
El 18 de marzo del 2003…
Por
Claudia Marquez
Nunca me gusta recordar fechas traumáticas.
Al menos eso trato. Se que con el tiempo la memoria
es mas imprecisa y solemos recordar lo que mas
favorece nuestras creencias. Es la ley de la economía
cognitiva que tanto Linda Colon pretende enseñarme
en la Universidad de Puerto Rico en la clase de
Ciencias Sociales.
Pero han pasado cuatro anos y me parece que fue
ayer cuando a las cuatro y quince de la tarde
del 18 de marzo del 2003 un grupo de oficiales
de la seguridad del Estado irrumpió en
mi casa del Cerro. La cobardía de los oficiales
no tuvo límites. La mía tampoco.
Ellos actuaban como buscando armas o restos de
drogas. Pero se tuvieron que ir a cabalgata con
el Quijote, escuchando los principios del Liberalismo
de Adam Smith y leyendo los poemas de Avellaneda
y los tomos de Marti.
Por once horas se dedicaron a leer. Al menos les
servia de instrucción enterarse a través
del archivo de seis anos lo que pasaba en las
calles del vecindario, lo que comentaba la gente,
la escasez en los mercados, y la línea
política a seguir por el Partido Liberal
durante todo ese tiempo. ¡Que clase de criminales
éramos! Nos atrevimos a gritarle al mundo
y a escribir en la hoja en blanco lo que la mayoría
teme gritar y teme escribir en Cuba.
¿Acaso
estábamos locos? Si ser disidente en Cuba
significa la locura quisiera estar siempre del
lado de los no cuerdos. Toda nuestra vida en la
Isla consistió en criticar la realidad
que nos quisieron imponer sin opción alguna.
¿Qué había de malo en reunirnos
en casa de Laura Pollan o de Ernesto Roque para
mofarnos de los “agentes infiltrados”, de Castro
y de los personajes de la Mesa Redonda?
Sentíamos gozo al ver lo mucho que subestimaban
nuestra inteligencia por el solo hecho de ser
opositores políticos. La mayoría
nos tildo de tontos porque 75 personas fueron
a parar a la cárcel ese 18 de marzo y aparentemente
no lograron nada. Pero si lo hicieron. No hubo
página en el mundo que no plasmara lo que
sucedió ese día. En solo algunas
horas los teléfonos de los opositores no
pararon de sonar, la guerra en Irak no nublo el
sentimiento ni las lagrimas de los exiliados que
lloraron y gritaron a la par de los familiares
y presos victimas de la ola represiva.
El 18 de marzo nos sentimos orgullosos y agotados.
Encontré la fortaleza para seguir en quienes
menos me imaginaba. En la gente que estaba sufriendo
lo mismo que yo. En Gisela, Laura, Yoli, Nancy,
Dolia encontré siempre las palabras de
aliento para no gritar de rabia y de locura en
el juicio del 4 de abril del 2003. Personas desconocidas,
como el hijo de Héctor Palacios Ruiz, me
apoyaron con pocas palabras en el juicio que condeno
a seis opositores, incluyendo a su padre y a mi
ex esposo, a penas de hasta 25 anos de cárcel.
El 18 de marzo del 2003 no fue un día,
fue una época. Hay un antes y un después
en cada una de las personas que fuimos victimas
de la arrogancia de los policías y fiscales
que participaron en esos juicios llenos de pantomima
y acrobacias para satisfacer al Máximo
Líder. Nuestras vidas se dividen en dos
etapas de madurez como políticos y sobre
todo, como seres humanos. Las mujeres y esposas
además de aprender a cargar jabas de artículos
de higiene y alimentos baratos aprendimos a crecernos
ante los viajes de varias horas incluso días,
bajo el sol y el cansancio, con nuestros hijos
a cuestas para visitar a Saludes, Normando, Omar
Ruiz, Maseda, Antonio y Regis, o Lester Gonzalez
Penton.
Todas crecimos y aprendimos a lidiar con las rencillas
y envidias internas que tampoco faltaron. No fue
un camino fácil. Crecimos a pesar de todas
nuestras miserias personales y surgió la
fuerza para caminar por Quinta Avenida (al principio
lo hacia una o dos y las otras no marchaban por
miedo o por prudencia). Así nació
la fortaleza para gritar frente a las cámaras
de televisión “libertad” o para oponerse
a una turba de secuaces dando un acto de repudio
en la casa de Gisela Delgado.
Ha pasado el tiempo y aunque no escuchamos la
risa estridente de Ricardo Gonzalez ni la voz
melodiosa de Héctor Maseda sus palabras
llegan hasta nosotros. No hace falta que ellos
griten detrás de las rejas ni que se revelen
contra los guardias porque no hay agua y las ratas
se adueñan de sus “habitaciones”. La voz
de las Damas de Blanco es fuerte, omnipresente,
sobrepasa las rejas y el dolor de Saludes que
no ha podido ver a su hija crecer y la nostalgia
de Alejandro por su abuelo en la calle Neptuno
963.
Quizás, para la mayoría ignorante
hemos perdido. Pero el coraje y la inteligencia
han sobrepasado los límites de la dictadura.
No existen argumentos sólidos que liquiden
el raciocinio de Adolfo Fernández Sainz
ni venzan el espíritu rudo y sensible de
Víctor Rolando Arroyo.
La única respuesta de la dictadura de Castro
ha sido la violencia. No tienen argumentos para
sentarse a la mesa como seres civilizados porque
en la barbarie esta su fuerza.
La historia nos ha enseñado que hay que
aprender a morir por nuestros ideales. Muchos
nunca nacimos con esa estirpe de héroes;
otros, llevan la llama de la verdad y la razón
por dentro y aun tras las rejas, resultan invencibles.
Foto
de archivo.