
Fe en las personas… Fe en el cambio ineludible
de Cuba hacia la libertad, hacia la paz.
JOSÉ
PRATS SARIOL, Mexico DF
"No, chico, si estamos aquí para ayudarte",
me dijo sonriente el entonces jefe de Personal
y Cuadros del Ministerio de Cultura, que como
los de su especie estaba más vinculado
al Ministerio del Interior que a su madre.
"Hay que apoyarlos cuando abran los ojos",
me comentó en 2001 en Miami un cubano tan
ilustre como ecuménico, raro entre cierta
abundancia de fanáticos.
"…que brote de nuestros corazones una súplica
unánime: ¡Paz!", pidió
a finales de diciembre el Mensaje de Navidad de
los obispos cubanos…
El tema de la buena fe —que lleva dentro a su
contraria— imanta cuando sabemos que el peligro
de una guerra civil no puede excluirse como solución
a la miseria cubana, alentado por extremistas,
en especial por los que detentan el poder y oprimen
cualquier acción disidente.
¿Qué significa buena fe cuando por
nuestra patria actuamos, opinamos? Y es que la
reciente conmemoración —no aniversario—
del año 47 de lo que se conoció
como revolución cubana, también
abre reflexiones éticas. Intentaré
conjeturar, modular respuestas a un solo fenómeno:
la sobrevivencia de lo estrambótico —"extravagante,
irregular y sin orden"—, que por supuesto
exige otras hipótesis desentrañadoras.
Pero antes me permito advertir contra los maniqueísmos
de ambos lados, contra la relativa existencia
de análisis exógenos o aldeanos,
desiderativos o inmovilistas, siempre tendenciosos,
de buena o mala fe.
Bastantes caricaturas y vergüenzas tenemos
acumuladas en el último medio siglo para
seguir tragando juicios turbios desde el Palacio
de la Exrevolución, que pretenden calafatear
un barco de ideas hundidas por sí mismas,
por la empecinada realidad cotidiana; o desde
el Departamento de Estado en Washington, que lanzan
una cortina dadivosa sobre sus viejos colmillos
de 1898…
Juicios
impracticables lanzados desde un cenáculo
de ancianos en la Casa del Combatiente del Municipio
Playa, que sueñan con el retorno a ideales
podridos por el afán de poder de un solo
hombre; o difundidos desde una valiente reunión
de opositores en las afueras de La Habana, que
minimizan intereses creados, acechos foráneos,
picaresca tropical… Juicios, en fin, desde cabezas
trocadas, lectoras de la deliciosa novela corta
de Thomas Mann.
A favor del 'socialismo real'
¿Quiénes de los que aún se
declaran adictos a la autocracia operan de buena
fe? ¿Cuáles estratos pueden distinguirse?
¿Dónde aparecen los trastornos y
rarezas que se sumergen en la mala fe? ¿Ocurre
lo mismo dentro de los que nos oponemos a la dictadura?
¿Qué diferencias esenciales, más
tajantes que una navaja sevillana, nos separan
de ellos?
Recordemos que buena fe es honradez y honestidad,
principios morales que comienzan por huir de la
hipocresía y del oportunismo, de las variadas
formas de corrupción, de prostitución.
Pero buena fe es una meta, y que lance la primera
piedra quien no haya cometido alguna vez en alguna
situación algún pecado contra ella.
Además de que actuar desde la honradez
no garantiza —lamentable e irremediablemente—
tener razón.
¿Quiénes actúan de buena
fe a favor del "socialismo real" —el
único que ha existido— que ha exterminado
hasta las guaraperas? Es obvio que hay un sector
de la población —sobre todo de la tercera
edad— que defiende los cascajos benéficos
del acceso gratuito a la educación y a
los servicios médicos, el "igualitarismo"
de los años sesenta y la "independencia",
mientras le achacan al "imperialismo yanqui"
y su "bloqueo" (el absurdo embargo)
el desmerengamiento del país y sus ásperos
efectos en la olla y en la guagua, en el techo
y en los calzoncillos.
Por supuesto que desde hace varios lustros es
una minoría, pero acostumbrada a que decidan
por ella, a creerse representada en el Poder Popular
y a suponer que la Constitución es la mejor
de América Latina, que viven en la más
equitativa e higiénica sociedad posible
para un país del "tercer mundo"
y hasta del "primero" —según
les repite incansablemente su cacique y sus medios
masivos de comunicación absolutamente impermeables
a la diversidad, dirigidos y actuados por amanuenses
que harían la envidia de la corte de Luis
XIV—.
No hay duda —son ya 47 años de uniformidad—
de cuánto se ignora allá dentro
de las condiciones actuales en el planeta, de
los avances en derechos humanos y progresos contra
la miseria y la corrupción. Les han hecho
creer que la historia de Cuba puede retroceder
a 1958. No saben lo que ha ocurrido y ocurre en
el mundo, por lo que no hay tautología
cuando se habla de "la isla aislada".
Sólo reciben noticias de terrorismos, robos,
drogas, violencias, ilegalidades…, mientras las
internas siempre son ilusiones, expectativas luminosas,
porque ahora sí "vamos a construir
el socialismo energético".
A
mi suegra —ya fallecida— le decían que
los sacrificios eran para que mi esposa —una niña
en los sesenta— disfrutara del paraíso,
en la otra esquina —como en la irónica
novela de Vargas Llosa—.
Hoy siguen embaucando desde los libros de texto
y las clases televisadas, bajo la misma posposición
eterna. Suponer que ya no engañan a nadie
sería ingenuo. Suponer que no hay gente
que por naturaleza le teme al cambio sería
de una candidez ridícula. Suponer que no
habrá nostálgicos sería simplón,
baste leer las noticias de Rusia en el natalicio
de Stalin y hasta las españolas de los
melancólicos de Franco.
'Fanáticos' de mala fe
El resto de los "fanáticos" actúa
de mala fe. Incluyo desde luego a la mayoría
de los miembros del Buró Político
del Partido. Me dicen que uno de ellos —el ministro
de Cultura— "se baña y guarda la ropa",
deja migajitas en Venezuela, España y sobre
todo en Alemania para no perderse en el regreso.
Otro de los "puros" —presidente de la
Asamblea— las deja en Canadá. Un tronado
inteligente paga de chivo expiatorio por los apagones,
mientras quizás murmura contra su honestidad.
Los generales ni hablar, saben que de ellos nadie
puede prescindir, y tienen su Corporación
Gaviota para que el turismo los empape de verdes
dólares no olivos, libras esterlinas de
la pérfida Albión o euros de la
decadente Europa…
La nomenclatura se agazapa, su única fe
está en sí misma. Sus ideales son
más pragmáticos que los de un feroz
industrial del siglo XIX o de la actual China,
con su atroz capitalismo de Estado. Verlos actuar
sólo provoca menos asco que los mediocres
voceros de la Mesa Redonda Informativa, ya instalados
en el Libro Guinness de los Récords, tras
alcanzar el Lamebotas de Oro, galardón
que no se concedía en Cuba desde la época
de Gerardo Machado.
Más abajo resulta pintoresco hallar entre
ministros y primeros secretarios en provincias,
gerentes y funcionarios intermedios, alguno que
no piense y simule, aplauda y cavile acerca de
lo que inevitablemente va a ocurrir. Más
raro es encontrar un joven cuya "batalla
de ideas" no pase por una shopping o una
discoteca, a partir de una indiferencia política
que se convierte en hipoteca para movilizarlos
hacia cualquier proyecto de cambio. Los Trabajadores
Sociales que hoy administran las 2.039 gasolineras
ya están llenándole el tanque a
los ecobios, mientras esperan que pase el huracán
anticorrupción para ver cómo "inventan
lo suyo".
Me avergüenza afirmar que mientras estamos
dentro del país somos en algún grado
cómplices, con honrosas y raras excepciones,
bien identificables. Si algo no escasea es la
mala fe cotidiana. Y es muy natural, porque lo
antinatural es un matancero que acaba de casarse
con una mexicana, que me comentaba la semana pasada,
en La cabañita del Chef —restaurante poblano
donde canta Héctor Téllez, que empezara
en el legendario Cuarteto de Meme Solís—,
que lo de él era no meterse en política
para poder ir antes de un año a visitar
a su familia, aspirar el salitre de la bahía,
invitar a los amigos a unas cervezas Bucanero
frente al teatro Sauto, y si le va bien por México
pasarse unos días en el Meliá de
Varadero, en donde hasta su matrimonio con extranjera
no podía hospedarse.
'Familia en el Exterior'
Vuelvo a las preguntas: ¿Cómo anda
la fe de los opositores? Y antes de contestar
recuerdo el chiste: "No se preocupe, Comandante,
que yo tengo fe? ¿En la revolución?
No, no, efe e: Familia en el Exterior". Porque
lo primero es distinguir entre los distintos estratos
y oleadas del exilio, de una parte, y los que
se encuentran en el insilio, empezando por los
cerca de 500 presos de conciencia y quizás
terminando en las decenas de miles de orientales
indocumentados en La Habana…
No coqueteemos con la misma mentira que el Dr.
Castro Goebbels comete cuando afirma la "unidad
monolítica de los revolucionarios (sic)
y su intachable conducta". José Martí
decía en unos versos: "Hay seres de
montaña, seres de valle // y seres de pantanos
y lodazales".
Los opuestos a la dictadura, que constituimos
la amplia mayoría, somos seres humanos,
no entelequias, no sofismas, no una masa compacta
y monótona. Si algo nos distingue de la
demagogia populista es sabernos individualidades.
Si a algo aspiramos es a un país realmente
democrático, donde se respete lo diferente.
Dentro de nosotros, aunque por razones distintas
y con muchísimas menos causas "ambientales",
también hay gente que actúa de mala
fe en su enfrentamiento al absolutismo. Son una
exigua minoría, pero de ella se aprovecha
la propaganda gubernamental para desprestigiar
a la oposición, a los verdaderos revolucionarios
cubanos del 2006. En Miami, en México,
en Madrid o en cualquier rincón de Cuba,
hay quienes ven en la lucha no un acto patriótico,
sino una vía de notoriedad personal o de
empleo lucrativo, de inversión para cuando
se produzca el fin.
Aquí debe distinguirse —y admitirse como
necesario— una heterogeneidad de puntos de vista,
que también atañe a razones éticas,
bajo el principio de que sería fatal —otra
tuerca mohosa— pretender una unidad que vaya más
allá de propiciar el tránsito a
la democracia, con los defectos y tropiezos que
le son inherentes a la especie humana. Vanidades,
susceptibilidades, prejuicios y desconfianzas
no pueden excluirse. Hay que bregar con ellos
—y algunos más—, junto con el egoísmo
que insulta este nuevo año, propiciado
por una sociedad donde el miedo se lleva las primas
y hasta las hermanas, donde la familia disgregada
entristeció la celebración navideña.
¿Buena o mala fe? Quizás debamos
quitarle los adjetivos, lo que no significa ignorarlos.
Fe en las personas… Fe a pesar… Fe en el cambio
ineludible de Cuba hacia la libertad, hacia la
paz. ¿La paz? Esperemos que la transición
tenga suficiente corazón e inteligencia
para que sea en paz.
'Familia en el Exterior'
Vuelvo a las preguntas: ¿Cómo anda
la fe de los opositores? Y antes de contestar
recuerdo el chiste: "No se preocupe, Comandante,
que yo tengo fe? ¿En la revolución?
No, no, efe e: Familia en el Exterior". Porque
lo primero es distinguir entre los distintos estratos
y oleadas del exilio, de una parte, y los que
se encuentran en el insilio, empezando por los
cerca de 500 presos de conciencia y quizás
terminando en las decenas de miles de orientales
indocumentados en La Habana…
No coqueteemos con la misma mentira que el Dr.
Castro Goebbels comete cuando afirma la "unidad
monolítica de los revolucionarios (sic)
y su intachable conducta". José Martí
decía en unos versos: "Hay seres de
montaña, seres de valle // y seres de pantanos
y lodazales".
Los opuestos a la dictadura, que constituimos
la amplia mayoría, somos seres humanos,
no entelequias, no sofismas, no una masa compacta
y monótona. Si algo nos distingue de la
demagogia populista es sabernos individualidades.
Si a algo aspiramos es a un país realmente
democrático, donde se respete lo diferente.
Dentro de nosotros, aunque por razones distintas
y con muchísimas menos causas "ambientales",
también hay gente que actúa de mala
fe en su enfrentamiento al absolutismo. Son una
exigua minoría, pero de ella se aprovecha
la propaganda gubernamental para desprestigiar
a la oposición, a los verdaderos revolucionarios
cubanos del 2006. En Miami, en México,
en Madrid o en cualquier rincón de Cuba,
hay quienes ven en la lucha no un acto patriótico,
sino una vía de notoriedad personal o de
empleo lucrativo, de inversión para cuando
se produzca el fin.
Aquí debe distinguirse —y admitirse como
necesario— una heterogeneidad de puntos de vista,
que también atañe a razones éticas,
bajo el principio de que sería fatal —otra
tuerca mohosa— pretender una unidad que vaya más
allá de propiciar el tránsito a
la democracia, con los defectos y tropiezos que
le son inherentes a la especie humana. Vanidades,
susceptibilidades, prejuicios y desconfianzas
no pueden excluirse. Hay que bregar con ellos
—y algunos más—, junto con el egoísmo
que insulta este nuevo año, propiciado
por una sociedad donde el miedo se lleva las primas
y hasta las hermanas, donde la familia disgregada
entristeció la celebración navideña.
¿Buena o mala fe? Quizás debamos
quitarle los adjetivos, lo que no significa ignorarlos.
Fe en las personas… Fe a pesar… Fe en el cambio
ineludible de Cuba hacia la libertad, hacia la
paz. ¿La paz? Esperemos que la transición
tenga suficiente corazón e inteligencia
para que sea en paz.