
David
Rieff
¿Cuáles
son las contradicciones de Bolivia entre sus instituciones
y la sociedad? ¿Quién es Evo Morales?
¿Se trata de un peligro para la región
o de una respuesta a las condiciones de vida en
su país? David Rieff, probado reportero,
viajó a Bolivia para esbozar algunas respuestas.
El
Congreso boliviano es un edificio decorado en
el estilo español de las bellas artes.
También es en sí mismo un estudio
sobre disonancia cognitiva. Situado en la Plaza
Murillo, una de las principales explanadas de
la capital boliviana de La Paz, lo rodean el palacio
presidencial, la catedral y el mausoleo del libertador
y primer presidente de Bolivia, compañero
de armas de Simón Bolívar, el General
Antonio José de Sucre. En los alrededores
de estos sobrios edificios, algunos soldados vestidos
de rojo, con atuendos que imitan los uniformes
franceses del siglo XIX, montan guardia o marchan
ceremoniosamente de un lado al otro. Si no fuera
por el hecho de que la gran mayoría de
estos jóvenes reclutas tiene el ancho rostro
indígena del altiplano andino, y si no
fuera porque aquellos que los miran desde la plaza
son también indígenas en su mayoría,
antes que blancos o mestizos, sería fácil
confundirse y creer que se está en algún
remoto rincón de Europa... de Europa hace
setenta y cinco años. Dentro del Congreso
esta sensación es, si acaso, aún
más pronunciada. Los pisos son de mármol,
los meseros usan las mismas camisas blancas y
las mismas corbatas de moño negras que
los pajes utilizan en la Cámara de Diputados
de Italia, y las fotos que cuelgan de las paredes
en el ala administrativa del edificio, muchas
de ellas amarillentas por el paso del tiempo,
muestran a generaciones pasadas de congresistas
entre los cuales apenas y se distingue algún
rostro indígena. El peso de este escenario
europeizante es avasallador, esto es, hasta que
uno camina por uno de los corredores principales
y al final, al menos cuando las puertas se abren
(lo que sucede a menudo), se encuentra frente
a frente con una imagen enorme, coloreada, beatífica
de Ernesto "Che" Guevara, el compañero
de armas de Fidel Castro, el insigne revolucionario
que murió hace treinta y ocho años
a los pies de los Andes bolivianos, intentando
llevar la revolución marxista a Bolivia,
que entonces, como ahora, es el país más
pobre y más polarizado en términos
raciales de toda América del Sur.
"Éste es un santuario para el Che",
dice Gustavo Torrico, un influyente congresista
del partido radical MAS (acrónimo de "más",
siglas del partido Movimiento Al Socialismo),
que gesticula por toda su oficina. Y lo es. No
sólo hay unas cuantas fotografías
del Che; hay literalmente docenas de imágenes,
grandes, pequeñas, entre ellas el Che con
Castro, el Che en el campo, el Che con su hija
en brazos, sonriendo, fumando, arengando. El efecto
es apabullante. Pero hoy en día, en Bolivia,
dicho efecto está lejos de pertenecer únicamente
a la oficina de unos cuantos políticos
de izquierda. Por el contrario, la imagen del
Che está en todas partes. Nos mira desde
oficinas y desde murales en las paredes de la
ciudad de La Paz y de Cochabamba, la segunda ciudad
más importante de Bolivia; se encuentra
en colonias obreras y en asentamientos marginales,
tanto o más que ahí donde se lo
espera siempre, en los recintos universitarios.
En Bolivia, el Che no es una declaración
de moda, como sucede actualmente en Europa occidental.
Si aquí uno ve a mucha gente portando una
camiseta del Che, o prendedores con la imagen
del mártir revolucionario, ha de saberse
que lo hacen muy en serio. En Bolivia, sólo
la imagen de la Virgen María es más
ubicua, aunque se trata de una competencia muy
cerrada. Y si un buen católico boliviano
diría sin sombra de duda que la Santísima
Virgen entregó a su hijo por los pecados
de la humanidad, los buenos izquierdistas bolivianos
afirmarían con la misma convicción
que el Che murió por ellos, tratando de
llevar justicia, dicen, a un país donde
la justicia nunca ha prevalecido.
"¿Que por qué me gusta el Che?",
contestó Evo Morales, líder del
MAS, asombrado ante mi pregunta, como si eso fuera
lo más obvio del mundo. Con apenas treinta
y cinco años, Morales es el primer aymara
—el grupo étnico dominante en Bolivia—
que se postuló seriamente como candidato
presidencial en la historia de Bolivia, lo cual
da fe de la extraordinaria marginación
a la que han sido sometidos setenta por ciento
de los ciudadanos bolivianos, los que descienden
de los indígenas, desde 1825, cuando se
fundó un Estado boliviano independiente.
"Me gusta el Che porque él luchó
por la igualdad, por la justicia", comentó
Morales. Estábamos sentados en su oficina,
en Cochabamba, en un edificio medio espartano,
medio abandonado, que Morales utiliza como cuartel
de los cocaleros, es decir, de los cultivadores
de hoja de coca en la región de Chapare.
Morales se inició en la política
como líder de estos cocaleros e insiste
—ante la consternación no sólo de
Washington, que ve su ascenso con notable alarma,
sino de los círculos europeos occidentales
y de la Unión Europea, más dispuestos
a simpatizar con su agenda política— en
que atender la demanda de los cocaleros, para
que la hoja de coca sea despenalizada en Bolivia,
será una de sus primeras acciones como
presidente. El Che, dice Morales, "no sólo
se preocupaba por la gente común, sino
que hizo suya la lucha de todos ellos".
No obstante, a diferencia del Che, quien fue a
fin de cuentas una suerte de soldado revolucionario
de la fortuna, Morales no tuvo que hacer suya
la causa revolucionaria ni tuvo que ir a Bolivia.
Al contrario: vino al mundo dentro de ambas. Morales
nació en el pueblo minero de Oruro, en
el Departamento de Orinco, en la parte alta del
altiplano boliviano, y su biografía es
muy similar a la de muchas familias mineras que
perdieron su trabajo en los años setenta
y ochenta, cuando las minas cerraron y tuvieron
que marcharse hacia las tierras bajas, donde se
convirtieron en campesinos, sobre todo en plantadores
de coca. La actual crisis boliviana tiene sus
raíces en este proceso inverso de industrialización,
ya que, si bien el cultivo de coca, por razones
"culturales", es legal en Bolivia, el
cultivo en regiones como Chapare, donde se asentó
la familia de Morales, fue un último recurso
para los mineros que, de otra forma, se enfrentaban
a la miseria.
En su adolescencia y juventud, Morales fue también
un cultivador de coca y un pastor de llamas. Pero
su liderazgo entre los cocaleros lo llevó
en poco tiempo a encabezar una amalgama de movimientos
sociales radicales que constituyen la base del
MAS. Morales subraya que, a diferencia de lo que
sucede en los partidos políticos tradicionales
de Bolivia, los programas del MAS derivan de las
demandas de sus seguidores. Esta afirmación,
por supuesto, es común entre los políticos
populistas. Decir esto era la norma en los discursos
de Juan Perón cuando gobernaba la Argentina
a finales de la década de los cuarenta,
y lo mismo es moneda corriente hoy en la retórica
del hombre fuerte de Venezuela, Hugo Chávez.
Qué tan en serio tomar las audaces afirmaciones
de Morales en torno a la despenalización
de la droga y la nacionalización de las
minas es una de las grandes preguntas de la política
boliviana hoy en día. Muchos estudiosos
bolivianos creen que el MAS no es ni remotamente
tan radical como su retórica lo sugiere.
Ellos mismos señalan que los oponentes
conservadores del actual presidente del Brasil,
Luiz Inácio Lula da Silva, de tendencia
izquierdista, también predecían
el desastre si resultaba electo, pero en la práctica
Lula da Silva ha demostrado ser un socialdemócrata
moderado.
Washington, empero, tiene una opinión muy
distinta. Los funcionarios de la administración
Bush se muestran renuentes a hablar sobre el informe
en torno a Morales (la oficina de prensa del Pentágono
no respondió a repetidas solicitudes telefónicas
y por correo electrónico para una entrevista),
pero en privado lo vinculan continuamente tanto
al narcotráfico como a Castro y Chávez,
mientras que en público suelen rehusarse
discretamente a dar respuestas, al tiempo que
dejan bien clara su postura. Por ejemplo, durante
una conferencia de prensa improvisada que dio
el Secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld,
cuando se dirigía al Paraguay en agosto,
se le preguntó si podía detallar
su afirmación sobre ciertas "actividades"
llevadas a cabo por Venezuela y Cuba en territorio
boliviano, a lo que Rumsfeld respondió:
"Podría, pero no lo haré."
Rogelio Pardo-Maurer iv, el Subsecretario de la
Defensa para los Asuntos del Hemisferio Occidental
y consejero de Rumsfeld experto en el área
de América Latina, dijo en una plática
que dio el 26 de julio de 2005: "Tenemos
una revolución en marcha en Bolivia, una
revolución que podría tener consecuencias
equiparables a las de la Revolución cubana
de 1959." Lo que sucede hoy en Bolivia, dijo
a sus oyentes, "podría tener repercusiones
en América Latina y en otras partes, repercusiones
con las que tendríamos que lidiar por el
resto de nuestras vidas".
En Bolivia, agregó, "el Che Guevara
buscaba detonar una guerra basada en una revolución
campesina... Este proyecto ha vuelto". Esta
vez, concluyó Pardo-Maurer, la combinación
de "la furia urbana y el resentimiento étnico
se funden en una fuerza que busca transformar
Bolivia". Aunque mencionó a Evo Morales
tan sólo en una ocasión durante
su larga charla, nadie que lo hubiera escuchado
o leído podría albergar duda alguna
sobre quién piensa Pardo-Maurer que dirige
este proyecto.
Los seguidores de Morales suelen preguntarse por
qué su popularidad ha enfurecido a Washington
a tal grado, convirtiéndolo en el acto
en un demonio para la administración Bush
y para muchos miembros del Congreso, tanto republicanos
como demócratas, casi como Fidel Castro
o Hugo Chávez. La verdad es que Morales
invita a tales comentarios, y en realidad parece
deleitarse en ellos. En la Cumbre de la Organización
de Estados Americanos, celebrada recientemente
en Mar del Plata, Morales apareció junto
a Hugo Chávez en una gigantesca manifestación
contra Estados Unidos, contra la globalización
y contra el comercio libre, una manifestación
celebrada justo antes de que comenzaran las negociaciones.
Chávez y Morales pronunciaron sus discursos
teniendo como telón de fondo una gigantesca
imagen del Che Guevara. Esto es política
simbólica —la política simbólica
de gran parte de la América Latina contemporánea.
En el nivel pragmático, el programa del
MAS, recalcado una y otra vez en los discursos
públicos de Morales, habla sobre la creación
de una nueva Bolivia y subraya que la elección
de Morales constituirá sólo el primer
paso. Según Morales, "luego precisaremos
de una asamblea constitucional para determinar
el futuro del país". Lo cierto es
que, si bien las condiciones económicas
adversas, sumadas a la percepción de la
mayoría indígena para la que al
fin ha llegado su hora de subir al poder en Bolivia,
hacen del radicalismo algo casi inevitable, el
ascenso aparentemente imparable de Evo Morales
refleja los sentimientos populares en Bolivia
y, de hecho, en gran parte de América Latina
hoy en día. La supervivencia de Castro,
la llegada de Chávez al poder, la perspectiva
de que el próximo presidente de México
será Andrés Manuel López
Obrador, el obstinado alcalde de la ciudad de
México, y la impresionante trayectoria
del mismo Evo Morales corroboran el hecho de que
no es el apoyo al comercio libre por el que Washington
ha abogado lo que experimenta un mirífico
renacimiento en todo el continente; lo que renace
ahora es la izquierda.
Los bolivianos parecen dar esto por sentado. Para
la mayoría de ellos, la globalización,
o lo que comúnmente llaman neoliberalismo,
ha fracasado tan estrepitosamente en su promesa
de prosperidad que algunos comentaristas bolivianos
que he conocido insisten en que lo asombroso no
es la radicalización de la población,
sino el hecho de que la radicalización
haya tardado tanto y, en franca oposición
a las opiniones dominantes en Washington, señalan
lo moderado que el programa del MAS resulta en
comparación con la furia palpable, identificada
certeramente por Roger Pardo-Maurer, que se deja
sentir en las calles de ciudades como La Paz,
Cochabamba y en toda la provincia boliviana. Bolivia
parece con frecuencia una persona al borde de
un colapso nervioso. Cada día campesinos,
amas de casa o desempleados organizan cientos
de bloqueos carreteros —literalmente— en protesta
por la escasez del combustible (esto en un país
con grandes recursos de hidrocarburos), o para
exigir mayores subsidios para la educación,
o por cualquier asunto de los muchos que han encendido
la rabia popular. El lenguaje de estas protestas
es izquierdista, es insistente y retador, comporta
denuncias rituales a las corporaciones multinacionales,
a Estados Unidos y a la vieja clase gobernante
de Bolivia, así como frecuentes llamados
al orgullo indígena. Lo que hace de Bolivia
un caso prácticamente singular es que la
política étnica y la política
de izquierdas se han fusionado en gran medida.
Hoy, la vieja elite boliviana está confrontada
por la demanda de poder de la población
indígena, una demanda proporcional a la
realidad demográfica del país. En
este contexto, Bolivia se ha vuelto prácticamente
ingobernable según las viejas reglas. Dos
presidentes han sido expulsados de su cargo en
los dos últimos años debido a protestas
populares compuestas en su mayoría por
seguidores del MAS. Ahora, no sólo las
esperanzas de muchos bolivianos indígenas
encarnan en Morales, sino que muchos miembros
de la vieja elite, incluido el expresidente Sánchez
de Losada, piensan que Morales debe tener una
oportunidad para gobernar.
Cuando uno conoce a Morales o lee las transcripciones
de sus discursos, este hombre parece una fuente
improbable para tantas esperanzas. Sin negar su
talento como activista, y pese a su evidente compromiso
con su causa, para alguien de fuera parece, al
menos, demasiado joven, demasiado ingenuo, demasiado
provinciano para desempeñar el cargo de
presidente de Bolivia. Y cuando habla sobre la
despenalización de la producción
de coca, lo cual hace a menudo, e insiste sobre
los mercados que este producto tendría
en China y en Europa, es difícil saber
si sólo está siendo fiel a la base
electoral que lo condujo hasta la candidatura,
o si cree sinceramente en lo que está diciendo.
Sin duda, tales afirmaciones le han hecho el juego
a sus enemigos políticos, tanto dentro
como fuera de Bolivia, que lo acusan constantemente
de estar al servicio de los narcotraficantes —una
acusación que Morales niega furioso y que
nunca ha sido demostrada con pruebas concretas.
Uno de los seguidores de Morales me dijo: "Evo
es un desconfiado, un hombre que tiende a desconfiar
de la gente hasta que le dan razones para pensar
lo contrario." Ser desconfiado, e ingenuo,
es ciertamente la impresión que da. Y,
sin embargo, rodeado de sus seguidores, regodeándose
visiblemente en su afecto —un afecto que con frecuencia
raya en la devoción— Morales, o Evo, como
casi todos lo llaman en Bolivia, es un hombre
transformado, un orador nato de extraordinario
carisma. Sea lo que sea que piensen en Washington,
si se toma en cuenta el grado de movilización
popular alcanzado en Bolivia, resulta aterrador
pensar en la reacción de las zonas urbanas
depauperadas y en el altiplano si Morales no hubiera
llegado a ser presidente de Bolivia.
Es cierto que, como candidato, actuó como
si el cargo estuviera a unos días de ser
suyo. Una señal que delata lo anterior
es la forma en que Morales y el MAS, sin renegar
de las aseveraciones formuladas en el pasado en
torno a las transformaciones que quieren llevar
a cabo en la economía boliviana, parecen
dejar la puerta abierta a un enfoque más
moderado. En entrevistas y en sus discursos, Morales
subraya cada vez con mayor frecuencia que al hablar
de nacionalización, por ejemplo, se refiere
ante todo a la reafirmación de la soberanía
nacional sobre los recursos naturales y a la asociación
con corporaciones multinacionales, y no, al estilo
Fidel Castro, a la expropiación sistemática
de los intereses multinacionales en Bolivia. "Brasil
es un modelo interesante de cooperación
entre el Estado y los intereses privados. También
China lo es." Tan sólo en lo que respecta
a la despenalización de la producción
de coca, Morales se mantiene absolutamente inflexible
y desafiante, y en este punto, hay que decirlo,
goza de un apoyo popular considerable no sólo
entre los cultivadores de coca, sino entre muchos
bolivianos que piensan que el problema de la cocaína
no es suyo, sino de Estados Unidos y Europa, y
que, por ende, se debe abordar principalmente
desde el frente de la demanda. Una camiseta popular
en los mercados de La Paz reza: "La hoja
de coca no es una droga."
En suma, suponiendo que no existe ningún
plan para impugnar los resultados de la elección
—algo que Morales y sus seguidores considerarían
sin duda como un intento de la vieja elite por
negarles la Presidencia—, el problema político
más difícil al que se enfrentan
el MAS y su candidato consiste, de hecho, en que
es un poco más moderado de lo que desearían
sus seguidores más fervientes, o de lo
que incluso pensarían. A lo largo de la
campaña, Morales se desempeñó
todo el tiempo como agitador, y una ojeada al
sitio de internet del MAS podría conducirnos
a pensar que el partido está en verdad
comprometido con un cambio radical en Bolivia.
Pero, pese a que esto es cierto en términos
de Bolivia, dada la resistencia implacable de
la elite política a cualquier reforma (el
país no adoptó el sufragio universal
sino hasta 1952), casi cualquier reforma seria,
si se implementa, marcará una diferencia.
No obstante, mientras más de cerca se examinan
las propuestas económicas del MAS, menos
radicales parecen. Como lo planteó Roberto
Fernández, un economista de la Universidad
de Cochabamba experto en desarrollo y en la deuda
externa boliviana: "No abrigo grandes esperanzas
de que el MAS lleve a cabo transformaciones profundas".
Opiniones de esta índole son comunes en
Bolivia en estos días y, según varios
estudiosos, esto plantea a Morales un desafío
político de envergadura. Pese a todo, los
funcionarios principales del MAS insisten en que
su programa de nacionalización generará,
por sí mismo, profundas mejoras en la economía
boliviana. "Al proponer que el Estado boliviano
renegocie sus contratos con las compañías
petroleras multinacionales, estamos proponiendo
literalmente un cambio en las reglas del juego",
dijo el profesor Antonio Guemarra, un investigador
de la Universidad Santo Tomás de Aquino,
en La Paz, y el principal portavoz del MAS en
materia económica. "Los contratos
que se tienen actualmente dicen que las multinacionales
son dueñas de los recursos cuando éstos
están en la tierra, y que ellas son libres
de establecer los precios del gas natural y del
petróleo una vez que han sido extraídos.
En realidad, ésta es ya una ley en Bolivia,
aunque aún no se ha aplicado."
Éste es un punto clave. Bolivia no sólo
cuenta con reservas petroleras considerables,
sino que —lo que resulta más crucial— dispone
de la segunda reserva más grande de gas
natural en América del Sur, después
de Venezuela: unos 54 trillones de pies cúbicos.
Al hablar con los bolivianos parece como si la
rabia y la desesperación profunda frente
a lo que sucede en su país se debiera,
al menos en parte, al abismo entre la riqueza
natural de Bolivia y la pobreza de su gente. "No
deberíamos ser pobres", así
es como Morales lo planteó ante mí.
En realidad, como indica Roberto Fernández,
Bolivia ha enriquecido a los extranjeros desde
la época virreinal, cuando la plata del
Potosí se extraía y se enviaba a
España, y así es hasta la fecha,
cuando las compañías multinacionales
como Repsol, Total y otras obtienen enormes ganancias
en Bolivia, mientras los bolivianos permanecen
sumidos en la miseria y el desempleo y su país
sigue siendo el más pobre en América,
después de Haití. Esta percepción
no se limita de ninguna manera a los seguidores
incondicionales del MAS. Los anuncios publicitarios
de Samuel Doria Medina, uno de los tres principales
candidatos presidenciales, junto con Morales y
el anterior vicepresidente Jorge "Tuto"
Quiroga, lo señalan como alguien que defenderá
Bolivia. Y, por si queda alguna duda de a qué
se refieren con esto, al final del anuncio Doria
Medina miraba directamente a la cámara
y decía que, de resultar electo, les dirá
a las multinacionales: "¡Caballeros,
la fiesta ha terminado!" En el análisis,
más allá de la retórica,
esta frase no está nada lejos de la plataforma
del MAS, según la cual "el neoliberalismo
ha transformado a Bolivia en una zona de explotación
para las multinacionales".
Si Petrobras, que pertenece en parte al Estado
brasileño, puede prosperar, dicen los seguidores
del MAS, ¿por qué no podría
Bolivia adoptar una estrategia similar y obtener
resultados exitosos? De cualquier manera, señalan
esos mismos seguidores, una gran parte de la población
finca sus esperanzas, por mínimas que sean,
en las reservas de hidrocarburos de Bolivia. "La
población", me dijo Antonio Guemarra,
"exige saber por qué estos recursos
no han sacado a la economía de la pobreza.
La gente piensa que la privatización impuesta
por los prestamistas internacionales es la causa
de ello." Al menos según este argumento,
retomar el control sobre el petróleo y
el gas natural permitiría a Bolivia establecer
precios justos y costear su industrialización,
abriendo al mismo tiempo empleos que alivien la
pobreza y que le permitan alejarse de los problemas
que afligen a tantas naciones ricas en recursos
naturales, desde Gabón hasta Indonesia.
"Mire", me dijo Guemarra al final de
la entrevista, "ésta no es una fantasía,
es un programa perfectamente factible y práctico."
Al menos unos cuantos extranjeros bien informados
concuerdan con él. Joseph Stiglitz, el
Premio Nobel que se desempeñó anteriormente
como economista en jefe del Banco Mundial y que
ahora imparte clases en la Universidad de Columbia,
lo expuso de esta manera: "Podrían
hacerlo. Petronas [la compañía estatal
petrolera de Malasia] entraría, China entraría,
la India entraría. Si se contara con tres,
cuatro, cinco compañías de primera
en el mundo dispuestas a competir por los recursos
[de Bolivia], ningún boicot daría
resultado."
Por supuesto, no sólo existen puntos de
vista completamente contrarios al programa de
nacionalización del mas, sino a cualquier
crítica radical a las políticas
de las principales instituciones financieras del
mundo, sobre todo el Banco Mundial, el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo.
"La gente critica nuestras recomendaciones",
dijo Peter Bate, el portavoz del BID, "pero,
cuando las instituciones financieras internacionales
intervinieron, la inflación en Bolivia
crecía a un ritmo de 25,000 por ciento
anual. ¿Qué debíamos hacer?
¿Dejar que eso continuara?"
Para Jeffrey Sachs, colega de Joseph Stiglitz
en Columbia, el problema no surgió de las
recomendaciones emitidas por las instituciones
financieras, sino de la falta de seguimiento por
parte de Washington. Gonzalo Sánchez de
Losada ha dicho que, cuando visitó al Presidente
Bush en la Casa Blanca, el Presidente habló
poco sobre algo que no fuera Afganistán.
Sachs diría más tarde que la administración
Bush "se mostró incapaz incluso de
la más simple respuesta ante una crisis
que abarca la región [andina]". Desde
su punto de vista, y dado el sentir local (Bolivia
es el único país que ha firmado
las convenciones internacionales contra el narcotráfico
con una "salvedad" que le permite el
cultivo legal de coca en cantidades limitadas
para su uso tradicional), el gobierno de Sánchez
Losada enfrentaba un riesgo enorme al emprender,
junto con Estados Unidos, un programa radical
para erradicar la coca. "Los bolivianos",
añade Sachs, "también comprendían
que la erradicación sin alternativas económicas
equivaldría a la pobreza extrema".
El veredicto de Sachs sobre el enfoque de Washington
resulta tan condenatorio como el de un seguidor
del MAS. En un correo electrónico, Sachs
me dijo que "la presión ejercida por
Estados Unidos [para que Bolivia elimine la coca]
es miope y generará desestabilización.
[No hay] ninguna estrategia, sólo erradicación...
erradicación sin alternativas reales"
para los cultivadores de coca, cuyo modus vivendi
fue destruido por la campaña de erradicación.
Por su parte, según Sachs, la política
estadounidense en Bolivia ha sido "INÚTIL"
(la palabra estaba escrita con mayúsculas
en su correo). Sachs añadía que
"nunca había visto tal incompetencia
en el enfoque hacia América Latina como
la de la administración Bush", que
él mismo caracteriza como una mezcla de
"negligencia, insensibilidad, indiferencia
[y] sordera absoluta". Por citar un ejemplo,
cuando su gobierno se tambaleaba al borde del
colapso en 2004, Sánchez de Losada había
solicitado al gobierno de Estados Unidos cincuenta
millones de dólares en ayuda de emergencia.
Washington dispuso diez millones. Sachs lo dijo
amargamente: esta decisión invitó
al MAS y a los movimientos sociales —campesinos,
cultivadores de coca, obreros y desempleados—
"a terminar con la labor de derrocar al gobierno".
Joseph Stiglitz concuerda en este punto. "Una
de las historias principales", me dijo, "es
el abismo entre lo que se vendió y lo que
se entregó". En países como
Bolivia, agregó Stiglitz, "la gente
padeció mucho, y ahora, veinte años
después, no ven ningún beneficio.
Los líderes de la lucha contra la inflación
aplauden a los países que han seguido sus
recomendaciones, pero los resultados en términos
de ingresos para la población media y en
términos de reducción de la pobreza
no se han alcanzado".
Sin embargo, para los funcionarios estadounidenses
que tienen que ver en la lucha contra el narcotráfico,
Bolivia es una historia de éxito. La paradoja
en Washington es que, al tiempo que los funcionarios
del Departamento de Estado y del Departamento
de la Defensa, así como muchos miembros
del Congreso, hablan a menudo en términos
apocalípticos del renacimiento de la izquierda
radical en América Latina, y utilizan a
Evo Morales y al MAS como epítomes de todos
los males, sus colegas relacionados con el negocio
de la prohibición de las drogas suelen
jactarse (aunque ninguno habló para este
reportaje) de que la producción boliviana
de coca está a la baja, y está acorralada
gracias a la guerra contra el narcotráfico
en los países andinos. La oficina antidrogas
de las Naciones Unidas respalda este punto de
vista. Su informe más reciente sobre Bolivia
habla del progreso constante en la erradicación
de la droga no sólo en Bolivia, sino en
la región andina entera.
Ya se trate de la erradicación de las drogas
o de las reformas económicas neoliberales,
los bolivianos, y sin duda casi todos los seguidores
del MAS, están más que prestos a
culpar a los estadounidenses de gran parte de
los fracasos de lo que Roberto Fernández
describió como "la década perdida
de los ochenta y los desencantos de los noventa".
Una broma que se oye a menudo en Bolivia describe
sarcásticamente el sistema político
boliviano como una coalición entre el gobierno,
las instituciones financieras internacionales,
las corporaciones multinacionales y "la embajada"
—la embajada de Estados Unidos. Si bien sería
poco inteligente subestimar la fuerza del reflejo
antiestadounidense en América Latina, la
ubicuidad de los sentimientos izquierdistas en
Bolivia el día de hoy tiene más
que ver, como lo apunta Joseph Stiglitz, con el
fracaso total del neoliberalismo en lo que respecta
al mejoramiento de la vida de la gente en cualquier
sentido práctico. Es casi un silogismo:
muchos bolivianos creen, y no sin razón,
pues las estadísticas económicas
los respaldan, que las exigencias de las instituciones
financieras internacionales, en el sentido de
recortar los presupuestos gubernamentales hasta
la médula y de privatizar los activos estatales,
no han hecho sino empeorar sus vidas; muchos bolivianos
creen, también con razón, que Estados
Unidos ejerce una extraordinaria influencia sobre
las instituciones financieras internacionales;
y, a partir de estas conclusiones, el atractivo
de una política antiestadounidense y antiglobalización
se torna casi irresistible para un gran número
de personas. A esto hay que agregar el hecho de
que la vieja tradición de izquierda, que
existía ya en las comunidades mineras de
Bolivia, nunca cesó de existir, incluso
cuando las minas cerraron y muchos trabajadores
migraron a las ciudades o, en la región
de Chapare, de donde proviene Morales, optaron
por la producción ilegal de coca. El resultado
es todo menos sorprendente.
Si bien la falta de poder y la victimización
ayudan a explicar por qué los bolivianos
que apoyan a Morales y al MAS parecen atraídos
por las teorías de la conspiración,
al pensar en las acciones de Estados Unidos en
el área —un punto que viene a cuento es
el establecimiento de una nueva base militar estadounidense
en el Paraguay, a unos doscientos kilómetros
de la frontera con Bolivia—, el hecho de que la
imagen complementaria de este fenómeno
se encuentre justo en Washington es más
difícil de explicar. Y es que existe un
fuerte consenso en Washington que estima a Morales
como un candidato que fue financiado por Chávez
—una acusación que el líder boliviano
niega contundentemente. Roger Noriega, el exsubsecretario
de Estado para los asuntos del Hemisferio Occidental,
hizo declaraciones en este sentido una y otra
vez durante su encargo, tanto en público
como en privado, haciéndose eco de la información
proporcionada por los funcionarios del Pentágono.
"No es ningún secreto que Morales
se reporta ante Caracas y La Habana", dijo
Noriega, "ahí se encuentran sus mejores
aliados."
En público, Thomas A. Shannon, el sucesor
de Noriega, ha asumido un enfoque más discreto.
Pero la postura de la administración Bush
no parece haber variado de manera significativa.
Michael Shifter, un miembro honorario del Centro
para el Diálogo Interamericano en Washington
y uno de los estudiosos más experimentados
y más agudos de América Latina,
me dijo que estaba sorprendido por la profunda
convicción con que Washington sostiene
que Morales es peligroso. "La gente habla
de él como si fuera el Osama Bin Laden
de América Latina", me dijo Shifter,
y agregó que, tras una conferencia reciente
en el InterAmerican Defense College, dos funcionarios
del ejército estadounidense se le habían
acercado para decirle que "[Morales] es un
terrorista, un asesino, lo peor". Shifter
contestó que él no contaba con pruebas
al respecto. "Me dijeron", agregó
Shifter, "que 'debería; tenemos información
clasificada: este tipo es lo peor que ha sucedido
en América Latina en mucho tiempo'."
Desde la perspectiva de Shifter, hay una tremenda
reacción de histeria en torno a Morales,
tanto en la administración como en el Pentágono.
Ya ha sucedido antes. Durante las elecciones bolivianas
de 2002, el entonces embajador de Estados Unidos,
Manuel Rocha, declaró públicamente
que si Morales resultaba electo, Estados Unidos
habría de reconsiderar cualquier forma
de ayuda en el futuro. La mayoría de los
observadores, incluido Morales mismo, quien habla
del episodio con una mezcla de satisfacción
y perplejidad, creen que esta declaración
consiguió al menos un veinte por ciento
más de votos para el MAS. El actual embajador,
David Greenlee, ha sido mucho más prudente.
Pero, de cualquier manera, la visión que
Washington tiene de Morales sólo se ha
recrudecido. Y la razón de ello, como es
de esperarse, radica en el papel cada vez más
importante que representa Hugo Chávez.
Como lo señala Michael Shifter, "existe
un miedo tremendo a que Chávez haga realidad
el sueño de Fidel Castro, de exportar la
revolución a toda América Latina
y a que se desestabilice la región —algo
que no fue hecho durante la Guerra Fría
y que ahora será financiado por el petróleo
venezolano..."
Shifter cree que clasificar a Morales como parte
de un eje CastroChávez es un error. Bromea
diciendo que, si Estados Unidos realmente hubiera
querido derrotar a Morales, el embajador Greenlee
debió recibir instrucciones para declarar
públicamente que los bolivianos deberían
votar por Morales. Empero, Shifter considera poco
probable que la administración Bush modifique
su postura. El diálogo, agrega, no se cuenta
entre las prioridades de los funcionarios.
Por su parte, Morales es un hombre orgulloso y,
cuando se ve presionado, se vuelve más
desafiante. En sus mítines, no sólo
las camisetas y los prendedores del Che Guevara
son ubicuos: las banderas cubanas lo son también.
A Morales le cuesta trabajo aclarar que ni Venezuela
ni Cuba son modelos para la sociedad que quiere
crear en Bolivia. Castro y Chávez, según
me lo dijo, son amigos, pero también lo
son Kofi Annan, el secretario general de Naciones
Unidas, Jacques Chirac, el presidente de Francia,
y José Luis Rodríguez Zapatero,
el jefe de gobierno de España. Morales
también subraya que la era del "socialismo
de Estado" ha quedado atrás. Incluso
cuando habla de la renacionalización de
los recursos naturales de Bolivia —que, junto
con la "despenalización" del
cultivo de la coca, fue el eje central de su campaña—,
Morales se afana en señalar que el modelo
que tiene en mente es más cercano al gigante
estatal brasileño, Petrobras, que a cualquier
cosa que Fidel Castro pudiera respaldar. También
alude repetidamente a un "capitalismo andino",
un término inventado por su camarada, Álvaro
García Linera, un exguerrillero (sus numerosos
enemigos utilizan la palabra "terrorista")
y académico cuya presencia en la boleta
del MAS pretende complementar la base rural del
partido con un electorado urbano que hasta ahora
se ha mostrado escéptico frente a Morales.
Juntos, los dos hombres parecen la más
rara de las parejas raras —el líder campesino
y el radical elegante y blanco que se asemeja
a un profesor de la Sorbona. No obstante, incluso
los observadores locales que no profesan ninguna
simpatía por el MAS, tienden a estar de
acuerdo en que la alianza ha sido más exitosa
y efectiva de lo que la mayoría habría
pensado.
Tras pasar algún tiempo con Morales, es
difícil no llegar a la conclusión
de que, en lo que respecta a sus vínculos
con Chávez y Castro, el líder del
MAS quiere quedar bien en ambos bandos. Mientras
niega cualquier afinidad particular con ambos
regímenes, no hay duda de que una y otra
vez ha buscado consejos con los dos líderes
radicales. Sin duda, Hugo Chávez no ha
mantenido en secreto la simpatía que le
inspiró la campaña de Morales, en
tanto que la prensa cubana, dirigida por el Estado,
ha sido generosa con el espacio que le dedica
al líder del MAS. Incluso el mismo partido
parece inseguro sobre cómo presentar (o
negar) estos vínculos. En la biografía
de campaña de Morales, se encontraban frases
ásperas que negaban tanto las acusaciones
de narcotráfico como cualquier conexión
con Chávez. Pero en la misma página
en que aparecen estas líneas, hay una fotografía
en que Morales y el hombre fuerte de Venezuela
posan juntos.
De cualquier manera, incluso si suponemos que
Washington tiene la razón, y que Chávez
está respaldando a Morales y al MAS, no
podemos decir que utilizaran el dinero venezolano
de manera patente en la campaña. En realidad,
desde los cuarteles urbanos que carecen de muebles
hasta las casas de campaña rurales, lo
que resulta más sorprendente es la modestia.
Morales parece ser genuinamente indiferente a
las comodidades. También parece estar abocado
a una suerte de proselitismo político que
se asemeja más a la labor de activismo
que lo catapultó a la fama —el término
"populista" no describe ni a medias
el estilo de Morales— que a una campaña
política en el sentido clásico.
Pese a la alianza con García Linera (y,
a través de él, con la izquierda
universitaria y marxista clásica de los
centros urbanos de Bolivia), y sin mencionar el
hecho de que Morales ha puesto a su lado a varios
economistas bolivianos relevantes, como Antonio
Guemarra, él parece más cómodo
entre sus seguidores más devotos. Cómo
incidirá esta actitud cuando gobierne es
una de las preguntas centrales hoy en Bolivia.
¿Puede el MAS, un partido que se declara
a sí mismo, orgullosamente, como producto
de los movimientos sociales de protesta, convertirse
en un eficiente partido de gobierno? ¿Puede
incluso profesionalizarse lo necesario sin romper
con sus bases? Por el momento, Morales no ha tenido
que enfrentarse a estas contradicciones. En parte,
es una cuestión de estilo personal, pues,
a pesar de la incorporación de estos nuevos
cuadros de profesionales y tecnócratas,
la abrumadora mayoría de los activistas
del MAS parecen ser voluntarios. Y, al tiempo
que la conversación más breve con
cualquiera de ellos deja claro que la candidatura
de Morales fue casi como una causa sagrada, es
obvio que, si bien no son novatos en el activismo
social, la mayoría tiene poca experiencia
en materia de política electoral. Los dos
guardaespaldas de Morales con los que hablé
durante un acto de campaña en Santa Cruz
se refieren a sí mismos como "amigos
de Evo". Y bien podrían ser solamente
eso, pues, como guardaespaldas, no tenían
ni una pista sobre cómo proteger a su candidato.
Además, Morales no sólo viaja sin
ningún tipo de protección seria:
la mayoría de las veces va de lugar en
lugar en una sola camioneta, acompañado
tan sólo por un chofer, un ayudante y quienquiera
que esté con él en ese momento.
Las oficinas de campaña del MAS carecían
de cualquier decorado, excepto por la parafernalia
clásica y los carteles, imágenes
del candidato y de su camarada García Linera,
y banderas de Bolivia, así como el banderín
a cuadros —ahora muy popular— de los pueblos indígenas
andinos, y claro, imágenes del Che.
Será muy importante constatar si Morales
tiene la madurez política para asumir la
responsabilidad de gobernar. Lo que muchos bolivianos
dicen en privado, incluidos algunos que simpatizan
con el MAS, o bien que no ven otra alternativa
viable más que darle al partido una oportunidad
para gobernar, es que, pese a toda su campaña,
Morales es aún una incógnita. Michael
Shifter me dijo que "es una obra en construcción",
y varios bolivianos bien informados con quienes
me reuní estuvieron de acuerdo. El problema,
por supuesto, es que, dada la gravedad de la crisis
boliviana, la militancia de tal cantidad de la
población, así como el alto e imposible
nivel de expectativas que el MAS despertaría
entre la población indígena pobre
y marginada desde hace tanto, casi no hay tiempo.
Es bastante preciso hablar del renacimiento de
la izquierda en América Latina, pero la
triste realidad es que el renacimiento es más
un emblema de la desesperación que de la
esperanza. Hace casi cuarenta años, un
revolucionario autoproclamado, Ernesto "Che"
Guevara, murió solo y abandonado en el
altiplano boliviano. Hoy, otro revolucionario
autoproclamado, Evo Morales, parece destinado
a convertirse en el primer presidente indígena
y de izquierda del país. Pero de ninguna
forma está claro por ahora, así
como no estaba claro entonces, que cualquiera
de estos dos hombres esté a la altura del
proyecto que se plantearon a sí mismos
o que tuvieran esperanza alguna de satisfacer
las expectativas de sus seguidores.
Cierto que en un escenario, en un estadio de futbol
en Mar del Plata, en la Argentina, ante una multitud
arrobada y con Hugo Chávez a su lado, o
en la gira de campaña de vuelta en casa,
rodeado por gente que al parecer daría
su vida por él y que sin duda cifró
todas sus esperanzas en su llegada a la Presidencia,
Morales rezuma confianza. Y entre más patente
haga Washington su oposición, mayor fervor
inspirará en sus seguidores. Pero si la
historia de la izquierda en América Latina
enseña algo es que el carisma nunca es
suficiente. El destino del Che Guevara, que no
pudo fomentar un espíritu revolucionario
latinoamericano y que no dejó ningún
modelo social coherente por seguir, pero que sobrevive
en imágenes románticas, pancartas,
camisetas y carteles, ya debería habernos
enseñado esto. -
—
Traducción de Marianela Santoveña
Imagen:
Letraslibres/Philip Stanton