o tomada de canciones, de
fragmentos de arias de ópera o de conciertos,
pasaron a realizar motivos cortos, sincopados,
en figuraciones que apoyaban el tumbao del piano.
La tumbadora destacó determinados acentos
en contraposición con la paila. Por encima
de esta base, la flauta iba realizando giros y
adornos. Aparecían melodías virtuosistas
para el piano en sus descargas, con un sentido
melódico diferente, pleno de cromatismos
y dificultades técnicas. "La incorporación
de la tumba, que hace un baqueteo en lugar del
timbal, con todos, forman un tumbao, un chanchullo,
que mueve a los bailadores a cambiar la estructura
coreográfica tradicional", nos dijo
Antonio Arcaño en un testimonio.
Pero
este factor de cambio es un fenómeno colectivo,
en él se reúne el genio creativo
de un grupo de músicos en los que, al decir
del maestro, "la instuición, el oído
abstracto y la creatividad juegan un papel importantísimo
en la creación colectiva de una instrumentación.
Hay músicos que ni leen el papel. Al oído
ponen la voz de su instrumento". Esta creación
colectiva, esta suerte de reunirse en un grupo
músicos geniales, en lo que cada línea
revestía particular importancia y la suma
era un nuevo éxito, es lo que dio mayor
impulso y relevancia a un género bailable
cubano que desde 1879 venía siendo representativo
de nuestra nacionalidad.
En
el danzón de nuevo ritmo o en descargas
en que se usan estos elementos que lo califican,
es muy importante la relación que se establece
entre el piano, la paila y el bajo. Esto es parte
de lo que no aparece escrito en la partitura,
es algo que conocen todos los músicos danzoneros
y saben hacer de modo improvisado. Por eso Arcaño
se refería al "chanchullo", al
"baqueteo" que a veces no está
escrito en el papel. He tenido la oportunidad
de disfrutar en un concierto una descarga espectacular,
a manera de diálogo entre el piano, el
bajo y la paila, realizada por tres excelencias:
Frank Emilio Flynn, maestro del danzón
y del filin; Orlando López, hijo de Orestes
y ejemplar en el contrabajo, y Eduardo López,
destacadísimo en la paila. Ningún
instrumento se supeditaba al otro. Todos tenían
jerarquía y protagonismo como en un trío
clásico. También he visto otra,
esta vez filmada en un programa de televisión
con el pianista y compositor José María
Vitier, el maestro Richard Egües en la flauta,
y en la paila su hermano Blasito Egües. La
paila establece un equilibrio del ritmo que intuitivamente
siguen el piano y la flauta, es aquella la protagonista.
Esto es algo que hay que disfrutarlo.
Luego
de los éxitos de Arcaño y sus Maravillas,
continuaban el nuevo camino la Orquesta de los
Hermanos Contreras, para la cual Jorrín
compuso el danzón Lo que sea, varón.
Se fundó en l942 la Orquesta América
con su director el pianista Ninón Mondéjar.
En l939 se había fundado en Cienfuegos
la Orquesta Aragón, que luego se radicó
en La Habana con la dirección de Rafael
Lay; la Orquesta Melodías del 40 dirigida
por Regino Frontela y, en Camagüey, la orquesta
Maravillas de Florida. Todas estas agrupaciones
promovieron el nuevo ritmo por la radio, en cabarets
y sobre todo en las entonces existentes academias
de baile. Luego asumieron el chachachá.
Enrique Jorrín había transitado
por el danzón de nuevo ritmo. En Lo que
sea varón, o Central Constancia asomaban
ya algunos rasgos diferentes. Hacía un
cambio de acentos que provocaban en los bailadores
un deslizamiento de los pies en tres pasos escobillados.
Según sus testimonios, los propios bailadores
de la Academia de Bailes que había en Prado
y Neptuno le pusieron el nombre cha-cha-cha. ¿Cuál,
realmente fue el primero?
La
Engañadora fue grabada por la orquesta
América y registrada primero como rumba-mambo,
y editada luego como mambo chachachá. En
la otra cara del disco Panart de 78 rpm donde
lo grabó por primera vez estaba El Alardoso,
que concretaba lo que él, ya con un nuevo
nombre seguiría desarrollando por varios
años.
Aceptado
el nombre de chachachá, se consolidó
en la acción repetitiva de las orquestas
y autores que se adscribieron a este estilo que
aceptó el público bailador. Con
la creación de muchos otros músicos
que a través de los años introdujeron
cambios, Jorrín, que había partido
del danzón de nuevo ritmo logró,
junto a Rafael Lay, Richard Egües, Félix
Reyna, Antonio Sánchez, Rosendo Ruiz Quevedo,
lo que el son, la rumba y la conga habían
logrado en los años treinta; El chachachá
fue el género que identificó la
música cubana en el ámbito internacional
por cerca de veinte años.
Sus
características identitarias fueron los
textos cantados a coro unísono; el desplazamiento
de acentos que introducía un cambio rítmico
con respecto al antedicho danzón de nuevo
ritmo. Al pasar la línea de canto a la
voz humana, los violines llenaban un ámbito
sonoro distinto, basándose en motivos melódicos
independientes supeditados a las voces. Generalmente
eran los violinistas los que cantaban en coro
unísono, con lo que se pretendía
evitar el rubateo, algún posible desajuste
del tono y hacer más audible el texto,
el cual era más funcional al ritmo que
al contenido semántico. Los cambios en
la estructura formal se debían mas bien
a la disponibilidad de tiempo al grabar, en la
radio o ante los bailadores.
A
fines de los cincuenta los compositores de las
distintas orquestas introducían novedades
que irían variando la estructura original.
Hasta el propio Jorrín, ya en los sesenta,
introdujo nuevos cambios en la estructura del
son y el danzón para intentar hacer un
nuevo género: el sondan. El ciclo de la
contradanza al chachachá se había
cerrado. Hoy son piezas de concierto que se escuchan
plácidamente. Son música clásica
cubana.
Permaneció
la costumbre de reunirse varios intérpretes
en un conjunto de cámara con instrumentos
armónicos que realizan una franja tímbrica
como base para que se realicen variaciones sobre
un tema. A esta acción desde hace mucho
tiempo se le denomina descarga. Hay ejemplos muy
valiosos como el grupo que organizó Israel
López con instrumentistas que bien podían
ser de una orquesta charanga o de una jazzband.
La selección incluía el piano, el
bajo, la paila o la batería, el güiro,
trompetas, trombones, flautas, que a modo de solistas
realizaban variaciones al estilo del jazz sesion.
En ellas participaban músicos como Richard
Egües, Chico O’Farril, Frank Emilio, Generoso
Jiménez, el Negro Vivar, Orlando López
Tata Güines, Guillermo Barreto y muchos otros
maestros cuyo ejemplo y excelencia se mantiene
hoy en sus discípulos. Elementos jazzísticos
estilizaban al nuevo ritmo del danzón,
al chachachá, al montuno, la guajira y
otros géneros cubanos. En ellos se empleó
el calificativo de todos estrellas, "all
stars"
En
ejemplo grabados entonces son notables los rasgos
que hoy identificamos en la música más
actual "calificada como salsa" y que
no me corresponde introducir. Sí deseo
destacar la correspondencia que existe entre aquella
etapa formadora, que, si heredada la música
que iniciaba el siglo XX, consolidada como cubana,
asimiló y transformó los elementos
foráneos que más incidían
en sus aspectos más externos, los convirtió
en un nuevo producto cultural más evidentemente
cubano, más arraigado a la identidad de
nuestro pueblo. Los rasgos identitarios de nuestra
raíz musical, están ahí.
Los hombres que realizan el milagro están
ahí, en el hecho concreto en la música
de anteayer, ayer y hoy sin fronteras.