
Duanel
Díaz, Madrid
No
es azaroso que el principal foco de contracultura
urbana en la Cuba contemporánea se encuentre
justo en Alamar. Con la depresiva monotonía
y la escasa amabilidad de sus edificios, ese curioso
reparto —construido en la década del setenta
al este de la Habana— reproduce mediocremente
la arquitectura de los países socialistas
de Europa, la cual constituye a la vez una degeneración
del estilo funcionalista de la Bauhaus.
Ciudad
habitacional concebida como la casa (nueva) del
hombre nuevo, Alamar remite, desde su toponimia
misma, a la ingeniería social que recorre
el siglo como un persistente fantasma: piénsese
en el céntrico punto llamado "Onceno
Festival"; en la árida playita llena
de piedras y erizos conocida como "la playa
de los rusos"; en el extremo más oriental
e inhóspito, ese "Micro X" popularmente
bautizado como "La Siberia".
Pero
hoy poco queda de aquellos rusos, poco de aquel
lirismo juvenil; poco, en fin, del "hombre
nuevo" más que en el cinismo de los
discursos oficiales y en las ansias anticapitalistas
de algunos intelectuales trasnochados. El sueño
de la razón ha producido monstruos. Más
de cuatro décadas de socialismo no van
dejando sino dictadura y miseria a partes iguales.
Sin
remitir ya al futuro paradisíaco por conquistar,
e incapaz de evocar un pasado momento de esplendor,
como las espléndidas casonas burguesas
convertidas en cuarterías, en los tiempos
republicanos, o los otrora glamorosos jardines
del Vedado sembrados de plátanos, en los
años sesenta, Alamar representa entonces,
mejor que ningún otro barrio de la capital,
un presente de desastre.
En
las piezas que conforman el disco Alamar Express,
producido por la Oficina Cultural y de Cooperación
de la Embajada de España en Cuba, ese desastre
se expresa con el estilo radical del hip hop,
la poesía experimental, la narrativa sucia
y la trova más nueva, esa que poco recuerda
a la "nueva trova".
¿Arte
revolucionario?
Lejos
del lirismo de los cantores de la utopía,
los artistas del grupo Omni-Zona Franca y sus
invitados muestran la Cuba que no aparece en los
periódicos ni en la televisión nacionales.
A la risible epicidad de la retórica "batalla
de ideas" oponen el registro de la miseria
cotidiana: el hambre, el problema de la vivienda,
el racismo, la discriminación estatal de
los nacionales, las abusivas medidas del gobierno.
Todo aquello con lo que el cubano de a pie tiene
que lidiar diariamente en esa otra batalla mucho
más material que la que tiene su teatro
de operaciones en la "mesa redonda"
y la "tribuna abierta de la revolución",
que es la lucha por la supervivencia.
"Lucha
tu yuca" —dice el trovador Raymundo Fernández
Moya—. "Lucha tu yuca taíno/ lucha
tu yuca/ que el cacique delira/ que está
que preocupa/ tú taíno tú
lucha tu yuca.// El cacique mandó cantones/
a contar/ a la tribu quiere censar/ el bohío
que ocupas/ prepárale un ritual/ no sea
que lo declaren ilegal.// La jugada está
apretada/ todo el caney lo sabe/ que no abunda
el taparrabo/ y no alcanza el casabe/ que está
cara la magia y más/ la medicina y que
se nos prostituyen/ las taínas.// Trabaja,
trabaja, cómo suda el indito/ y la tribu
vive al margen del delito/ el Nucay al cacique
no le sacia el apetito/ que te está poniendo
en fula el areíto".
No
menos humor hay en otra de las piezas más
llamativas del CD: Ubiku, de Yohamna Depestre
Corcho. La narradora confiesa en este breve relato
haber asesinado a los demás miembros de
su familia por los 845,1 centímetros de
losas del minúsculo apartamento familiar.
Con magistral ingenio y humor negro, refleja así
la desesperante promiscuidad que se vive en Alamar,
y la imposibilidad de liberarse de ella por medios
más civilizados, como alquilar un piso
o siquiera una habitación.
El
régimen no produce solidaridad sino violencia.
No favorece la realización de los individuos
sino su frustración. Como dice Plan económico,
de Balesy Rivero: "Economía./ Hemos
logrado el plan del año./ Mil cien jineteros,/
dos mil jóvenes prostitutas,/ ocho mil
oportunistas, más/ trescientos incapacitados
no mentales/ y el síndrome de la mediocridad".
Pero
la cita de las letras, facilitada por el folleto
que acompaña al CD, no alcanza desde luego
a trasmitir el espíritu de un arte esencialmente
performático, animado por el propósito
de romper las barreras entre el arte y el público,
la obra y su contexto. Termino entonces señalando
esta extraña paradoja: la impronta vanguardista
del arte de los sesenta, al que subyacía
el deseo revolucionario de que la palabra y el
acto se confundieran, sobreviene ahora desde los
márgenes de la ciudad y del Estado.
De
vuelta de la utopía, estamos en presencia
de un arte revolucionario: el arte de la "revolución
antitotalitaria". Revolución que,
acaso sin darnos cuenta, ha comenzado desde el
momento en que oponemos las necesidades materiales
a las sempiternas coartadas ideales o espirituales.
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