
Juan
González Febles
LA
HABANA, Cuba -- La muestra fotográfica
de Robert Mapplethorpe que se exhibe en La Habana
desde el 14 de diciembre hasta el 14 de febrero,
remueve viejas heridas. Por encima de todo, impone
reconocer que la revolución de Fidel Castro
es el más desolador agujero negro en la
vida nacional cubana. Luego, el intento para tratar
de salvar lo que se debe y se puede de aquel desastre.
Para
los que vivimos ese periodo desde el espacio de
los marginados, la muestra de 48 fotografías
sacó a flote fantasmas junto a cosas que
se echan de menos. Parece ser que Abel Prieto
y el resto de la corte intelectual castrista están
de humor para la nostalgia por los 60 y la Contracultura
de esa época. Esto me hizo pensar en las
exposiciones que no se han hecho y en las que
no harán los mandarines de la cuneta generosa.
Sin
negar el legítimo placer estético
que me produjo el contacto con el arte auténtico
y representativo de Mapplethorpe quizás,
además de muestras fotográficas,
sería mejor algo sobre arte independiente
inter disciplinario colectivo y en familia.
Allí,
los fantasmas de Mezclilla y de Joaquinito deambularían.
Mezclilla con la bufanda que usó para protegerse
del asma que al fin lo mató. Con ese viejo
y gastado abrigo verdeolivo, que usó con
pretensiones de gabán o sobretodo. A Joaquinito
Ordoqui con su gabán de batalla, su blue
jean percudido y desteñido y a ambos con
sus pipas.
Habría
trabajos de Gorgo y de Gory. Junto con Plátano,
fueron fotógrafos representativos de aquellos
tiempos. Escondiéndose en la certeza de
aun sentirse perseguido, Reynaldo Arenas se presentaría
con precaución. Quizás buscando
la complicidad de los suyos. Por los rincones,
en compañía de aquellos excelentes
modistos que fueron y quizás sean aun,
Frank del Puerto y Agustín. Haciendo maravillas
del pellejo ajeno.
El
pintor Waldo y su musa Bárbara. Waldo orondo,
convaleciente de su asesinato en la compañía
de ella, que formaba parte de las grandes mujeres
de aquel tiempo. Junto a ellos, su amigo de siempre,
Ponciano. En otro ángulo de ese salón,
elegantes, bellas e inaccesibles las hermanas
Vivian y Elena Tablada. Más allá
los play boys clandestinos de la época:
Ricardo Oramas, Alberto "el bobo" -Mulaciega
para los suyos- conversando con los patrones del
"pastel de rosa".
Todos
los ilustres de entonces que no fueron, desgracias
a la revolución, presentes. Sería
la muestra de lo que no pudo hacerse, porque no
lo permitieron. Con la música incidental
de Dylan, Carpenter, Beatles, Simon and Garfunkel
y Mamas and Papas. Además de las composiciones
de Raulito, del Argelino, de Mike Porcel, de Amadito
y los poemas de Nelson, recién curado de
su fusilamiento. Su inofensiva granada de fragmentación
rellena con cemento, con la que no podía
matar y por la que fue fusilado, en una vitrina
de honor de esa muestra. Venturita con su garrocha,
su par de tenis y su sana disposición de
saltar la verja de la embajada de México
en la primera y mejor oportunidad. Carlos Fernández
Lugo, de regreso en una balsa americana, último
modelo.
Como
elemento de ambientación insustituible,
la muestra sería cerrada con un concierto
en que participarían músicos de
los Jets, Los Pacíficos, Los Kent, Sesiones
Ocultas, Gnomos y Los Gallos de la ENA. El buffet
serían croquetas de algo y un excelente
ponche de alcohol de 90, con granadina, limón
y azúcar. Si se consigue hielo, mejor.
Por supuesto, para maestro de ceremonia, Nelson
Pingoley, ¿Quién mejor?
Para
cuidar el orden y la seguridad de la muestra,
El Farsante. Esta vez no ofertaría su drum
en miniatura, ni sus mocasines de suela de cristal
italianos. Llegaría con su credencial del
DTI, pero despistolado. No pediría carnés
de identidad y como siempre avisaría oportunamente
de la próxima recogida.
Mantendría
la incógnita y el misterio para que no
se sepa a ciencia cierta si se trata de alguien
del Ministerio del Interior infiltrado entre nosotros
o de uno de nosotros infiltrado en el Ministerio
del Interior.
Con
sus gastados huaraches y el aspecto de quien se
aburre, Poncito. Vestido con la informalidad de
quien se siente en el barrio y en familia. Quejándose
de que el ponche está aguado y que alguien
se metió una puñalada de las grandes
con el dinero de la bebida.
De
veras que la muestra de Mapplethorpe en La Habana
contribuye a remover la ira y el recuerdo.
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