
POR JOSE VILASUSO
En honor a Narrativa y Libertad.
Treinta
años han transcurrido desde que Julio Hernández
Miyares se entregó a la recopilación
de cuentos y cuenta cuentos cubanos dispersos
por el mundo hasta sobrepasar los doscientos.
Parece acertijo o cifras de Microsof o Windows,
pero es prueba de la creatividad que el exilado
ha desplegado en más de cuatro décadas.
Desde luego, no todos son Guillermo Cabrera Infante,
Reynaldo Arenas o Severo Sarduy, aunque se les
incluye. Se trata de una selección donde
se insertan desconocidos cuyos dones el lector
podrá comprobar. Ya que el primer merecimiento
de Hernández Miyares ha consistido en marchar
contra la corriente. Es decir, presentar autores
cuyo único requisito descansa en su profesionalidad.
Pues para los perros viejos en el oficio, no es
secreto que dicha pericia no basta para ser reconocido.
Cuando decimos escritores, normalmente nos referimos
a quienes descollaron pluma en ristre, y críticos,
editores y público otorgan su beneplácito.
Ahora bien, a escribir bien, se aplica el adagio:
"no son todos los que están ni están
todos los que son." El anonimato se devora
insospechados virtuosos que tal vez, a alguno
después de muerto, - Franz Kafka - la posteridad
le hace justicia. Si bien siempre habrá
un incalculable remanente de imposible identificación.
Hace días, por ejemplo y casualidad, me
enteré del fallecimiento de otro vate incluido
en la obra, cuya labor debe ser objeto de atenta
exégesis. Me refiero a René Ariza,
autor de "Cuentos Breves y Brevísimos,"
quien poseyó un verdadero arte de la síntesis.
Pocos narradores dicen tanto con tan poco. Pues
bien, tal ha sido uno de los empeños del
incansable profesor del Kingsboro College, avalado
por su acendrada prosapia literaria desde los
tiempos de Julián del Casal.
La
república de las letras posee un encanto
y raigambre que tradicionalmente acogió
a un puñado de selectos. Hace cien años
configurábamos al artista de la lengua
bajo verdaderos "logos:" las imágenes
de Bécquer, Wilde o Lord Byron reencarnaban
en paradigmas fuertemente grabados en nuestro
subconsciente. Don Benito Pérez Galdós
diseñó aquel romántico don
Paquito Ponte Delgado, melenudo, vistiendo su
veintiúnico gabán, tuberculoso por
obligación, prototipo del poeta y protomiseria
por añadidura. Pero el periodismo moderno,
computación, enseñanza, TV, internet
y lo que nos espera, agigantaron esos esquemas
hasta alturas, profundidades y lejanías
más allá del mejor telescopio. El
mundo de las comunicaciones e informática
se ha convertido en la primera industria del planeta.
Ya pronto vamos a engordar demasiado, a base de
sólo trabajar los dígitos. Luego
la oportunidad para entrañarse como profesional
en el manejo del idioma, ha adquirido dimensiones
desconocidas. Los autores lanzados en Narrativa
y Libertad se ganan la vida en universidades,
radio, cine, etc. Sin embargo, la tradición
de ver una obra engastada en gruesos volúmenes,
es un afán intelectual arraigado desde
los papiros egipcios y palimsestos veroneses.
El libro sigue siendo un garante de prestigios
no menguados. En medio del orbe tecnológico,
el hacedor de la belleza literaria repunta cual
antigüedad de precio elevado. Automóvil
Ford modelo 1920.
En otra dirección, cuando don Julio inició
los primeros pasos de la antología, efectivamente,
la mayor parte de sus escogidos, eran desconocidos.
Pero tres décadas no transcurren en vano.
Precisamente ahí entraña el ojo
clínico que distingue al crítico
de puntería a estilo sargento York. No
busca apoyo de terceros, para afirmar; "ése
es bueno." Qué distinto a los queridos
impenetrables que para obtener su merced, hay
que llamarse Mario Vargas Llosa o Alfredo Bryce
Echenique. Nuestro hombre hizo lo que en cualquier
profesión es siempre plausible. Correr
el riesgo. Apostó por incontables anónimos,
que hoy no lo son.
Octavio Paz legó un consejo irrebatible.
Formemos críticos. América Latina
los reclama dramática, urgentemente. Nuestra
enanez no se superará dependiendo del bautizo
europeo o norteamericano, para reconocer cristianos
a nuestros poetas y novelistas.
Pero salta a la vista otro factor de peso para
poner puntos de oro sobre las íes. Aquellos
desconocidos de los setenta, eran disidentes del
comunismo. Su caso hoy se contempla cual niebla
en lontananza. Pero a la sazón, en pleno
mundo libre, su postura ideológica se convirtió
en verdadero sambenito. Para ellos no había
espacio dentro ni fuera de su país. La
ceguera partidarista se posesionaba de los editores
con rigores de trinche tales que, alguien inconscientemente,
pudo anexar literatura a partido. Sería
curioso inventariar las pérdidas en volúmenes
y ediciones de tal cariz, que han merecido el
baratillo, arrinconamiento o convertirse en almuerzo
de las polillas y cucarachas. La lección
ejemplarizante se halla en el catálogo
de trovadores dotados, que comenzando su odisea
bajo el castrismo, hoy escriben más acá
de su censura. Pero hay más. Los otros
que permaneciendo en la isla, ya no comulgan con
el sistema y sin empacho manifiestan su discrepancia
y descontento a costo alto en vigilancia, hostigamiento,
cárcel y palizas, mientras pacientemente
aguardan el instante inevitable del amanecer a
la liberación cada hora más cercano.
Ellos como Julio Hernández Miyares, son
hombres y mujeres de fe, para los cuales también
muy pronto brillará el sol del reconocimiento
por la obra imperecedera y sin acuerdo común
llevada a cabo.