
Por una caja de pastillas volvió a caminar…
Toni, España
No
dejo de asómbrame con las cosas de Cuba
por mucho que crea que se, que he visto, o me
han contado.
El
surrealismo allí está la orden
del día, allí lo absurdo es real,
se convierte en lo cotidiano y por mucho que
te cuenten o imagines te quedas corto si crees
que ya no hay nada más que te pueda sorprender
de ese país.
Todo
el que visita la isla de Cuba “con ganas de
saber” se entera de algún caso de los
que pone los pelos de punta, puede ser de algún
invento en la lucha por la supervivencia diaria,
o así como algún atropello contra
la integridad de las personas en todas las formas
más rocambolescas que podamos imaginar
(digo esto porque impera en la Isla un régimen
feudal por 48 años, que también
sobrevive mientras puede).
Y
respecto a las historias que te cuentan de que
si por no tener algo, como puede ser algún
medicamento que en Europa está “tirado”.
Te enteras que en Cuba hay alguien que lo está
pasando mal. Esto hace sentirte como con una
especie de culpabilidad, diciéndote.
-¡Eso lo resuelvo yo, eso no es nada,
eso no puedo consentir que este pasando!
¿Pero,
cuantos casos tú puedes resolver? ¿En
cuántas situaciones de penuria tú
puedes ayudar? Si todo aquello es una queja
con patas, allí por mucho son, salsa,
risas y caras de querer agradar, detrás
de ellas hay verdaderos dramas, tan tristes
y dolientes como el que a continuación
les voy a relatar.
Cada vez que regreso de Cuba dejo mi botiquín
particular. Suelo llevar por ser propenso al
acido úrico todo lo necesario por si
me da un ataque de Gota. Voltaren, Hemulgel
etc. Así como aspirinas, o sobres para
el catarro.
Y
cuando regreso a España lo que llevo,
lo dejo allá, a la familia de mi esposa.
Un
día en un hospital de Pinar del Rio coincidieron
dos primas que hacía tiempo no se veían.
Fita y Elsa.
Bendita
conversación y bendita casualidad que
surgiera como es tan común en los cubanos
el preguntarse por todos los miembros de la
familia para que Elsa se enterara del estado
de salud de la hija de su prima Fita.
Fita
tenía una hija de 30 años de edad
y siempre padeció de una enfermedad en
los huesos sobre todo en las rodillas.
En la conversación Fita le dijo a su
prima Elsa que su hija llevaba tiempo postrada
en una silla como consecuencia de su dolencia
ósea, con terribles dolores, y que los
pocos pasos que daba por la casa era sujetándose
por los muebles y apoyándose en las paredes.
Esta
familia es de San Luís y esta conversación
tenía lugar en Pinar del Río por
la visita de Fita al hospital en pos de resolver
algún fármaco para la hija, fármaco
que era allí el equivalente al Voltaren.
Fita
contaba, que hasta una familiar pinareña
en USA no lo encontraba, decía. ¡Mija
aquí de eso no hay!…. Bien es cierto
que esta era una guajirona y no se enteraba
de na. (Así se lo contaban a Elsa, dejará
de haber…)
Elsa
llegó a la casa y habló con la
hija que estaba casada con un gallego (yo) y
la puso al corriente de todo lo contado por
su prima Fita.
Elsa
le hizo llegar a su prima Fita en San Luís.
El Voltaren, el Hemulgel y unos sobres que eran
para los huesos, para no se que de las rodillas
(creo que antioxidantes)
Habrían
trascurrido unos diez días del envío
de los medicamentos, cuando una mañana
bien temprano sonó el teléfono
en casas de Elsa.
¡Tía
Elsa, tía Elsa soy yo, la hija de Fita!
¡Llegué
por mi propio pie hasta el teléfono pa
darte las gracias y decirte que ya puedo caminar!
El
teléfono público de donde estaba
llamando la alegre y feliz muchacha está
a un kilómetro de su casa.
Toni.
Septiembre
de 2007