
CARLOS ALBERTO MONTANER, Madrid, enero 2006.
El
23 de diciembre de 2005, el señor Felipe
Pérez Roque, ingeniero de cuarenta años
de edad, ministro de Relaciones Exteriores de
Cuba, pronunció ante la Asamblea Nacional
del Poder Popular un discurso importante. Era
importante por el contenido, y, sobre todo, era
importante para él, que —según el
usualmente bien informado Financial Times— quedaba,
de facto, consagrado como el heredero político
de un Fidel Castro viejo y enfermo, a punto de
cumplir los ochenta años, y, por consiguiente,
próximo a la muerte, circunstancia muy
delicada y amarga que no eludió el conferenciante.
Unánimemente, como suelen ocurrir las cosas
en esa disciplinada institución —conocida
sotto voce como el "Coro de los niños
cantores de La Habana"—, todos los asistentes
(entre los que no estaba Raúl Castro, por
cierto), se pusieron de pie y aplaudieron enfervorizadamente
en señal de aprobación.
A fin de cuentas, Pérez Roque había
sido elegido como canciller, según nota
oficial que en su día divulgó el
gobierno, por ser la persona que con mayor fidelidad
interpretaba el pensamiento del Máximo
Líder. Por consiguiente, y sin la menor
duda, el discurso por él leído reflejaba
con una fidelidad clónica las ideas y razonamientos
que Fidel Castro, ya con un pie en el estribo,
mantiene tercamente instalados en su cabeza.
Obviamente, cuando los diputados aplaudían
a Pérez Roque sabían que estaban
aplaudiendo a Fidel Castro, como era su deber,
y tampoco desconocían que la liturgia que
adornaba al acontecimiento indicaba la consagración
del canciller como delfín del viejo dictador.
A la mayoría no era algo que seguramente
le agradaba, dado que Pérez Roque tiene
fama de ser una persona dogmática e inflexible,
sin legitimidad histórica por su corta
edad, que no proviene del Ejército ni de
la Seguridad, sino de ese irritante gobierno paralelo
conocido como "Grupo de apoyo al Comandante",
por el que pasó fugazmente, pero tampoco
nadie podía oponerse a su designación
sin ser inmediatamente arrollado y estigmatizado
por el aparato de difamación y castigo
del Estado.
Puestos a elegir a un diplomático en calidad
de sucesor del Comandante, los diputados seguramente
hubieran preferido a ese trágico personaje
que es Ricardo Alarcón, pero quienes conocen
a Castro saben que jamás ha confiado del
todo en el contradictorio presidente del parlamento
cubano.
Es verdad que los demócratas de la oposición
son quienes sufren con mayor saña la intolerancia
del régimen, pero no es menos cierto que
la clase dirigente cubana tampoco posee el menor
espacio dentro del sistema para manifestar sus
preferencias, dudas, convicciones reales o contradicciones.
Si en el Partido o en el gobierno —no digamos
en el seno de las Fuerzas Armadas— alguien intenta
alzar su voz para manifestar la menor discrepancia
con la línea oficial dictada por Fidel
Castro, es inmediatamente barrido del escenario,
como quedó muy claro hace ya muchos años
con el viejo PSP, y como luego se reiteró
en el caso del general Ochoa, o, de forma más
benigna, como les sucediera más recientemente,
por ejemplo, a Carlos Aldana y a Robertico Robaina,
convertidos en unas asustadizas no-personas, permanentemente
colocadas bajo la lupa de la Seguridad del Estado.
Talibanes
contra pragmáticos
Por otra parte, la selección de Pérez
Roque y el contenido del discurso parecen revelar
el triunfo (provisional) de los jóvenes
talibanes frente a los elementos más pragmáticos,
presumiblemente reunidos en torno al raulismo.
Según todos los síntomas, tras la
muerte de Fidel, su hermano Raúl, acompañado
de los tecnócratas militares convertidos
en empresarios desde hace casi veinte años,
a los que se sumaba un buen puñado de familiares
próximos, se proponían iniciar una
tímida versión cubana de las reformas
chinas, con cierto espacio para la pequeña
empresa privada y una mayor atención para
las apremiantes y olvidadas necesidades de consumo
de los cubanos.
El raulismo, pues, con personas como el general
Julio Casas Regueiro a bordo, tal vez hoy en desgracia,
iba a dedicar menos importancia a los enfrentamientos
ideológicos, como esa necia "batalla
de ideas" —que no es más que una tertulia
de amiguetes extremistas que repiten consignas
machaconamente para desesperación de los
aburridos telespectadores—, en beneficio de un
más alto nivel de eficiencia, mayor tranquilidad
en la esfera internacional y cierta prosperidad
material para la población.
No es que los raulistas se plantearan la democratización
de la Isla a la Gorbachov —lejos de ellos cualquier
inclinación democrática—, sino que,
tras medio siglo de locuras, estaban dispuestos
a inyectar un poco de racionalidad y orden en
la gerencia de la dictadura.
Aparentemente, Fidel Castro, aunque contrariado
con esa previsible deriva ideológica, estaba
más o menos resignado a que ocurriera esa
"desviación burguesa" tras su
inevitable desaparición física.
No tenía forma de controlar el futuro de
la revolución, una vez que Raúl
y sus militares de confianza se apoderaran de
todos los resortes del poder; pero ese panorama
comenzó a cambiar en la medida en que Hugo
Chávez emergía como el candidato
ideal para recoger el testigo de las fantasías
revolucionarias del viejo Comandante, trasformándose
en el gran mecenas del radicalismo revolucionario
internacional dentro de un mapa político
latinoamericano que se escoraba a babor notablemente.
Fidel, pues, disponía de caja, heredero
y doctrina para amarrar su cadáver al caballo
y seguir combatiendo después de muerto,
como cuenta la leyenda que sucedió con
el Cid Campeador. Sólo le faltaba escoger
a sus herederos y albaceas dentro de la Isla,
y estos no podían ser los tibios revolucionarios
de los primeros tiempos, biológicamente
envejecidos y psicológicamente fatigados
por casi medio siglo de fracasos y sobresaltos
inútiles.
La doctrina la anunció Felipe Pérez
Roque en Caracas, poco antes de su discurso del
23 de diciembre. Allí dejó establecidos
varios principios que enunció con la certeza
de quien formula una retahíla de silogismos:
primero, el socialismo ya se había restablecido
tras la traición moscovita y era posible
continuar luchando por el triunfo de las ideas
comunistas; segundo, el foco central de esa renovada
revolución comunista planetaria se trasladaba
al eje La Habana-Caracas; tercero, Estados Unidos
entraba en un periodo de franca decadencia y se
vislumbraba su derrota final; y cuarto, Hugo Chávez,
ungido por el propio Fidel Castro, era el guía
espiritual y material de esta nueva batalla librada
para lograr un destino glorioso para la humanidad.
Poco después, también en Caracas,
como para que no hubiera duda de por dónde
iban los tiros, Carlos Lage anunció que
Cuba tenía dos presidentes: Fidel Castro
y Hugo Chávez. A lo que ahora se agrega
que, muerto Fidel Castro, Pérez Roque será
el virrey chavista de la Isla y administrador
póstumo de la herencia política
del Comandante hasta el hundimiento final del
imperialismo yanqui.
El discurso de Pérez Roque
Es dentro de ese contexto, en fin, donde debe
colocarse la designación de Felipe Pérez
Roque. Estamos, insisto, frente a la derrota de
la corriente pragmática a manos de la voluntarista,
acaudillada por el propio Fidel.
Acerquémonos ahora al discurso del joven
canciller y veamos qué quiso decir y por
qué. Como se trata de un texto farragoso
lleno de los habituales teques revolucionarios,
démosle un poco de orden lógico
acudiendo a los elementos de la estructura tradicional
del llamado método DAFO (debilidades, amenazas,
fortalezas y oportunidades), aunque con un orden
diferente.
1.
El título revelador
El discurso tiene un título que resume
la intención de su autor: Las premisas
de una revolución irreversible. Así
aparece en las publicaciones oficiales del gobierno.
En realidad lo que quiere decir no es que la revolución
sea necesariamente irreversible, sino que, para
que efectivamente prevalezca y no se desintegre,
la clase dirigente y el pueblo revolucionario
tienen que ceñirse a tres premisas que
Pérez Roque, como si fuera un escritor
de suspense, mencionará al final del discurso.
Ya llegaremos a eso.
2. Fortaleza: los logros de la política
exterior
Tratándose del canciller, no es extraño
que comience por un inventario de los logros de
la diplomacia cubana y de cómo ha conseguido
burlar el aislamiento internacional y ganar batallas
diplomáticas contra el "bloqueo"
norteamericano. Anuncia que Castro vuelve a la
presidencia del fantasmal "Movimiento de
los Países No Alineados" —una extraña
reliquia de la Guerra Fría carente de significación—
y esquiva la derrota sufrida en la Comisión
de Derechos Humanos de Ginebra enterrándola
en medio de una catarata de dicterios contra Estados
Unidos.
Ni por asomo se le ocurre cuestionar la racionalidad
de mantener como leit motiv de la revolución
una costosa y estridente política exterior,
consagrada desde hace medio siglo a una inútil
cruzada antiyanqui, cuando lo sensato hubiera
sido buscar alguna suerte de entendimiento con
un vecino que ya aloja a dos millones de personas
de origen cubano, anualmente le proporciona veinte
mil visas de residente a los cubanos más
desesperados, autoriza el envío de más
de mil millones de dólares en remesas,
y es, simultáneamente, el primer vendedor
de productos agrícolas de la Isla a precios
generalmente subsidiados dentro del territorio
de Estados Unidos.
Es verdad que la dictadura cubana ha sobrevivido
a 10 presidentes norteamericanos, pero ese dato
sólo indica dos cosas: primero, que Washington,
en realidad, desde la muerte de Kennedy en 1963
no se ha esforzado seriamente en desalojar a la
revolución del poder, simplemente porque
se trata de una incomodidad menor perfectamente
llevadera que se disolverá con el paso
del tiempo.
¿Duda alguien de que, a partir de 1992,
desaparecida la URSS, si Estados Unidos hubiera
tenido la voluntad de invadir la Isla nadie hubiera
podido impedirlo?
En segundo lugar, demuestra la infinita terquedad
del Comandante para negociar flexible e inteligentemente.
Entre esos 10 presidentes, por ejemplo, estuvo
el pragmático Richard Nixon, que se retiró
de Vietnam e hizo las paces con China: ¿por
qué Castro no pactó con Nixon, flexiblemente,
el levantamiento del embargo y el fin del enfrentamiento
entre los dos países?
Pero después de Nixon la oportunidad fue
aún mayor: Jimmy Carter —el mismo Jimmy
Carter que Pérez Roque llenó de
elogios en su discurso— llegó a la Casa
Blanca pletórico de buenas intenciones
y sin el menor compromiso con los cubanos exiliados,
que en aquella época (fines de los setenta,
principios de los ochenta) ni siquiera contaban
con una oficina de lobby en Washington.
¿Por qué Castro no quiso forjar
una suerte de razonable modus vivendi con su poderoso
vecino que le permitiera a su gobierno dedicar
sus energías a una causa menos absurda
que combatir incesantemente a la primera potencia
del planeta?
¿Sería que no le interesaba el levantamiento
del embargo y una relación estable y madura
con Estados Unidos, como le confesó a José
María Aznar, el ex presidente del gobierno
español?
¿O será que Castro, eterno camorrista,
convirtió su personal obsesión antinorteamericana
en la causa artificial de todo un pueblo que,
lejos de odiar a Estados Unidos, ya ha trasladado
a ese país al veinte por ciento de la población,
y, si se lo permitieran, instalaría allí
al ochenta?
¿Se le preguntó alguna vez al pueblo
cubano si quería dedicar tanta energía
y tantos recursos a una ocupación tan absurda
y empobrecedora como combatir sin tregua a un
vecino riquísimo, con el que otras naciones
(como China, por ejemplo) mantienen buenas relaciones,
pese a las diferencias políticas que las
separan de Washington?
3.
Fortalezas: la solidaridad y el altruismo
Como muestra de la superioridad moral de la revolución
—que para Pérez Roque es una prueba de
su fortaleza—, el canciller detalla las muestras
de solidaridad dadas por el gobierno a lo largo
de su prolongada historia. Ahí comparecen
208.000 pacientes operados de la vista, 45.000
extranjeros procedentes de 120 países graduados
en las universidades, 2.000 combatientes muertos
en Angola (no menciona los de Etiopía)
y 25.000 médicos, dentistas y técnicos
de salud que hoy prestan sus servicios en diferentes
partes del mundo.
A este cuadro de generosidad y desinterés,
Pérez Roque, que súbitamente se
trasforma en un gandhiano defensor de las víctimas
de la represión, contrapone el repugnante
espectáculo norteamericano: un gobierno
de torturadores y asesinos que se atreve a maltratar
a los prisioneros, que no respeta el medio ambiente,
invade otros países, viola los derechos
humanos y se hace algo tan deleznable como escuchar
ilegalmente las conversaciones de los ciudadanos,
actos, seguramente, que no suceden en Cuba, ese
modelo de respeto por la dignidad y la intimidad
de las personas, como pueden atestiguar, por ejemplo,
las docenas de detenidos durante la "primavera
cubana" de 2003 o las admirables Damas de
Blanco.
¿Para qué establece Pérez
Roque ese contraste o contrapunteo? Muy sencillo:
para explicar por qué Estados Unidos supuestamente
desea la destrucción de la revolución.
Según Pérez Roque, "Cuba es
un peligro [para Estados Unidos] por su ejemplo,
es un peligro de tipo moral, ético, porque
Cuba encarna que se puede construir un mundo mejor".
Ahí está, pues, redondeado el teorema
y localizado el origen de todo este despropósito:
la revolución cubana, o sea, Fidel Castro,
es el Bien, mientras Estados Unidos es casi la
idea platónica del Mal. Estados Unidos,
pues, como Príncipe de las Tinieblas, pretende
destruir a la revolución, que es la encarnación
del Bien, dado que su líder, Fidel Castro,
es el Príncipe de la Luz.
Aquí estamos ante una de las claves del
mesianismo de Fidel Castro. Para Fidel Castro
el antiyanquismo es una misión religiosa
y su combate se inscribe dentro de esa clave teológica.
Como gran narcisista, el Comandante, que habla
por boca de Pérez Roque, se siente dotado
de una irreprimible pulsión altruista.
Siente que está hecho de la madera de los
grandes santos puestos sobre la tierra para cambiar
el destino de la humanidad.
Más aún: él sabe lo que hay
que hacer para que cada hombre y mujer sean felices
y dichosos. Lo sabe mejor, además, que
todos los hombres y mujeres a los que desea hacer
felices según sus infalibles criterios.
Él es el Bien. Pero tiene un enemigo, el
Lucifer americano, que lo adversa, como siempre
ocurre, y debe dedicar toda su vida a combatirlo
en una épica batalla cósmica, ya
sea en el terreno de las guerrillas y el terrorismo,
o en el de las operaciones de catarata, porque
todas estas acciones son escaramuzas de una guerra
universal e interminable a la que consagra todos
los segundos de su ajetreada vida.
El problema es que la personalidad mesiánica
y narcisista de Fidel Castro no tiene nada que
ver con la realidad de Cuba, y mucho menos con
la circunstancia de cada cubano individualmente.
Es cierto que vivimos en un mundo imperfecto en
el que nunca sobran la solidaridad y el altruismo,
pero si las operaciones de la vista que hacen
en Cuba sirvieran para curar la ceguera psicológica
que sufre el Comandante, en vez de un ejército
de heroicos combatientes siempre dispuestos al
sacrificio, vería a una sociedad empobrecida
y molesta, hambreada e incómoda, que no
desea servir de carne de cañón en
guerras africanas, que no puede entender por qué
su gobierno gasta fabulosas cantidades de recursos
en educar extranjeros, mientras en medio siglo
de planes quinquenales y otras ensoñaciones
no ha podido solucionar problemas tan elementales
y básicos como el agua potable, la electricidad,
el transporte, la alimentación y la vivienda.
El
santo Castro, siempre dedicado a las grandes hazañas
de la historia, o Pérez Roque, el muñeco
de ventrílocuo que en estos días
sienta en sus magulladas rodillas, no comprenden
(porque el narcisismo es una patología
que nubla el entendimiento y borra al otro del
campo de visión) la infinita tristeza de
los ingenieros, maestros, médicos, oficiales
del ejército o abogados que, mientras en
todo el planeta alcanzan con su trabajo formas
dignas de existencia, en Cuba viven como unos
miserables, esperando autobuses destartalados
durante horas, para poder llegar a unos hogares
descascarados, agrietados y mal iluminados —cuando
hay iluminación— en los que los van a recibir
unos alimentos escasos y aburridos.
Y así durante, semanas, meses, años
y décadas, porque los cubanos ya han aprendido
la peor lección que puede transmitir un
sistema: la convicción de que no hay esperanzas
porque siempre estaremos igual o peor.
4. Debilidades y peligros: el desgaste de las
revoluciones
A partir de este punto, cuando Pérez Roque
ya ha dado el do de pecho triunfalista, comienza
a anotar las debilidades y peligros: las revoluciones
se debilitan con el paso del tiempo. Le ocurrió
a la francesa y a la soviética. No menciona
la norteamericana, porque ahí está
la primera república moderna todavía
invicta y triunfante, más vigorosa que
nunca, y Pérez Roque esquiva el ejemplo.
Lo que intenta decir es que la revolución
cubana mantiene toda su fuerza original. ¿Por
qué? La respuesta a este curioso fenómeno
de conservación de energía la encuentra
en una frase de García Márquez:
"La explicación de Cuba es que Fidel
es al mismo tiempo el jefe del gobierno y el líder
de la oposición".
Obviamente, si la fuerza oculta que mantiene la
tensión revolucionaria es la actuación
dialéctica (¿bipolar?) de Fidel
Castro, ora desde el gobierno, ora desde la oposición,
lo presumible es que, una vez desaparecido Castro,
esa tensión decaiga.
En realidad, hay algo de cierto en la observación
de García Márquez y Pérez
Roque, pero no es exactamente lo que ellos perciben.
Fidel Castro le ha impuesto su sello personal
a la revolución y la ha dotado de un estilo,
pero no por su condición de Gran Opositor
Único, sino por las incesantes crisis que
provoca y soluciona.
Castro, que emocionalmente jamás ha rebasado
la etapa juvenil de la protesta callejera, más
que el Máximo Líder, es un cheerleader,
un Máximo Agitador que se alimenta de las
polémicas y las confrontaciones, mientras
dedica una parte sustancial de su vida a pelear
con medio mundo y a derrotar adversarios reales
o fingidos, persuadido de que gobernar sabiamente
es mantener al "pueblo combatiente"
desfilando frente a una tribuna con unas banderitas
en las manos mientras corea consignas estúpidas.
¿Es eso lo que hará Pérez
Roque cuando le toque dirigir a la revolución
en el terreno político? ¿Será
el suyo otro sudoroso gobierno mitinero, sembrado
de pancartas y consignas huecas? ¿Pondrá
metas económicas irreales, como la zafra
de los 10 millones para sacudir al pueblo? ¿Creará
unos crueles conflictos migratorios, como los
balserazos de 1965 (Camarioca), 1980 (Mariel)
y de 1994, saldados con cientos de ahogados?
¿Buscará una anécdota dolorosa
—el horror por el que pasó el pobre niño
Elián— para construir una causa vibrante
que supuestamente vertebre la fibra nacionalista
de los cubanos? ¿Se va a dedicar a esas
idioteces, como su maestro, mentor y guía?
¿Se ha dado cuenta Pérez Roque que
entre los aproximadamente 200 gobiernos que en
el planeta regulan la vida de más de seis
mil millones de personas, ninguno tiene un comportamiento
tan extravagante y banal como el cubano?
5.
Debilidades y peligros: el distanciamiento de
la juventud
Pérez Roque y Castro ven también
signos de debilidad revolucionaria entre la juventud.
Y es cierto: los jóvenes cubanos son apáticos,
no están interesados en que les cuenten
otra vez la historia del cuartel Moncada y del
desembarco del Granma. Esas son unas referencias
antiguas y pesadas que no quieren oír.
¿Por qué extrañarse? Es como
si a la generación que presenció
el fin del batistato la hubieran mortificado sin
tregua con la remota anécdota de la guerrita
de agosto de 1906. El destino de todo ritornello
es ése: pasar inadvertido después
del segundo compás.
Pero lo asombroso es el argumento con que Pérez
Roque explica este fenómeno: según
su texto, las carencias extrema del período
especial fomentaron en los más jóvenes
una actitud individualista de sálvese el
que pueda. Según él, lo que separa
a los jóvenes de la revolución es
el odiado consumismo, esa tentación, por
lo visto inmoral, de vivir mejor rodeado de objetos
agradables y desear una existencia cómoda.
Esos jóvenes son tan ciegos, según
Pérez Roque, que ni siquiera pueden valorar
la vida maravillosa que les otorga la revolución,
con la educación, la salud y el techo precariamente
resueltos, y comienzan a soñar con un sistema
más eficiente y productivo, como el capitalismo,
cuando lo que los yanquis impondrían en
Cuba a sangre y fuego es un modelo de vida como
el haitiano.
Pérez Roque no explica por qué los
cubanos laboriosos y emprendedores no pueden aspirar
a tener una casa cómoda, con piscina, gimnasio
y jardín, como la que posee Ramiro Valdés
en Santa Fe, o un yate magnífico como el
que siempre aguarda a Raúl Castro en Varadero.
Porque es verdad que los cubanos de a pie reciben
atención médica, pero en hospitales
destartalados y sin medicamentos, mientras la
cúpula dirigente disfruta de buenas y exclusivas
instalaciones en donde no faltan los últimos
equipos tecnológicos.
También es cierto que los cubanos tienen
acceso a escuelas, y, si no se muestran rebeldes,
a la universidad, pero ellos saben que en el loco
sistema económico impuesto al país,
un título universitario vale mucho menos
que un empleo de camarero en un hotel para turistas.
Esos muchachos que hoy desprecian a la revolución
y ansían otra forma de organizar la economía
y el Estado, más rica, racional y libre,
hablan con los turistas y se sorprenden (y avergüenzan)
cuando un sencillo enfermero italiano o una maestra
española de bachillerato, de visita en
la Isla, les cuentan que ellos tienen automóviles,
computadoras y viviendas bien acondicionadas,
porque con sus estudios y el esfuerzo que realizan
forman parte de las clases medias de esas naciones.
Pero cuando esa sorpresa llega a la estupefacción,
es cuando les oyen decir que en sus países
leen lo que les da la gana, escuchan la música
que se les antoja, piensan y dicen lo que les
parece, critican sin límites ni consecuencia
al gobierno, militan en el partido político
que más les gusta, viajan al extranjero
sin pedirle permiso a nadie, y deciden con total
autonomía qué quieren hacer con
sus vidas.
Y si esos muchachos son avispados, no tardan en
descubrir que en 1959, cuando comenzó la
revolución, España era bastante
más pobre que Cuba, mientras Italia tenía
un per cápita similar, aunque menos oportunidades
de trabajo, como se demuestra en el signo migratorio
de aquellos tiempos. Cuando comenzó la
revolución, en el consulado de Cuba en
Roma había más de diez mil solicitudes
de italianos que querían marchar a la Isla
a abrirse paso, mientras entonces eran muy pocos
los cubano dispuestos a viajar en la otra dirección.
Los jóvenes cubanos, sencillamente, no
son idiotas, y saben que el pretendido imperialismo
yanqui no le impone a ningún pueblo la
miseria, y, por el contrario, como Washington
ha anunciado a bombo y platillo, tanto durante
el gobierno de Bill Clinton como en el de George
W. Bush, el pueblo americano se dispone a ayudar
generosamente a la transición cubana con
miles de millones de dólares, con el objeto,
entre otros fines, de estabilizar la situación
económica en la Isla y así evitar
el posible éxodo masivo de hacia Estados
Unidos.
Si Estados Unidos deseara imponerles la pobreza
a sus vecinos, idea obviamente absurda, ¿por
qué le presta a México veinte mil
millones de dólares en un momento de crisis,
en lugar de zampárselo de un bocado imperial?
Y, ¿por qué, además, admite
y hasta fomenta con sus propias inversiones una
balanza comercial inmensamente favorable a los
mexicanos?
Los
jóvenes cubanos conocen el ejemplo de España,
el de Chile, el de los cuatro dragones de Asia,
el de Irlanda, últimamente, el de Islandia.
Aprendieron por Radio Martí, por lecturas
clandestinas y por conversaciones ilustradas,
que los países que han abandonado el subdesarrollo
y hoy tienen un envidiable nivel de prosperidad
han forjado esos triunfos con una combinación
de libertades económicas y políticas,
apertura comercial, buenas relaciones con el primer
mundo, y un modelo democrático liberal
en el que se potencian la existencia de propiedad
privada y el fuego creador de los individuos.
Ellos saben que un país como Cuba, con
ochocientos mil graduados universitarios y una
población alerta y trabajadora, como han
demostrado los exiliados, en el curso de una generación
se pondría, junto a Chile, a la cabeza
del desarrollo de América Latina, y no
en la cola al costado de Haití.
6. Debilidades y peligros: blindarse para cuando
falte Fidel
¿Cómo conjurar los peligros cuando
falte Castro y salvar a la revolución?
Es aquí, al final de su alocución,
donde Pérez Roque formula las tres premisas
que deben cumplirse para lograr la permanencia
sin cambios del régimen. La primera de
esas premisas es mantener firmemente el liderazgo
moral sobre la población. Hay que predicar
con el ejemplo.
Pérez Roque comienza el asedio a su propuesta
regresando al tema de la detectada alienación
de los jóvenes. Este peligro del desencanto
juvenil aumenta en la medida en que se acerca
la hora de la muerte de Fidel Castro, incluso
de Raúl, a quien Pérez Roque, sin
gran convicción, también introduce
fugazmente en el panteón de los próceres.
¿Qué propone Pérez Roque
para cuando llegue ese aciago día del desamparo?
Algo que, en principio, no parece descabellado:
contar con una dirigencia que dé el ejemplo
con la austeridad, la ausencia de privilegios
y la honradez, porque (supuestamente) la columna
de fuste sobre la que descansa el apoyo a la revolución
es de carácter moral.
No, no es Abelardo Colomé Ibarra con su
implacable aparato represivo el sostén
básico del gobierno y del sistema. No,
no son los Comités de Defensa de la Revolución,
siempre vigilantes y dispuestos a la delación
y al acoso a los desafectos. No, no son las Brigadas
de Respuesta Rápida y los actos de repudio
contra los disidentes. Tampoco los expeditos tribunales
revolucionarios y el infinito poder de la Seguridad
tienen nada que ver con la sumisión bovina
de ese pobre pueblo.
Según el ingenuo Pérez Roque, el
pueblo obedece y ama a los líderes porque
le seduce el maravilloso influjo ético
de la abnegada clase dirigente encabezada por
Fidel Castro, un hombre que vive modestamente
en las veinte casas que se auto-asignó,
y que siempre paseó humildemente en el
lujoso yate que le regaló el Parlamento
o en los dos aviones repletos con su séquito
con que se traslada al extranjero en sus infinitamente
costosas giras internacionales.
La segunda premisa de Castro-Pérez Roque
se deriva de la primera: como consecuencia del
liderazgo ético de la clase dirigente,
las masas mantendrán su supuesta adhesión
al sistema producto de la admiración moral,
porque los estímulos materiales siguen
siendo despreciables y contraproducentes.
Castro
no se ve a sí mismo como un tirano temido,
como Trujillo o Franco, sino se ve y se juzga
como un inspirador modelo moral. Es increíble
que Pérez Roque, que ni siquiera se atreve
a hablar con su cuñada exiliada, ni permite
que su esposa la llame —una médico decente
y trabajadora, hija de Jaime Crombet—, no quiera
entender (o no pueda admitir) que el principal
factor de cohesión que mantiene la autoridad
en manos de Castro, y por delegación en
el gobierno, como ocurre en toda dictadura totalitaria,
es el miedo.
Y es aún, más increíble que
suponga que el sentimiento que Fidel Castro inspira
en la clase dirigente y en la sociedad cubana
es la admiración por su conducta ejemplar,
y no lo que realmente ocurre: lo que los mantiene
unidos es el pavor que Castro les inspira a sus
subordinados inmediatos y mediatos, como en voz
muy baja a veces confiesan a amigos muy íntimos
algunos de los diputados reunidos para oír
y aplaudir su discurso.
Ese terror profundo que hace que hasta Raúl
Castro a veces tenga que servirse de García
Márquez para darle a Fidel un mensaje o
una opinión, porque ni siquiera el (supuestamente)
segundo de a bordo se atreve a decirle lo que
piensa por temor a sus explosivas represalias.
Cumplidas las dos premisas previamente descritas
(el ejemplo moral y el consiguiente apoyo popular
que éste generaría), queda la tercera:
no ceder en el tema de la propiedad privada. Insistir
en el colectivismo y en el capitalismo de Estado.
¿Por qué se aferran Castro y Pérez
Roque a un modelo tan probadamente fracasado?
Porque si cambia el régimen de propiedad
y se introduce una suerte de economía de
mercado, con empresarios privados, según
ellos, se pierden la revolución, el Estado
y hasta la nación, "porque Cuba sería
absorbida, Cuba sería convertida en un
municipio de Miami".
Colofón
En realidad, esto último no es una estupidez,
sino algo peor: una coartada para justificar el
más grosero inmovilismo. Cuando cambie
el régimen, ese absurdo sistema de estabular
y empobrecer a la sociedad dará paso a
algo que la inmensa mayoría de los cubanos
desea: libertades económicas y políticas.
Desaparecerá, es cierto, felizmente, la
revolución, pero no el Estado, que se acogerá
a un diseño institucional libremente decidido
por los cubanos, mucho más hospitalario,
eficiente y respetuoso con los ciudadanos. Y la
nación sobrevivirá como una entidad
independiente, pero en paz y armonía con
todos sus vecinos, pues se habrán terminado
el aventurerismo y el mesianismo.
¿Qué hace falta para llegar a ese
punto? Exactamente lo que más temen Castro,
Pérez Roque y el resto de esa minoría
dogmática que controla el gobierno: un
pacto serio y maduro entre los reformistas del
régimen ocultos entre los políticos,
militares, administradores, militantes del partido
comunista y las organizaciones de masas, y los
demócratas de la oposición interna
y externa, para llevar a buen puerto la transición,
sin vencedores ni vencidos, sin represalias ni
pases de cuenta. Algo parecido a lo que sucedió
en España, en Hungría o en Checoslovaquia.
Sencillamente, ese experimento fracasó
y es la hora de darle sepultura ordenadamente
con todos los cubanos y para bien de todos los
cubanos.
*
Dedicado a Ramón Saúl Sánchez,
quien en Miami se jugaba la vida en una huelga
de hambre por defender el cumplimiento de la ley
americana y el derecho de todos los cubanos, mientras
yo escribía estos papeles en Madrid.