
A
lo que en otro lugares llaman sinecura, prebenda,
canonjías o mamandurrias, en Cuba les llamamos
botellas. La botella es una cantidad que se percibe
sin trabajar, o por no hacer nada. Es, sencillamente,
un privilegio.
El
origen de la palabra botella para definir este
hecho no es muy claro, aunque se afirma que quizá
se deba al hecho siguiente. Cuando se establecieron
los juegos de pelota vasca o “Jai-Alai” en La
Habana, se permitía la entrada “de balde”
a ciertas personas que entraban al frontón
con botellas de agua fría para que los
pelotaris saciaran su sed.
Como
las personas que entraban con las botellas no
pagaban, el público asoció este
privilegio con las botellas y a los que llevaban
les llamaban botelleros.
Las
botellas y botelleros alcanzaron su mayor popularidad
en tiempos del presidente Mario García
Menocal, quien se dice que distribuyó botellas
a granel entre sus amigos y colaboradores políticos.
Parece
que esta costumbre de ofrecer privilegios nos
vino de España pues ya en 1604 Agustín
de Rojas en su Viaje entretenido nos cuenta cómo
en Sevilla muchos aprovechados solían entrar
al teatro sin pagar la entrada, o, de botella.
En
cierta forma el primer y más famoso botellero
de Cuba fue Fernando Colón, hijo predilecto
del descubridor y notable cronista, quien cuenta
que próximo a morirse su padre le concedió
“una pensión de mil quinientos pesos anuales
sobre la Isla de Cuba” .
Durante
la etapa castrista la botella ha evolucionado
y ahora se otorgan enormes botellas en forma de
empresas comerciales o complejos industriales
a los amigos y compinches del mandamás.