
Por
Ernesto Hernández Busto
¿Es
posible ser un intectual en un país totalitario
como Cuba? Sobre la base de esta pregunta, Ernesto
Hernández Busto, cubano él mismo,
exiliado en España, reflexiona sobre la
naturaleza del trabajo intelectual y sus necesarias
condiciones y el espejismo de la vida cultural
en su país.
C
uando hace algunos años Rafael Rojas se
atrevió a colocar la pregunta por el intelectual
cubano frente al bivio "comprometido"
o "disidente", varios escritores de
la isla se revolvieron, incómodos, ante
lo que consideraron una perspectiva demasiado
politizada. El tiempo —y el "affaire"
Rivero— acabaron por darle la razón a Rojas:
quien en Cuba pretenda defender hoy la tradición
del intelectual público se arriesga a pasar
una buena temporada en la cárcel.
Sobreviven, entonces, el espacio de la literatura
pero también las suspicacias del exilio
ante la estatura intelectual de quienes todavía
escriben y publican "allá", salen
y entran, de una forma u otra. Queda también
la pregunta por los "espacios alternativos"
más o menos permitidos: un lugar de reunión,
una editorial decorativa, algunas páginas
en internet; tres o cuatro excepciones que mal
disimulan la miseria de una cultura cuya necesidad
de rituales está garantizada con una efectiva
política de censura interna y la ausencia
de conexión con el resto del mundo.
Cuba es un caso curioso pero no exclusivo. En
casi todos los países totalitarios la censura
y sus derivados han ido acompañados de
una permanente simulación de vida intelectual.
De hecho, el ejercicio sistemático de la
censura sólo puede tener lugar allí
donde aún no ha desaparecido del todo el
andamiaje, donde siguen existiendo libros, revistas
y premios, en esa "tierra de nadie"
donde los amagos de polémica ocultan el
meollo de eso que Czeslaw Milosz llamaba un "pensamiento
cautivo".
El título de Milosz alude a las vicisitudes
del intelectual comprometido, a esas pequeñas
tragedias del pensamiento acorralado entre la
utopía y el oportunismo. Recordemos que
en su ensayo, Milosz clasifica a sus colegas en
cuatro categorías: "el trovador",
simple apologeta del cual los cubanos padecemos
una encarnación demasiado literal; "el
moralista", aquél que, movido por
razones éticas y exonerado de escrúpulos,
sostiene la supremacía del colectivo sobre
el individuo y defiende que el fin justifica los
medios; "el amante desdichado", categoría
que abarca a los colaboradores arrepentidos, un
rubro en permanente expansión; y por último,
"el esclavo de la historia", ese ser
bonachón que, astutamente, se deja acunar
por las circunstancias y permite que la política
lo use a su libre arbitrio mientras le conserve
ciertos privilegios.
No afirmo que todo el panorama intelectual de
la isla se reduzca hoy a estas cuatro figuras.
Resultaría demasiado simple. Pero en El
pensamiento cautivo se menciona un concepto, el
ketman, que tiene especial interés para
analizar la situación cubana. Ketman sería
la dinámica de esta puesta en escena, el
montaje de unos intelectuales que, por razones
políticas, no consiguen serlo. Una ilusión
de rol que subsiste en dos frentes: allí
donde la voluntad de pureza y de utopía
ya han sido sustituidas por el descreimiento y
el franco oportunismo, pero también entre
escritores y pensadores con preocupaciones legítimas
y con una necesidad, cada vez más imperiosa,
de reconocimiento.
El cambio más importante en la cultura
cubana de los últimos diez años
es que sus mecanismos de legitimación intelectual
cada vez están más organizados desde
y para el exilio. Nadie duda de que escapar de
la isla se ha convertido en el sueño semisecreto
de las últimas generaciones de escritores
cubanos. Pero no siempre se trata de una salida
sin regreso. Porque afuera, ya se sabe, es difícil
vivir. Más allá de las becas, de
los tupidos cortinajes de las subvenciones oficiales
y las prebendas académicas, se abre el
espacio angustioso de la vida real, de la supervivencia
pura y dura: la ruda disyuntiva entre el Dinero
y el Tiempo. Una vez afuera es muy probable que
el intelectual habanero de última generación
sienta nostalgia de aquella vida amputada en la
que podía dedicarse a escribir sin preocuparse
por el pan cotidiano. Su viaje a Citerea suele
ser una mera exploración que se interrumpe
abruptamente con la pregunta "¿qué
voy a hacer yo aquí?". Y entonces
regresa. La supervivencia dentro de esa campana
de cristal, los pensamientos que lo asaltan dentro
de su reducto doblemente insular, acaban marcando,
de manera más o menos sutil, toda su obra.
Que muchas veces, por una curiosa paradoja, está
obligada a hacerse sitio en editoriales extranjeras.
Casi por inercia sigo asistiendo a estos encuentros
con mis "colegas": escritores cubanos
que vienen "de visita", que han conseguido
salir pero prefieren regresar a Cuba porque allí
disponen de tiempo para escribir. Nadie excluye
que en tales condiciones puedan culminar alguna
obra maestra. Está el archicitado ejemplo
de Lezama, que los inspira a todos. Lezama: el
genio altivo que, abroquelado en Trocadero 162,
confía ciegamente en la Posteridad. Pero
no hay que olvidar un dato: Lezama (y Piñera)
vivieron la mitad de su vida intelectual fuera
de la Revolución; tenían una reserva
ante la devastación espiritual que los
corroía. Un intelectual nacido con la Revolución
carece de tales reservas; está amenazado
por riesgos que deforman, no sólo su comportamiento
público sino también su coartada
privada: esa eventual defensa de lo libresco como
la única justificación de una vida
dilapidada en un ambiente mediocre.
En esta tarea, tan hercúlea como vana,
en este trabajo de salvación por vía
letrada lo asalta muchas veces la tentación
del atajo, del reconocimiento fácil. Basta
un premio. Basta un espacio en una de las revistas
locales o una conferencia en un aula abarrotada
de oyentes con el estómago vacío.
Con eso es suficiente porque en ausencia de una
verdadera vida intelectual, donde la legitimación
no se establezca por decreto de mediocres, un
artículo, un premio y una conferencia producen
la ilusión de haber alcanzado la meta.
Incluso para alguien que intuye el estado de miseria
reinante en su país, no resulta fácil
aceptar que sus posibilidades de convertirse en
un verdadero intelectual radican fuera de éste.
Emigrar de Cuba no es cuestión de quererlo,
y la razón de ser del intelectual es el
libre albedrío, la libertad de escoger.
El mecanismo ético se reduce entonces a
un simple truco del ello gratificador: elijo quedarme,
ergo, existo como intelectual. Tal elección
es falsa, como la del espectador embaucado por
el trilero, que al levantar su chapa ignora que
es víctima, también, de una ley
de la percepción.
Durante mucho tiempo varios intelectuales de la
llamada generación de los 80 creímos
que era posible paliar la "marcha hacia la
desintegración": el trabajo de los
artistas era, como había escrito Lezama,
otra manera, "secreta y profunda", de
regir la ciudad. El exilio masivo de los 90 disipó
esa ilusión cívica, clausuró
la oportunidad de que Cuba se convirtiera en el
mejor escenario de su propia cultura. Desde entonces,
muchas personas "de dentro" han seguido
trabajando de buena fe y han dado forma a varios
proyectos de valía. Sabiendo las condiciones
en que lo hacen, esas revistas, esos libros, esas
conferencias en una azotea son dignos de un doble
reconocimiento. Pero ese trabajo admirable, casi
de miniaturista, no debería fomentar la
ilusión de una verdadera vida intelectual.
No se vale suplantar el original por un sucedáneo
con buenas intenciones. De lo contrario llegará
el día en que se juzgue la triste situación
del intelectual cubano como una especie de melancolía
colectiva, el síndrome de Julián
del Casal alegremente extendido por decreto.
Veamos, por ejemplo, a los críticos cubanos,
anclados en la indolencia que brota de la radical
inutilidad de su tarea. ¿De qué
sirve el reseñismo allí donde campea
el dogma político? Mutuas celebraciones,
intriguillas de salón. De un lado el provincianismo
puro y duro de escritores sesentones. Y del otro,
la lucha (igualmente provinciana) de los jóvenes
críticos por ver quién consigue
estar más à la mode. Lo cual acaba
en pseudoerudición: se habla de oídas,
se cita de segunda o tercera mano. Boqueando.
Así están casi todos los ensayistas
que viven hoy en Cuba. En un país donde
la política se ha vuelto omnipresente,
escribir de política los dejaría
petrificados. Para participar en otros debates
intelectuales llegan tarde. Desde hace al menos
veinte años, los intelectuales cubanos
llegan tarde a casi todos los debates. Sólo
les queda la patria, un canon amañado,
para entretenerse en interminables ejercicios
autorredentores.
Pero, ¿puede haber un verdadero debate
sobre el canon literario allí donde al
crítico se le han extirpado previamente
otras motivaciones intelectuales?
Hay un razonamiento de Adorno en Minima moralia
que analiza la función de la crítica
dentro del magma de unas condiciones adversas:
"El rechazo de la confusión reinante
en la cultura —dice Adorno— presupone que se participa
de ella lo suficiente como para sentirla palpitar,
por así decirlo, entre los propios dedos,
mas al propio tiempo presupone que de dicha participación
se han extraído fuerzas para denunciarla".
La insistencia moral del exilio a la hora de criticar
a los intelectuales cubanos que se creen los únicos
dioses de su parcela no es un problema de rencor
personal o generacional, sino la evidencia de
que bajo una sociedad totalitaria bien cabría
esperar de esos intelectuales reacciones algo
más inquietantes que tres o cuatro polémicas
inocuas. Desde el exilio llega a los críticos
cubanos el molesto recordatorio de que, como intelectuales,
también podrían desenmascarar las
coartadas del nacionalismo y rebelarse contra
las perversiones que ha sufrido el lenguaje de
la crítica.
Así como el fascismo echó mano de
un amplio repertorio de contenidos mitológicos,
el régimen cubano utiliza una dosis ingente
de malinterpretaciones y medias verdades sobre
la tradición y la historia cubanas para
armar su discurso. Y en ello cuenta, muchas veces,
con el silencio cómplice de unos intelectuales
incapaces de opinar sobre aquello que tienen cada
día ante sus ojos. Cualquiera sabe lo que
hay detrás de esa cortina de humo que son
las publicaciones literarias de la Habana. Y más
en un Estado que usa todos los recursos posibles
para fomentar la miopía o el estrabismo
ideológico, para convertir en ignorantes
a sus escolares sencillos, para divulgar el chovinismo
y la ordinariez. Los políticos cubanos
siempre han usado la tradición como un
belvedere desde donde arrojar su propaganda. Me
cuesta trabajo aceptar que en ese "mundo
feliz" nuestros críticos literarios
puedan ejercer su oficio con pericia y objetividad
ejemplares. A menudo, eso sí, hacen esfuerzos
por disfrazar su indigencia de fría argumentación:
en un país donde no hay verdadera vida
intelectual la peor de las academias es el cómodo
refugio de los aspirantes a sabio. Pero también
en la academia hay reuniones del núcleo
del Partido, y muchos vigilantes dispuestos a
denunciar a quienes se pasen de la raya.
El canon cubano, por ejemplo, se ha convertido
así en un campo de pruebas para unas prácticas
que ocupan el lugar del ejercicio crítico
del presente. Pura retórica, peleas de
archivo, subjetivismos baratos. En el país
de Jerarca, nadie se atreve a marcar jerarquías.
En ese frágil equilibro entre memoria e
imaginación, los críticos cubanos
están imposibilitados para escoger. Les
queda la dusosa virtud de las notas al pie.
También la crítica que se hace en
el exilio adolece de errores y parcialidades diversas.
Pero cumple con ciertas "normas de juego":
aquí a nadie le cambia la vida por publicar
una opinión que vaya contra el discurso
de algún ministro de cultura. En vez de
ofenderse porque no hay una comunicación
fluida con sus colegas del exilio, los escritores
cubanos deberían empezar a preguntarse
por qué les importa tanto que se les cite
en publicaciones tan lejanas de su ciudad natal.
¿Qué extraño mecanismo de
legitimación pública los obliga
a sobrevivir en el medio que los rodea al tiempo
que en privado reconocen la absoluta indigencia
de éste?
Esas preguntas y esos gestos (no un fácil
y vocinglero victimismo) es lo que se espera de
unos intelectuales que viven en Cuba —sin renunciar
a serlo—. -
fuente:
letraslibres.com
|
|