
La sombra de Fidel
“Las
palabras y los muertos”, la más reciente
novela del escritor cubano Amir Valle, versa
sobre las intimidades del poder desde la perspectiva
de un personaje muy cercano a Castro.
Manuel
Gayol Mecías
La Opinión
4 de octubre de 2007
El
cubano Amir Valle vuelve a la palestra. De nuevo
otro libro suyo acapara la atención de
los lectores y de la crítica. Esta vez
no es un texto de preciso carácter documentario,
ni de sustanciosos y sorprendentes testimonios
o entrevistas, ni descripciones objetivas de
hechos y fenómenos sociales en los que
se hurga y escarba hasta encontrar las esencias
como es el caso de Jineteras. No, esta vez se
trata de otra de sus novelas, que cuenta una
buena parte de la intimidad del dictador Fidel
Castro.
Su narración sorprende, en primera instancia,
por el recurso en la perspectiva del narrador,
puesto que los entresijos interiores que se
dan en Castro y a su alrededor se develan mediante
las revelaciones que deja entrever Facundo,
su escolta principal, el más cercano
de todos, quien despliega su fanatismo por el
Jefe cuando le comunican que el (aparentemente)
inmortal mandatario acaba de morir.
La muerte de Castro conmociona a su “sombra”,
Facundo, quien de pronto se encuentra sin objetivo
en la vida; y sólo le queda el recuento
de los hechos, darle rienda suelta a la memoria
como una manera de paliar su nueva soledad.
Facundo ha cuidado al Presidente desde que tuvo
lucidez para hacer algo “útil”, pues
desde los 14 años empezó a prepararse
para ello. Ahora, la sombra que era no tiene
dónde asirse.
¿Novela histórica?; ¿novela
del dictador?; ¿novela psicológica?;
¿novela de tesis (“sin Fidel Castro la
Revolución no tiene manera de continuar”)?
De todo un poco; es una novela umbral y de suposición
objetiva, real, porque en el discurso narrativo
se revela el recurso del murmullo público;
novela en la que las coordenadas de género,
de tiempo y de espacio se cruzan y se interrelacionan.
Una manera cautivante de narrar la intimidad
de una figura tan carismática y hermética
como lo ha sido un hombre que ha ostentado el
poder durante casi 50 años y que aún
se resiste a morir, como si él, Fidel
Castro, con sus palabras, pudiera echar a un
lado su propia muerte y también todas
las muertes que ha causado.
Amir Valle, entre tantos libros que ha publicado,
con esta novela —Premio Internacional Mario
Vargas Llosa, de la Universidad de Murcia, España,
y publicada por Seix Barral—, logra un nivel
aun más destacado dentro del sitio que
ya se había ganado en la literatura cubana
y latinoamericana actuales. Amir, desde Alemania,
donde continúa su beca otorgada por el
P.E.N Alemán, que le mantiene insertado
en el programa Writers in Exile, nos concede
esta entrevista, en la que hace sorprendentes
revelaciones.
Manuel Gayol: ¿Llegaste a conocer, o
supiste, de algún personaje en la vida
real, concreta, como Facundo? ¿Para crear
este personaje, te apoyaste en un imaginario
literario o en experiencias de haber conocido
a alguien o a algunos que te dieran la referencia
para este escolta?
Amir Valle: Facundo existe, aunque con otro
nombre. Es alguien a quien conozco muy de cerca
y muchas de las palabras y frases que he puesto
en su boca se las escuché decir en nuestros
encuentros. Alguna vez le oí decir que
Facundo era uno de sus muchos nombres clandestinos.
Para un lector ávido de averiguar la
verdad será bien fácil encontrar
la identidad si lee a fondo la novela y se dedica
a mirar a esos seres que rodean a Fidel, como
sombras. Él está allí,
siempre a su lado, con esos mismos ojillos que
le pinto en la novela, con esa misma rabiosa
fidelidad, con ese fanatismo de quien mira a
un Dios de cerca. Nada tiene que ver con muchos
de esos que estuvieron protegiendo a Fidel y
ahora cuentan desde el exilio anécdotas
muy parecidas a las que pueden leerse en Las
palabras y los muertos. Facundo jamás
traicionará, bien lo sé, porque
ni siquiera tiene la inteligencia de entender
que un ser humano puede equivocarse. No pasé
ningún trabajo para escribir la vida
íntima de Facundo, y a través
de él los momentos que desconocemos en
la vida de Fidel Castro, porque sencillamente
estaba ahí, al alcance de mi mano, desde
mucho antes de yo saber que escribiría
el primero de mis libros. No me despierta ningún
sentimiento, debo confesarlo: si acaso, un profundo
desprecio, o quizás un lejanísimo
agradecimiento porque al enfrentarme a su vida
real, descubrí, hace muchos años,
hasta dónde puede llegar un ser humano
cuando es obnubilado por una inmensa mentira
a la cual se aferra. Desde el punto de vista
metafórico, Facundo puede ser, también,
la historia de muchos hombres (algunos de ellos
de mi propia familia), que han echado sus vidas
al peor de los destinos, ciegamente, intentando
convencerse de que hacían el bien aún
cuando veían alzarse, junto a ellos,
las sombras putrefactas y oscuras del mal. Se
trata de una generación que no ha tenido
ni siquiera la habilidad de concederse a sí
mismo el derecho a la duda, a la pregunta incómoda
y han sacrificado sus vidas aún cuando
algunos reconozcan que lo que defienden se ha
teñido de una intolerancia, de unos extremismos
y de algunas otras cosas peores de las cuales
pensaron que jamás podía acusarse
a su proyecto de sociedad.
MG:
¿Tuviste temor en algún momento
de estar escribiendo la novela, de que el personaje
de Facundo pudiera distorsionar al del Jefe;
o por el contrario, que el del Jefe, por su
carga de realidad y de Historia, no permitiera
el desarrollo de Facundo?
AV: Yo creo que Facundo es la verdadera balanza
de ese libro, es el eslabón que impide
que el libro se desequilibre y se convierta
en una tesis Contra-Castro. Debo hacerte un
poco de historia: durante muchos años,
sin proponerme escribir nada y por simple vicio
periodístico, me dediqué a coleccionar
historias. He dicho, y no creo que sea jactancia,
que creo tener la mayor colección de
cuentos de Pepito sobre Cuba que existe por
ahí, unos seiscientos y pico de cuentos.
También poseo una muy rica colección
de gazapos soltados en sus discursos o entrevistas
por grandes personajes de la política
del siglo XX, idea que me surge, no puedo negarlo,
cuando leo el libro Decadencia y caída
de casi todo mundo, de Will Cuppy. Pero con
ese mismo afán coleccioné las
historias que escuchaba a la gente común
sobre la Historia (con inicial mayúscula)
de nuestro país. Pero no cualquier historia,
sino la historia que escuché a la gente
más humilde. Por ejemplo, alguien muy
cercano a la familia del general Arnaldo Ochoa
me hizo la versión que tienen ellos del
ajusticiamiento de su padre. Esa historia no
me interesó. ¿Por qué?
Por que ellos, de algún modo, por simples
razones familiares, fueron testigos cercanos
de esos sucesos. La historia sobre el enjuiciamiento
de Ochoa que aparece en el libro se la escuché
a un viejo guajiro de Manatí, padre de
un escritor tunero. 
Y fue justamente nuestro querido hermano y colega
Guillermo Vidal quien un día me dijo
que yo tenía en la mano una mina de oro
para escribir otra novela sobre dictadores.
Recuerdo que armé la estructura de la
novela y descubrí algo asombroso: todas
las historias recogidas a lo largo de unos once
años, tenían que ver con un hombre,
Fidel Castro. Caí de golpe en algo que
pienso es un fatalismo: las vidas de los cubanos
en los últimos sesenta años han
estado gravitando en torno a ese hombre, y aunque
nos duela confesarlo, no hemos vivido nuestras
vidas, hemos estado viviendo el proyecto de
vida que para nosotros tenía ese hombre.
Incluso los que hemos tenido la suerte (o la
desgracia, según se mire) de salir del
país y librarnos de algunas ataduras
por él creadas, seguimos gravitando en
torno a su existencia, porque el destino de
nuestra isla sigue marcada por el fantasma de
ese hombre. Descubrir esa realidad me llenó
de tanta rabia que decidí escribir el
libro. Pero el miedo estaba allí. Un
miedo real, físico, que podíamos
palpar mi familia y yo. Por ese miedo, únicamente
Guillermo Vidal y mi amigo, el periodista y
escritor, Armando León Viera, leyeron
las versiones de la novela. Un día le
leí también un capítulo
al escritor Nelton Pérez y luego tuve
miedo: sentí que lo estaba implicando
en un peligro que solamente yo debía
correr por mi locura.
He dicho también que las coincidencias
históricas marcaron esta novela. Fui
invitado a la Feria del Libro de Santo Domingo,
en República Dominicana, el mismo año
en que Vargas Llosa fue allí a presentar
La fiesta del Chivo. El escritor dominicano
Marino Berigüete, otro gran amigo, me regaló
esa novela. La leí de un tirón
y esa lectura me hizo perder todos los miedos
que me impedían empezar la escritura.
Otra coincidencia: la musa me sopló el
primer párrafo de la novela en el avión
en el cual regresaba a La Habana. No tenía
papel a mano, y recuerdo que escribí
ese primer párrafo en la primera hoja
en blanco de otro regalo que me hizo Marino
Berigüete: la novela Los carpinteros, de
Joaquín Balaguer, justamente uno de los
personajes reales de La fiesta del Chivo. Balaguer
y su papel en la historia dominicana me hicieron
reflexionar en quién debía contar
mi novela. Tenía que ser alguien como
él, alguien que hubiera estado a la sombra
de un dictador. Busqué y allí
estaba ese hombre de carne y hueso a quien decidí
poner Facundo, haciendo uso de uno de sus nombres
para el trabajo secreto.
Y es la balanza, repito, porque su ceguera sirve
de contrapeso a la fuerza siniestra de cada
historia protagonizada por su Dios, Fidel Castro.
Él, en su obnubilación, justifica
todo, busca explicaciones donde una mente cuerda
no las hallaría, intenta poner un orden
justo a lo que por naturaleza ha nacido injusto,
irracional. Y ese enfrentamiento entre su “tonta
ingenuidad” y la cruda maquinación del
caudillo y de su corte para lograr sus objetivos
políticos, ofrece a la novela, creo yo,
un mayor equilibrio.
MG:
¿Hasta qué medida la Historia;
y hasta qué medida la ficción?
AV: Eso nadie lo sabe, como nadie puede saber
si la historia que nos han mostrado, si las
versiones que nos muestran todavía hoy
son las reales. Yo me he quedado frío
con las historias que he ido leyendo acá
en Alemania sobre la “incorrupta, perfecta y
humanísima República Democrática
Alemana”. Hay más espanto en muchas de
esas historias que en la mayoría de las
películas de terror de Hollywood, y son
casos reales, cosas que se les ocultaron al
mundo. ¿Asistiremos a lo mismo en Cuba
cuando se desclasifiquen los archivos de estos
años de Revolución? Me temo que
sí. En la novela mi única pretensión
fue recuperar las historias contadas por el
pueblo, por la gente humilde, rescatar la voz
de los que no tienen voz en el discurso oficial
ni intelectual de nuestra historia. Y fui tan
respetuoso que no puse las historias que yo
mismo viví, ni forcé historias
recogidas para acercarlas a mi punto de vista,
aún cuando en algunos casos yo no crea
que sea cierta la versión que puse en
la novela. Interesante, sin embargo, me ha resultado
escuchar las opiniones de muchos lectores que
me han manifestado encontrar en la novela una
verdad que intuían, o verdades que tienen
comprobadas por sus experiencias de vida. Eso
ha sido gratificante. Pero, te insisto, la especulación
histórica a través de las fuentes
populares no es un invento mío, y casi
siempre que se ha hecho, el resultado ha estado
más cerca de la verdad histórica
que la misma historia oficial.
MG:
¿Podría ser —a tu consideración—
una novela que, aun cuando cabalgue entre la
Historia y la ficción, proyecte su tesis.
Y cuando digo tesis, me refiero a eso que se
ha hablado bastante de que: “Después
de que usted se muera, Jefe, esto se va a la
mierda”? ¿Consideras que en la realidad
esto es, o puede ser, así?
AV: Si no es totalmente así, puedo asegurar
que para la mayoría de los cubanos con
la muerte de Fidel Castro se producirá
la muerte de su proyecto de Revolución.
Y fíjate que hablo de “su proyecto” porque
conozco a muchos hombres que estuvieron en los
inicios de esa Revolución, que tenía
objetivos e ideas bien distintas a las que la
locura personalista de Fidel Castro la ha llevado.
¿Sabes cuál es el texto más
contrarrevolucionario que existe en Cuba, si
entendemos por Revolución eso que Fidel
Castro y su gente ha impuesto en nuestro país?
Pues nada más y nada menos que la historia
me absolverá, que como todos sabemos
es el proyecto original de la Revolución
cubana. Desde el punto de vista personal, mi
tesis es simple: la realidad demuestra que la
Revolución, tal cual es hoy, no ha cumplido
a cabalidad ninguna de las promesas hechas por
Fidel en su alegato de defensa cuando el juicio
por el asalto al Moncada. Las ha ido postergando
una tras otra, siempre con una justificación
distinta, en la cual por cierto, jamás
ha reconocido sus errores. Siento una vergüenza
inmensa cuando colegas intelectuales de la izquierda,
enceguecidos por sus sueños (que muchos
son justos y los comparto, y no hablo de los
intelectuales oportunistas que se ceban del
cadáver del pensamiento de izquierda)
le piden al pueblo cubano que sigan resistiendo
por un futuro mejor: ¿no se han preguntado
cuántas generaciones han pasado ya sacrificándose
por ese futuro que, cada vez, es peor para los
cubanos?, ¿no han pensado en cuantos
millones de cubanos han visto sus familias divididas,
sus sueños frustrados y sus vidas destrozadas
en lo profesional y lo personal porque un gobierno
no ha sabido encontrar el camino a la independencia
nacional sin violar la soberanía individual
de cada ser humano? Creo, sinceramente, que
en Cuba ya no hay que hacer ninguna Revolución:
lo primero es salvar lo poco que va quedando
de la isla, y para eso cada día que pasa
va siendo más claro que habrá
que esperar a que Fidel (y toda su influencia
en las élites del poder actual) muera.
MG:
¿Crees que esta novela debería
tener una continuación, en la que se
siga contando esta infinita historia del dictador
Fidel Castro, mediante otros personajes, o quizás,
un diario… en fin, el mar…?
AV: Puede ser, pero te juro que no me vuelvo
a meter en un proyecto tan ambicioso como éste,
de modo que esa otra parte se la dejo al que
la desee escribir. Además, como dicen
por ahí, segundas partes nunca fueron
buenas. Pero sí, hay mucho material de
donde escoger, y no ya sólo en la historia
de nuestro “ilustre” dictador. Hay unos cuantos
de esos que se aferran al poder que tienen historias
como para escribir una saga al estilo de Galdós
o de Balzac.
MG:
El final. ¿Surgió por sí
mismo? ¿Pensaste variarlo? ¿Es
posible que una persona como Facundo termine
de esa forma; o que espere que lo vengan a matar
para vender cara su vida?
AV: Lo único que hay mío en la
novela, y me refiero al aspecto anecdótico,
es ese final. Es un final deducido de la lógica
de vida del personaje Facundo. Pero además,
si analizas bien su psicología y su accionar
en la novela, no hay otra salida para él
que la que tiene en mi obra. Lamentablemente,
incluso para el personaje real no existe otra
salida: su única cualidad es su fidelidad,
jamás traicionaría a Fidel ni
siquiera para apoyar a su hermano, suponiendo
que Raúl decidiera mantener el proyecto
de Revolución de Fidel, cosa que, ya
vamos viendo si analizamos lo que está
sucediendo en la isla, no está en la
cabeza del sucesor. Hace un par de meses tuve
noticias del Facundo real y te puedo asegurar
que está viviendo como mi personaje,
como si estuviera todavía encerrado en
su oficina en el Palacio de la Revolución,
a la espera de algo que no sabe.
MG:
¿Estimas que un dictador como Fidel Castro
realmente se creía (o se cree si aún
esta vivo) ese cuento de que era el Mesías
esperado, el predestinado o destinado a liberar
a su pueblo, y hasta a la humanidad misma, y
nunca haya tenido ojos para ver todo el dolor,
las muertes y el desastre que le ha traído
a su pueblo y a otros lugares del mundo?
AV: Hay un programa humorístico en Miami,
hecho por autores cubanos, que satiriza las
mesas redondas que se hacen en Cuba. Seguro
lo has visto. Se llama La Mesa Retonta. Allí,
el personaje que hace de Fidel dice mucho una
frase que a los cubanos nos resulta muy familiar:
“voy a hablar porque el pueblo lo pide”. Eso
es simple y puro mesianismo. Y que conste que
nosotros, los que creemos en Jesucristo sabemos
bien qué cosa es el Mesías. Lo
de Fidel Castro es pura enfermedad. El mesianismo
te hace creer que eres Dios. Fidel ha tenido
el poder de Dios, aunque a muchos les cueste
reconocerlo: manejó hasta los hilos más
invisibles de nuestra isla; ha movido como marionetas,
a su antojo, a cientos de presidentes latinoamericanos,
norteamericanos y de otras latitudes, llegando
a estar a la cabeza de eso que llaman Tercer
Mundo; ha hecho cambiar, incluso, las políticas
hacia América, África y los Estados
Unidos por parte de los gobiernos de Europa
y buena parte del primer mundo. No es poco lo
que ha logrado en materia de influencias, aunque
nada de eso haya devenido en bienestar y libertad
para los cubanos. Cuando un gobernante, tenga
la ideología que tenga, cree que lo que
hace es lo mejor para el pueblo, y no le da
a ese pueblo la posibilidad de comunicarle lo
que realmente piensa, está jugando a
ser Dios. Basta leer los discursos de Fidel,
o muchas de sus entrevistas, para notar que
él nunca habla en primera persona cuando
se refiere a su proyecto de Revolución
para Cuba y el Mundo: habla en primera persona
del plural, y ese “nosotros”, en su credo, es
el pueblo. A eso debes sumarle que, desde muy
joven, se creyó destinado para ser un
Mesías, un hombre especial, un ser superior,
y todo lo que hizo en su vida fue para lograr
eso. Pero lo más grave de todo es que,
como le está sucediendo hoy a la izquierda
internacional, Fidel cree firmemente (y ahí
están sus entrevistas) en que cualquier
sacrificio es necesario cuando se quiere lograr
un fin. Él, como buena parte de la fanática
y falsa izquierda internacional, es capaz de
justificar todo con el pretexto de que se hace
por un mundo mejor. Hace unos días, en
una noticia de un periódico de izquierda
que no merece ni que lo mencione, leí
un trabajo de uno de esos teóricos de
la nueva izquierda latinoamericana donde aseguraba
que los crímenes que se le achacaban
a Stalin eran una exageración de los
enemigos del socialismo. Es enfermizo, ¿no
crees? Hay verdades que no pueden ocultarse.
Y la vida misma de Fidel Castro, sus palabras,
e incluso sus escritos más recientes
donde se erige como el salvador del universo,
demuestran que se cree que es un verdadero Mesías.
Gracias por tus palabras, Amir, que son las
del amigo y la del escritor de buena literatura.
Éstas redimen el espíritu del
lector de cualquier tipo de opresión,
incluso la del tedio y la de la enajenación
cotidiana, y le otorgan el verdadero conocimiento
de una realidad muchas veces tergiversada.