«Nunca
he sido un escritor de izquierdas»
Entrevista con Alberto Lauro, Premio Odisea de
literatura gay por la novela 'En brazos de Caín'.
LADISLAO AGUADO, Madrid
martes 25 de octubre de 2005
El
exilio es un país agreste, inverosímil,
la otra frontera después de la nostalgia.
Eso creo, mientras miro a la calle una mañana
de lluvia en Madrid, y pienso en los laureles
de la Carretera Central, en los laureles de los
parques de La Víbora, en los laureles de
Río Cristal, y pienso en la Isla como un
bosque de laureles.
Recién terminé la lectura de En
brazos de Caín, la novela ganadora del
VI Premio Odisea de literatura gay y pienso que
Alberto Lauro, su autor, sabe que el exilio es
un país agreste, inverosímil, repleto
de dudas e incertidumbres. Sin embargo, hay una
parte de su persona que aún vive en La
Habana y, esa tarde, la tarde de ayer, la última
tarde, él camina por las aceras del Vedado
hacia la casa remota, ficcionada, de Dulce María
Loynaz, donde ella le ofrece de merienda el tamaño
inmenso de su soledad; por las calles angostas
de La Habana, como si delante suyo otros nombres
y otras épocas le trazaran la ruta misteriosa
de todos los puertos; o en Trocadero lo esperase
María Luisa, la esposa del Poeta, tan necesitada
de consuelo en estos días.
Eso pienso, mientras miro a la calle y recuerdo
los laureles de la Isla, sus boliches rojos, pulposos,
y aguardo por la visita de Alberto Lauro al mediodía,
puntual y obsequioso como "éramos
antes los cubanos", y sobre el mapa que cuelga
en la pared, se dibujan los rastros vagos de una
isla que ya no está, o al menos no en la
imagen que Alberto Lauro la recuerda.
Hay en sus ademanes, una actitud comedida (decente,
diría mi abuela), que parece negar los
gritos en las calles, las marchas triunfantes
de los aniversarios, las fiestas de miseria, música
y alcoholes baratos que retratan la visión
de una Cuba revolucionaria y proletaria. Alberto
Lauro llegó tarde al mundo. En alguna fotografía
del grupo Orígenes debió llamar
la atención ese muchacho de ojos verdes,
infantiles, que miraba provocador a la cámara,
ése, al lado de Eliseo.
Pero en verdad, Alberto Lauro Pino Escalante nació
en Holguín, en 1959, y desde 1993 pervive
en España, con todos los riesgos de la
soledad, la literatura y los amores contrariados,
efímeros, felices, como si la vida a ratos
le cruzara las cartas en contra y con el poeta
turco Nazim Hikmet y casi todos, tuviera que admitir
frente al espejo de todas las mañanas:
"duro oficio el exilio". Y en su currículo,
la incertidumbre ante el después, los más
diversos empleos, los grandes anhelos pospuestos
van dejando huellas de agua, rastros de lágrimas,
manchas de tinta.
Me mira, y no sé de dónde encuentra
la fuerza para oponerse tan bien a las contingencias.
Y se lo pregunto.
¿Cómo haces para vivir con los miedos?
"Yo no tengo miedos. Y es quizás esa
ausencia de miedo lo que me permite enfrentarme
a la vida, sobrevivir sin renuncias, sortear mis
propios desafíos".
Y
sonríe, toma un sorbo de una cerveza que
compartimos a seis manos y tres bocas en el salón
pobrísimo de mi casa de alquiler y me obliga
a creerle. "Perdí el miedo de niño,
una vez que mi abuelo me enseñó
el lugar donde se escondía un hombre que
planeaba matar a Fidel Castro". Y el verde
de sus ojos desaparece en el ámbar acuoso
de la bebida. "Yo soy un temerario, admite,
aunque no un transgresor, por ejemplo, como Reinaldo
Arenas".
Pero
no puedo evitar un gesto de descreimiento, un
alzar las cejas y extraviar los ojos hacia la
calle. Si a alguien me recuerda la imagen literaria
de Alberto Lauro, es precisamente a Reinaldo Arenas.
Y se lo comento, inquiero por su amistad con Reinaldo,
como él lo llama, y enciende la voz, alegre:
"a Reinaldo yo lo conocí en Holguín,
'su pueblo y el mío', cuando andaba con
sus textos metidos en un saco de un sitio para
otro. Era terrible. Pero mi gran amistad fue con
su madre, una mujer encantadora, muy fuerte: imagínate,
con todo lo que pasó; yo guardo sus cartas".
Y la evocación de Reinaldo Arenas, me devuelve
una asociación que no me atrevo a comentarle.
Por no sé que extraño mecanismo
mental, no puedo evitar disociar a Reinaldo Arenas
de Virgilio Piñera, y a los dos, de Alberto
Lauro, que ahora está sentado frente a
mí, bebemos de la misma cerveza y una pregunta
se escurre filosa entre nosotros.
¿Qué fue primero, la fabulación,
el sexo o el dolor?
"¿La verdad? La fabulación.
El sexo no llegó sino muchos años
después, ya adulto. Mientras tanto, no
lo evité, sino que simplemente no existió.
Yo no soy un escritor del deseo. Prefiero los
cuestionamientos, las inculpaciones, a la complacencia.
El dolor también llegó después,
quizás, como la consecuencia directa de
la fabulación. Sin embargo, la fabulación
es para mí un acto íntimo, que no
involucra para nada la publicación, el
lector, las editoriales. Para mí son actos
distintos, disociados".
"Creo que esto lo aprendí desde niño.
La creación era importante por sí
misma, como acto único y personal. En mi
familia existe una tradición poética,
mis tíos escribían poesía,
pero lo asumían como una cuestión
privada, como una necesidad, no como un oficio
ni un entretenimiento y nunca publicaron".
"Tal vez por eso, están esas novelas
mías ahí, sin publicar, y si mandé
En brazos de Caínal Premio Odisea, fue
más a instancias de Zoè Valdés,
por complacerla, que por un interés particular
de concurso y premio".
Alberto Lauro habla serio, se lleva las manos
a la cabeza y a ratos se vuelve hacia mi novia,
deja las preguntas en el aire, y comenta: "estos
espaguetis están riquísimos, pero
no tengo hambre, estos días he comido muy
poco". Y levanta despacio el tenedor, como
si comiera sólo por complacer nuestras
exigencias. Está triste de alma y corazón
y vida, y me pidió que pusiera un disco
de Frank Sinatra, pero yo fingí no escucharlo
y puse a Benny Moré, sus boleros, y le
pregunté por el Premio Odisea.
"Fue una sorpresa. Una grata sorpresa. Pero
también me produjo una sensación
amarga, ya sabes, como de indiferencia o hastío.
Llevaba muchos años dubitativo frente a
mi obra narrativa, decidido más bien a
no publicarla, o al menos a esperar un poco más
de tiempo, y con el premio, los planteamientos
que hasta ese momento me habían servido
como protección a esa intimidad de la creación,
cambiaron. Unos para mejor, otros, con los requerimientos
que implica el propio fenómeno editorial".
La mesa quedó en silencio, y Benny Moré
comenzó a cantar Fiebre de ti (y esto no
es un recurso literario), el bolero que más
nos gusta, y pareció que La Habana entraba
por el este de Madrid y dejaba sus olores en la
humedad del aire.
¿De dónde nació la idea para
escribir En brazos de Caín?
"La novela nace aquí en España,
una vez que el exilio me obliga a recapitular
mi vida. Yo tuve una formación católica,
de católico practicante, y cuando comienzo
a poner las cuentas en claro, a procurar entender
los años que había vivido, también
cuestiono los principios de mi fe. Y termino por
admitir que en el origen del hombre hay un componente
incestuoso, pues el desarrollo humano parte del
vientre de Eva, la única mujer".
Estamos
marcados por un complemento amoral desde el primer
momento, y hay en esa relación de Adán,
Eva, Caín y Abel, los componentes necesarios
para intentar explicarme la realidad y cuestionarla
a través del mito, a la vez que también
cuestionaba el mito y su valor como creencia".
Pero es un premio de literatura gay…
"Es un premio de literatura gay, pero En
brazos de Caín no es un novela gay, como
si dijéramos una novela erótica,
una novela negra o una novela policíaca.
La literatura gay como género es malísima.
Está la literatura, y dentro de ella, aquella
que plantea un conflicto gay en un contexto narrativo
mayor, que trasciende la mera circunstancia sexual".
Alberto Lauro mueve los espaguetis en círculo,
acaricia con el tenedor la crema de nata y beicon,
esparce pimienta, y procura que el bocado sea
pequeño, "llevo unos días que
como muy poco", y se le nota una palidez
reciente en el rostro. Está dolido, cuenta,
por una historia de amor sin final feliz. Una
historia hermosa y desgarrante, incierta, que
le quita el apetito, que lo obliga a escribir,
que le encima el sufrimiento aunque él
lo evite.
También hay un público para esa
literatura…
"Existe un público que consume literatura
gay, y que En brazos de Caín venga precedida
por el Premio Odisea, ayuda a su difusión.
No es una novela gay, pero también se consume
como tal y esto repercute a favor de su distribución
y conocimiento".
Alberto Lauro vive en España desde 1993
y nunca más ha regresado a Cuba. Frente
al gobierno cubano mantiene una postura extremadamente
ética, donde las distancias están
muy bien guardadas.
"Yo no soy un escritor de izquierdas, nunca
lo he sido. Y aún hoy, que el fenómeno
izquierda-derecha está tan deteriorado,
y no se puede hablar de posiciones políticas
en estos términos, no ser un escritor de
izquierdas (aun lo disyuntivo de la expresión)
es un factor en contra para la divulgación
y el trabajo intelectual. Tienes el caso de Guillermo
Cabrera Infante, del propio Reinaldo Arenas, a
los que se les hizo difícil el camino,
a pesar de su indiscutible calidad literaria".
"Simplemente, porque las relaciones en este
campo se hacen de manera muy superficial y a más
de un intelectual que no convive en la égida
de los autoproclamados intelectuales progresistas
(como si todos los demás fuéramos
unos retrógrados o estuviéramos
a favor de todas las injusticias de la tierra),
el acceso a las universidades, a los centros culturales,
a las mismas casas editoriales se le ha convertido
en un faena penosa. A Guillermo Cabrera Infante
le dieron el Cervantes, hubo que reconocerle su
maestría, porque no tenían cómo
tapar el sol".
Benny Moré está cantando Te quedarás
y Alberto Lauro aparta el plato, escancia cerveza
para los tres, y levanta su vaso: "los quiero"
y eleva el volumen de la grabadora.
Una última pregunta: ¿Y Cuba?
"Te voy a contestar con unos versos míos:
'Como blanqueado sepulcro/ donde fuimos príncipes/
jugando a desafiar al lobo/ y terminamos/ finalmente/
devorados./ Como un sepulcro blanqueado/ es mi
país'".