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Ajedrez cubano José Raúl Capablanca


El ajedrez más que un juego o una ciencia es una disciplina. Representa para muchos de sus seguidores una aventura cuando se sumergen el mundo del un tablero bicolor donde convergen ideas, concentración, arduo trabajo intelectual, inspiración, deseo de competir y la necesidad de planeamiento junto a una esmerada disciplina que al final culmina en un intenso juego donde el análisis y los instintos de supervivencia juegan un papel indispensable.


La planteación de una hipótesis y la planificación de la acción a seguir, el hábito de persistencia, el desarrollo de mecanismos de concentración y atención, el dominio de la voluntad, el aprendizaje de fundamentos y clasificación de alternativas de opción y secuencias lógicas y la liberación de la imaginación y la creatividad, crean en la persona que juega ajedrez una mejor valorización de la actitud de meditación.

Existen distintas versiones sobre sus orígenes, se dice que en el año 3000 A.C, se descubre en la tumba de Mera, cerca de la Pirámide Gizeh, dos figures humanas jugando al ajedrez. De igual manera en la tumba de Tutankhamon, el rey egipcio (1360 AC) se encuentra un tablero con muchas similitudes al tablero actual.

Los nombres de las piezas de ajedrez en Sánscrito representan los cinco elementos que componen el Universo: el fuego representado por la Dama (Mantrín), el aire representado por el Alfil (Hastin) que se mueve en diagonal, el agua representado por el Caballo (Asva) cuyo movimientos en 'L" recuerdan las olas del mar, la tierra que es la Torre (Ratha) que se mueve en direcciones perpendiculares hacia los lados del tablero buscando los puntos cardinales de la tierra y la Quinta esencia, el Rey (Rayan) que llena el cosmo, alrededor del cual se mueven todas las piezas, siendo el núcleo, principio, centro y fin del juego. Los peones representan al hombre, cuya vida no vuelva atrás. Cuando alcanzan la última fila pu-eden transformarse en una ficha de valor superior con excepción del rey.

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"Es la única droga que produce un placer permanente" Assiac


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Algunos adjudican este juego a un invento de los chinos, otros dicen que fueron los griegos quienes inventaron el ajedrez, y otros establecen el origen en la India en el siglo VI después de Cristo, que se conocía como "Sha-Mar", lo que quería decir 'juego de la muerte del sha (rey)', en el siglo VII se extiende por Asia y más tarde entre los siglos VIII y X, por medio de la conquista española por el Islam.

Lo que sí es una realidad es que el ajedrez alcanzó gran popularidad en Europa en la Edad Media. Durante los siglos XI y XV estuvo prohibido por la iglesia Católica. En el siglo XVI aparecen algunos cambios en las reglas del juego, el alferza se convierte en dama, el alfil toma las características que se mantienen hasta nuestros días, aparece el inicial avance de dos pasos del peón y la captura al paso y finalmente aparece el enroque.
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“El ajedrez es el arte de la razón humana"
G. Selenus


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Uno de los más importantes íconos de ese tiempo fue el sacerdote español Ruy López de Segura (1560) a quien se le acredita con la famosa apertura con peón de rey, que todavía a pesar de algunas modernas variantes es la preferida de grandes campeones, por su armonía y perfección. Más adelante, en el siglo XVII el dominio de este juego-ciencia pasó a los ajedrecitas italianos donde se destacó Gioachino Greco "il calabrese". En el siglo XVIII los franceses juegan un papel importante en el campo del ajedrez, resaltando jugadores como el filósofo ajedrecista y gran compositor musical francés, François-André Danican, apodado 'Philidor' (1726-1795, que sentó principios e hizo énfasis en la importancia de los peones para su estrategia.

Hasta 1886 no se crea el título de Campeón Mundial de Ajedrez de forma official, siendo Wilhelm Steinitz (1836-1900) el primer campeón de ajedrez reconocido en el mundo.

Entre los clásicos del ajedrez están, Alekhine, Lasker, Tarrasch, Rubins-teins, Nimzowitch, y Capablanca, entre muchos otros.

Pero ¿ quién era Capablanca? En 1888 nace en El Castillo del Príncipe en la Avenida Carlos III y Boyeros en el Vedado en la Habana quien fuera considerado como uno de los genios del juego ciencia en su época: José Raúl Capablanca quien a los doce años no podía ser considerado como un novato. Era un jovencito que no había estudiado el ajedrez, solo sabía lo que por tan largas horas había aprendido mirando a su padre jugar… Al enfrentarse al campeón cubano Juan Corzo, Capablanca denotó su brillante intuición, su calidad de genio y su brillante capacidad para este deporte. Es conocido como el más talentoso de los jugadores cubanos de ajedrez que jamás se haya visto. Su facilidad mecánica transformaba una posición compleja en un simple problema de técnica de cierre sin necesidad de bases de datos ni computadoras, y sin tener idea de las técnicas modernas del siglo XXI.

Participó en los más importantes encuentros de la época a nivel mundial causando gran expectación y asombro por su destreza y dominio del tablero. Contribuyó grandemente a promocionar a Cuba a nivel internacional a principios del siglo XX. En 1921, Capablanca ganó el título mundial de manos de Emanuel Lasker quien era campeón del mundo. También hizo tablas con el Gran Maestro mexicano Carlos Torre Repetto ante quien consiguió otra Victoria. Se mantuvo como campeón entre 1921 y 1927.

José Raúl Capablanca, desde su infancia se caracterizó por el dominio de la estrategia y la táctica con gran seguridad y maestría. Su gran intuición y la simplificación de final de juego se mantienen como modelos en el ajedrez rápido hasta hoy. Su récord es incredible, 20 torneos de relevancia donde ganó o compartió 15 primeros lugares y 9 segundos lugares. Se le conocía en esos tiempos como 'la máquina de ajedrez'

En 1936 el ruso Mikhail Botvinnik empató a Capablanca en el torneo de Nottingham. En ese mismo año durante el torneo internacional celebrado en Moscú le preguntaron a Capablanca que por qué siendo un virtuoso en finales no componía estudios sobre los mismos, a lo que contestó: "De joven compuse uno tan difícil que nadie podía resolver. Desde entonces, no me ha interesado la composición de estudios, pues considero inútil componerlos si nadie los puede soluciona". Esa jugada, según se cuenta, constaba de veinticuatro movimientos que revelaban la dificultad de resolverlo.

Capablanca consideraba que 'el final hay que captarlo desde el planteo de la apertura' y para ello enseñaba a través de lecciones radiofónicas desde Nueva York, ciertas jugadas que se recopilan en el libro 'Lecciones Elementales de Ajedrez' y 'Fundamentos del Ajedrez', ambos de su autoría.

Capablanca estudió ingeniería en la Universidad de Columbia y su pasatiempo favorito era jugar ajedrez en el Manhattan Chess Club de Nueva York donde hizo sus mejores jugadas ganándole al campión estadounidense Frank Marshall en 1909 cuando le ganó ocho a una contando con apenas 20 años de edad.

Uno de los más importantes momentos en la vida de Capablanca fue en Cleveland donde jugó simultáneamente con 103 jugadores. Ganó 102 juegos y perdió uno. Esta fue una de sus más notables proezas. Luego del juego dijo "Me cansé durante ese juego. Tenía que ir de mesa en mesa durante siete horas. Debo haber caminado diez millas. En el ajedrez como en el béisbol, las piernas son las primeras que se van… El ajedrez no es un juego para viejos".

"Cuando un enfrentamiento se termina, lo major es olvidarlo. Uno puede recordar solo ciertas cosas, de manera que es major olvidar las que no tienen importancia y recordar solamente las que uno puede utilizar. Por ejemplo, Yo recuerdo y recordaré siempre que Babe Ruth en 1927 hizo 60 jonrones", dijo en una occasion Capablanca.

Uno de los elogios más apreciados por un jugador de ajedrez es 'jugaste como Capablanca'; basado en uno de los más notables juegos del campeón, donde sacrificando a la reina, consiguió un mejor final.

De acuerdo con un artículo aparecido en la Revista Carteles en La Habana en Marzo de 1942, a raíz de su muerte, Enrique Corzo, dice: "Capablanca fue, sin disputa -y que esta aseveración no se considere una irreverencia-, el cubano internacionalmente más representativo de su tiempo, y el único cuyo nombre, vinculado a una supremacía manifiesta en cierta actividad mental que implica una tradición de cultura, podía ser identificado sin esclarecimientos adicionales en cualquier lugar de la tierra."

También Corzo hace mención de las multiples cualidades de Capablanca como "un raro ejemplar de energía cívica", añadiendo". La adopción de la ciudadanía norteamericana le hubiese comportado la riqueza además de la gloria. Sin embargo siempre se enorgulleció de ser cubano. Un poco de concesión a la servilidad política le habría proporcionado lo que su entereza moral le fue alejando a cada paso. Era tan hostil a la lisonja que no solo no la ofreció nunca, sino que no la aceptó de los otros. A veces parecía huraño y habría que quererlo a pesar suyo. Su inteligencia no era de una sola faceta. Graduado de la Universidad de Columbia, disponía de una cultura y de un buen gusto que le abrieron, en centros de mayor rigor social que el nuestro, todas las oportunidades a las más exclusivas convivencias. En su peregrinaje viajero, casi constante, siempre dejo en alto el nombre de Cuba. Como funcionario tuvo el tacto, la probidad y la aptitud indispensables para despertar envidias y antagonismos. En lo últimos tiempos hubo hasta quienes pretendieron negar su gloria, buscándole émulos ilusorios, por no decir grotescos.

Capablanca fue, en suma, un cubano cuya reputación dio a la tierra que lo vio nacer más universalidad en el renombre que la vasta suma de sus más ilustres compatriotas en la latitud de su tiempo. Ningún otro grande hombre de Cuba ha movido antes ni moverá después, en muchos años, los hilos del cable, ni suscitará en la prensa internacional un interés y una curiosidad dolorosos como los que su muerte ha creado. Como los grandes rotativos norteamericanos declaran, el malogrado ajedrecista dio a conocer más a Cuba que todo el resto de sus contemporáneos. Si supimos recompensar tan alto servicio y si oficial y públicamente correspondieron la República y los cubanos a la gloria que Capablanca compartió con nosotros, es cosa que dirá la historia. Pero parécenos que los honores que le han dispensado después de muerto, no borran la insuficiencia del respaldo que se le ofreció en vida para que pudiese imponer universalmente su genio."

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