
Miguel
Rivero, Lisboa
El escritor exiliado Carlos Franqui. (EER)
Carlos Franqui (1921) es la memoria viva de toda
una etapa importante de la revolución cubana,
cuando este concepto se podía escribir
en mayúsculas. Estuvo con Fidel Castro
en la Sierra Maestra, fue director de Radio Rebelde,
un instrumento importante en la lucha contra la
dictadura de Fulgencio Batista, y después
director del diario Revolución, órgano
del Movimiento 26 de Julio, donde se agruparon
durante un tiempo brillantes intelectuales, como
fue el caso de Guillermo Cabrera Infante.
Cercano
colaborador de Celia Sánchez, Franqui intentó
que intelectuales europeos se acercaran a Cuba,
con la idea de llevar la cultura a la población.
Fue en este proceso que surgieron contradicciones
con Fidel Castro y su entorno hasta que ya, totalmente
desilusionado, se radicó primero en Italia
y ahora vive en San Juan, Puerto Rico.
Han
pasado más de cuatro décadas de
algunos de los episodios que Franqui relata en
esta entrevista. Precisamente por esas circunstancias,
porque más del 60 por ciento de la población
cubana nació cuando Castro ya estaba en
el poder, resulta oportuno escuchar su voz, recuperar
un testimonio diferente acerca del pasado reciente
de Cuba. Escritor y periodista, dialogar con este
hombre, que conserva en su memoria una parte importante
de nuestra historia contemporánea, se convierte
en una lección para las nuevas generaciones.
¿En
qué circunstancias se produce su incorporación
al movimiento contra la dictadura de Batista?
Cuando
Batista dio su golpe, el 10 de marzo de 1952,
derrocando la democracia que gozaba Cuba, extraordinaria
pese a sus imperfecciones, me di cuenta de que
la vida iba a cambiar y también mi propia
vida. Como era periodista, me dediqué a
crear prensa clandestina en varios sitios. Así
llegué hasta el período 55-56, donde
hicimos primero la publicación Aldabonazo
y después Revolución, que fue auspiciada
por el grupo del 26 de Julio que formaban Faustino
Pérez y el movimiento clandestino habanero.
En
esa circunstancia, me trasladé a México
a llevarle recursos a Fidel Castro y hacer campaña
por su libertad, ya que estaba en la prisión
de Miguel Schultz. Pero aun así, todavía
en esa época formalmente yo no era miembro
del 26 de Julio, porque como era una organización
tan amplia, tanto en lo que se refiere a la ciudad
como a la propia guerrilla, no había, como
en otros partidos, el problema de la militancia,
etcétera. Así que de esta manera,
a pesar de mi experiencia anterior y de mi idea
de que un periodista nunca debía ser miembro
de ningún grupo político, me vi
envuelto en la lucha y ya a partir de cierto momento
me convertí en un dirigente del 26 de Julio.
Hay
un momento en que se marcha al exilio...
Caí
preso y el taller clandestino de Revolución
fue sorprendido, a principios de marzo de 1957.
Fui el último detenido y vivimos momentos
muy difíciles, porque coincidió
con el asalto al Palacio Presidencial. Y después
estuve varios meses preso. Finalmente, como casi
todos los otros, fui dejado en libertad provisional;
porque la dictadura de Batista se caracterizó
porque el poder judicial conservó una cierta
autonomía, sobre todo en el momento en
que se restablecían las garantías
constitucionales. Y entonces, en septiembre, después
de salir de la prisión, me mandaron a reorganizar
el exilio y fui a Costa Rica, México, Estados
Unidos, antes de ir para la Sierra Maestra.
¿Cómo
se produce su llegada a la Sierra Maestra? ¿En
qué circunstancias?
En
circunstancias difíciles, a principio del
año 58, con las acciones enormes realizadas
en 1956 en las ciudades, como fue la toma de Santiago
de Cuba el 30 de noviembre por Frank País.
Después, el asalto al Palacio Presidencial,
la rebelión de Cienfuegos, miles de sabotajes,
el secuestro de Fangio, el hecho de que la prensa
norteamericana y mundial divulgaran muchas entrevistas,
informaciones, acerca de los crímenes de
Batista, el asalto al Cuartel Goicuría,
etcétera.
Todo
esto produjo una sensación de que se desplomaba
la dictadura de Batista, y fue en esas circunstancias
que fracasó la huelga general del 9 de
abril de 1958. Fueron derrotas muy grandes para
el movimiento clandestino en las ciudades, que
equilibraba el caudillismo de Fidel. A partir
de ahí Castro pudo, aprovechando divisiones,
intervenir en las ciudades con comandantes. Y
fue un momento también duro, porque Batista
lanzó la ofensiva contra la Sierra Maestra
y fue en esas circunstancias que llegué...
¿Llega
antes de la huelga de abril, o después?
Llego
después de la huelga de abril. Precisamente
en el momento en que estaba comenzando la ofensiva
de Batista. Fue realmente en un avión conducido
por Díaz Lanz, que era un extraordinario
piloto, con un cargamento de armas y balas. Entonces
empecé mi trabajo en la Radio Rebelde,
que dirigí hasta el final de la guerra.
Cuento
en mi último libro (Cuba, la revolución:
¿mito o realidad?, Ediciones Península)
una circunstancia que contribuyó mucho
a lo que sería mi destino posterior, porque,
al llegar, Fidel quiso militarizarme, nombrándome
comandante. Quiso también convertirme en
político, que mi nombre se transmitiera
por la radio todos los días. Y yo le dije
que no era militar, que yo iba a ir a los combates
pero con un altoparlante, que predicaba la violencia
pero que no la practicaba, y que mi lucha clandestina
había sido como la de muchos otros, sin
armas, y no quería que mi nombre saliera
en la radio porque venía de la clandestinidad.
Agregué
que aceptaba ser miembro de la dirección,
sobre la base de que él sabía que
yo era un discutidor, que aceptaba su dirección,
pero mi papel, como miembro de esa dirección,
era opinar si creía que las cosas no estaban
bien. Y eso me dio una autonomía, porque
después de la victoria Fidel disolvió
el Movimiento y yo no era militar y no acepté
cargo de ministro. Era una cosa muy rara, muy
rara, porque...
Algo
así como una pieza suelta...
...era
el director del diario Revolución. En los
primeros tiempos, Fidel permitió las guerrillas
internas, porque, como no quería una organización,
era menos peligroso tener grupos que se disputaban
entre sí, como el grupo de Raúl,
el Che y Ramiro Valdés, o el grupo de nosotros,
que disputábamos la conducción de
la Revolución, pero Fidel estaba totalmente
por encima de todos.
Ya
en esa época, aunque existiera teóricamente
una dirección nacional, ¿considera
que Fidel Castro había asumido un papel
autoritario?
Fidel
termina la lucha contra Batista como el caudillo
indiscutible. Y después de la primera semana
de la llegada a La Habana, es un poco el Dios
de Cuba. De hecho, en la práctica, el Directorio
Revolucionario fue liquidado en el primer discurso,
en el que proclamó "¿Armas
para qué", una de las tantas cosas
contradictorias que ha dicho Fidel, que después
sería el jefe latinoamericano que más
guerras ha hecho, incluso fuera de Cuba. Y después,
sin decir nada, disolvió el 26.
A
insistencia nuestra, hubo una sola reunión
en el Tribunal de Cuentas, que no se convirtió
en una reunión de la dirección.
Esa reunión fue muy increíble, porque
como eran los primeros tiempos, Raúl Castro
estaba muy molesto por las declaraciones anticomunistas
de Fidel, la revolución humanista y todo
eso. Y como Fidel Castro nunca da explicaciones
a nadie, estaba en una actitud muy crítica.
En esa reunión, Raúl Castro dijo
ante todos que aquello era una mierda. Fidel Castro
le metió un discurso violentísimo
a Raúl, que no era la primera vez que lo
hacía.
Esa
reunión en el Tribunal de Cuentas la presidía
Julio Duarte, que había regresado del exilio.
Y yo, un poco por ironía, porque era un
adversario de Raúl, hice un discurso para
apaciguar los ánimos. Esa fue la única
y la última reunión del 26 de Julio,
que se quedó solamente como un símbolo
del diario Revolución, con el rojo y el
negro que duró hasta el año 1961.
Cuando yo estaba fuera del país, incluso
suprimieron el rojo y el negro.
En
el último libro de Ignacio Ramonet, Fidel
Castro se construye su autobiografía: se
presenta a sí mismo como una persona de
ética, pero que al mismo tiempo siempre
estaba en la primera línea de los combates
durante la lucha de la Sierra Maestra. ¿Hasta
qué punto verdaderamente se puede acreditar
eso?
La
historia de Fidel está llena de mitos,
afirmaciones falsas u otras que, en realidad,
no se corresponden con la verdad histórica.
En la historia de Fidel Castro está patente
que un jefe tiene que correr ciertos riesgos,
y objetivamente, más allá de las
monstruosidades, su tiranía y su destrucción
de Cuba, creo que cuando alguien escriba la Historia,
saldrá la verdad.
Evidentemente, Fidel Castro corrió riesgos
en el asalto al Moncada, en las luchas gangsteriles
universitarias, pero después, en el primer
año de la guerra, los combates no fueron
muchos: el más importante fue el de Uvero
y los riesgos en la Sierra fueron mínimos.
Mínimos porque la guerrilla era una forma
de lucha irregular y la prueba está en
que en los dos años de guerra hubo poca
cantidad de muertos. En un combate como el de
Uvero, Fidel estaba allí, pero no en la
posición más avanzada. Los que resultaron
heridos fueron Camilo Cienfuegos y Juan Almeida.
Hay
una carta de los comandantes rebeldes, en el año
1958, que publiqué en Revolución,
donde le piden a Fidel que no vaya a la primera
línea del frente de combate. Entonces,
digamos que él jugaba de una parte con
el riesgo y de otra con la prudencia. Creo que
Fidel Castro es un hombre que siempre ha tenido
mucho miedo, pero se las ha arreglado para meterle
miedo a todo el mundo.
Vamos
a ir a la etapa de Revolución como diario.
Teniendo en cuenta que usted, en su etapa de juventud,
estuvo dentro del Partido Socialista (PSP) y después
lo abandonó, me imagino que a las personas
del PSP que empezaron a ocupar posiciones después
de 1959, aunque algunos fueron a la Sierra, no
le resultaba muy simpático que el director
de Revolución, el órgano del 26
de Julio, fuera un renegado. Esa fue la última
cosa que dijo Castro a Ramonet al referirse a
usted...
Y
no fue la primera vez que lo dijo. Creo que en
la historia de la humanidad es difícil
encontrar alguien que no cambie. No veo por qué
una persona que milita en cualquier tipo de organización,
si descubre que esa organización no tiene
los fines que piensa, no pueda abandonarla. ¿Por
qué no puede tener ese derecho? De todas
maneras, yo, primero, efectivamente, rompí
con el Partido Comunista Cubano cuando tenía
25 años, en 1946, porque no me parecía
el modelo de socialismo a que yo aspiraba. Y creo
que no me equivoqué.
Después
rompí con Fidel Castro y su revolución
porque era todo lo contrario de lo que debería
ser una revolución. En cambio, Fidel Castro
renegó de ser católico, renegó
de ser "tira tiros" en la universidad,
renegó de ser ortodoxo, renegó del
26 de Julio, renegó del humanismo revolucionario,
renegó del marxismo-leninismo en 1961 y,
después, se volvió mercantilista,
asociándose con el peor capitalismo mundial.
Ahora se las ha arreglado para ser chavista.
Creo
que tiene el récord Guinness de renegado.
Ahora, hay paradojas históricas. En el
año 1957, cuando me mandan a organizar
el exilio, entre los lugares por los cuales pasé
fue por México y ahí estaba exiliado
Joaquín Ordoqui, quien dijo públicamente
que yo era un agente de la CIA. Lo que es sorprendente
es que Ordoqui después muriera acusado
de ser agente de la CIA. El no era agente de la
CIA, pero sí era el principal hombre de
los soviéticos en Cuba.
'Lunes
de Revolución' y 'Revolución' representaban
en aquel momento una pluralidad de ideas frente,
por ejemplo, al periódico 'Hoy', diario
de línea más ortodoxa, más
dogmática. Era un momento en el que ya
no se podía conciliar…
Uno
de los conflictos míos con Fidel Castro
y los comunistas es mi idea de que la cultura
es, de hecho, la que garantiza la libertad, como
decía Martí. De manera que, desde
la clandestinidad, quise incorporar la cultura
a la revolución. Mucho más tarde
entendería, como decía Octavio Paz,
que hay un conflicto siempre insalvable entre
cultura y revolución.
Eso
tuvo muchas fases. Tuvo la fase del primero de
enero, cuando yo quería traer medio mundo
a Cuba para cambiarla sin burocracia, y Fidel
se opuso cuando en el primer viaje no quiso ver
el cuadro Guernica en Nueva York. Inicialmente,
los viajes para buscar a Jean Paul Sartre y a
todos los demás los hice por mi cuenta,
sin autorización de Fidel, aunque, claro,
él después se aprovechó de
eso.
Y de hecho Lunes..., que dirigía Cabrera
Infante, tenía varias vertientes. Una,
la de divulgar el arte contemporáneo a
través de un formato muy atractivo, con
muy buenos pintores, y diseñadores; dos,
informar de todo lo que era la cultura universal,
sin discriminar a nadie, se llamara Borges o Neruda,
o se llamara Aragón... Después tuvo
también la idea de pluralismo político,
por lo cual debían ser incluidos textos
clásicos, que podían ser de Mao
o de Lenin, pero también de Trotsky, o
de muchos de los que después criticaron
el comunismo. Después, una vertiente de
lo que era el mundo popular cubano, la música,
etcétera, que era tan importante en la
vida de Cuba.
Cabrera
Infante era un amante de aquella Cuba nocturna,
aquella vida un poco romántica que se vivía
cada día…
Creo
que una característica de Cuba siempre
fue esa. Una manera de ser cubano es la alegría,
las fiestas y el baile. Y tú ves que cuando
la Crisis del Caribe, Revolución publicó
que Nikita había retirado los cohetes,
y la gente salió gritando y bailando por
las calles, en medio de un peligro de inmolación
mundial, con el estribillo "Nikita mariquita,
lo que se da no se quita". Si tú miras
hoy mismo, creo que una de las cosas que no ha
podido acabar Fidel Castro, pese a todas las persecuciones,
es la idea de la fiesta en Cuba.
Tampoco
con el choteo, que incluso erosiona el régimen,
porque hay muchas cosas que el cubano utiliza...
El
choteo y, de alguna manera, el sentido de la aventura,
que hace que la gente desesperada se tire a los
mares, o que otros se conviertan en opositores,
porque realmente hay que estar casi loco para
dedicarse a la oposición en Cuba y alejarse
de la ficción revolucionaria. El conflicto
fue muy duro, porque coincidió con dos
momentos. Primero, el año 1960 en Cuba
fue de golpes y contragolpes, de pasiones políticas.
En realidad, incluso todos los escritores eran
militantes, muchos de ellos eran milicianos y
muchos fueron a combatir en Girón. Sin
embargo, poco después comenzó la
sovietización de la cultura cubana. Y la
supresión de Lunes... en una reunión
en la que estaban Edith García Buchaca,
Carlos Rafael Rodríguez, Fidel Castro,
Osvaldo Dorticós y Alfredo Guevara, que
era el fiscal.
Allí,
pese a nuestra protesta, se acordó suprimir
el semanario Lunes..., que lo terminamos con un
homenaje a Picasso. Hay que pensar que salía
con una edición de 300.000 ejemplares,
que tenía enorme impacto popular. Fue una
de las tantas batallas intentadas y una de las
tantas perdidas. Pero, al mismo tiempo, ese fue
el momento, al menos para mí, de darme
cuenta de que la revolución estaba perdida,
que había tomado el camino soviético.
Sus
relaciones con Cabrera Infante, ¿siempre
fueron cordiales o hubo algunos momentos complicados?
No
fue complicado, porque en realidad yo lo conocí
cuando era un adolescente. Después, de
alguna manera, sus primeros trabajos fueron muy
humildes, eran los que yo iba dejando y él
los tomaba. Él colaboraba en la revista
Carteles, donde yo trabajaba. En realidad, cuando
leí su primer cuento me di cuenta de que
tenía mucho talento. Honestamente, jamás
tuvimos conflicto. Coincidimos en muchísimas
cosas, no sólo dentro, sino en el exilio.
Él
a veces era acusado de intransigente, pero no
se trataba de un problema de intransigencia, porque
tanto él como yo conocíamos muy
bien a Fidel Castro y sabíamos que con
Castro no se puede mantener un diálogo.
Es un hombre que utiliza esa herramienta, como
la historia lo demuestra. Cuando tiene dificultades
recurre al diálogo, como en el año
1978, por ejemplo. Invitó a gente del exilio
y entonces se dijo que "los gusanos se convirtieron
en mariposas". También en otros hechos
posteriores, como el viaje del Papa a Cuba, el
diálogo con la Unión Europea y España,
etcétera. Pero, a la postre, ha sido un
diálogo siempre a su servicio, y nunca
cambia o cede en nada. Entonces, nosotros éramos
y somos los que pensamos que con el victimario
no se puede ser complaciente.
Este
proceso nos ha enseñado un poco a pensar
democráticamente, lo que quiere decir que
aunque uno no esté de acuerdo con algunas
posiciones, debe respetarlas; lo que no quiere
decir compartirlas. No puedo respetar al ministro
de Cultura de Fidel Castro, que, después
que condenan a los periodistas independientes,
escribe una carta de apoyo a esa condena. Cada
día más el exilio y todas sus instituciones
y publicaciones van comprendiendo que la política
consiste en darle voz a los que no tienen voz,
a los que aman la libertad y a los que disienten.
¿Qué
proyectos tiene ahora?
Acaba
de salir este libro sobre Cuba, que es más
personal, pero siempre está Cuba y la Revolución.
Mis proyectos son, de una parte, seguir manteniendo
—con muchas dificultades— la revista Carta de
Cuba, que es en el fondo la expresión de
los periodistas independientes de la Isla y de
los opositores en general, que refleja lo que
ocurre allí. Esa la considero como la tarea
básica. En lo posible, utilizar la radio,
que es un medio importante para comunicarse con
la Isla.
Me
parece que Cuba entra en la fase final de la historia
del castrismo. Se ve claramente que el viejo dinosaurio
está a punto de 'cantar el manisero'. Se
notan tres tendencias disputándose el poder:
el viejo dinosaurio, que le gustaría sustituir
a Raúl por Felipe Pérez Roque y
los chavistas. De otro lado, está Ricardo
Alarcón, que declaró que la sucesión
debía producirse a través de la
Asamblea Nacional, y Raúl Castro, quien
dijo que debía ser el Partido Comunista
de Cuba, es decir, él mismo.
Esa lucha por la sucesión es intensa y
pueden surgir dos escenarios. Uno, que considero
difícil, es que puedan consolidar el poder.
Y otro, que el poder se debilite, que el pueblo
pueda decir su palabra, que la oposición
pueda jugar un papel y que, dentro del poder,
como ya ocurrió en otros países
comunistas, surjan corrientes más nuevas
que estén dispuestas a hacer cambios y
se pongan de acuerdo con la oposición.
De eso depende en alto grado las esperanzas de
una Cuba libre con cierta rapidez. Después
vendría la tarea descomunal de la reconstrucción
de las ruinas que ha dejado Castro.
Es
una sociedad desgarrada. El tejido social casi
ha desaparecido, los valores de la sociedad...
En
la destrucción que he mencionado está
la de la familia, del individuo, de la sociedad,
de todas las clases. No existe la clase obrera,
no existe la clase media, no existe la clase capitalista,
no existe la clase campesina. No existe el individuo.
Para sobrevivir hay que robar, hay que mentir,
tener una doble moral. A eso unimos la destrucción
de la agricultura, la economía, la industria,
las casas, las ciudades...
¿Cómo
ve el papel de la diáspora cubana en ese
proceso de reconstrucción? Por ejemplo,
los intelectuales tendrán que asumir cierta
responsabilidad en ese proceso...
En
el exilio se ha producido un cambio, que es menos
conocido. Porque sigue existiendo el 'cliché'
de un exilio de Miami ultraderechista, mafioso,
todo eso. No es que en Miami no existan voces
absurdas, estúpidas o extremistas. Pero
si tomamos todas las organizaciones del exilio,
encontramos que la mayoría apoya a la oposición
pacífica de la Isla con lo que puede, y
ese es un gran cambio. Se han dado cuenta de que
ese es el camino y un gran cambio, porque están
demostrando, primero, que Cuba será libre
si los cubanos, en un momento dado, son capaces
de liberar la Isla.
Y,
segundo, que el papel principal de todos los exiliados
es darle una mano a aquellos que están
dentro. Que no es una cuestión de quitarles
las casas, ni aspirar al poder o no. En estas
condiciones, las palabras mejores que han sido
dichas fueron las de monseñor Meurice,
arzobispo de Santiago de Cuba, durante el viaje
del papa Juan Pablo II, que habló de las
dos Cuba. Porque hay una cosa que está
clara: la cuestión no consiste en que haya
un cubano en el exilio que, por golpe de gracia,
vaya a ser el nuevo presidente de Cuba. La cuestión
es si un cubano que luchó por Cuba y tuvo
que partir al exilio, debe en el futuro tener
tantos derechos y obligaciones como cualquier
ciudadano dentro de la Isla.
Es
decir, un día el país tiene que
ser reconstruido sobre la base de la igualdad
de todos aquellos que hayan sido protagonistas
de la lucha por la libertad, o de aquellos que
incluso hasta el día antes de la caída
del régimen manifiesten su oposición
al castrismo. Los que están en el poder
deben tener una oportunidad. En particular, si
el día antes que aquello desaparezca contribuyen
a su caída. Excepto los que estén
manchados por crímenes, que ya esa es otra
historia.
Posiblemente
algún día tendremos que formar una
comisión de la verdad, como hicieron los
sudafricanos...
En
los antiguos países comunistas prácticamente
no hay nadie en las prisiones, pese a todos los
crímenes. Lo que creo que puede ser grave
es el olvido, o el desconocimiento. Hay que partir
de un hecho, uno de los grandes problemas de Cuba
es el desconocimiento de su historia, su pasado.
Fidel Castro ha conseguido meterle en la cabeza
a las nuevas generaciones que él es el
pasado, el presente y el futuro. Y como es bien
sabido, no puede existir un país que tenga
futuro si no tiene pasado. Y como Cuba tiene grandes
momentos, hay que reconstruir todo eso.
Necesitaremos
una comisión histórica que valore
todo, no desde el punto de vista jurídico,
sino desde el punto de vista moral. Darle a conocer
a los cubanos lo que es la historia de su país.
La historia desde la época en que Félix
Varela y otros luchaban por la independencia y
otros preferían producir azúcar
y la esclavitud, pasando por el caudillismo de
aquellos que en la Guerra de los Diez Años,
como Vicente García, contribuyeron a la
derrota, a los conflictos. Después, la
guerra de 1895, los problemas de la República,
etcétera, hasta los años en que
hubo libertades, aunque también corrupción,
a la época de los años de la década
del cuarenta, cuando hubo de todo, hasta estos
últimos terribles años cincuenta.
Es necesario que todo esto llegue, para que por
lo menos las nuevas generaciones se identifiquen
con la historia de su país. Porque once
millones de cubanos no han encontrado cómo
salir del infierno.
¿Qué
está demostrando hoy Europa? Que África
no puede salir de su infierno a través
de Europa. Y eso está clarísimo
en el caso de Cuba. No es posible que once millones
de cubanos sean admitidos en Estados Unidos. Entonces,
habrá que meterse en la cabeza que solamente
se puede mejorar el país con el esfuerzo
de todos. Como decía Martí, "con
todos y para el bien de todos".
Tomado
de encuentro en la red.
|
|