
El documental alemán 'Cita con la muerte'
reabre la pista cubana sobre el magnicidio de
Dallas.
JORGE A. POMAR, Colonia
El
asesinato de John Fitzgerald Kennedy, uno de esos
ambiguos iconos del siglo XX que la derecha aborreció
en vida y la izquierda reclama a título
póstumo para su panteón, es un tema
pasional. Dos semanarios alemanes de gran tirada
—Der Spiegel, haciéndose eco del Frankfurter
Allgemeine Zeitung, y Die Zeit— fueron los primeros
en reseñar la cinta sobre el tema, Cita
con la muerte —de excelente factura, por cierto—,
en sendos artículos contrapuestos.
Entretanto, la disputa se ha extendido a los medios
de difusión de Estados Unidos, donde se
teme que catalice una reapertura del caso, con
Cuba en la mira, y el diario oficial cubano Granma
ha rebatido las graves imputaciones del realizador
alemán con dos extensos artículos.
Wilfried Huismann, el director de Cita con la
muerte, es un observador imparcial y, a la vez,
un latinoamericanista de fuste que ha estado al
menos 20 veces en Cuba y tiene en su haber un
película sobre el Chile de Allende. Y es
que este intelectual de izquierda perteneció
al Movimiento de Solidaridad con Cuba en Hamburgo,
del que sólo se distanció a medias
a raíz del Período Especial, cuando
La Habana desautorizó cualquier variante
de "solidaridad crítica" en favor
del apoyo incondicional en el extranjero.
Todavía en Querido Fidel (2000), Huismann
traza un retrato antipático del exilio
cubano (Orlando Bosch, Díaz Lanz, etcétera)
en el que se percibe sus simpatías con
el castrismo.
Mucho que pensar
Sobre los presuntos instigadores del magnicidio
de Dallas, se siguieron en caliente varias pistas:
la mafia norteamericana, una conspiración
de la CIA-FBI, grupos ultraconservadores del sur
de Estados Unidos, exiliados cubanos de línea
dura en la Florida, el gobierno comunista de la
Isla...
Para matar a Kennedy, todos ellos tenían
razones de peso que, por harto conocidas, no abordaremos
aquí. En cambio, ya se han despejado las
dudas sobre la autoría material del crimen:
aquel fatídico 22 de noviembre de 1963,
en Dallas, los proyectiles magnicidas partieron
exclusivamente del fusil de Lee Harvey Oswald.
Al aceptar esta premisa, Huismann debía
admitir por fuerza que, si en efecto hubo un complot,
debió de haber sido urdido por aquel presunto
instigador con más afinidad con Oswald,
quien, como bien intuyeron los soviéticos,
encarnaba al clásico psicópata pequeñoburgués
de extrema izquierda. 
Contra lo sugerido por el general Fabián
Escalante, un samurai de la revolución
mundial como Oswald, que se inició como
terrorista con un disparo de precisión
que rozó la cabeza de un general segregacionista,
sólo podía entrar en tratos con
la CIA-FBI y/o el exilio duro de Miami en el rol
de agente del G2. Huismann relanza la hipótesis
de que el magnicidio de Dallas fue el desenlace
de un tácito showdown entre Kennedy y Castro.
Sin ser concluyente, una pretensión imposible
dadas las circunstancias, la película da
mucho que pensar.
La idea del filme surgió cinco años
atrás a propósito de un comentario
que le hace al autor el agente del FBI James Hosty,
uno de los interrogadores de Oswald, durante las
investigaciones para el documental Querido Fidel,
cuyo argumento es el fugaz romance entre Fidel
y la joven alemana Marita Lorenz. Luego, la Lorenz
se vinculará a la CIA y al exilio duro
miamense, y protagonizará un fallido complot
para envenenar al Comandante. Según Hosty,
Oswald sólo habría vacilado ante
la pregunta acerca de los motivos de su estancia
en Ciudad México.
Persuadido de que todas las investigaciones previas
habían dejado cabos sueltos en la pista
mexicana, Huismann descarta de plano —y ésta
es una de las objeciones a Cita con la muerte—
su propia versión anterior del complot
de la CIA-FBI y la contrarrevolución cubana,
implícita en Querido Fidel. El cineasta
solicita y, pese a los evidentes riesgos del tema
durante el gobierno rojiverde de Gerhard Schroeder,
consigue sin esfuerzo el apoyo financiero del
Primer Canal de la Televisión Pública
Alemana (ARD).
De inmediato, pone manos a la obra con la colaboración
de expertos de Estados Unidos y México.
La rigurosa investigación del equipo cinematográfico
(ARD financió durante un año completo
las pesquisas de un colaborador nativo en el Distrito
Federal) duraría cinco años e incluiría
entrevistas a testigos claves como la viuda de
Oswald, el ex comandante rebelde Rolando Cubela,
el general Fabián Escalante, dos desertores
del G2 (Oscar Marino y Antulio Ramírez),
el ex detective del FBI Laurence Keenan, un anónimo
oficial activo del FSB ruso (antiguo KGB), la
hija de Octavio Paz y Silvia Durán, ex
funcionaria de la embajada cubana en Ciudad México.
El dato: Oswald en México
El documental gira alrededor del dato de que la
estancia de Oswald en México fue más
larga, y sus contactos con diplomáticos
cubanos y agentes del G2, más intensos
de lo que se creía. En realidad, permaneció
seis días en el Distrito Federal. Y hubo
un segundo viaje relámpago, días
antes del magnicidio.
Consta que visitó en más de una
ocasión la Embajada de Cuba e, incluso,
según la hija de Octavio Paz, participó
en una recepción (aparece en la foto) en
casa de un alto dirigente del Partido Comunista
de México en compañía de
Silvia Durán, la misma que le cuelga el
teléfono ofendida al entrevistador, tras
aclararle que sólo habló con el
"loco" de Oswald la única vez
que éste se personó en la Embajada.
¿Cómo se explica entonces que el
número de su teléfono privado figure
en la agenda de Oswald? Más aún:
¿por qué el entonces presidente
cubano Osvaldo Dorticós se toma la molestia
de telefonear (se oye la grabación) a la
embajada cubana en México para conocer
pormenores de la conducta de la azteca durante
el interrogatorio a que la sometió la Policía
Federal de su país? Raro.
So pretexto de que ya todo se sabe, también
la directora del Archivo General de la Policía
Secreta mexicana se niega a desempolvar la foto
del agente del G2, un negro pelirrojo, encargado
de los contactos con Oswald. Escalante se burla
de la idea de usar un agente con rasgos tan llamativos,
pero tal agente existió y se sabe quién
es.
Los cubanos alegan que el motivo de la visita
a la Embajada fue la solicitud de una visa, que
fue denegada. Hasta ahora todas las investigaciones
partían de que Oswald nunca estuvo en Cuba.
Sin embargo, en una filmación de archivo
de 1959-1960, aparece enfrascado en una disputa
con un exiliado cubano mientras repartía
panfletos castristas en una calle de su ciudad
natal. El espectador criollo tiende, pues, a dar
por falsa la versión de que sus primeros
contactos con La Habana daten de la época
en que el KGB les llama la atención sobre
él a los colegas de la Isla.
Según el agente del FSB, el dato consta
en documentos de archivo. Por boca de una fuente
tan fidedigna como la viuda de Oswald, hasta entonces
apenas tenida en cuenta, nos enteramos de un plan
de espanto de su marido: al regreso de la URSS,
le propuso desviar un avión hacia La Habana.
Para lograrlo, pasarían a bordo, de contrabando,
un revólver oculto debajo de la canasta
del bebé de ambos.
En contraste, en el filme se dan indicios razonables
de que en realidad fue el entonces comandante
Rolando Cubela (lo niega en pantalla) quien reclutó
a Oswald en uno de sus viajes de proselitismo,
antes de caer en desgracia a causa del plan para
matar a Castro con el famoso bolígrafo
trucado de la CIA.
Escalante en su laberinto 
Otro que lo niega todo, como al decir suyo se
puede dudar de la veracidad del vuelo a la Luna,
es el general Fabián Escalante. En el facsímil
de un manuscrito estrictamente confidencial para
el presidente Lyndon B. Johnson se menciona una
avioneta que, días después del magnicidio,
despega en secreto desde un aeródromo mexicano
con un único pasajero a bordo, a saber,
el propio Escalante, a la sazón jefe del
G2.
Previamente nos hemos enterado de que, por esa
fecha, Oswald recibió la suma de 6.500
dólares en la Embajada de Cuba en México.
Una cantidad considerable aun hoy. Llaman la atención
otras dos coincidencias sorprendentes. Primera,
en su calidad de presidente del tribunal que juzgó
la Causa Número 1 de 1989, Escalante tiene
en su conciencia al menos otro magnicidio, a saber,
el del general Arnaldo Ochoa. Es, por tanto, hombre
de la máxima confianza de Castro. Segunda
coincidencia, acaba de salir a la luz en La Habana
el tercer tomo de su trilogía La guerra
secreta, titulado 1963: El complot. Objetivos
JFK y Fidel.
Queda abierto el interrogante de si Oswald propuso
motu proprio la idea del magnicidio al G2, o a
la inversa. Ahora bien, dada la clasificación
del magnicida dentro del espectro ideológico
de su país, sería ilógico
que Kennedy figurara espontáneamente en
su inventario de víctimas idóneas.
Por decantación, cabe suponer que la sugerencia
vino de La Habana, que, como enseguida veremos,
sí tenía razones muy concretas para
desembarazarse del presidente.
Entre Kennedy y Castro existía una rivalidad
iniciada con el fiasco de Bahía de Cochinos,
que proyectó sobre el primero una aureola
de impotencia. Al año siguiente, Kennedy
emparejó el pleito al triunfar en su espectacular
pulso nuclear con Jruschov, durante la Crisis
de Octubre.
El boomerang de Kennedy
Castro acusó el golpe en un discurso patético
en el que aireó su humillación por
la retirada de los mísiles soviéticos,
que Moscú no consultó previamente
con La Habana. La mesa estaba servida para lo
que vino después.
Pero el verdadero móvil fueron los fundados
recelos del Comandante: detrás de la intención
de normalizar las relaciones con La Habana, a
cambio de que ésta renunciara a exportar
la revolución a Sudamérica —condición
imprescindible para el éxito de la Alianza
para el Progreso—, un Kennedy osado y ansioso
por mejorar sus maltrechas relaciones con el exilio
cubano tramaba resolver de un planazo el conflicto
cubano haciéndolo asesinar a él
mismo, Castro, en una segunda fase.
Pruebas no le faltaban. El sagaz presidente norteamericano
había comprendido ya que, sin su Máximo
Líder, la revolución cubana cambiaría
de rumbo sin falta. Cuando menos, el Che quedaría
automáticamente fuera de juego y Raúl,
caso de capear el temporal sin perder cabeza y
batuta, se acogería de buen grado a la
ortodoxia soviética, abandonando a su suerte
el movimiento de liberación, que nunca
contó con la anuencia del Kremlin. Para
comenzar, no era poco, y era de esperar mucho
más a mediano plazo, dada la fragilidad
del liderazgo raulista.
¿No había ensayado ya la Casa Blanca
el magnicidio con Ngô Dinh Diêm, el
dictador de Saigón, apenas unos meses antes?
Sin duda, Kennedy no tenía escrúpulos
en ese aspecto. Castro, hombre de acción
si los hay y acostumbrado a dar primero, tampoco.
Y calculando, al modo de Kennedy con Raúl,
que el vicepresidente Johnson sería más
bien un sucesor previsible, sencillamente se adelantó
a su muerte anunciada. La historia le dio la razón:
a la hora de la verdad, Johnson optó por
archivar el informe que comprometía a La
Habana.
En cuanto al riesgo de desatar una hecatombe nuclear,
ya el temerario jefe guerrillero lo había
corrido sin pestañear durante la Crisis
de Octubre. Sólo que esta vez —lo confirma
uno de los tránsfugas del G2— tenía
una coartada psicológicamente perfecta:
nadie se iba a creer que Cuba se atreviera a tanto.
En fin, hay que admitir que, si Wilfried Huismann
no está en un error, el Comandante ganó
en buena lid de acuerdo con las salvajes reglas
de duelo del Lejano Oeste, que supuestamente pretendió
aplicarle su celebérrimo rival.