
Ramón Fernández Larrea
Californiana, esbértida y pervertida muñeca
Barbie:
Nadie duda que eres la representación de
un ideal. De un ideal estético muy extraño,
o al menos ajeno, o tal vez impuesto. Será
entonces que los himnos nos hacen daño
en el subconsciente, y arrebatas a todo el mundo
con tus breves, ocultas y nada provocadoras ex
teticas, y en la mente animal del ser humano ligeramente
masculino, anda tu cuerpo como summun —tal vez
pontífice—. Es que, sin quererlo, sin beberlo
y sin darnos cuenta, vamos "marchando hacia
un ideal".
Por muchos ingentes esfuerzos —indigentes refuerzos—
de producir muñecas sensuales con las características
étnicas de cada país, los niños,
en su diabólica constancia, prefieren tu
esbelto, lánguido y soberbio cuerpecito
antes que un modelo Rigoberta Menchú, Petra
Almaguer, o Lucecita Benítez. No hay infante
o infanta insular que prefiriera desnudar una
muñeca modelo Sara González desdeñándote
a ti, californiana divorciada de 46 añojos
sólidos, llenos de playa y buenas boutiques.
Las boutiques de la Quinta Avenida son como los
bodegones cubanos, pero sin tanta naturaleza muerta.
Tienes algo de Brigitte Bardot, con una suave,
dulcísima y enigmática inteligencia
bovina, como de Vilma Espín teñida
de rubio, con un cuerpo sometido a severas sesiones
de ejercicios físicos en lo que mi amigo
El Pible llamaría el Gimnasio Agramonte,
que es un sitio patriótico y deportivo.
Eres altiva, aguzada, blonda. Pequeña,
peluda y suave, que se diría de algodón,
el enemigo te ha exportado a los más recónditos
sitios del planeta para sorberles los sesos a
las tiernas criaturas con ese modelo capitalista
y consumista.
Es cierto que nuestro acertado e inamovible gobierno,
siempre pendiente de la felicidad de sus súbditos
y de su estabilidad emocional, jamás te
permitió acceso oficial a la Isla. Te lanzó
a pelear con María Silvia, sin mucho éxito,
eso sí, y con ello te sembró, sin
mala uva, como oscuro objeto del deseo.
Lanzó un modelo competitivo basándose
en nuestras más auténticas expresiones
nacionales, pero todo indica que no funcionó.
Era una muñeca que se parecía demasiado
a Caridad Cuervo a punto de cumplir los setenta
años, con artrosis y sobrepeso. Un ejemplar
de plástico, decididamente cubana, lozana
y patriota, entre Ángela Davis menopáusica
tirando para Aida Diestro. Los niños perversos
no le hicieron caso y siguieron soñando
secretamente contigo y con el inacabable ajuar
con el que te han dotado los demenciales fabricantes.
A
mí me prohibieron jugar de niño
a las casitas. Y más estrictamente, vestir
y desvestir muñecas. Entonces no te conocía,
y lo que más a mano tenía en materia
pornográfica eran las Linas de cartón
de la revista Mujeres. En la clandestinidad cortaba
aquel cuerpecito menudo e imberbe —hubiera sido
más desolado recortar berbes barbados—,
y esperaba el día en que brotaran, inflamados
como duraznos en primavera, un par de apetecibles
protuberancias en sus pechos. Era difícil
excitarse así, pero Dios le dio Barbie
a quien no tiene quijá.
Ya mayorcito, y cada vez con más pública
impudicia, fui encontrando otras Linas bajo la
luna. Linas menstruantes y crecientes, que desvestía
con la práctica de aquellas desolaciones
solitarias. Y entonces llegaste tú, sin
las protuberancias de Marilyn Monroe, con cierto
hieratismo, estilizada y distante, a poblar mis
arrebatos poblanos, y la tersura de tu plástico,
tan diferente al que se usaba para la fabricación
de zapatos Kikos.
Pero, qué significa una muñeca ante
el destino patrio. Mucho, digo yo. Sin una buena
muñeca no se puede tener pulso firme para
guiar los destinos de un país. La muñeca
más reconocida era literaria y chambona,
y la enterraba la pérfida Magdalena en
la arena. Era la muñeca sin brazos que
describió el Apóstol, en cuya vida
secreta practicó, como yo, el desvestimiento
de muñequitas varias, a quienes sorbía
seso y corazón. Nuestro amado guía
espiritual —no confundir con Amado Trinidad— entendió
esa razón, y ordenó investigar en
secreto cómo vencer al enemigo también
en ese terreno.
Y en un laboratorio habanero comenzaron las pruebas
a finales de los años sesenta. Se experimentó
con bagazo, con sacarosa, con pasta de mártires
y con residuos de ideología burguesa. Más
allá de una figura regordeta, con expresiva
cara de torta a la que llamaron Lilí, no
hubo resultados palpables. La goma hedía.
La carne artificial se manchaba, y su color rosado
flamenco era un insulto a nuestra idiosincrasia.
Había que ir a más. Y se logró.
Los abnegados científicos cubanos lograron
fabricar una pasta consistente y maleable que
fue primero probada como macarrones en varias
Escuelas en el Campo, y con lo que más
tarde pudieron fabricarse un par de botas cañeras.
Solamente tenían un defecto: no avanzaban.
El compañero que se prestó para
probar aquellas botas victoriosas sufrió
un infarto —masivo, eso sí— al querer avanzar
victorioso hacia el porvenir. Hubo que amputarle
las dos piernas y seguir corrigiendo, tarea que
ha resultado todo un éxito. Desde el gobierno
nos corrigen cada día, y la caca abunda,
inunda, penetra y se perpetúa. Pero el
plástico logrado en aquellas ocultas pruebas
no fue un total fracaso. Es un excelente sustituto
del queso parmesano para cubrir pizzas.
Los niños cubanos siguieron esperando su
muñeca nacional, a merced de tu presencia
tentadora, con ese peligroso mensaje subliminal
que nos obliga, ya creciditos, a buscarte en cada
hembra, aunque la apariencia exterior fuera de
taína mal conservada, alérgica al
casabe. No nos importa —a mí jamás
me ha molestado— que te hubieran adjudicado un
novio, también plastificado, ese tal Ken,
que ha resultado, a la larga, un mariquita delirante.
Estoy acostumbrado a las manipulaciones. Treinta
y siete años de manipulación de
alimentos me han servido para no desdeñar
el manjar que representas. Desde aquí lo
confieso: eres mi dieta nacional, un delicioso
manjarete.

Es cierto que en este mundo se vería raro
que un tipo nacido en Bayamo y criado en medio
de las balaceras de Guanabacoa, incólume
a citaciones del Comité Militar y navajazos,
se ponga a coleccionar muñecas Barbies
a esta altura, con lo costoso que resulta mantener
tu armario y tu joyero actualizados.
Mi artrosis y mi hombría no me permiten
pasar horas sobre el piso, vistiéndote
de hawaiana, o poniéndote abrigos de visón.
Mi visón es cada día más
escasa. Es por eso que preferí siempre
la variante cárnica y real de tu modelo,
a pesar de que, si fueras un poco más humana,
tus medidas serían 99-60-84 —que parece
un número telefónico—, con 2,15
de altura; eso sobrepasa mis aspiraciones y me
obliga a tomar medidas decisivas para enfrentar
tan asquerosa desviación ideológico-
sexual.
Sin embargo, tal opción me deprime. Podría
no llevar en el alma La Bayamesa, teniéndote
a ti —o tu representación manuable y palpable—
oculta entre los tules endurecidos de mi corazón.
Sería parte de la doble moral continuar
vistiendo y desvistiendo Linas reales, combativas,
morenas, y en la intimidad de mi onanismo municipal,
tener un incesante diálogo con tu imagen,
de muñeca a muñeca, derramando ofrendas
en el agua mansa de la fuente. Me jeringa, me
apabulla, me da males de conciencia por dos razones
fundamentales.
La primera es tu frialdad: nunca tuviste un currículo
socialmente comprometido. Jamás te han
presentado como una heroína del trabajo,
ni como alguien decidido a superarse rompiendo
las barreras sexuales. Eres solamente un objeto.
Una mujer objeto, muda y orgullosa, distante y
prohibida. Hacer objeto de mis sueños a
una mujer objeto, silente y con swing no es muy
objetivo, aunque tienta, no digo yo, y esa es
una de las trampas del enemigo, que nunca duerme.
¿Seré yo mismo un enemigo, pues
nunca duermo soñando contigo?
Lo segundo es que sí entraste a mi país,
en pequeñas y poco difundidas dosis. Otros
niños, hijos de padres esmeradísimos,
que habían derramado sus sangres generosas
para hacernos felices y alejarnos de ti, pudieron
vestirte y desvestirte en la soledad de aquellas
horribles mansiones, abandonadas por la burguesía
cobarde, y que ocuparon ellos para sacrificarse,
desafiando las desviaciones que sufrí yo
dando tijera a representaciones de cartulina,
mientras mi libido estaba más cerca de
Mae West y Faye Dunaway que de Rita Montaner.
Me siento orgulloso de haber ocultado aquella
victoria del enemigo, y tuve luego oportunidad
de encontrarte en modelos parecidos a ti, palpitantes
y majaderas.
Ninguna había nacido en California en 1959,
pero uno no está ya para tantas exigencias.
Un macho latino no puede ser un gourmet en cosas
sexuales. Mi padre lo decía: "el que
come malo y bueno, come dos veces". De modo
que mis preferencias se vulvarizaron, sin discriminar,
aunque frenando ante moldes similares a la Pogolotti.
No sé qué me pasará dentro
de unos años, cuando no pueda ya acometer
nuevos desafíos de colchón. Tal
vez seré un viejo temeroso, que una vez
por semana va a la tienda de juguetes a comprarse
una Barbie, para palparla, aprovechando el Parkinson,
en la penumbra. Estoy preparado. Y sé que
en cualquier momento desembarcarás en mi
país, masiva y californiana, gimnástica
y elegante. Ya lo dice el refrán: "Cuando
veas la Barbie de tu vecino arder, pon las tuyas
en remojo".
Con mi muñeca inflada e inflable,
Ramón