CUBA:
YO CONFÍO EN TI
AGUSTIN
TAMARGO FERNANDEZ
MIAMI.-
El proceso cubano parece que está entrando
en su recta final. Llamo proceso a la tiranía
totalitaria, impuesta bajo el ficticio nombre
de revolución y que encabeza al final,
como al comienzo, Fidel Castro. Pero llámese
como se llame lo cierto es que se ve claramente
que aquel experimento ha agotado todas sus reservas,
morales y materiales, y que está al borde
del abismo. Pero ¡cuidado!, eso no quiere
decir que Cuba saldrá un día del
Infierno para entrar al día siguiente en
el Paraíso. En el mundo político
esos milagros no se dan.
Cuando Castro haya muerto, cuando su Constitución,
su ejército, sus cuerpos represivos, sus
comités de delación, y todo el resto
del andamiaje opresor que él construyó
haya desaparecido, quedará todavía
mucho por hacer, lo más serio, lo más
importante, que es rescatar al pueblo del abismo
de sumisión en que ha estado sumido por
cerca de medio siglo; enseñarle virtudes
cívicas que nunca ha conocido y de las
que desconfía; ejercer castigos jurídicos
y morales ejemplares contra todos los culpables
grandes; aceptar los actos de constricción
y otorgar un perdón generoso a los culpables
pequeños, y empujar entre todos hacia puerto
a la nave de la nación, hoy no solo escorada,
sino haciendo aguas por todas partes. Sí,
esa será la tarea más importante
que tiene Cuba en este siglo, mayor quizás
aún en la que enfrentó al comienzo
del siglo pasado cuando se constituyó en
República. Porque entonces los verdugos
de los derechos ciudadanos eran extranjeros y
ahora esos verdugos son cubanos.
Ese es el tiempo de ardiente purga que le viene
a nuestra patria. Y las nuevas generaciones que
marcarán ese tiempo deberían estar
conscientes de la magna tarea que les espera.
Levantar una República libre de las cenizas
de una colonia esclava fue relativamente fácil.
Difícil va a ser transformar una tiranía
abyecta, fascista-comunista, en un régimen
democrático en el que el derecho de cada
uno sea idéntico al del otro fijados todos
por el rasero civilizado de la ley. ¿Cuán
largo será ese período de incubación
y de maduración? ¿Saldrán
de aquella masa semiamorfa que es hoy el pueblo
de Cuba, unida al semi-desconcertado destierro,
media docena de figuras próceres, capaces
de saltar sobre el rencor, sobre el odio, sobre
el favoritismo, sobre los méritos ganados
o abultados, sobre las ideologías no probadas
o no desechadas, sobre el asesinato y la delación,
para sacar del corazón de Cuba la semilla
venenosa que un descomunal falsificador sembró
allí un día en mala hora? No lo
sé. A ciencia cierta no lo sabe nadie.
Las experiencias de otros lugares y otros tiempos
pueden ser una guía, más al final
todo resulta una descomunal incógnita.
Pero Cuba ya conoció antes otros períodos
de incertidumbre ciudadana, Cuba ya tropezó
una vez con obstáculos que se llamaban
el Autonomismo, el Anexionismo, el Caudillismo
y las dictaduras militares, y Cuba salió
de ellos, mal que bien. Yo espero que ese ejemplo
se repita ahora. Los cubanos decimos siempre que
somos los hijos de Martí y de Maceo. Pero
probarlo nos ha costado mucho tiempo y nunca lo
hemos probado del todo. Veremos cuánto
de verdad nos ha enseñado la historia en
esta nueva oportunidad que nos anuncia.
Pero antes de llegar allí, (un futuro que
algunos no veremos pero en el que todos desearíamos
ver arder de veras la llama de la generosidad
y de la fraternidad humanas), hay que atravesar
el charco, un gran charco, que ojalá no
sea un charco de sangre aunque yo no estoy muy
seguro de ello. Y digo esto porque lo que veo
salir de aquel falsificador, de aquel estafador,
es el mismo criterio funesto que alguien introdujo
un día en su cabeza calenturienta: que
él y la patria son la misma cosa. A mil
leguas estoy de él pero desde esta distancia
puedo ver claramente esto: Castro quiere inmolarse
pero quiere que Cuba se inmole junto con él.
Esta nación, Estados Unidos, ha sido su
bandera, la bandera con la que él ha reclutado
a millones de resentidos y antidemócratas
del mundo entero. Con el nombre de esta nación
él ha falsificado todos los argumentos
y los encuentros para beneficiarse. Y frente a
esa nación es que él quiere pararse
ahora en el Malecón habanero para que los
marines disparen contra su pecho y lo trasladen
a los cielos de la Gloria. Cuba no es Numancia,
Cuba no es Masada, pero él saca los afilados
cuchillos de su oratoria y lo proclama así
para que la posteridad lo justifique como al débil
que tenía la razón pero fracasó
porque carecía de la fuerza.
Escribo lo que siento, escribo lo que veo, escribo
lo que entiendo. Escribo como un hijo de aquella
tierra herida injustamente, que un día
funesto un hombre malo me arrebató a mi,
como a tantos. Pero escribo con ilusión,
la ilusión de la víspera. Porque
ahí estamos: en las vísperas. En
la alborada de una hora en que el cubano, el cubano
de siempre, no fusilará más a su
hermano, ni encarcelará más a su
hermano, ni desterrará más a su
hermano. Sino que lo tomará de la mano,
mirará hacia lo alto donde brilla una estrella
que nadie confunde con otra, y le dirá:
Llegó la hora de la resurrección,
llegó el tiempo de la vida. ¡Ven
conmigo! ¡Adelante!