
Por Tania Díaz Castro
La Habana
Parece increíble haber leído en
la prensa cubana de estos días que "las
esculturas a tamaño natural de cada uno
de los integrantes del legendario grupo británico
The Beatles fueron develadas en Bayamo a las puertas
de un centro cultural con el mismo nombre".
Las
esculturas, fundidas en cemento con una pátina
de bronce, representan a los músicos en
su etapa juvenil, y fueron ubicadas en la calle
Zenea, donde radica el centro cultural.
A
la inauguración asistieron el ministro
de Cultura y el presidente del Instituto Cubano
de la Música, quien expresó que
"tal acontecimiento prueba la posibilidad
de ampliar las ofertas culturales y recreativas
sanas del pueblo".
Destacó,
además, que "Cuba siempre se ha nutrido
de sus valores artísticos autóctonos,
pero también de lo mejor de la cultura
universal".
Se
equivoca el titular. Eso que afirma ocurría
antes de la revolución de 1959, porque
a pesar de que las melodías de los Beatles
se rebelaban contra la hostilidad hacia los extranjeros,
contra el racismo y la injusticia social, durante
los años sesenta y setenta, el gobierno
cubano los tenía prohibidos, así
como a los cantautores Silvio Rodríguez,
Pablo Milanés y otros.
¿Quién
nos iba a decir a los que escuchábamos
a escondidas a los chicos de Liverpool (y también
a Silvio Rodríguez), que en Bayamo la juventud
de hoy podría disponer de un local llamado
The Beatles, que en un futuro (¡siempre
el futuro!) dispondrá de un estudio de
grabaciones para el público y un proyector?
Recuerdo
la casa de mis amigos norteamericanos Sonia y
Bob, residentes permanentes en Cuba, en el reparto
Casino Deportivo. Allí, por los años
setenta, escuché por primera vez a los
Beatles, aunque ya en 1963 había alcanzado
fama mundial cuando revolucionaron el rock. Recuerdo
también cuando Bob alzaba el volumen de
su equipo y sentíamos temor de que la policía
tocara a la puerta y decomisaran sus discos.
Sonia
y Bob, profesores de la Universidad de La Habana,
jamás entendieron la censura del régimen
hacia ciertas manifestaciones artísticas.
Venían de un país libre (a él
regresaron), y era lógico que pensaran
así. Nosotros tampoco lo entendíamos.
Es por eso que dos o tres veces por semana nos
refugiábamos en la linda residencia de
nuestros amigos, ansiosos de escuchar a los Beatles.
Hoy,
el gobierno cubano, al cabo de casi medio siglo,
todavía no ha aprendido la lección.
Los prohibidos hoy son los artistas cubanos que
han emigrado. Como castigo -no sé si a
ellos o al pueblo- no pueden escucharse en la
radio y la televisión. Sin embargo, no
es raro caminar por la calle y escuchar claramente
a Celia Cruz, a Willy Chirino, a Albita Rodríguez,
a Maggi Carlés y a muchos más.
Puedo
imaginar en qué parque habanero, muy pronto,
veremos sentada en bronce a Celia Cruz, la guarachera
de Cuba, como está hoy John Lennon en una
plaza del Vedado.