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Mi Encuentro con el Caballero de París

Jay Martínez

Mucho se ha dicho y se ha escrito acerca del Caballero de París el vagabundo más querido y famoso de Cuba. Lleno de mitos y contradicciones, Juan Manuel Lopez Lledin, se mantiene en la memoria de todos los cubanos que tuvieron la suerte de verlo deambular por las calles de La Habana. En esta ocasión quiero traerles mi infantil recuerdo y mi tan soñado encuentro con este especial y misterioso personaje al que tantas anecdotas le rodean.

Recuerdo que no existía nada más emocionante para un niño en Cuba que dar un viaje o paseo a la Habana especialmente para aquellos que no viviamos en esta legendaria y cautivadora ciudad.

Un viaje a la Ciudad de la Habana era el sueño y la ilusión para niños y adultos. Todo el que regresaba de tan importante paseo comentaba con mucha pasión de varias cosas que les dejaban siempre muy impresionados: el Malecón, el Morro, el Paseo del Prado, el Capitolio, el Tunel de La Habana y el Caballero de París.

Este último, se convertía en el más añorado por los niños y adultos que nunca lo habian visto personalmente. Era un personaje difícil de localizar ya que se movía por toda la ciudad y no era fácil poder encontrarlo. Recuerdo que las pocas oportunidades que viaje a la Habana, cuando regresaba, la primera pregunta que me hacían mis amiguitos era: “¿Viste al Caballero de Paris?”

Aunque en realidad todavía no había logrado ese encuentro con tan importante personaje que para todos los niños de mi barrio era lo que les resultaba más curioso, en todas las ocasiones les mentía y les comentaba que si, que lo habia visto.

Me hacían muchas preguntas y todas se entrelazaban. ¿Tiene el pelo largo? ¿y su capa de que color es? Hablame de su espada y su escudo. ¿Es verdad que tiene un caballo y que usa botas negras de charol? A todas estas preguntas yo les contestaba afimativamente y, aún más, les decía que el Caballero de Paris, me habia contado un cuento de cómo el peleaba contra los malos para defender a los pobres y a los niños.

Tambien les narraba que me había regalado caramelos y que me habia prometido que en la próxima ocasión me regalaria un libro de colorear y una caja de lápices de colores. Ellos me miraban fijamente y muy ilusionados, en sus rostros se podia ver el deseo y la admiración que estos niños sentian por tan misterioso y quijotesco personaje al que en el fondo ellos veian como un heroe de carne hueso que vivia en las calles de la Habana.

Lo mismo ocurría cuando algún niño del barrio visitaba La Habana. Llegaba con historias fantásticas acerca de su encuentro con el Caballero de París que nos dejaba a todos atonitos y muy ilusionados. Las horas pasaban mientras le formulabamos preguntas de todo tipo y el niño lograba despertar nuestra envidia. Lo mismo aprendi a hacer yo.

Creo que en parte la culpa de toda esta fantasía la tenian los adultos que vivieron la década de los años cincuenta cuando a un famoso productor de televisión se le ocurrio producir un programa que le llamaron “El Tribunal de los Locos”, en el cual participaron El Caballero de París, La Marqueza y Bigote Gato. Aparentemente, quien prevaleció en el programa fue el Caballero de París debido a su extravagante vestimenta, atrayente personalidad y perfecto dominio del español de Castilla.

Una vez que sabíamos que nuestros padres planeaban un paseo a La Habana nuestros corazones palpitaban de emoción porque en muchas ocasiones los habíamos escuchado contar historias fascinantes acerca del Caballero de Paris. Entonces, nuestro mayor anhelo era que en ese viaje se hicieran realidad todas esas anecdotas en torno a este personaje tan peculiar.

Recuerdo que en el año 1975 en unos de mis ultimos viajes a la Ciudad de la Habana al fin pude hacer mi sueño realidad y caminando por una calle, la cual no recuerdo de momento, me encontraba parado frente al Caballero de París. Recuerdo que enmudeci y mis ojos se nublaron llenos de lágrimas.

Mi mamá me decia: “Jesus, mira, ese es el Caballero de Paris”. Yo le dije: ¿Quién mami? Yo no podia creerlo. Y repetía: ¿pero dónde? ¿cuál es? En el fondo yo no quería creer que era aquel señor que yo estaba viendo sentado en el borde de un portal de un edificio de la Habana.

Sentí en ese momento una mezcla de sentimientos. Creo que en parte desilusión al ver a mi héroe, al espadachín invencible, tan viejo, mal oliente e indefenso. Más que admiración lo que provocaba era lástima. Un anciano visiblemente enfermo con su cabellera blanca y trenzada que la arrastraba por el suelo con un fuerte mal olor y una mirada al infinito.

Tengo que confesarles que sentí una gran desilusión pues mi héroe estaba derrumbado y en ese momento supe que todo lo que me habían contado sobre el era pura fantasía. Aun así no me di por vencido y le pregunté: “Abuelo, ¿Es usted el Caballero de París?”. El no me respondió. Actuaba como si no me hubiese escuchado.

Entonces volví a preguntarle: “Abuelo, digame, ¿es Usted el Caballero de Paris?”, mientras le tocaba el hombro. Entonces, me miró fijamente con sus ojos azules y con su cabeza me respondió afirmativamente. Recuerdo que habían otras personas a su alrededor haciendole preguntas, invadiendo su privacidad, y de momento el se puso de pie y recogió unos periodicos viejos, un bulto de ropa y harapos y se marchó del lugar.

De esta forma mi sueño e ilusión se habian hecho realidad. Al fin habia visto la leyenda en persona, a tan importante personaje hidalgo que de alguna manera había reprensentado tanto para mi como para tantos niños cubanos; el Enrique de Lagardere de nuestras fantasías.

Sus Últimos Años

En 1977 El Caballero fue internado en el Hospital Siquiátrico de Cuba en Mazorra, en las afueras de La Habana. Murió el 12 de Julio de 1985 a la edad de 85 años. Inicialmente, fue enterrado en el cementerio de Santiago de las Vegas en La Habana. Segun un articulo de Agence France Presse, sus restos fueron exhumados por Eusebio Leal, el historiador de la Ciudad de La Habana, y transferidos al convento de San Francisco de Asis (ahora una sala de conciertos y museo), su presente lugar de descanso.

Una estatua de bronce de tamaño natural, que lo representa como un caminante (con paso un poco más vivo que lo que yo recuerdo) fue creada por el escultor Jose Villa Soberon. Por iniciativa de Eusebio Leal, la estatua fue colocada en la acera en frente del convento. Aqui tienen una foto que me envió un periodista amigo que vive en Cuba.

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