
Por
Guillermo Cabrera Leiva
Las fotos que aparecieron en estos días
en la prensa de Miami, y la descripción
de los actos de repudio organizados por el gobierno
de Castro ofrecen un panorama muy sombrío
para Cuba.
Es increible que a estas alturas se realicen semejantes
espectáculos en un país que la comunidad
internacional acepta como civilizado, y cuyos
gobernantes son considerados, en muchos círculos
, como hombres que luchan en defensa y beneficio
de su pueblo.
¿Cómo
calificar a un régimen que utiliza tales
medios para acallar las voces de los ciudadanos
que honradamente emiten sus quejas y sostienen
sus puntos de vista?
El
cuadro de Cuba guarda mucha semejanza con el de
los años de Weyler, cuando aquel terrible
y despiadado militar obligó a los campesinos
cubanos a emigrar a las ciudades, y allí
los dejó hasta morirse de hambre y enfermedades,
sin más recursos que los que les proporcionaba
la caridad pública.
Eran
aquellos tiempos, sin embargo, más esperanzadores
que los actuales, porque dentro de Cuba existía
un estado de rebelión y de pelea, y no
había logrado España, como sí
ha logrado Castro, aplastar por la fuerza todo
vestigio de insurrección y desafío
a su régimen.
Y
eran más esperanzadores aún porque
la opinión publica del vecino del norte
había cobrado conciencia de la realidad
cubana y clamaba por un cambio que trajera consigo
la libertad del pueblo insular.
Hoy
no existen estos factores. En la Isla reina, sin
freno que lo detenga, el terror organizado desde
el poder con todos los recursos a la mano. Hoy
no hay manigua ni escondite donde resistir, y
no existen recursos bélicos procedentes
de tierras del norte, ni fuentes de abastecimiento
desde otros países del continente, con
lo cual iniciar un movimiento subversivo.
El
caso de Cuba es prueba fehaciente de la incapacidad
de las Naciones Unidas para rescatar a un pueblo
encadenado, que por casi medio siglo clama por
auxilio en un pequeño país del Caribe.
Y
nada digamos de la OEA, organismo regional compuesto,
desgraciadamente, por gobiernos que nada pueden
ni quieren hacer por frenar el despotismo imperante
en la Isla.
Se
siente vergüenza al contemplar, como en una
estampa de tribus salvajes, el despliegue de fuerza
bruta movilizada contra los pocos que allí
se atreven, con valentía y dignidad, a
proclamar su desacuerdo con el régimen.
Esos
pocos son los que mantienen encendida la antorcha
de la esperanza, los que resisten, los que esperan
y no ceden. Son los únicos que cuentan
en esta macabra ola de atropellos, y serán
los jueces de mañana, los que sabrán,
si no han desaparecido víctimas de la barbarie
y el odio, quiénes alzaron el hacha criminal
contra miles de cabezas erguidas y firmes.