
A Bart D Erhman.
LA
PASION SEGUN SAN MATEO.
Por José Vilasuso
La vida de Jesús será siempre
montículo de singular atracción
para los hombres de todas las culturas. El cine
no se podía quedar en la retaguardia
de un tema tan indeleblemente unido a algo perdurable,
indestructible y explicativo para los enigmas
básicos de la especie.
Pier Paolo Pasolini contribuyó dirigiendo
con méritos indespojables, y como guionista,
La Pasión según San Mateo, filme
de 1964 dedicado al papa Juan XXXIII y cuya
categoría y fidelidad al Evangelio no
se ha visto menguada en momento alguno por las
críticas más rigurosas.
Pasolini quedará en la historia del cine
pensante como el gran impactado por Jesús
mediante la buena nueva según la pluma
de Mateo. En la vida del polémico personaje
su choque con el texto sagrado constituye el
puntal de lo que está más allá
y los hombres no podemos explicar con herramienta
mental ni lectura propia. El golpe de la gracia
que a cada persona puede afectar o transformar
al calor de su naturaleza, circunstancias y
plan divino. El Evangelio cayó en sus
manos y le sirvió de inspiración
para producir una obra maestra en el género
nada fácil por seguro. Nunca sabremos
la profundidad ni los paradigmas de aquel proceso
en el intelecto del gran trasalpino. ¿Qué
o cómo pudo inflamarse la llama de su
interioridad? Cuestión de fe, sin duda;
al margen de las posibilidades del conocimiento
cotidiano y no menos incentivo para la vida
en constante e inacabada meditación sobre
si mísma y su naturaleza vasta, fuera
de alcance.
El enfoque de un Jesús artístico
y popular conseguido por este ateo respetuoso
destila admiración y una sincera búsqueda
de la verdad. Pasolini ni fue un creyente ni
converso conforme a los cánones habituales
entre los intelectuales y artistas que recorren
itinerarios adjuntos. Mas no fue esa la historia
ni tal vez resultara imprescindible. Regularmente
puede ignorarse para, porqué, o a quién
se dirige el mensaje salvífico de Dios.
El Señor se vale de medios inauditos
para obtener sus fines. Sin embargo, hoy a la
hora de exponer los elementos espirituales del
filme, por una causa insondable no se podrá
hacer despojo de sus objetivos logrados, arguyendo
que fue obra de un militante y por tanto lo
esperado. Este no fue el caso. Pasolini se tropezó
con algo inexplicable que revelaba una naturaleza
subyacente en aquellos textos calzando la firma
del primer evangelista. Nosotros inferimos que
era la inspiración que asiste a los autores
bíblicos al comunicar La Palabra de Dios.
Los libros sagrados son divinos no por “caer
del cielo por fax” como afirma “la sorna de
Dan Brown; El Código Da Vinci” sino por
expresar la palabra de Dios en lenguaje humano.
Dios se vale de hombres para hablar a otros
hombres. Dios visto con ojos de la fe. La salvación
está encomendada a nosotros. Pablo de
Tarso, los profetas y apóstoles de nuestro
tiempo son un buen ejemplo. Asunto familiar.
Responsabilidad nuestra. Es esa fuerza latente
capaz de estremecer visceralmente toda sensibilidad
y hace reflexionar de forma intensa y raigal.
Palabra y texto. La prédica no se puede
detener. Los Evangelios están a la mano
para que los usemos. De lo contrario tras dos
mil años hubieran perdido su modernidad,
poder de convocatoria, fuerza operativa entre
las ideas. Quedarían convertidos en simple
valor arqueológico.
El filme participa del mismo encanto, sustancia
y poesía contemplados en sus antecesores
de muy diverso tono. Todo sincero acercamiento
artístico a La Vida de Jesús roza,
se empapa, o conlleva la potencia de lo sobrenatural.
Es otra economía que resulta palpable
en mayor o menor escala, a priori o posterior.
Al recoger partículas insignificantes
de sus maravillas basta para dejarnos arrobados,
en una pieza. Algo así debió ocurrirle
a Pasolini.
Por cierto este Cristo es un Mesías radical
interpretado por Enrique Izaroqui, que al momento
de comunicarse se expresa con inusitada familiaridad.
Un hombre en su casa que menciona las cosas
por su nombre, sin mayores explicaciones y a
veces hasta regaña. Espejeo neorrealista
de su autor y no puede abarcar todos los gustos.
Expresa una visión de Jesús, la
de Pier Paolo Pasolini. Como lo hace el historiador,
el exegeta bíblico, el teologo…También
al autor sagrado, quien dirige su testimonio
esencialmente a los compatriotas israelitas,
a quienes no logró convencer, hasta hoy
(y con excepciones, Teresa Benedicta).
Particular atención merecen los niños
quienes expresan agudezas geniales y franca
censura hacia los escribas, fariseos y detentadores
del poder. Es la inocencia asimilando la verdad
que aquéllos como el sanedrín
no quieren escuchar; todos permanecen imperturbables
y paralizados en el tiempo, sepulcros blanqueados,
raza de víboras. El evangelio de Mateo
destila ese vaho hierático, vetusto documento
que se ha quedado en el pasado para concederle
extensión y cuya ineficacia, paradójicamente,
prueba que la verdad sigue tal, aunque algunos
no la quisieron escuchar. Alegato que perdura
para cumplir su cometido. Es el mensaje a través
de los tiempos, contrastando con la indiferencia
más recalcitrante que, queda atrás
sembrada en el pasado con sus empedernidos escuchas.
Sin embargo, esas recriminaciones del Maestro
no son voz que clama en el desierto pues al
cabo de veinte siglos tienen eco constante y
de hecho constituyen prueba. Ese espíritu
conservador de los judíos permite comprender
mejor aquella raza insensible e incapaz de reconocer
y aceptar al Mesías, a pesar de cumplirse
en él todas las profesías de sus
antepasados Isaías, Jeremías,
a quienes, por paradoja, prosiguen proclamando.
El filme sugiere esta realidad con el hieratismo
de sus imágenes, la imperturbabilidad
de las facciones, movimientos ceremoniosos,
vacíos… En cambio Jesús atrae
al público sentado en la sala cinematográfica.
Sus sermones por secuencias se van más
allá de La Montaña, algo apretujados,
vehementes, fogosos en exceso; Parecen lanzados
a las caras de los incrédulos. Se trasluce
la santa ira de Dios que no hace mella en almas
trasnochadas a quienes se dirige. Aunque este
contrapunto escapa al celuloide. Por el entresuelo
sale de la trama, y ante el espectador lo batuquea
permitiéndole comparar y concluir que
la miseria humana es incapaz de alcanzar la
grandeza divina.
Con elenco no profesional y escenas facturadas
por ásperos paisajes, casi mortuorios,
las expresiones de los apóstoles son
rudas, lejanas, de pescadores, cual piedras
inconmovibles, e imposibles de saltar; los escuchas
parecen acordonados para impedir el discurso
de Jesús, los ángeles difíciles
de entender, José pone en duda la fidelidad
de María, María presiente la trascendencia
del ser que lleva en su vientre, pero carece
de dulzura; en cambio su mirada en la ancianidad
ennoblece y contagia. El viento que bate los
rostros, las piedras del camino, los contrastes
de luces y sombras, del blanco y negro, el silencio
en los labios acompañado por acordes
de Mozart, Bach o Prokofiev, se configuran cual
huellas de un misterio indescifrable a los ojos
humanos.
Ante Dios nos quedaremos cortos eternamente;
unos y otros. Inspirados e inspiradores. Dios
es un camino con sentido conducente a la plenitud.
Sin embargo ahí va la buena nueva. Estamos
en la singladura que nos hace felices vía
al infinito. Lo importante es coger ese camino.
De no haberse continuado testimoniando la buena
nueva en las plumas de Marcos, Lucas y Juan,
más vivos, y actuales, el evangelio de
Mateo hubiera quedado como insuficiente, clamor
en el aire.
Pero son infinitos también los medios
salvíficos disponibles para esa jornada
sublime que comienza en la tierra. Ahí
entronca el caso de un hombre genial golpeado
por la gracia. Pasolini recibió la ráfaga
o el choque estremecedor sin haber culminado
el esperado y natural proceso de conversión.
Aventura a medias, tal vez, como hubiera dicho
Charles Du Bos. No juzguemos. Es tan fuerte
la prueba de quien no pudiendo definir un misterio
se contenta con asegurarlo. A los ojos del mundo
incrédulo surte su efecto. Somos susceptibles
a un estremecimiento. Un buen comienzo.
El misterio de aquel creador con impacto enfoca
una visión de Cristo personal en su lente.
Ha hecho y hará pensar a incontables
espectadores, otros quedarán intranquilos,
no pocos inquietos. Inolvidable. Marcar atractivas
metas que invitan a descubrir otras nuevas e
insospechadas para semejantes, interesados y
seguidores. Tal la misión de los hombres
talentosos: sacuden, se imponen, y por tanto
se les pretende aplastar. Jesús culmina
su misión en el tormento, clavado en
la cruz. Su sacrificio sugiere mil reflexiones
laberínticas. Es como el desenlace obligado
de una vida radiante que con la misma energía
que predicó la verdad, ahora se queja
al ser traspasado por los clavos. A cada martillazo
todo su cuerpo se estremece, gritando, y electriza
al espectador. El espectador supera el tradicionalismo
de la narración. Protesta por natural
instinto de justicia. El espectador no es el
escriba empedernido, no es miembro del Sanedrín.
Pero esa morosidad insensible provoca la acción
contraria. Cada salto de Jesús clavado
al madero aviva la fe del espectador.