
Juan
González Febles
En
La Habana existe un nuevo gremio, se trata de
los Matadores. Estos son regularmente jóvenes.
Casi ninguno pasa de los treinta y cinco años.
La edad promedio está comprendida entre
los 21 y los 30 años. Algunos cuentan con
una historia personal turbulenta. Casi todos tienen
récord criminal por alguna ofensa que regularmente
involucró algún hecho de sangre.
Su
oficio es matar o lesionar. Son hijos de la violencia
emergente en la sociedad cubana. Constituyen el
elemento disuasivo por excelencia para la clase
empresarial clandestina en Cuba. Aunque también
se ocupan de asuntos de "moral". Son
el castigo extra judicial de algunas infidelidades.
Un elemento de disuasión para adúlteros
o adúlteras.
Los
Matadores mantienen tarifas fijas. Por 100 pesos
cuc, conseguirá usted que quien le ofendió
reciba una golpiza acreedora de hospitalización,
sin muerte. La muerte de alguien sin importancia,
sin escoltas y sin leyenda de valor probado, se
cotiza entre 200 y 300 pesos cuc.
Cuando
se trata de un banquero o de un personaje de cierto
relieve en el ambiente, el precio se dispara.
Entonces habrá que desembolsar entre 500
y mil pesos cuc, o quizás algo más.
Las
armas preferidas son las contundentes o las blancas.
Aunque regularmente poseen armas de fuego, para
el trabajo, los garrotes y los puñales
son las predilectas.
Todo
matador que se respeta adquirió en su momento
cuchillos de monte y otras armas blancas de excelente
calidad en las tiendas de venta por divisa de
la corporación Sepsa. En ellas se podía
adquirir hasta fecha bastante reciente el equipamiento
necesario para este azaroso y bien remunerado
oficio.
Desde
hace algunos años, junto a los asaltos
y el vandalismo que sufre la capital cubana, surgió
otro tipo de asesinato por ajuste de cuentas.
Estos crímenes suelen ser crueles y asépticos.
En muchos casos, la policía se debate en
una impotencia inusual para el ambiente cubano.
Son
crímenes sin castigo. Insolubles por la
falta de pistas y en alguna medida, por el desinterés
de las autoridades en dar alguna solución.
El
negocio de los matadores excluye la política.
Ningún matador aceptará un trabajo
que involucre atentar contra un miembro del gobernante
Partido Comunista, un funcionario de cualquier
nivel, un militar o ex militar -a menos que sea
un corrupto, connotado en el mundo del hampa.
En Cuba, casi todo es negociable.
Tampoco
aceptarán un trabajo contra un disidente.
Su código excluye cualquier contrapunteo
con la policía de Seguridad. "Con
el "seguro" ni jugando", ése
es su lema.
Los
Matadores son una expresión de los cambios
que se están gestando en Cuba para bien
o para mal. Representan una de las manifestaciones
más negativas de los tiempos que corren
y de la violencia y el egoísmo galopantes
que nos impide reconocernos como pueblo y como
nación.
Los
matadores ejercen su oficio con limpieza. Algunos
por el carácter profesional de su desempeño,
aparentan entrenamiento y conocimiento de técnicas
policiales. Por supuesto, no dispongo del espacio
y las posibilidades para demostrarlo, pero abrigo
la más profunda convicción de que
es así.
Los
Matadores en algunos casos son personas con apariencia
encantadora. Puede vérseles beber sus tragos
y compartir con sus familias en espacios selectos.
Tienen maneras correctas, gentileza y cierto encanto.
A fin de cuentas, son el "verdugo" que
dirime con "honor" asuntos de negocios
y espinosos "problemas de familia".
Se
mueven en el entramado silencioso de la economía
subterránea que nos alimenta precariamente
frente a la desidia gubernamental. Son el imprescindible
elemento disuasivo del mundo empresarial clandestino,
que posee muchos vasos comunicantes.
Están
presentes en la venta clandestina de la leche
en polvo, la santidad del matrimonio y hasta en
la infaltable bolita. Son el equilibrio y la contrapartida
de este aborto social en que desembocó
el socialismo castrista en Cuba.
Imagen:
Pintura "El Mafioso" de Patricia Boneo