
Último grito del régimen:
La participación de un contingente de muchachos
ingenuos en el saneamiento moral del país.
José
Hugo Fernández, Ciudad de La Habana
martes
24 de enero de 2006
Las borracheras suelen ser cómicas, por
más que a menudo contengan un penoso cariz
de amargura. También son propicias para
el tropezón y la ridiculez.
Sobresaliente
en Cuba durante las fiestas por el fin de año
y el inicio de otro, ha sido la borrachera del
régimen a base de un nuevo trago que hay
que beber apurado, debido a su carácter
volátil. Es el Cóctel 2006, último
grito de la barra totalitaria, cuya fórmula,
según el borracho, consiste en la decisiva
participación de un contingente de muchachos
ingenuos en el saneamiento moral del país.
En
las borracheras suelen aflorar los fracasos mejor
disimulados. Muestran lo que no está a
la vista, al tiempo que nos impiden ver más
allá de la propia nariz.
Cubanos
de tres generaciones fueron apremiados para repetir
desde niños, hora tras hora, que serían
como el Che. Y a lo largo de tres generaciones
terminaron siendo, no como el patrón divinizado
que se les imponía, sino cómo debieron
ser, ni más ni menos: producto de su tiempo
y de sus circunstancias.
Los
ejemplos son múltiples, de millones, pero
de momento bastará con recordar tres nombres
de conocidos secretarios generales de la Unión
de Jóvenes Comunistas: Luis Orlando Domínguez,
Roberto Robaina y Otto Rivero. Colocados para
dirigir a los jóvenes cubanos en tres períodos,
digamos, clave en la historia revolucionaria,
ya conocen todos el final de sus carreras como
instrumentos políticos.
Las
borracheras suelen aligerar la lengua y ablandar
los sesos. Mas, ni en medio de una borrachera
cósmica podría afirmarse que a estos
tres "guías ejemplares de nuestra
juventud", el hechizo de la corrupción
y del delito les vino del capitalismo, con el
que jamás se codearon y al cual juraban
odiar en todos sus discursos.
Corrupción
de menores
Y
si de tal manera han derivado los guardianes y
moldeadores de la arcilla, huelgan los comentarios
sobre el hombre nuevo que se les encargó
labrar con ella.
Amor
de mulo, coz y rebuzno. Esta advertencia del refrán
parece venir que ni pintada, representa una especie
de fotografía en cuerpo entero de las relaciones
entre el régimen y los jóvenes de
la Isla, quienes, a través de los años
y las distintas promociones, han sido sistemáticamente
utilizados, deformados y luego reemplazados como
zapatos viejos, porque se vuelven incómodos
y feos.
No
cambian las condicionantes, ni el medio, ni el
método, sólo cambia el sujeto, o
lo que es igual, la víctima. Al punto que
cualquier malicioso podría asegurar que
se trata de un caso de corrupción de menores
a escala histórica, con reincidencia y
alevosía.
Bajo
los efectos de la borrachera creemos estar convencidos
de que nuestras ideas resultan imbatibles y que
no hay aciertos tan morrocotudos como aquellos
que nos da por pregonar a cuatro vientos. Ebrios,
tendemos a figurarnos que somos los más
fuertes, aunque todos nos vean tambaleando. En
fin, las borracheras facilitan un indudable instante
de placer para el borracho. Lo malo es que duran
poco y que salen caras y que, para colmo, están
condenadas a desembocar siempre en resaca.