
Por
Al Cárdenas
Nadie que lea regularmente mis columnas en este
periódico abrigará duda alguna sobre
mi constante espíritu de defensa de las
políticas de la administración Bush,
dentro y fuera de los Estados Unidos. No es fácil,
en consecuencia, que alguien que se caracteriza
por su identificación con el actual gobierno
republicano salga ahora a discrepar en público
de ese mismo gobierno, sobre todo cuando se trata
de un tema tan delicado para nosotros los cubanos,
como es el bienestar de nuestros compatriotas
que se juegan su propia vida en busca de la libertad
y repudiando al tirano que pretende controlar
sus vidas aún desde el momento mismo en
que llegan a la cuna. Sin embargo, un hecho como
el que se produjo este mes, tras la decisión
del servicio de guarda costas de enviar de regreso
a Cuba a un grupo de balseros que había
llegado hasta el viejo puente Flagler, en la vía
que de Miami conduce a Cayo Hueso, ha provocado
en mi, como en la mayoría del exilio, un
rechazo absoluto y la necesidad de expresar públicamente
la exigencia de una explicación y una rectificación.
La desesperación y la ausencia total de
perspectivas en la vida son las únicas
causas que pueden impulsar a familias enteras,
con niños de brazos inclusive, a correr
el enorme riesgo de lanzarse al mar, como lo hicieron
estas quince personas, pocas horas después
de la llegada del año nuevo. Ninguna garantía
tenían de que la corriente los llevaría
a los cayos de la Florida, ni siquiera de que
los escasos víveres y agua con que contaban
les alcanzarían para mantenerlos con vida
durante la travesía. Pero Dios es grande
y llegaron, con tan mala fortuna que la suerte
que les alcanzó para vencer el mar, no
fue suficiente para derrotar la desafortunada
decisión de un puñado de burócratas.
A nadie se le ocurre que el pilar de un puente,
que es parte fundamental tanto de nuestra historia
como de nuestra geografía, deje de ser
-dentro de la mentalidad absurda de cuestionables
funcionarios del servicio de guarda costas- territorio
soberano de los Estados Unidos, por la casual
circunstancia de que ha sido reemplazado por uno
más nuevo y ya no conduce a tierra firme.
Es
cierto, lamentablemente también a los cubanos
nos ha tocado caer en la misma red con que se
cubre a todos los extranjeros que quieren entrar
a este país después de los cobardes
atentados del 11 de septiembre. Lo triste es que
para los cubanos, lo que ya era difícil
antes de esa fecha, en virtud de esos lamentables
hechos se ha puesto peor para nuestros compatriotas.
Lo que pasó el 11 de septiembre no cambió
para nada la realidad que viven los cubanos dentro
de la isla, que es lo que de manera exclusiva
motiva su decisión de jugársela
como sea para llegar a los Estados Unidos, sólo
para encontrarse, como en el caso que nos ocupa,
con una interpretación, infantil por demás,
que se me antoja no es más que un mecanismo
ridículo para seguir entregándole
a los cubanos el peor pedazo de lo que se conoce
como la política de "pies secos-pies
mojados", otra herencia tristemente célebre
de la administración Bill Clinton, con
el sello inconfundible de Janet Reno. ¿Qué
otra cosa podríamos esperar de estos dos
individuos?... Ningún cubano decente puede
aceptar razón alguna en la aplicación
de semejante política, y mucho menos cuando
además se le añaden interpretaciones
caprichosas que evidentemente están dispuestas
al absurdo de desconocer nuestra soberanía
sobre un pedazo de nuestra nación, con
tal de que no sirva al interés de un grupo
de cubanos para que al fin, la ley les favorezca
de alguna manera.
Me
solidarizo con Ramón Saúl Sánchez,
dirigente del Movimiento Democracia y lamento
que la realidad no le haya dejado otro camino
que el de arriesgar su vida y su salud en una
huelga de hambre que refleja toda la fibra de
su dignidad ejemplar. En el momento de escribir
esta columna me preocupa saber que ha perdido
ya 18 libras de peso. También registro,
ya con satisfacción, la gestión
del reverendo Martín Añorga, moderador
del grupo de guías espirituales del exilio
y el hecho de que el Gobernador Jeb Bush haya
sostenido conversaciones también con Don
Agustín Román, Obispo Auxiliar de
Miami, y que haya intercedido ante la Casa Blanca
para lograr que altos funcionarios de la administración
reciban a una representación de la comunidad
cubana con el fin de evaluar los acuerdos migratorios.
Nuestros congresistas, Ileana Ros Lehtinen y Lincoln
y Mario Díaz Balart han venido gestionando
una reunión en Washington para discutir
el tema y ofrecer respuestas satisfactorias al
exilio cubano. Confiamos en que de esa reunión
surjan resultados que pongan fin a la huelga de
hambre de Ramón Saúl y que el sacrificio
de estos quince cubanos concluya en modificaciones
a la controvertida política, para que la
hagan más justa y sensata. Yo por mi parte,
seguiré adelante con todos los esfuerzos
que estén a mi alcance dentro del propósito
de buscarle una solución honrosa a tan
trágicas circunstancias.
Todos
estos esfuerzos son importantes para que el exilio
cumpla su compromiso con el pueblo sufrido de
la isla esclavizada. Pero debemos estar conscientes
de que un cambio en la política de pies
secos-pies mojados, si bien se constituirá
en una reparación de nuestra dignidad y
nuestro sentido de justicia, no va a conducir
necesariamente a los cambios que Cuba necesita
con urgencia. Lamentablemente, esos cambios dependen
hoy más de Castro que del mismo Bush. En
mi entender, estas serían las circunstancias
que podrían precipitar un cambio súbito
hacia la democratización de Cuba y la restauración
de sus instituciones bajo el imperio de la ley
y la justicia:
1.
La muerte de Fidel (lo antes posible)
2.
Que Fidel acabe comprándole armamentos
o equipo militar a España, China o Rusia.
3.
Que Fidel decida crear otro Mariel
4.
Que tropas de Fidel invadan algún país
de nuestro hemisferio
5.
Que Fidel emprenda un programa de "energía
nuclear"
6.
Que Fidel cometa otra atrocidad, como el asesinato
en aguas internacionales de los tres pilotos de
"Hermanos al Rescate"
Hechos
estos que ejecutó, o por lo menos intentó
ejecutar durante los gobiernos demócratas
de Kennedy, Carter y Clinton.
¡Atrévete
Fidel! Y ahí, señoras y señores,
veremos la real diferencia entre la administración
del Presidente Bush y las de los otros... Vamos
a ver que nos trae la historia.