Por
Canek Sánchez Guevara
caneksanchez@yahoo.com.mx
Nací en La Habana en 1974, en una casona
en Miramar, sobre la Quinta Avenida: en resumen,
en plena Aristocracia esquina con Burguesía.
La vida en casa, empero, era cualquier cosa menos
aburguesada. Además de mis padres (Hilda
Guevara Gadea y Alberto Sánchez Hernández)
habitaba el lugar un grupo de guerrilleros mexicanos
llegados a la isla un par de años atrás.
Ellos no eran Técnicos Extranjeros ni nada
por el estilo, eran unos malditos revoltosos que
estaban en Cuba —digamos— sin haber sido invitados
por el gobierno (en otras palabras: secuestraron
un avión en México y aterrizaron
en La Habana; para hacer corta la historia). Creo
que vivíamos unas doce o quince personas
en aquella casa, no sé bien —por supuesto,
mis recuerdos de aquella época no son míos,
sino recuerdos de los recuerdos de otros; recuerdos
de conversaciones, pues—. En algún momento
los revoltosos mexicanos (comunistas, anarquistas,
socialistas libertarios, qué se yo) decidieron
que esa realidad socialista distaba mucho del
ideal de libertad que ellos tenían, así
que mandaron a la mierda la realidad y se largaron
de Cuba en pos de la Idea (creo recordar que alguno
de ellos, incluso, fue invitado a salir del país…).
Y allá nos fuimos todos —me llevaron, quiero
decir—, hasta la lejana Italia.
Durante
los años setenta Italia era un hervidero
de refugiados latinoamericanos de todas las tendencias
de la izquierda. No “refugiados” en el sentido
pasivo del término, sino militantes de
sus respectivas causas en el exilio. Había
argentinos, colombianos, nicaragüenses, salvadoreños,
peruanos y sí, mexicanos también.
Qué hacían mis padres en Italia
es algo que no concierne al texto en cuestión,
baste saber que cuando me preguntan algo relacionado
con canciones infantiles, siempre respondo: Bandiera
Rosa... Sí, creo que Bandera Roja y La
Internacional fueron las primeras canciones que
aprendí de niño. Recuerdo (no sé
por qué) que en esos años llevaba
siempre colgada del cuello una tira de cuero negro
con un puño verde olivo. Tengo vagos recuerdos
también (como flashazos) del minúsculo
departamento que habitábamos en Milán.
En serio minimalista...
Cuando
tenía cinco años mi madre y yo volamos
a La Habana. Durante varios meses (y ya sabes
como es el tiempo en las Eras Infantiles: un verano
puede ser infinito y un año entero apenas
un segundo) vivimos en un apartamento en un edificio
recién estrenado, justo tras el hotel Riviera.
En realidad eran dos edificios, de esos que llaman
de Microbrigada, de unos siete pisos, pequeñas
ventanas y balcones aún más chicos.
Y yo la pasaba de lo más bien: había
tantos niños con los que jugar, tanto sol
y tanta vida...
Bien,
ese año en La Habana asistí al preescolar
y francamente, no tengo muchos recuerdos de la
escuela... En realidad sí: recuerdo los
días de vacunación (no tienes idea
de lo cobardón que era —soy— para las inyecciones).
Recuerdo también a un par de gemelos (jimaguas)
que eran un verdadero desastre juntos, y ahora
me vienen a la memoria las interminables repeticiones
de ejercicios caligráficos. En fin, cosas
de preescolar.
Terminado
ese curso, mi madre y yo viajamos a Barcelona
para reunirnos con mi padre. Habían pasado
pocos años desde la muerte de Francisco
Franco (estoy hablando del setenta y nueve u ochenta)
y las izquierdas estaban, como quien dice, desatadas.
Mis padres siempre colaboraron con sindicatos
y publicaciones diversas, tanto periódicos
como revistas de izquierda. Colaboraron profundamente,
quiero decir. El caso es que crecí entre
salas de redacción y manifestaciones de
tres días; el cuarto oscuro de revelado
y un concierto de rock; entre mesas de diseño
e interminables discusiones sobre el sujeto y
el objeto de la revolución. Estudié
el primer año de la primaria en una escuela
bilingüe (castellano-catalán) de acuerdo
con el discurso libertario de la época
en España: el rescate de las Autonomías
y sus valores culturales, comenzando por la lengua,
claro. Recuerdo a mis amigos argentinos, hijos
de unos refugiados amigos de mis padres, y recuerdo
también las abiertas discusiones que los
adultos sostenían por encima de la mesa
—y los vinos— sobre la revolución permanente,
mundial, en un sólo país, no sé;
y siempre citando nombres en ruso, alemán,
italiano o francés (vamos, no recuerdo
qué discutían, sino el hecho de
discutir —algo que, por supuesto, pasó
a formar parte intrínseca de mi ser). Yo
no entendía nada, y para serte franco,
tampoco me interesaba: si Batman lucha por el
bien, de qué se preocupan estos tontos,
pensaba yo...
Mi
padre pudo volver a México cuando el presidente
López Portillo dictó una amnistía
general para todos los involucrados en los movimientos
armados de los setenta. Mi madre tenía
siete meses de embarazo y yo siete años
de edad. (Aquí debo aclarar que apenas
dos años atrás, cuando salimos de
Italia, pude decir abiertamente los verdaderos
nombres de mis padres, siempre sujetos al rigor
del clandestinaje. Mi familia entonces eran los
compañeros de ruta de mis padres, y sus
nombres —los de todos ellos— otros muy distintos
a los verdaderos...) Mi hermano Camilo nació
en Monterrey, la ciudad de la que es mi padre
y en medio de la numerosa familia paterna, tan
ajena y acogedora a la vez: lo desconocido para
mí.
Poco
antes del primer cumpleaños de mi hermano
nos mudamos a la ciudad de México —una
mole impresionante que contiene un mundo alucinante—
y mis padres, por ironía o yo-que-sé,
me inscribieron en una escuela de nombre José
Martí. Mi hermano era asmático y
yo estudié un año y medio en esa
escuela. (Ya sé que una cosa no tiene relación
con la otra, sólo intento resumir dos hechos
en una sola frase). Camilo pasó su segundo
cumpleaños en una cámara de oxígeno
en el hospital cercano a casa, y la casa —toda—
medía unos siete metros de largo por cuatro
de ancho: la sala era también la habitación
de mis padres, con la cocina a un lado, apenas
separada por una barra o una mesa, no recuerdo.
El micro-mini-nano baño y una estrecha
habitación que compartíamos Camilo
y yo completaban nuestro hogar. Tuve tres buenos
amigos cuando viví en ese sitio; uno de
ellos murió, no regresó de las vacaciones
y cuando le pregunté a su mamá por
él, ella se echó a llorar. Después
mi madre me explicó. Fue mi primer contacto
con la muerte. He perdido a muchos amigos. (El
enfrentamiento con la Muerte, afirma Savater marca
el inicio del pensamiento en el humano. Cuando
por primera vez se piensa en la muerte, se Piensa,
en realidad, por vez primera porque la muerte
despierta la conciencia de la vida, despierta
el miedo y despierta las preguntas también…)
Terminé la primaria en la ciudad de México,
en una pequeña escuela de la que tengo
buenos recuerdos y en la que hice buenos amigos.
Por entonces vivíamos en el sur de la ciudad,
en una unidad habitacional con cuarenta y siete
edificios, lo recuerdo bien. Estaba cerca de la
Universidad Nacional, así que vivían
algunos profesores e investigadores de dicha institución...
con sus familias, claro. Durante las dictaduras
latinoamericanas de los años setenta, México
acogió a muchos perseguidos políticos
de diversas nacionalidades, sobre todo argentinos
y chilenos. Algunos de ellos encontraron trabajo
en la UNAM, y unos cuantos vivían en los
edificios cercanos al mío. De hecho, mi
mejor amigo en esa época era un chileno
a quien recuerdo con mucho cariño... nos
hemos visto un par de veces después, seguimos
siendo amigos. Entre nosotros teníamos
un pacto, un secreto que nadie más debía
compartir: éramos comunistas... (es decir,
sabíamos que había algo diferente
en nuestro pasado, en nuestra historia, y teníamos
la vaga idea de que un vago sentimiento de justicia
justificaba esa diferencia... En fin, todo un
trabalenguas infantil).
Mi madre, mi hermano y yo nos fuimos a vivir a
La Habana en el verano de 1986, e inmediatamente
después, entré a la secundaria Carlos
J. Finlay, en Línea y G, en pleno Vedado.
Honestamente, fue un choque tremendo. No tanto
por las diferencias tangibles, materiales, como
por las otras, las incorpóreas, las no-cósicas:
de ser la revolución una utopía
o una conversación, se convirtió
para mí en una realidad absoluta. Entendámonos,
yo no entendía un carajo de la revolución,
tan sólo intuía que era el núcleo
de nuestra vida (de la vida que yo había
vivido con mi familia) y que se trataba de algo
de lo que sólo se hablaba en voz alta cuando
se estaba en confianza. De hecho, mi relación
familiar con Ernesto Guevara nació en Cuba,
donde irremediablemente fui bautizado como El
Nieto del Che, y eso ya a los doce años.
Me
costó mucho aprender a lidiar con esa suficiencia
revolucionaria tan llena de carencias, con ese
discurso que se contradecía al abandonar
el aula y con la maldita obsesión de algunos
de mis profesores con que yo tenía que
ser el mejor. Por otra parte, recuerdo con especial
cariño a mi maestro de Español,
a quien le agradeceré siempre la severidad
con que revisaba mis trabajos; a cierta profesora
de Matemáticas con quien de inmediato hice
amistad, y a otro más de la misma asignatura,
que era serio y jocoso a la vez; recuerdo a una
profesora de Química de quien no aprendí
mucho pero me caía muy bien y a una de
Fundamento de los Conocimientos Políticos
que, involuntariamente, me hacía pensar.
Ser
El Nieto del Che fue sumamente difícil;
yo estaba acostumbrado a ser yo, a secas y de
pronto comenzó a aparecer gente que me
decía cómo comportarme, qué
debía hacer y qué no, qué
cosas decir y qué otras callar. Imagina,
para un preanarquista como yo, eso era demasiado.
Por supuesto, me empeñé en hacer
lo contrario. Mis padres me educaron (como a mis
hermanos) con absoluta libertad. De hecho, a veces
pienso que me educaron para ser desobediente...
aunque quizás sólo esté buscando
excusas, no lo sé. Lo cierto es que pronto
comencé a sentirme a disgusto con tal situación.
Vivíamos en un apartamento amplio y confortable
(quizá el único inconveniente es
que estaba en un piso doce y el ascensor pocas
veces funcionaba) pero bastante alejados de la
nomenclatura. De los pocos contactos que tuve
con la “alta sociedad” cubana no tengo recuerdos
memorables (y no incluyo aquí a los buenos
amigos que encontré en esos estratos: pocos
pero sinceros), a no ser por el gusto amargo que
me quedaba al comparar sus palabras y su forma
de vida con las palabras y la vida del llamado
Pueblo. Pero yo apenas me hacía adolescente,
las valoraciones las hago ahora, en aquel momento
no las comprendía del todo. No quiero que
pase por tu cabeza la idea de que yo era un niño
superdotado o algo por el estilo, sencillamente
fui educado en el análisis, y el análisis
decía que algo andaba mal. Digamos que
sabía sin comprender; o que comprendía
sin saber a ciencia cierta qué demonios
ocurría a mi alrededor. Porque yo no vivía
encerrado en una burbujita de cristal, de ninguna
manera. Mis amigos vivían en el Vedado
mismo, o en Centro Habana, o en Marianao, o en
Miramar, o en Alta Habana, o en Alamar o en La
Lisa. Mi vida no quedó circunscrita al
discurso oficial, si bien formaba, consciente
o inconscientemente, parte de ese discurso...
Asistía a conciertos de rock (semiclandestinos
mas tolerados... a veces), vagaba por la ciudad
como uno más de sus habitantes; era joven
y por ello sospechoso. ¿Sospechoso de qué?
Pues eso, de ser joven, supongo. A veces me detenían
en la calle y revisaban mis papeles y mis pertenencias,
y una vez me revisaron el culo. En serio, recuerdo
que estaba en la cola de Coppelia y se me acercó
un tipo vendiendo pastillas (psicotrópicas,
claro). Le dije que no quería y en cuanto
dio dos pasos me cayeron encima. Me llevaron a
los baños de la heladería, hicieron
que me desnudara y me obligaron a hacer cuclillas
mientras uno de ellos, con su uniforme de civil
(la sempiterna guayabera blanca) se asomaba a
ver si alguna pastillita asomaba por el ano...
Qué obsesiones las de los policías...
En
fin, era yo un greñudo más, un “desafecto”,
“antisocial” y algo muy cercano —según
los cánones policíacos— a un lúmpen.
Claro que no lo era pero eso no importaba, y además
en cuanto salía a relucir mi árbol
genealógico, simple y llanamente me soltaban,
no sin antes recordarme que esas no eran las actitudes
que se esperaban de alguien como yo: El Nieto
del Che no podía frecuentar tales compañías;
en otras palabras, que no me juntara con el pueblo,
que no me contaminara con ellos. Comencé
a comprender que Pueblo es una hermosa abstracción
que tiene múltiples usos, sobre todo retóricos...
Tendría yo unos quince o dieciséis
años y por entonces ya había abandonado
el Pre.
Sí, como tantos otros estudiantes de mi
generación fui un desertor escolar. Navegaba
con bandera de NadaMeImporta entre otras cosas
para restarme importancia o, mejor aún,
para restarle importancia a la imagen que de mí
se esperaba (si es que a estas alturas se esperaba
algo de mí). Por esos años adquirí
la costumbre de discutir, aún en términos
superficiales, sobre lo real y lo simbólico,
sobre el fondo y la forma, sobre la esencia y
la apariencia. Comencé a enamorarme de
las palabras y de las ideas. Me apasioné
con Kafka y —lo admito con rubor— el primer pensador
que en verdad me “llegó” fue Schopenhauer,
tan antitropical él. Me interesaban por
igual el rock y el mito de Trotsky, los dadaístas
y el sonido electrónico; y al mismo tiempo,
todo me daba igual. Era un chico un tanto silencioso:
no triste ni nada de eso, por el contrario, siempre
he sido feliz; quiero decir que era bastante introspectivo:
Existencialista, decían mis amigos mayores,
y aunque a mí no me quedaba muy claro qué
significaba aquello, la palabrita me gustaba.
Comencé
a interesarme en las formas culturales, a leer
sobre pintura y música, a hundirme en novelas
y películas, ensayos filosóficos
y teorías artísticas; no sé,
simplemente a buscar. Mi lucha, empiezo a darme
cuenta, siempre ha sido cultural: digamos que
el hombre es hombre a pesar de sí mismo,
pero se hace plenamente humano por encima de su
ser. Ser lo que somos es natural; lo cultural
entonces, es preguntarnos qué somos, a
dónde vamos, y también de dónde
venimos. Y cuando afirmo que soy un hombre “culto”
no refiero con esto al sentido aristocrático
que se oculta tras el término; entiendo
por hombre culto a aquel que sabe que además
de su propia cultura hay otras más, ni
mejores ni peores, tan sólo diferentes.
Y en Cuba la dictadura es también cultural.
O, ante todo, quizás... (Recuerdo ahora
un acontecimiento que al igual que a tantos cubanos,
me marcó como hierro candente. Me refiero
al telenovelesco juicio al General Arnaldo Ochoa,
a los hermanos De la Guardia y demás implicados
en el tráfico de drogas, marfil, diamantes
y divisas.
Si
utilizo el término “telenovelesco” es sólo
para acentuar el modo en que yo lo viví:
a través del televisor, noche tras noche,
a las ocho en punto, esperando un desenlace que
de antemano conocíamos, con el morbo exacerbado
y ese desagradable tonito inquisitorio que permeó
todo el (pre)juicio… Entendámonos, no insinúo
que esos hombres fueran inocentes, sino que a
todas luces sus superiores conocían tales
manejos. A nadie podía caberle en la cabeza
(a menos que el cerebro dejase mucho espacio libre
dentro de la cavidad craneana) que el mismísimo
Comandante no estuviera al tanto de todo el asunto.
Evidentemente
se trató de una operación de Estado,
como muchas más que hemos presenciado;
una operación destinada a procurar de preciosos
dólares al gobierno cubano… Nadie en su
sano juicio podía aceptar tal locura, tamaña
farsa, tremenda broma de pésimo gusto.
Sin embargo, mucha gente perdió el juicio
en esos meses… Se hacían los locos, para
decirlo en buen cubano; admitieron a pies juntillas
la mentira judicial pero, ¿qué otra
cosa podían hacer? Yo tampoco decía
en voz alta lo que pensaba, lo comentábamos
entre los amigos, nada más.
Lo
discutíamos como uno de los tantos temas
que por entonces nos interesaban: las tetas de
Fulanita o la fiesta de mañana, la proyección
de Metrópolis o el concierto de Carlos
Varela, no sé… Se discutía mucho
pero nada se decía: ¿Cómo
expresar la ausencia de expresión; ésa
que silencia al individuo y lo vuelve zombi parlante?)
Después
viví en El Cerro, en un minúsculo
apartamento a unas cuadras de la Biblioteca Nacional,
donde por cierto trabajé: restauraba libros.
Olvidé decirte que entre los quince y los
diecisiete años fui aprendiz de fotógrafo,
primero en Juventud Rebelde y luego en Granma
(además de adentrarme en lo que, con algo
de autoelogio, se da en llamar fotografía
artística). Edité junto con algunos
amigos una pequeña revistita fotocopiada
dedicada al rock (unos pocos ejemplares, nada
más), y comencé a escribir. Debo
decir que todo esto lo hacía con la mayor
ingenuidad del mundo, no como parte de un plan
maestro sino con la espontaneidad del antojo.
Me interesé por las vanguardias artísticas,
culturales, estéticas, y también,
claro, por las ideológicas y políticas.
Me hundí en los ismos, he de admitirlo.
Empecé a dedicarme al diseño gráfico,
al tiempo que hacía fotografía,
componía música y escribía
pésimos poemas “abstractos”. Me hice buen
lector y poco a poco, editor.
En
1996 salí de Cuba, un año después
de la muerte de mi madre y a diez de mi llegada
a La Habana —mi hermano salió de Cuba justo
después de la muerte de Hilda—. Salí
con el corazón hecho mierda y las ideas
más revueltas que cuando llegué:
había vivido desde los doce hasta los veintidós
años ahí. Me hice en Cuba: la amé
y la odié como sólo se puede amar
y odiar algo valioso, algo que es parte fundamental
de uno...
Ahora
vivo en la ciudad de Oaxaca, en México,
alejado voluntariamente de la comunidad cubana
en este país, y del exilio en general —debo
admitirlo, me harta la sola idea de dedicarme
a hablar de Cuba: me interesan tantas cosas—.
Soy diseñador, editor, a veces promotor
cultural o crítico de la cultura, según
el caso. Colaboro con algunas publicaciones culturales
o políticas; sigo componiendo música
y me involucro en discusiones artísticas.
Estoy editando una revista cuyo número
0 está pronto a aparecer (se llama El Ocio
Internacional y aparecerá en papel y en
internet a la vez —ya les avisaré): una
revista dedicada al análisis y la discusión
cultural; y además, escribo una novela,
La inmortalidad del cangrejo, de la cual llevo
unas 280 cuartillas. (En 1996 publiqué
un librito titulado Diario de Yo —que para colmo
ni siquiera es un diario—, texto que pronto pondré
en red por si a algún despistado le interesa…
La publicación corrió a cargo de
una pequeñísima editorial hoy desaparecida
y hasta donde yo sé, no se vendió
un sólo ejemplar, lo que aumenta mi orgullo
anticapitalista... Je.)
En
cuanto a mí... ¿qué puedo
decir? Sólo soy un egoísta que aspira
a ser un hombre libre. Un egoísta que sabe
que el Egoísmo nos pertenece a todos y
que éste ha de ser solidario si se quiere
pleno: en otras palabras, que mi libertad sólo
es válida si la tuya también lo
es, si mi libertad no aplasta tu libertad ni la
tuya a la mía... Como decían los
Sex Pistols: And I am an anarchist...
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