
Marzo 20, 2008
LA
IGLESIA Y EL CASTRISMO: LA PARADOJA EXPLICABLE
Por
Julio M. Shiling
Mucho se ha escrito sobre la recién visita
a Cuba comunista del Cardenal Tarcisio Bertone.
Los legítimos demócratas, en su
mayoría, han sido críticos. Casi
todas las reprobaciones, sin embargo, han apuntado
al “Vaticano”, diferenciando la misma de la
Iglesia Católica, representada por su
liderazgo titular. Esto es un error. Omite grave
relevancias que dilucide la genuina explicación
para esta aparente incongruencia. Primero, una
recapitulación de lo ocurrido y varias
aclaratorias seminales.
El pretender desligar al Vaticano de la Santa
Sede y la Iglesia es una bofetada a la inteligencia.
El Vaticano existe como Estado al servicio de
la Iglesia. Su paralelismo no se puede ignorar.
Menos cuando, por la delicadeza de no ofender
a buenas personas, se elude la responsabilidad
de altas figuras que cometen grotescos actos
de complicidad inmoral. Adicionalmente, la Iglesia,
institución de inspiración divina
pero humana, no ha sido monolítica tampoco
en cuanto a la ideología socio-política-económica
que ha recetado para la humanidad. Particularmente
en los últimos cien años. Esto
es de una envergadura imponente, cuando se toma
en cuenta que algunas de estas propuestas y
posturas, pisotean los principios más
elementales que el Ser Supremo nos enseño.
El Cardenal Bertone fue a Cuba, no como un sacerdote
particular. No lo es. Pero sí es el segundo
en mando de la Iglesia Católica. Para
ser preciso, la mano derecha del Obispo de Roma,
el Papa Benedicto XVI. Fue para “celebrar” el
décimo aniversario de la visita de Juan
Pablo II a la Isla esclavizada, estadía
que aún diez años después,
pese a las exaltadas esperanzas de los que aplaudieron
dicho viaje, todavía brilla por su ausencia
la esperada “apertura al mundo” de Cuba socialista.
Lo lamentable de la visita a Cuba del Secretario
de Estado de la Santa Sede, no sólo fue
lo de “festejar” aquel fracasado viaje que rindió
poca cosecha cristiana, sino con quienes fue
a “festejar” y a quienes le dio la espalda.
Ante tanta desvergüenza, por donde empezar.
“Quiero ahora, con motivo de esta cena”, exclamó
el Cardenal, “dirigir un particular saludo a
los Representantes del pueblo cubano aquí
presentes…” No, no se dirigía el Secretario
Bertone a Marta Beatriz Roque, Oscar Elías
Biscét o Antunez. Los que compartieron
la cena oficial con él y a quien le hablaba,
era la cúpula dictatorial cubana. Si
pensaron que iba aprovechar la ocasión
para al menos regañar a algunos de los
responsables de la barbarie, se quedaron pasmados
esperando. Más bien sus palabras reflejaron
un afán de entrelazar fuerzas con la
dictadura. “En este espíritu de concordia”,
delineó el asesor principal de Benedicto
XVI a la tiranía, “estoy seguro de que
pronto se podrá llegar a establecer un
instrumento de trabajo que facilitará
nuestras relaciones recíprocas”. Y los
“votos” y “saludos” al criminal de lesa humanidad,
Fidel Castro, eran de esperarse. Su admiración
por lo morboso no se detuvo con el asesino en
jefe. En nombre de la Santa Sede, le deseó
“aciertos” a la nueva junta gobernante, algo
llamado “Consejo de Estado” y compuesto por
algunos de los más connotados criminales
de las Américas. ¿Cómo
se puede explicar que la Iglesia Católica,
entidad tan centralizada, haya enviado al segundo
en su jerarquía, a comulgar con una sangrienta
dictadura comunista? La respuesta es fácil.
Perfecto sólo es Dios. Todo lo humano
es falible. Así nos los reveló
Platón y San Agustín. Pero un
día vinieron algunos, que rompiendo con
la noción del Pecado Original, promulgaron
ideas que excitaron los sentidos de esos que
se creyeron capaces de establecer un nuevo orden.
Estos pseudos-ilustres (Rousseau, et al), dijeron
que el hombre es perfecto y lo malo es su entorno.
De ahí ha construir, por medio de la
ingeniería social, el “cielo en la tierra”.
Todo esto, haciendo caso omiso a lo articulado
por San Agustín, un Doctor de la Iglesia,
que demarcó claramente la diferenciación
de vivir dando la primacía al alma o
al cuerpo. De las filas que comenzaron a formarse
para impregnar al mundo con estas absurdas nociones,
estaban religiosos que sustituyeron lo sobrenatural
con lo natural. Y nos han querido convencer,
a partir de ahí, de que así pensaba
Jesús.
Claro debe quedar que ha habido dirigentes de
la Iglesia que vieron venir la obscura tempestad.
Pío X fue uno de ellos. “En estos últimos
tiempos”, alertó el Pontífice
en su encíclica “Pascendi Dominici Gregis”
(1907), “ha crecido extrañamente el número
de los enemigos de la Cruz de Cristo, los cuales,
con artes enteramente nuevas y llenos de perfidia
se esfuerzan por aniquilar las energías
vitales de la Iglesia, y hasta por destruir
de alto a abajo, si les fuera posible, el imperio
de Jesucristo”. “Hablamos”…, continua la encíclica,
“de un gran número de católicos
seglares y, lo que es aún más
deplorable, hasta sacerdotes, a los cuales,
so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en
absoluto de conocimientos serios en filosofía
y teología, e impregnados, por el contrario,
hasta la medula de los huesos de venenosos errores
bebidos en los escritos de los adversarios del
catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento
de modestia, como restauradores de la Iglesia”.
Análisis profético el de Pío
X. Resume la clarividente premisa en una oración,
“Traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera,
sino desde dentro…”.
Giuseppe Melchiorre Sarto, el nombre con que
nació el Papa Pío X, dos años
después en la encíclica “Communium
Rerum” arremetió contra los conspiradores
anticristos que enarbolaban (en nombre sólo)
la fe católica. Los llamó…”Hijos
desnaturalizados que pretenden que el cristianismo
sólo conserve el nombre…Entre Cristo
y Belial (genio del mal) no hay posibilidad
de composición o acuerdo”. Oídos
sordos ha prestado el actual Sumo Pontífice,
igual que su predecesor, a la postura digna
que planteó Pío X. Colocación
moral y práctica, que genuinamente capta
la esencia del ejemplo de Jesús, en sus
diferentes enfrentamientos con el mal y sus
representantes: no concertar con el no-arrepentido
y esencial enemigo (arrepentimiento, recuerden
requiere el total abandono de actividades pecaminosas).
Pío X, campeón de la pureza de
la fe desligada de añadiduras “modernistas”
que con sus nuevas metodologías de análisis,
la deformaban transcendentalmente; sospechoso
de la politización de la Iglesia y enemigo
del socialismo, no fue el único en alertar
sobre el peligro venidero. Antes que él
lo hicieron los Pontífices, Pío
IX y León XIII. Después, su sucesor,
Benedicto XV, siguiéndolo Pío
XI y Pío XII. Merece destacar, la muy
conocida encíclica “Divinis Redemptoris”
(1937) de Pío XI, declarando al comunismo
“intrínsicamente perverso” y oficialmente
prohibiendo la cooperación entre la Iglesia
y católicos que se adhirieran a la doctrina
marxista, conociendo este la capacidad insidiosa
de los movimientos comunistas. También,
la exclamación del Papa Pío XII
(1956), de que el dialogar con el comunismo
no era factible, dada la inexistencia de una
misma moral idiomática. Y la reiteración
de Pío XI de “que la oposición
entre el comunismo y cristianismo es radical”
merita asimismo mención. Sin embargo,
y a pesar de los esfuerzos de los citados dirigentes
de la Iglesia Católica, buenos y malos
tildaron la balanza a favor de un revisionismo
drástico dentro del catolicismo. Las
desastrosas repercusiones, hasta este día,
el mundo y la Iglesia lo están padeciendo.
El suceso histórico que atinó
las posibilidades para que las facciones más
radicales del izquierdismo católico se
apoderaran de la agenda eclesiástica,
fue el Concilio Vaticano II. Esta asamblea ecuménica
convocada por el Papa Juan XXIII en 1959 (sólo
meses después del fallecimiento del anticomunista
Pío XII y su ascensión al liderazgo
de la Iglesia) y concluida por Pablo VI, tenía
el propósito expreso y abstracto de “modernizar”
y “renovar” la Iglesia, su Liturgia, los feligreses,
las relaciones y cuestiones “sociales”, etc.
Las “reformas” que se adaptaron en esa asamblea
y el producto final, donde 2450 obispos entre
1962 y 1965 se congregaron, galvanizó
las fuerzas con proclividad a la ingeniería
social, que por medio de instrumentos políticos
totalitarios e ideologías que en la historia
veían retratada una lucha de clases,
cristalizaron “soluciones” a “problemas” percibidos.
Algunas anécdotas interesantes del Concilio
Vaticano II incluyen la coordinación
del Cardenal Tisserant (muy popular en círculos
de la izquierda radical) en 1962, de la “asistencia”
al Concilio de observadores soviéticos.
La reunión en Francia entre el Cardenal
y los soviéticos fue llamada por la prensa,
el “Pacto de Metz” (confirmado por Monseñor
George Roche, secretario por 30 años
del Cardenal Tisserant, a Itineraires, No. 285,
página 153). A cambio de asistir al Concilio
II, los soviéticos exigieron que no se
redactara, en la misma, ninguna condena al marxismo.
Según la fuente citada y otras, entre
ellas la de Monseñor Schitt, obispo de
Metz, quien en rueda de prensa confirmó
que la URSS obtuvo lo que quiso (Le Lorrain,
9 de febrero, 1963). El hecho de que, entre
lo producido por el Concilio II se encontraron
críticas al capitalismo y al colonialismo,
pero nada referente al comunismo, afianza lo
sospechado. Sería interesante anotar
que varios intentos para condenar el marxismo,
por medio de proclamas, fueron hechas (similar
a previas ocasiones) por agrupaciones de obispos.
Estos esfuerzos fueron frustrados por la interferencia
de las pertinentes comisiones.
Dentro del contexto del Concilio Vaticano II,
los años venideros produjo una Iglesia
mucho más ocupada con las cuestiones
temporales del mundo contemporáneo, que
el de su propósito original: enfatizar
lo sobrenatural y salvar almas. Los “reformadores”,
laicos y clero, abrazaron conceptos de “guerras
sociales”, identificando la misma con la religión
y todo su fervor. La Revolución Castrocomunista,
con su diatriba oficial de igualitarismo, utopismo,
anticapitalismo y antinorteamericanismo, dentro
de ese entorno histórico, jugo un papel
inspirador para esta corriente. La palabra “revolucionario”
pasó a ser, para los más extremistas,
casi sinónimo con cristiano. En América
Latina la aplicación paralela del Concilio
II se materializó en Medellín
en 1968.
El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM:
asamblea que agrupa a los obispos católicos
de América Latina y el Caribe), incorporó
la licencia que el ideario del Concilio II le
extendió, radicalizada aún más
con la añadidura de “Populorum Progressio”
(1967), encíclica anticapitalista de
Pablo VI. El documento redactado comprometió
a la Iglesia latinoamericana a lanzarse a la
“acción social” para remediar la miseria,
donde ellos consideraban que originaba (naturalmente
el sistema capitalista). Tan fundamentalista
fue dicha declaración, que hasta formuló
la “justificación” para que sacerdotes
abrazaran acciones políticas de índole
insurreccional contra el orden existente. El
brinco de cura a guerrillero, para algunos,
fue fácil. Para otros, la permanencia
dentro de la Iglesia inculcó una concientización
que al aceptar ideológicamente la recetada
versión del “compromiso con lo social”,
al marxismo se dio por alto su contenido materialista
y ateo. El enfoque fue en su percibido “humanismo”.
Con responsabilidad y evidencia innegable se
puede atestiguar que de ahí se inspiraron
(y salieron) algunos de los movimientos terroristas
más connotados de América Latina.
Los Bertones de la Iglesia (y el que los autoriza)
representan a una facción trasnochada,
pero activa y poderosa dentro de la Santa Sede.
Vienen de la extirpe que produjo el Concilio
Vaticano II, sus apéndices ecuménicos,
las encíclicas y las ideas políticas
que infundió todo eso. Endorsan recetas
económicas, como la llamada “Doctrina
Social”, que puesto en ejercicio, sólo
profundizaría y proliferaría la
miseria material, el clientelismo y con su estatismo
predador, debilitaría la sociedad civil
a expensas de una élite gobernante. El
actual liderazgo de la Iglesia (como el anterior
con respecto a Cuba) no se siente muy incómodo
con la dictadura cubana. Pienso que ciertos
aspectos inherentes del despotismo castrista
les deben chocar i.e., falta de libertades civiles,
fusilamientos, etc. Pero la incomodidad no se
contrapone a lo que admira del castrocomunismo.
La letanía oficial la cree (educación,
salud, embargo, etc.). No considera a la tiranía
su enemigo, ni siquiera adversario. Simplemente
disienten. No se oponen. Valoran más
como concepto el igualitarismo, aunque sea sólo
como capricho metafísico, que la libertad.
Los principios de la “guerra justa” contra el
mal de San Agustín, el “tiranicidio”
de Santo Tomás de Aquino, la intransigencia
de Padre Félix Varela, el desbordamiento
por lo sobrenatural y la fe que nos ilustró
Santa Teresita del Niño Jesús
¿dónde figuran en la esquema de
la Iglesia hoy? Sólo en el léxico
de un sermón vació. En la práctica,
el revisionismo las desterró. Pero están
viva como el Verbo del Santísimo Padre
que se enfrentó a la brutal tiranía
romana y los hipócritas Sumo Sacerdotes.
Las palabras de un arrepentido Pablo VI, años
después, declarando que el mal y su “humo”
había “entrado en el santuario y… envuelto
el altar”, mantienen relevancia hoy, como en
1972 cuando lo dijo. Lo ocurrido en Cuba es
un ejemplo de eso.
La Iglesia necesita otro San Francisco de Asís,
con una misión similar. En San Damián,
una capilla humilde y hermosa, desde un crucifijo
bizantino, Jesús por primera vez le habló
al joven San Francisco. Le comunicó el
Gran Maestro, “Francisco, arregla mi casa”.
Ahí se le señaló el camino
al Hermano de Asís. Ahora más
que nunca, necesitamos otro San Francisco para,
nuevamente, arreglar la Santa Iglesia.
Julio
M. Shiling
Director
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Cardenal Bertone junto al Cardenal Cubano Jaime
Ortega.