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Fascismo y nada más

Juan González Febles

Cuando el marxismo leninismo colapsó en el mundo, el régimen de Fidel Castro quedó huérfano en el terreno ideológico. Entonces sacaron del armario a Martí. Le llegó el turno al "nacionalismo revolucionario". Trajeron por los pelos la historia de salvar la nación, nada menos que ¡preservando a Castro y sus talibanes en el poder!

De repente salieron a la luz los puntos de contacto entre la Alemania nazi de Hitler y el engendro de Castro en el Caribe. Aunque hay diferencias, las semejanzas son aterradoras. Desde los Comités de Defensa de la Revolución, pasando por las caldosas colectivas, hasta la homofobia y el empleo de una violencia soterrada y rampante dirigida a sembrar un saludable terror preventivo en la población.

El establecimiento del culto a la personalidad de un caudillo y una totalizadora y enajenante propaganda política completaron un cuadro alucinante y cruel.

Quizás la diferencia fundamental entre el modelo nazi alemán y el castrista está en que, a diferencia del nazismo germano, el castrismo es ineficiente. El castrista es un sistema incapaz de hacer algo bien hecho que no sea matar o reprimir. Eso sí lo hacen a la perfección.

La orfandad ideológica creada por el colapso marxista en Europa y en el mundo les llevó a apurar el purgante andino representado por las corrientes indigenistas actuales. En el plano interno, la situación se complicó aun más. En la actualidad, el régimen trata de lidiar con su creciente impopularidad, con un éxito discutible.

Son muchas las aristas y las señales de alerta sobre la peligrosidad de las políticas represivas que ensaya el régimen de Fidel Castro. Por una parte se vive la sensación de una confrontación llevada adelante por el estado contra el pueblo. Parece que buscarán -en el viejo estilo estalinista- el estallido social representativo del terror blanco. Esto posibilitará la implantación del terror rojo y la eliminación de los blancos políticos internos señalados para el holocausto.

La puesta en marcha de todo un paquete de medidas anti populares acompañadas de medidas de marcado sabor populista, marca una pauta más que interesante. Junto a esto, el avivamiento de los mítines de repudio y el recrudecimiento de la represión contra la disidencia interna aportan un retrato social con un marcado sabor fascista.

Algunos piensan de buena fe que el gobierno estimula una violencia que no podrá controlar. Error. El gobierno necesita un estallido social en el marco que pueda ser controlado por sus porristas y por la policía de Seguridad. El terror que se le posibilitaría aplicar les servirá para atajar el descontento popular y para eliminar a los enemigos con los que el régimen no piensa contemporizar.

El esquema es sencillo y cruel. Se trata de llevar a la población al límite de su capacidad de resistir, luego canalizar su furia en un ambiente controlado.

Los más recientes mítines de repudio y la violencia azuzada por el régimen contra la pacífica e inerme oposición interna son la prueba más evidente e irrefutable.

El régimen enarbola el caso de Posada Carriles y el de los cinco espías convictos de la inepta Red Avispa con ese propósito. El impresionante aparato de inteligencia y de agitación y propaganda con que cuenta está en función de esto último.

Dentro de esta estrategia es que hay que observar con detenimiento cómo se mueven los peones andinos. El nacionalismo extremista de los movimientos indigenistas es de capital importancia para lograr estos fines.

El petróleo venezolano sirve para remachar los amarres totalitarios en Cuba y mueve además las poleas del anti americanismo a lo largo de todo el continente latino americano y en los propios Estados Unidos.

El régimen de Fidel Castro se prepara para dar la batalla en todos los frentes. Internamente prepara el holocausto de la clase política que le es hostil. En el terreno internacional mueve sus agentes, dentro y fuera de los Estados Unidos. Los casos Posada Carriles y los cinco espías son un botón de muestra. Nada nuevo, fascismo y nada más.

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