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Muros y tormentas

Luis Cino

Los muros nunca fueron soluciones definitivas. Ahí está esa descomunal rareza histórica para turistas que es la Gran Muralla China. Los adoquines del Muro de Berlín son hoy recordatorios del fracaso totalitario. En La Habana, ya pocos se fijan en las ruinas de la muralla que alguna vez rodeó la ciudad.

Los hombres son tercos y en el mundo se siguen erigiendo muros como monumentos a la estupidez humana.

Se espera que pronto un muro cerque la Sección de Intereses de Norteamérica -SINA- en la capital cubana. Se habla también de murales gigantescos, de una estatua de Niemeyer y de un elevado bosque de mástiles y banderas. Todo en medio del mayor secreto. Como una operación militar.

Si con la instalación de las pantallas lumínicas el gobierno norteamericano pretendió provocar la ira proverbial de Fidel Castro, sin dudas lo logró. El Comandante se dejó llevar gustoso al terreno en que más cómodo se siente, el de la confrontación.

Ojalá todo quede ahí. Sólo otro episodio de fanfarronadas y bretes en un diferendo estéril que dura ya demasiado tiempo.

Los efectos especiales están bien para Hollywood. Las réplicas desmesuradas no suelen ser aconsejables. Las pantallas electrónicas per se no traerán la democracia a Cuba. Los muros, las banderas y los insultos tampoco impedirán su llegada. ¿Les vuelvo a recordar el Muro de Berlín?

Como ayer en Berlín, los muros no servirán de nada en Palestina ni en la frontera entre México y Estados Unidos. Tampoco en La Habana. Será poco más que el símbolo de una rabieta.

Sucede que las rabietas son peligrosas en los finales de dictaduras. Dice un viejo adagio chino que para tragar un dragón, la peor parte es la cola. Ahora mismo, llena de espinas, es lo que nos toca digerir a los cubanos.

Lo del muro y las banderas es sólo una anécdota pintoresca. Del lado de acá del Malecón baten vientos de tormenta.

A casi tres años de la ola represiva de la primavera de 2003, la batalla de ideas está cada vez más carente de ideas, si es que alguna vez las tuvo. Más detenciones, amenazas, prohibiciones y mítines de repudio fascistas son la expresión de la impotencia del régimen frente a la oposición civilista.

En un mitin de repudio contra la líder opositora Marta Beatriz Roque, una arpía con merienda asegurada, llevada de Párraga a Santos Suárez, se paró frente a la puerta y gritando obscenidades, se alzó la falda y se bajó el blúmer. ¡Curiosa expresión de la batalla de ideas! Pornografía política. El término lo acuñó certera la dirigente de la Asamblea para promover la Sociedad Civil.

Empeñados en mantener a un pueblo como un rebaño de "dojogagis" en el estrecho espacio que media entre el Gulag y la aldea Potemkim, las autoridades cubanas parecen haber olvidado el límite entre la cordura y la infamia.

Ahora que tantos hablan de los escenarios posibles para la transición a la democracia en Cuba, el régimen da señales de haber elegido el que prefiere. Errático y tremebundo como siempre, antes que los modelos español, chileno, sudafricano o europeo oriental, optaron por el modelo ruandés.

Hutus cederistas, combativos y con la disciplina del Partido Único ensayan y se aprestan para la degollina de Tutsis en la Mayor de las Antillas. ¿Será acaso la versión de un final apocalíptico soñada por gladiadores sin porvenir?

Sólo el miedo y la desesperación pueden explicar el gesto demencial de un gobierno que alienta la violencia de sus partidarios contra todo el que opine diferente.

Cuba nunca fue un país de odios, pero la violencia siempre estuvo peligrosamente latente. En la letra de los guaguancós. En la fama de pendencieros de los hijos de Shangó. En las peleas de gallos que pintó Mariano. En los guajiros de Carlos Enríquez. En el machismo doméstico y esperpéntico. En la camorra zafia de los guapos de barrio. En la reiterada recurrencia a las armas que hizo naufragar la República.

Sólo que pocas veces la sangre llegaba al río. Comenzó a llegar, a raudales, con el cuartelazo del 10 de marzo y la revolución de Fidel Castro.

47 años de odios e intolerancias son demasiado para la salud de una nación. La pobreza, las frustraciones y la desesperanza son el mejor caldo de cultivo para la violencia. Como si fuera poco, ahora el gobierno le pone la luz verde.

Sus víctimas ya no son los enemigos de clase ni los que se marchan del país. Es el turno de castigar disidencias. Al menos como pretexto, para algo tenía que servir el incidente de las pantallas.

Las autoridades acusan a los disidentes de mercenarios al servicio del imperialismo. Los convierten en parias no personas para el alivio de las conciencias porristas.

Las hordas aprestan su coreografía para el próximo progrom bajo las banderas de Mussolini, Mao y Pol Pot. Trocaron las ideas por consignas pero éstas, a veces, son difíciles de memorizar. Más fáciles son los insultos, las obscenidades y las palizas. Para la turba azuzada vale cualquier vileza.

Lo que olvida el gobierno es que el que siembra vientos, recoge tempestades. Mantener la violencia en un solo sentido es una tarea harto improbable. Al final, las pasiones siempre desbordan el cauce.

El panorama se torna cada día más volátil. Los cubanos no somos entusiastas en poner la otra mejilla. Está sobrando odio en la ecuación. Será mejor, por el bien de Cuba, que el gobierno entienda que la situación se le puede ir de las manos. Mañana puede ser demasiado tarde.

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