
'El porvenir fue en los años ochenta, cuando
existían los mercaditos paralelos y el
pollo que hoy te cuesta cinco dólares en
las shopping, costaba cuatro pesos comunes'.
RAFAEL ALCIDES, Ciudad de La Habana
El otro día fui testigo de una declaración
sorprendente, en un lugar sorprendente. "En
Cuba el porvenir pasó ya".
Como aún no se había corrido por
el barrio la noticia de que el picadillo de soya
acababa de llegar, éramos en la cola solamente
unas cuarenta personas. De ellas, ni una sola
dejó de volverse al oír tan sorprendente
predicción. La hacía un hombre entrado
en años, de aspecto distinguido, y al parecer
en sus cabales, que no he vuelto a ver en el barrio.
Una de esas personas con las que uno no quisiera
toparse nunca, a fin de no verse metido en problemas.
Sin embargo, su predicción y posterior
desglose de la misma transcurrió en la
mayor paz.
"El porvenir —decía— fue en los años
ochenta, cuando existían los 'mercaditos
paralelos' y el pollo que hoy te cuesta cinco
dólares o más en las shopping, te
costaba cuatro o cinco pesos comunes. O sea, que
aquel pollo de cuatro, hoy te cuesta 120 pesos".
Terminó de limpiar sus espejuelos, y añadió
el misterioso individuo que él se había
jubilado un año antes de la desaparición
de la URSS, cuando todavía le quedaban
unos días de vida a los mercaditos.
"Me jubilé con 158 pesos mensuales.
Ahora, quince años después, con
el aumento de pensiones y salarios dictados por
el gobierno, mi jubilación ha subido a
190 pesos. No hay que ser matemático para
darse cuenta de que a pesar de ese aumento, yo
no podría comprar con toda mi pensión
ni dos pollos. Ni dos", agregó.
Dicho esto, el desconocido miró a todos,
en son de desafío, pero no volvió
a abrir la boca. Delante de él tenía
en la cola aún a unas quince personas,
y ese día el carnicero andaba lento, pero
el desconocido siguió callado. Igual la
gente de la cola. Nadie lo refutó, ni nadie
pareció ofendido. Más aún,
no pareció que nadie lo hubiera oído.
Yo estaba admirado.
¿Moraleja?
"En otro tiempo —comenté al rato con
un vecino con el que me había apartado
para ver salir al desconocido con su paquete de
picadillo de la libreta caminando con la majestad
de quien se sintiera muy seguro—, a ese tipo le
hubieran caído a palos. Por lo menos, lo
hubieran insultado y puesto en la calle junto
al latón de la basura".
"¿Moraleja? Que el cubano está
aprendiendo a ser tolerante", dije satisfecho.
El vecino me miró con atención.
"Puede ser", concedió al fin.
Y de repente, en lo que percibí un rapto
de sinceridad, adicionó: "Pero supón
que sea un provocador y que haya aquí cámaras
de televisión ocultas. Algunas de estas
gentes de la cola son militantes. ¿Qué
podrían decir si los llamaran a contar
por la actitud tan pasiva que hemos tenido?
Yo estaba confundido: "¿Y por qué
no le salieron al paso?".
El vecino sonrió, mirándome con
interés. "Porque, igualmente, podría
ser un provocador del enemigo. Y tú ni
ningún cubano digno le daría al
enemigo la foto de primera plana que él
quisiera. Porque que el tipo es un provocador,
es un provocador. Fíjate en dos cosas:
la libertad con que ha hablado, así como
si estuviera en París o en Madrid o en
Londres, y después los argumentos irrebatibles
que ha utilizado, olvidando el bloqueo que venimos
sufriendo y a pesar del cual, nuestras escuelas
y nuestros hospitales no han dejado de funcionar.
¿Por qué no habla de los médicos
que tenemos curando por el mundo? Así que
si a este sujeto no lo mandaron a decirlo, le
pagaron porque lo dijera. Además, nadie
hablaría así en público y
menos en un lugar como este".
En esto último tenía razón.
La cola llegaba ya a la puerta. Y seguía
llegando gente. El vecino seguía diciendo
pestes del otro, en cuya sinceridad insistía
en no creer.
Me intrigaba una cosa y la pregunté: "Dijiste
'igualmente'. ¿Por qué igualmente?".
"No le irás a negar al gobierno el
derecho a hacer sus sondeos de opinión
pública. Y más teniendo el patio
lleno de enemigos pagados por la mafia terrorista
de Miami".
Estaba indignado.
Después, alguien de la cola me dijo en
son de complicidad: "Mentira. Ese tipo es
un descarado. Se estaba 'haciendo' con usted porque
había gente escuchándolo, y en particular
cierta persona que a él le convenía
que lo escuchara. Además, usted en el barrio
es un enigma.
No contesté. ¿Y si el enmascarado
fuera este y no el otro?
Respecto a la declaración sorprendente
en el lugar menos indicado del enigmático
desconocido, le oí decir a una señora
que no conozco y que a lo mejor era también
una provocadora: "Me niego a aceptar que
en este país el porvenir pasó ya,
aunque al paso que van las cosas, no deja de ser
verdad lo que decía aquel mentiroso".