Pasiones
de un horizonte existencial
Enrico Mario Santí, un sentidor de la literatura
cubana y su contexto social y político,
habla de su experiencia como exiliado.
EMILIO ICHIKAWA MORÍN, Homestead
viernes 16 de septiembre de 2005
Enrico Mario Santí (Santiago de Cuba, 1950).
Estudioso
incansable, ejemplo de lo que Emerson definiera
como un "american scholar", Enrico Mario
Santí es uno de los grandes conocedores
de la cultura hispánica; además
de un sentidor de la literatura cubana y su engreído
contexto social y político.
Su itinerario en las universidades norteamericanas
es extenso: Vanderbilt, Yale, Cornell, Duke, Georgetown.
Hoy enseña en la Universidad de Kentucky
y escribe en su casa de Claremont, California,
junto a su familia y una mata de aguacates. Los
tópicos que se abordan aquí se centran
en su libro Bienes del siglo (Fondo de Cultura
Económica México, 2002), que, como
él mismo ha dicho, recoge las pasiones
de un horizonte existencial: el de ser un exiliado
cubano.
En su etapa en Yale University, además
del encuentro con José Juan Arrom, le sucedió
el destino de conocer a Emir Rodríguez
Monegal. ¿Qué pasaba en sus clases?,
¿cómo fue que le convenció
para hacer una tesis sobre Neruda?
Emir era lo que en USA llamamos un celebrity.
Mitad hombre de letras, mitad empresario cultural.
Sus clases eran divertidas e informativas, pero
no rigurosas. En ellas aprendí mucho de
cómo conducir una clase sin que los estudiantes
se aburrieran. Pero no puedo decir que aprendí
a leer, propiamente. Eso lo había aprendido
antes de llegar a Yale, como cuento en el prólogo
de Bienes del siglo. Tal vez fue eso, que demostré
en mis trabajos y presentaciones de los seminarios
de Emir, lo que nos acercó.
En el departamento de Español había
grandes fricciones, no siempre académicas,
entre los profesores, y una de ellas era la que
rivalizaba Arrom con Emir. Arrom es un viejo bulldog,
graduado de Yale y veterano profesor. Vive en
Estados Unidos desde los años treinta,
cuando su acaudalada familia del norte de Oriente
le envió a estudiar a este país
y escapar del machadato. Emir, en cambio, era
un recién venido al mundo académico
americano, aunque había enseñado
en Montevideo, París y Cambridge.
Pero la fricción entre ellos era, además,
de índole política. Arrom simpatiza
con el castrismo, mientras que Emir era su bestia
negra, satanizado como había sido por el
affaireMundo Nuevo. Pronto me encontré
en una disyuntiva: Arrom es, o al menos era en
ese entonces, una excelente persona y un amable
compatriota; Emir era menos académico,
en el sentido profesional del término,
y mantenía cierta distancia con los estudiantes,
al menos al principio. Pero sus ideas eran más
novedosas (eran los años del boom de la
novela y del post-estructuralismo en la crítica)
y, francamente, me sentía más cómodo
trabajando con él.
Todavía recuerdo con angustia el día
en que tuve que notificarle a Arrom mi decisión.
Puede que se haya sentido traicionado, aunque
su integridad como profesor y como persona le
impidieron criticarla. Mi primer curso con Emir
fue un seminario de literatura comparada sobre
Neruda y Whitman. De mi proyecto en el seminario,
sobre la imaginación profética y
romántica en ambos poetas, nació
la tesis. En ello influyeron, sin duda, otros
cursos de Yale a los que asistí durante
esa época, con Paul de Man y Harold Bloom.
En su ensayo Parridisohace una interpretación
sentenciosa de la estética de Lukács
acerca del arte moderno como un reemplazo de "lo
típico concreto" con lo "abstracto
particular". ¿Comparte esa tesis?,
¿le ha sido útil en el estudio de
la literatura hispanoamericana?
No soy filósofo, así que seguramente
meteré la pata (no será la primera
vez). Alude usted a la segunda nota al pie de
ese ensayo, donde me refiero, entre otras fuentes,
al "escándalo del arte moderno",
que Lukács resume en su ataque a Kafka,
y la "ideología" de lo que los
anglos llaman modernism y nosotros vanguardia.
No comparto, desde luego, esa piadosa diatriba
a favor del "realismo crítico",
que es tan sólo una apología velada
del realismo socialista.
Francamente, nunca me he planteado extender el
concepto a otros textos, pero no estaría
mal hacerlo, como usted sugiere, sobre todo en
lo que toca a la narrativa cubana de la llamada
revolución. Los estudiosos que han tratado
el tema —por ejemplo, Menton o Souza—, no se plantean
el asunto. Sería interesante aplicarlo
a la secuela "carpenteriana", que abarca
escritores tan disímiles como Benítez
Rojo, Díaz y Otero.
En la edición de Contrapunteo cubano del
tabaco y el azúcar (Cátedra, 2002),
incluyó el prólogo de la primera
edición, de Bronislaw Malinowski, quien
asegura que Ortiz trabaja sin "pedantería",
"con vena volteriana". ¿Se puede
entender que el investigador se divierte, que
"goza"?, ¿que la sociología
está cerca del arte, de la "sabiduría"?
Malinowski y Ortiz eran amigos, aunque la relación
entre ellos fue breve —apenas tres años—.
La introducción, que Ortiz le pidió,
dejó mucho entre líneas, sobre todo
el tinglado político que Ortiz debe haberle
contado y que, tal vez por acuerdo tácito,
se dejó flotar (no olvidemos, también,
que Portell-Vilá escribió un prólogo
por su parte donde sí abordó lo
que en mi edición llamo "la crítica
de la caña").
Supongo que Ortiz, y más Malinowski, gozaban
de la investigación. Se nota bastante en
el tono de sus obras, a pesar de la veta museográfica,
restos del positivismo, que afecta gran parte
del contenido de las obras de Ortiz. Pero el Contrapunteo…,
como algunos han notado, es un texto donde Ortiz
se esmeró en su estilo, por lo menos en
el ensayo delantero. Al hacerlo, su prosa se acercó,
sin duda, al arte literario, en esto tan parecido
a Malinowski, aunque no creo, como otros insisten,
que eso de por sí lo hace un texto artístico,
o literario.
En cambio, Ortiz sí propone y practica
—y por eso es tan buena su pregunta— una más
amplia sabiduría, dado que estaba muy consciente
del efecto que sus observaciones podían
tener en Cuba: en la cultura en general y en la
política en particular. Más sabía
Ortiz por viejo que por sociólogo… En cuanto
a mí me toca, sí gozo de la investigación
y, sobre todo, de su organización formal
en narrativa crítica. Es una de mis adicciones.
En
Periodismo y literaturaseñala el desplazamiento
que en el interés del gobierno tuvieron
los "intelectuales" a favor de los "periodistas",
varios de los cuales, al exiliarse, no han ido
a redacciones sino a universidades en calidad
de doctorandos y profesores de lengua y literatura
españolas. ¿Implica esto un cambio
de estrategia política en el enfoque de
las disciplinas en la academia norteamericana?,
¿cómo influye en el planteamiento
de un intercambio profesional entre la Isla y
el exilio?
Divido mi respuesta en dos. Por una parte, lo
que digo allí es que al menos en cierto
momento, el de la llamada "rectificación",
suerte de respuesta al glasnost soviético,
el régimen hizo explícita su preferencia
por el periodista por encima del intelectual.
Dada la necesidad de control, la razón
era sencilla: el periodista debe describir la
realidad, mientras que el intelectual puede, y
en cierto modo debe, decir "no". Es
decir, el intelectual es crítico; el periodista
no tiene por qué serlo.
No creo, en cambio, que la preferencia haya sido
tanto por el periodismo en sí cuanto por
cierta anuencia a la política estatal,
que es más fácil aplicar al periodismo.
No son los periodistas sino su práctica
lo que el régimen desea regular. Por otra
parte, y en efecto, la diáspora forzó
a muchos profesionales cubanos a reciclarse como
profesores de español en EE UU y otros
países.
Algunos, como Carlos Ripoll, hicieron una gran
obra; otros, los más, desempeñaron
carreras dignas y, sobre todo, lograron mantener
viva la causa de Cuba en el siniestro mundo académico
norteamericano. Conozco sólo un par de
casos que pasaron del periodismo a la enseñanza:
Roberto Esquenazi-Mayo y Antonio Benítez
Rojo. Pero Roberto vino a EE UU en los años
cuarenta, y el periodismo de Antonio fue una de
varias carreras que practicó. Por tanto,
los casos a los que usted alude son para mí
forzosamente hipotéticos.
Sí observo que la academia norteamericana
es demasiado diversa para que un grupo, o escuela,
domine una estrategia política, o siquiera
un intercambio profesional entre Isla y exilio.
Sin embargo, la idea de un intercambio yace al
menos implícita en los programas de estudio
en Cuba que patrocinan universidades norteamericanas,
incluyendo algunas en la Florida, donde enseñan
profesores de origen cubano. Pero ni el Estado
cubano permite que ellos enseñen allá,
ni a las instituciones cubanas les interesa —con
contadas excepciones— enviar expertos o especialistas,
sino policías disfrazados de humanistas.
Tal
vez en las ciencias duras se dé más
ese verdadero intercambio, sobre todo de allá
para acá. Pero en lo que he visto hasta
la fecha de las ciencias sociales o las humanidades,
el llamado canje ha sido falso.
En
la introducción a Bienes…habla del diálogo
entre cubanos del exilio y autoridades de la Isla
en 1978. ¿Cómo se concibió
la presencia de tantos académicos e intelectuales?,
¿hubo algún indicador preexistente
a la selección? Los matices y diferencias
que hoy se observan entre aquellos asistentes
al evento, ¿existían al llegar a
la Isla o se forjaron en ese diálogo?
Creo
que es en el prólogo a Por una politeratura
(Ediciones El Equilibrista, México, 1997),
mi libro anterior, donde aludo al llamado "diálogo",
aunque en Bienes… sí recojo otro texto,
De Hanover a La Habana, donde hablo de ese momento
en mi itinerario. El tema, por cierto, empata
con la pregunta anterior.
Hablando del llamado "diálogo",
todavía recuerdo cómo un eminente
profesor, en medio de las discusiones que sostuvimos
sobre los acuerdos, le sugirió directamente
a Fidel Castro establecer un intercambio que el
profesor llamó "profesional"
y que podría empezar, a manera de experimento,
con profesores universitarios. Hasta se ofreció
él mismo como primer voluntario.
Castro se rió de la propuesta y señaló
(estábamos en 1978) que en Cuba ya no había
"profesionales": se había hecho
una revolución de obreros y campesinos.
Esa presencia en el llamado diálogo de
profesores e intelectuales de buena voluntad y
no poca ingenuidad, se debe a que la idea la había
promovido, además del banquero Bernardo
Benes en Miami, gente como Lourdes Casal y Marifeli
Pérez-Stable, en Nueva York, ambas profesoras
que en ese entonces militaban en las filas de
la revista Areíto, un grupo de jóvenes,
no todos profesores, que abogaban por un acercamiento
a lo que ellos llamaban "Cuba".
Mis comillas ironizan el concepto porque, al igual
que años después haría el
grupo Bridges to Cuba (Puentes a Cuba), nunca
se plantearon que "Cuba" no existía
sin pasar por el tamiz ideológico, o mejor
dicho, la maquinaria policíaca del Estado.
No tengo idea de cómo se escogieron los
que participamos, aunque supongo que debe haber
habido una identificación de personalidades
abiertas al encuentro y una disposición
que hoy llamaríamos "políticamente
correcta" (todavía sonrío al
recordar a una profesora del grupo que, en la
excursión que nos dieron a Tropicana, me
señalaba esa noche, extasiada, cómo
el show que mostraba una pelea de gallos eliminaba
"la obscenidad" y mostraba ¡el
heroísmo del pueblo combatiente!).
En realidad, el "diálogo" nunca
fue tal. La agenda estuvo controlada por el régimen,
y si hubo disensiones abiertas no tuvieron resonancia.
Hubo dos grupos: uno que viajó en noviembre,
y el mismo grupo ampliado por más participantes
que viajamos al mes siguiente. Estuve en el segundo,
apenas cuatro días, pero francamente no
recuerdo que nadie, ni de una ni de otra parte,
jamás me pusiera al tanto de la agenda,
aunque sí se habló mucho de los
acuerdos, que para entonces era un fait accompli.
Me limité a escuchar, mitad asustado, mitad
esperanzado: era la primera vez que regresaba
al país desde mi salida, de niño,
en 1962, y me movía más el "embullo"
que la razón. No creo que el diálogo
forjara nada, salvo —honrosa excepción—
facilitar el traslado de los ex presos y sus familias
a territorio norteamericano. Mucho menos posiciones
definidas en torno a la cuestión cubana.
A los dos años, algunos de los que fuimos
esperanzados terminamos desilusionándonos
con el otro gran evento que le sucedió:
el Mariel. Nunca se ha reflexionado, que yo sepa,
que el Mariel fue la negación del diálogo
(por ejemplo, en el tema de la reunificación
familiar, que los barcos atestados de presos y
enfermos mentales echaron por tierra). Otros profesores,
que hoy abogan por un mayor acercamiento —como
Jorge Domínguez, o Alejandro Portes—, ni
siquiera formaron parte del grupo del diálogo.
El
epílogo a Bienes…salva con simpatía
y autenticidad esos riesgos que existen en toda
memoria. Su "mata de aguacate(s)" puede
estar ya a la altura de otros árboles literarios,
como el almendro, el olivo, la caña, la
palma, la yerba buena y el toronjil… ÀLo
elevaría al rango de árbol de vida?,
¿dará más cosecha literaria
su "aguacatero"?
Como
muchos compatriotas que han pasado por el exilio,
hace tiempo que escribo unas memorias. Pero como
desconfío del yo romántico y siempre
lo he visto —con Whitman y Neruda— como un sujeto
descentrado o bien por la inspiración o
por la retórica, me resisto a explayarme
en el tiempo (la vida del profesor, a pesar de
lo que dicen los profesores, no es interesante…).
Lo que quiero es contar la historia de mi primer
año como exiliado, delimitado por dos eventos
históricos: la Crisis de los Misiles (mi
familia y yo salimos de Cuba el 16 de octubre
de 1962, una semana antes de que Kennedy proclamara
la cuarentena) y el asesinato del propio presidente,
un año después. El trauma (no hay
otra palabra) de ese año en mi vida me
dejó recuerdos y angustias imborrables
que hace tiempo requieren un exorcismo. El problema
para mí ha sido cómo aligerar el
tono de este relato. ¡A veces lo que me
sale es un remedo de Pedro Páramo!
Bienes…se
caracteriza, entre otras cosas, por contener ensayos
que lindan entre la literatura y la política.
Ese interés por la política resulta,
hasta cierto punto, una excepción entre
los académicos cubanos que se dedican a
los estudios literarios. ¿Cómo enfoca
este cruce?
Es
cierto que algunos de mis ensayos sobre tema cubano
se interesan por la política, pero agregaré
enseguida que se ocupan del tema únicamente
en cuanto tocan la temática intelectual
y literaria o, como diría un burócrata,
la "política cultural". No soy
ni politólogo ni historiador, pero considero
que la política, y sobre todo la moral
política, y en el caso de la literatura
cubana actual —que tanto abunda en el tema—, es
demasiado importante para dejarla en manos de
especialistas.
Entre los académicos cubanos dedicados
a la literatura, en mi generación al menos,
es un tabú escribir sobre política,
o mezclarla con la crítica literaria: es
más común un tipo "Roland Barthes"
que un "Edward Said". De hecho, conozco
a algunos que no sólo desdeñan el
tema sino que reprochan abiertamente a aquellos
que, como yo, nos ocupamos de él (uno de
ellos ha llegado a decir, nada menos que sobre
el Octavio Paz ensayista, que su obra está
llena de "basura ideológica").
En cambio, mi opinión sobre estos colegas
es distinta: lamento que no escriban sobre política,
pero no los reprocho. Si escribir sobre este tema
es una cuestión de conciencia, ¿cómo
exigirles lo que no tienen? Aunque tal vez la
situación sea aún más complicada.
Muchos de ellos sí abrigan las mismas opiniones
que yo enuncio, pero no las ponen por escrito
por temor a que tengan una repercusión,
digámoslo finamente, "profesional".
Prefieren la anuencia hipócrita a la articulación
racional, y sucumben a las presiones de una academia
que se caracteriza por su paternalismo hacia Cuba
y América Latina en general y una actitud
cínica hacia su cultura. Murmuran sus opiniones,
no las piensan…
Con esa complicidad hace tiempo decidí
romper. Me ha costado lo que ellos no están
dispuestos a pagar. Pero a cambio he ganado no
sólo lectores que simpatizan con mis ideas;
también una conciencia tranquila de la
que, tal vez, ellos carecen.
Para
finalizar, le pedimos una exégesis de una
afirmación que desliza con mucho cariño
en ese mismo epílogo, una hipótesis
de "microidentidad": "me siento
más cercano a los cariñosos orientales
que a los díscolos habaneros".
Nací
en Santiago de Cuba, pero me crié en La
Habana. Mis recuerdos de Oriente, de donde es
toda mi familia, son en cambio mucho más
vivos y enternecedores que los que guardo de la
capital. A lo mejor me equivoco —la memoria es
porosa, dice Borges— pero en mi imaginación
Oriente es una mata de aguacates, La Habana una
guagua; Santiago de Cuba una sonrisa, La Habana
un grito. ¿Son de la loma y cantan en llano?