Todos
los pueblos tienen sus costumbres y formas de
tratar con la muerte, ese fenómeno natural,
cierto e inevitable. Los cubanos tenemos nuestra
forma peculiar. Antiguamente el velorio o velatorio
se hacía en las casas de familia y tenía
su ritual. El cadáver se “tendía”
en la sala u otra pieza noble de la casa y alrededor
de él se colocaban asientos para que se
acomodaran los familiares y amigos del difunto
o difunta.
Luego
de un recogimiento, sobre todo los hombres decían:
-“Voy a dar una vuelta” y marchaban a otras piezas
de la vivienda, al jardín o al patio a
conversar. Luis Carbonell, el costumbrista cubano,
narra la escena en su poema “En el último
cuarto hay son”.
Luego
vinieron las casas funerarias, donde además
del salón o “capilla” para el difunto(a)
se ofrecían otros salones menos solemnes
para el convivio y hasta una cafetería
para satisfacer las necesidades gastronómicas
de los asistentes.
Los
cubanos somos los únicos que usamos el
apodo o nombre familiar en las esquelas mortuorias.
Tome usted el Diario Las Américas y podrá
leer esquelas como éstas: “Manuel de tal
y tal... (Mongo), de Bolondrón, ha fallecido;
Rafael de cual y cual...(Mingo), de Palmira, ha
fallecido; Graciela tal de tal...(Niñita),
de los Remates de Guanes, ha fallecido; y asi
por el estilo.
Una
costumbre que ha ido desapareciendo en los funerales
cubanos es la despedida del duelo. Antes siempre
se hacía y se encargaba a un amigo íntimo
o a personas que se especializaban en este menester.
Un amigo, abogado y político habanero,
fue invitado a despedir el duelo de un prominente
político en Santiago de Cuba. Al regresar
le pregunté que cómo había
sido el entierro; a lo que mi amigo me contestó:
“el entierro (de fulano) fue un éxito”.