Nunca
dejaría
de escribir
Entrevista con Zoé Valdés
“Creo que ésta ha sido una de las entrevistas
más completas de mi vida, donde he dicho
cosas muy importantes que quería decir”.
Por HECTOR PINA / LibrUSA
Las
mañanas soleadas de Miami tienen algo especial
que invita a la charla y la reflexión,
especialmente cuando los ojos del interlocutor
brillan con emoción e inteligencia como
los de la escritora cubana Zoé Valdés,
cuando la descubro entre el trasiego de turistas
que se mueven en todas direcciones por los salones
del hotel Sheraton con ese espíritu de
frivolidad festiva que caracteriza los períodos
de despreocupación y ocio.
Aunque
nos acabamos de conocer, nos saludamos con la
camaradería de los viejos amigos, con dos
besos en las mejillas, a la europea, y la invito
a la cafetería del hotel para tomar un
café y comenzar nuestra programada entrevista.
El
lugar está bastante concurrido, pero logramos
la concentración a pesar de la algarabía
de fondo.
___________________
HECTOR
PINA: Zoé, por lo general la acción
de tus novelas se desenvuelve en La Habana o París.
¿Por qué ahora este giro hacia otra
ciudad en Milagro en Miami?
ZOE
VALDES: Porque fui descubriendo a Miami poco a
poco, es decir, la primera vez que llegué
a Miami me quedé deslumbrada con la ciudad.
No olvides que, de alguna manera, hay una visión
y una versión de Miami bien estrecha .
Cuando llegué aquí me encontré
con amigos de Cuba y después me encontré
con un mundo que estaba despuntando y que ahora
está más maduro y que yo creo que
llegará a ser un centro cultural importante.
Ya en aquel momento, la primera vez que vine,
sentí que había una especie de hervidero
cultural, aunque aún eran pocos los que
estaban inquietos. Pero esto me fascinó
porque me dije: bueno, es una ciudad de Estados
Unidos y es increíble que tantas personas
hayan hecho de ella una ciudad multirracial, no
sólo de cubanos. Es injusto cuando se dice
que los cubanos de Miami pertenecen a una mafia
porque no es cierto y, además, Miami no
es sólo de los cubanos, hay otras etnias,
razas y culturas en esta ciudad. Ese es el verdadero
milagro que se está formando en Miami,
es decir, una mezcla de culturas, donde cada una
tendrá su importancia, pero, al mismo tiempo,
todos convivirán en libertad, algo que
es muy difícil en nuestros países.
HP:
Has dicho que “Miami es la ciudad más vilipendeada
en el mundo”. ¿Por qué?
ZV:
No olvides que vivo en Europa, donde se habla
bastante poco de este lado. Se habla poco de nuestros
países y, cuando se habla, sólo
es para referirse a sus gobernantes, es decir,
se habla de (Alejandro) Toledo, de (Fidel) Castro,
de (Hugo) Chávez, pero muy pocas veces
se habla de la vida cultural. Por ejemplo, en
España se habla mucho de Gloria Estefan
o de Benicio del Toro, pero en programas muy específicos
de promoción. En los noticieros, sin embargo,
no se informa del quehacer de estos artistas.
Y lo que realmente es terrible es que cuando hay
una noticia de este lado, siempre es mala. Por
ejemplo, cuando el caso de Elián, que fue
una noticia mundial, fue muy negativa la visión
que se dio, y fue injusto porque yo estuve aquí
una semana y vi muchas personas, muchos periodistas
que filmaban el momento en que personas llegaban
y provocaban disturbios y no se sabe si eran personas
que estaban enviadas por alguien para provocar
esos disturbios. Es injusto decir que Miami es
la ciudad de los radicales. Primero, porque radicales
también fueron Mahatma Ghandi y Jesucristo
y, en segunda, es injusto y criminal, cuando se
es periodista, dar juicios tan apresurados y esto
pasa constantemente en periódicos y canales
de televisión importantes, que no voy a
citar, por supuesto.
HP:
¿También ocurre en París?
ZV:
Ocurre en París y en España. Yo
tengo televisión española y lo veo.
Leo bastantes periódicos, pues ahora tenemos
la posibilidad de leer muchas noticias en Internet
y esto molesta, porque te das cuenta que es injusto
cuando llegas aquí y ves que Miami no es
sólo politiquería, como se dice.
En Miami hay vida cultural, hay restaurantes,
teatros, también hay gente que se sienta
a hablar y a mirarse a los ojos.
HP:
En tu obra has hecho una enérgica y descriptiva
denuncia de la situación actual en Cuba,
y parte del mundo se ha encantado con tus novelas.
¿No te parece contradictorio que por un
lado la gente se haya decidido a escuchar lo que
antes no quería escuchar y, por el otro,
tenga tan mala opinión de los cubanos de
Miami?
ZV:
Sí, creo que todo es contradictorio, pero
eso forma parte de la confusión creada
a partir de la personalidad de Fidel Castro. Ya
no me interesa tanto estudiar el fenómeno
de la Revolución Cubana porque es un fenómeno
que probablemente hoy sea discutible con mucha
más razón, porque cuando uno analiza
la personalidad de Fidel Castro desde su infancia,
es una personalidad que me atrevería a
decir que es una representación del mal,
y eso existe, no estoy fabulando ni haciendo una
novela con esta entrevista. Creo que los escritores
sabemos de alguna manera intrepretar y presentir
estas cosas mejor que nadie. Pero yo no empecé,
antes que yo estuvo Reinaldo Arenas, Cabrera Infante.
Lo que sucede es que había un silencio,
un vacío. Antes de La nada cotidiana había
una especie de silencio cómplice porque
muchos intelectuales en Europa vivieron el sueño
cubano como propio y no querían despertar.
A muchas de estas personas les resulta muy complicado
reconocer que se equivocaron en esta parte tan
importante de su vida, es decir, que se equivocaron
con Cuba y que han sido injustos con los cubanos
del exilio. Por eso digo que el dolor del cubano
no ha sido reconocido porque a nadie le interesa
reconocer el dolor de los cubanos, porque a nadie
le interesa venir aquí y entrevistar, ni
a la televisión francesa ni a la televisión
española ni a la canadiense, que está
aquí al lado. El otro día, hablando
con un productor canadiense para hacer una película
sobre Café Nostalgia, esta persona me dijo
que le habíamos abierto un mundo increíble
porque él pensaba que Miami era sólo
un aeropuerto; y me lo dijo uno que vive en Canadá,
ahí al lado. Es impresionante que una persona
diga eso, y hablo con todo respeto, no peyorativamente,
pero es un ejemplo de que hay personas que no
saben lo que sucede aquí. Todos los escritores
tenemos una especie de lo que llamaba Enrique
Loynaz “presentimiento poético”, un presentimiento
que no está basado en juicios elaborados
solamente, sino que detrás de cada juicio
hay una personalidad, una sensibilidad, el mal
o el bien.
HP:
Pero los lectores aceptan la realidad cubana cuando
la leen en tus libros, en los de Reinaldo Arenas,
Cabrera Infante, Daína Chaviano y otros
escritores cubanos y, sin embargo, un gran sector
de la prensa mundial parece callar al respecto.
ZV:
No se puede ser ingenuo. Sabemos que detrás
de la prensa hay poderes que se mueven y, bueno,
yo creo que la gran libertad del arte y la literatura
es que los escritores somos personas solitarias
y que nuestra palabra tiene una fuerza que de
alguna manera se impone y puede adelantar o definir
cosas. Por eso cada vez me interesa más,
aunque algunos escritores lo desperecian, el escritor
periodista. Vemos al poeta que se convierte en
novelista, que es mi caso, y comienza a trabajar
en la prensa, y al periodista que de pronto se
convierte en novelista. Respeto mucho esa asociación.
¿Qué fue Shakespeare? Fue sobre
todo un gran poeta periodista que describió
su época con todos los pormenores, con
todos los detalles.
HP:
En novelas como Te di la vida entera y Café
Nostalgia utilizas un lenguaje que algunas personas
consideran “demasiado crudo”, sin embargo en Milagro
en Miami no se aprecia ese desborde de crudeza
que empleaste en novelas anteriores. ¿Esto
significa un cambio de estilo o es que al pasar
el tiempo tú misma te has asombrado de
lo que has escrito?
ZV:
(Riendo) No, yo creo que la misma novela pide
el lenguaje y las situaciones. Milagro en Miami
es una especie de fábula, un homenaje al
Milagro en Milán, la película de
Cesare Zabattini y Vittorio De Sica, y entonces
yo quería justamente que mi novela guardara
esa ingenuidad tipo cuento de hadas, un poco eso
de que la pobreza es esto, pero un día
será arte y es la única manera de
salvarse; no reivindiquemos la pobreza, sino salgamos
de ella. Creo que la novela necesitaba un lenguaje
que oscile. Por ejemplo, el personaje de Neno,
que es una especie de guardaespalda, está
viendo una película pornográfica
y el Lince entra en el cuarto y ve que el hombre
se está masturbando con la película,
pero cuando mira la pantalla se da cuenta de que
la mujer le está chupando el dedo gordo
del pie al hombre, y entonces dice algo que justifica
esta escena, pues era lo que me interesaba que
dijera el Lince: “qué bajo hemos caído
desde Buñuel hasta acá” (Valdés
termina la frase riendo).
HP:
En la literatura cubana contemporánea aparecen
muchos pasajes relacionados con la santería
y los Orishas. ¿Crees que esto se produce
porque en realidad es una parte intrínseca
de la cultura del país o porque es un tema
que vende?
ZV:
Yo creo que cada vez más, por necesidades
de crisis espirituales que hay en Cuba, esto forma
una parte profunda y activa de la vida del cubano.
Conocí personas en Cuba que jamás
habrían aceptado esto, que lo despreciaban,
y que poco a poco han ido viviendo el temor del
país y el temor te obliga a creer en lo
que antes te parecía increíble.
El temor también te lleva a respetar y
descubrir inteligentemente. Mientras que en Cuba
se ha involucionado en muchas cosas, en otras
se ha evolucionado. Creo que el tema de la religión
y la multiplicidad de religiones es algo en lo
que el cubano ha evolucionado y madurado mucho,
porque al practicarla ha ido analizando la religión
con su propia vida. Por ejemplo, no es lo mismo
cuando estás viviendo en París,
como yo, que voy cuando quiero y compro una vela
morada para San Lázaro porque quiero homenajear
a ese viejito con capa que para mí tiene
la simbología del milagro. Cuando estás
en Cuba, conseguir una vela morada para San Lázaro
se convierte en la principal proeza del guerrero
que eres y eso te envuelve en un mundo extraño,
terrible y, al mismo tiempo, de búsqueda,
que provoca que empieces a analizar por qué
una vela se convierte en el centro de tu vida.
La gente ha ido reflexionando con el sufrimiento
diario y la religión se ha ido integrando
de manera natural y de manera reflexiva en el
pueblo.
HP:
¿Entonces podemos decir que el hecho de
que algunos escritores cubanos actuales utilicen
el tema de la santería en sus novelas no
está motivado por intereses comerciales,
digamos, porque a los europeos les interese el
tema?
ZV:
Bueno, en mi caso no lo es. Yo viví con
tres mujeres: mi abuela, mi mamá y mi tía.
Mi abuela era muy religiosa, ella nació
en Dublín, Irlanda, y cuando tenía
dos años se marchó con toda su familia
a Canarias y de ahí a Cuba. Mi abuela vivía
todas las religiones, ella era celta y hablaba
del fuego y las nueve olas y la piedra de los
nueve meses y, al mismo tiempo, de todo lo que
había aprendido en Cuba, es decir, la religión
católica y la afrocubana. Mi abuela la
vivía, la ejercía y la practicaba,
pues era santera y yo nací y crecí
en toda esa mezcla. Cuando yo iba a la escuela
y había exámenes, mi abuela me pasaba
un gallo por el cuerpo el día anterior
para que sacara los exámenes aunque hubiera
estudiando como una bestia; lo del gallo era importante.
En el momento que empiezo a escribir seriamente,
a los 17 años, todo ese lenguaje se fue
filtrando sin que me diera cuenta dentro de mis
poemas, que eran muy lezamianos y yo los llamaba
poemas erónicos, es decir, eróticos
e irónicos. En Sangre azul ya está
la importancia de la sangre en la religión
y el espíritu cubano. En mi caso, esto
es natural, ha salido porque lo he vivido y porque
forma parte de mi formación espiritual
e intelectual. Los otros escritores, no sé,
he leído algunos, no todos, pero los que
he leído y me gustan, creo que son auténticos,
creo que les sucede lo mismo porque es un fenómeno
colectivo.
HP:
¿Fuiste buena estudiante?
ZV:
No, fui una estudiante bastante caótica.
A mí no me gustaba la escuela tal y como
me la daban. Creo que es un fenómeno que
a todos nos pasa en un momento determinado y que
a mí me duró bastante. Yo era una
niña muy sola y vivía con tres mujeres
enloquecidas que todas las mañanas se levantaban
y decían: por favor, Dios mío, mándanos
un hombre y que sea millonario. De hecho, cuando
era niña quería ser un hombre millonario
(dice riendo). Bueno, yo quería hasta ser
paracaidista. Todo esto me puso a soñar
desde muy temprano, siempre estaba soñando
y leyendo todos los libros que me caían
en las manos. Algunos tenían que ver con
la escuela, pero otros no estaban dentro de los
planes de estudio porque había una metodología
bien estricta y dirigida. Esos libros se leían
de manera clandestina y muchas veces había
que leerlos muy rápido y devolverlos; eran
libros que venían del extranjero. Recuerdo
que a veces nos llegaban obras, como Sinhué,
el egipcio, y había que devolverlas en
una semana. Entonces, cada uno de los amigos copiaba
un capítulo a mano para quedarnos con el
libro y poder releerlo y conservarlo, es decir,
que de alguna manera soy escritora por repetición,
por ensayo, por práctica.
HP:
¿Era literatura prohibida en Cuba?
ZV:
Claro, y no sólo por política. Por
ejemplo, una vez oí a un escritor oficial
cubano referirse a Marguerite Yourcenar como “esa
tortillera (lesbiana) que escribe”, lo cual es
muy fuerte, pues lo dijo peyorativamente.
HP:
Ya veo. Pero volviendo al tema de las creencias
de tu abuela, parece que lo del gallo no le dio
muy buenos resultados, ¿no es así?
ZV:
(Riendo) Bueno, yo no era buena estudiante, pero
tampoco tenía malas calificaciones. En
Cuba era muy fácil aprobar las asignaturas,
pues casi siempre había una pregunta obligada:
¿cómo era Cuba antes y después
de la Revolución? Entonces bastaba con
contestar que antes de la Revolución había
prostitución, corrupción, abusos
y bla, bla, bla, y después de la Revolución
todo era… (Zoé tararea una melodía
y gesticula como si tocara un violín).
Esa pregunta tenía un valor importante,
valía casi 70 puntos, es decir, el aprobado
en secundaria. Yo fui una estudiante que sin estudiar
las materias tal y como te las enseñaban
en la escuela, sino que leyendo por otras vías,
llegaba a la misma conclusión, pero quizás
con mayor enriquecimiento que los otros estudiantes.
No fui una buena estudiante, pero sí una
persona con inquietudes y curiosidades.
HP:
En una entrevista dijiste: “todavía no
me he reconciliado con el gremio de la literatura”.
¿Puedes ahondar sobre esto?
ZV:
(Hace una pausa para beber agua) Yo nunca he sido
de gremios, ni en Cuba pertenecí al mundo
de los escritores; siempre fui más del
medio del cine. Creo que es iluso pedirles a los
escritores latinoamericanos que se unan, que formen
grupo, porque esto no se les pide a los escritores
europeos ni norteamericanos. Cada escritor es
un mundo y no veo por qué tenemos que convivir.
Hay momentos difíciles en los que tenemos
que unirnos como, por ejemplo, cuando me uní
a Juan Gelman después que solicitó
firmas para el reconocimiento de su nieta, aunque
en muchas ocasiones la solidaridad no ha sido
mutua, pues a veces he pedido colaboración
para una causa cubana y no me han respondido.
No estoy hablando de Juan Gelman, quien es un
gran caballero y un gran poeta. Hay momentos importantes,
sociales y políticos, en que los escritores
debemos unirnos, y después cada cual por
su lado y que cada uno haga su obra, y que nos
leamos, eso es lo que cuenta. A mí no me
interesa participar en mesas redondas ni en chismorreos,
tampoco me interesa escuchar opiniones negativas
para verme obligada entonces a dar opiniones negativas
sobre un escritor. Creo que lo más importante
para un escritor es el tiempo de duración
de su obra, es decir, lo que quede para la posteridad,
y de eso no nos vamos a enterar nosotros, sino
los que vengan detrás. Hay que trabajar
con autenticidad, con sinceridad, para quedar,
en vez de estar en los mundillos de quítate
tú para ponerme yo.
HP:
¿Cómo seleccionas los temas sobre
los que escribes?
ZV:
(Hace una pausa para meditar y beber un poco de
café) Puede surgir de una palabra, de una
frase que alguien me dice. Por ejemplo, mi mamá
se pasó la vida diciendo “mi vida es una
novela, mi vida es una novela” y de ahí
salió Te di la vida entera. Acabo de escribir
una noveleta para Gallimard que surgió
de las conversaciones que escucho cuando me siento
en una terraza de París, pues a veces pasa
una persona y dice algo, y otros dicen otras cosas,
y en el fondo hay una mendiga en una esquinita
con la mano extendida. Todos están viviendo,
mientras ella mira a la gente vivir y permanece
sentada en una esquina esperando una limosna.
De esa visión salió la noveleta.
HP:
¿Y Milagro en Miami?
ZV:
Milagro en Miami es la historia de Ivelin, una
modelo que vive en Miami. No es la vida de ella,
sino una historia inspirada en lo que le ocurrió
a ella y a su familia. Fue durante una fiesta
en casa de Bobby París, la primera vez
que vine a la Feria Internacional del Libro en
Miami, y se me acercó esta señora
y me dijo: “si te contara lo que he pasado; mi
vida es una novela”. Y cada vez que me dicen esa
frase, digo: ahí está la novela.
HP:
¿Cuáles son los escritores que mayor
influencia han tenido sobre ti y tu obra?
ZV:
¡Dios Santo! Mi formación y mis influencias
son vastas, pero caóticas. En Cuba leí
hasta el Manual de Konstantinov... Todo está
muy mezclado y convoyado, como decimos los cubanos.
Por ejemplo, cuando Carpentier era el director
del Instituto del Libro en La Habana se publicaron
libros buenos aunque censurados. En Moby Dick,
por citar uno, todas las evocaciones de Dios fueron
censuradas. Si comparas una edición cubana
de aquella época y la versión real
del libro, te vuelves loco, es increíble.
En cuanto a influencia, creo que Kadafis, Pessoa,
Anais Nin, Carson MacCuller, Lezama Lima, Marcel
Proust. Yo leí los siete tomos de Proust
acotados por Lezama, es decir, la edición
de Lezama. Eso para mí fue muy enriquecedor.
Pasé como dos meses en una especie de trance,
con fiebre y todo, leyendo a Proust. Leí
a Faulkner muy tarde, aunque es un escritor que
hoy me gusta mucho. El pensamiento de Octavio
Paz es importantísimo para mí, pues
supo como nadie aclarar muchas cosas. Sin embargo,
yo soy una escritora influida por la poesía
más que por las novelas.
HP:
¿Tuviste la oportunidad de conocer personalmente
a Reinaldo Arenas?
ZV:
Lo vi dos veces en Cuba, en dos momentos precisos
y cortos. No éramos amigos, pero lo admiraba
mucho. Nuestros encuentros fueron siempre algo
cómicos. Eramos casi vecinos, él
vivía en Monserrate y yo vivía en
Empedrados, entre Villegas y Monserrate, y la
ventana de mi aula en el preuniversitario daba
al edificio de él. Yo me sentaba al lado
de la ventana para poder mirar para la calle y
siempre lo veía salir. Una noche, estábamos
un grupo de estudiantes haciendo lo que hacen
los jóvenes: riéndonos y bebiendo
ron a escondidas, y Reinaldo salió con
un muchacho de su casa y en la escalera se armó
un forcejeo entre ellos. Nosotros nunca habíamos
visto una foto de Reinaldo Arenas en un periódico,
pero uno de los muchachos del grupo nos dijo:
“ese es el autor de Celestino antes del alba,
un libro que había pasado rápidamente
por nuestras manos, y todos nos quedamos sorprendidos.
Figúrate, veíamos a este hombre
a diario y no sabíamos quién era.
Mucho tiempo después, yo iba caminando
con Manuel Pereira, mi primer marido, y Alfredo
Guevara por la calle Villegas y nos encontramos
con Reinaldo, que estaba con un amigo suyo. Alfredo
se para y le pregunta que si le gustaría
unirse al ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria
Cinematográfica), pues era una época
en que Guevara, maquiavélicamente, estaba
tratando de atraer gente que había tenido
problemas con el gobierno para el ICAIC. Pero
Reinaldo le contestó categóricamente
que no le interesaba. Dos meses después
se fue de Cuba por el puerto del Mariel y cuando
lo supe me alegré mucho.
HP:
¿Qué futuro le ves a la literatura
latinoamericana?
ZV:
Es que la literatura latinoamericana tiene la
suerte de tener pasado, presente y futuro, es
decir, que con su pasado maravilloso, el futuro
es impresionante. A mí me interesa todo,
pero mucho más lo que se está haciendo
hoy porque creo que hay un nivel de honestidad
sin compromisos políticos, un nivel de
sinceridad poética y de sentimientos, como
es el caso de Pablo Azócar, Hernán
Herrera Letelier, el mismo Luis Sepúlveda,
Carmen Boullosa o Paco Rebolledo, un escritor
mexicano del que se habla poco, pero que tiene
una gran fuerza de palabra. A veces, hay escritores
españoles que tienen mucho éxito
—conste que podría ser perjudicial que
dé esta opinión— y, sin embargo,
su lenguaje es bastante simple, una estructura
de sujeto, verbo y predicado; pero lo que está
pasando en la literatura latinoamericana es un
regodeo sensual de metáforas completamente
locas y, al mismo tiempo, reflexivas. Hay cosas
muy interesantes que están ocurriendo en
el lenguaje y están probando una vez más
que el castellano es una lengua que permite una
extraordinaria riqueza. Eso, viniendo de América
Latina, creo que será muy enriquecedor
para el futuro de la literatura.
HP:
¿Cómo te ves dentro de los escritores
contemporáneos? ¿Crees que has marcado
un hito dentro del panorama literario actual?
ZV:
Yo nunca hago esa reflexión ni trato de
verme. Me siento, ante todo, una eterna lectora
y estaré aprendiendo siempre. Pero sí
me doy cuenta que desde Sangre azul hasta la fecha
he pasado por etapas de exorcismos, satanismos,
momentos de mucho temor conmigo misma y mi obra,
de mucha soledad, y creo que eso es parte del
cuestionamiento del escritor, que hay que vivirlo
con fuerza para no estancarse y quedarse en lo
mismo. La nada cotidiana fue una novela que impactó
y que ha sido traducida a veinte y tantos idiomas,
y ha llegado a gente que ni imaginaba que podría
llegar. Estoy muy agradecida al público
porque ha comprado ese libro y le gusta lo que
escribo; pero creo que la posteridad también
puede ser muy cruel.
HP:
Tu carrera ha sido una línea ascendente
de éxitos. ¿No te da miedo que un
día la gente te deje de leer?
ZV:
Esos miedos existen, pero porque la gente me deje
de leer, yo no dejaré de escribir. ¿Cuántos
escritores hay que injustamente no son leídos
y sin embargo siguen escribiendo?
HP:
¿Cuál es tu opinión sobre
los concursos literarios? ¿Consideras que
vale la pena que los escritores noveles participen
en ellos?
ZV:
Creo que sí. Yo participé en muchos
concursos. Por ejemplo, con Respuestas para vivir,
un libro de poemas, gané un premio en México
cuando era absolutamente desconocida. Incluso,
la noticia de que había ganado la dieron
en Costa Rica diciendo: “José Valdés
ganó el premio con su libro Respuestas
para vivir”. Y yo me decía, caramba, qué
coincidencia. Como tres o cuatro meses después
fue que me localizaron porque buscaban a José
Valdés en vez de a mí… (risas).
Creo que es muy importante participar en concursos,
pues ilusiona mucho y es parte de la vida del
escritor desconocido que está buscando
un Mecenas y está lleno de esperanzas,
algo que es esencial para un escritor. Luego,
si gana, es mucho mejor.
HP:
Muchos escritores desarrollan hábitos a
la hora de escribir. ¿Tienes algún
ritual, manía, horario preferido?
ZV:
Mi horario preferido es entre nueve de la noche
y cuatro de la madrugada. No es que lo haya escogido
por capricho, es que durante el día tengo
muchas cosas que hacer y en la noche es cuando
más sola y tranquila estoy. Para escribir
tengo que tener cosas familiares a mi alrededor.
A mí no me molesta que Luna, mi hija, me
esté conversando, pues no soy una escritora
que tenga que cerrar la puerta y encerrarme. Creo
que eso tiene que ver con el hecho de que desde
chiquita siempre viví en un cuarto con
mis familiares y, aunque ahora tengo mucho espacio,
pues vivo en un apartamento inmenso, necesito
saber que hay gente a mi alrededor. Esa es mi
única manía, ya que, por otra parte,
puedo escribir y concentrarme en cualquier lugar.
HP:
¿Cómo logras esa primera frase cuando
te sientas ante el papel o la pantalla de la computadora
en blanco?
ZV:
Las primeras frases las escribo mil veces en mi
mente. Ya cuando me siento voy a lo seguro, sobre
todo cuando se trata de una novela. La poesía
es diferente, llevo cuadernitos en la cartera
y voy escribiendo aquí y allá, y
entonces voy recortando, agregando y puedo pasarme
uno, dos años, hasta una década
en un poema, y dejarlo olvidado hasta un día.
Tengo cuatro libros de poesía y de mi poesía
se habla muy poco. Eso me produce mucha tristeza,
mucha angustia, pues comencé escribiendo
poesía y me siento, ante todo, poeta. Espero
que la posteridad me reconozca y, si es que existe
el más allá, trataré de hacer
un guiño para que se den cuenta de que
estoy feliz. Por ejemplo, ahora tengo este libro,
Breve beso de la espera, que empecé a escribir
en 1983 y saldrá este año bajo el
sello Lumen), tiene poemas bastante viejos y los
he ido retocando con el tiempo.
HP:
Tu hija tiene ocho años. ¿Qué
le pareció el libro que escribiste para
niños?
ZV:
(Su mirada se aviva) Lo leyó, pero estaba
muy chiquita todavía. Cuando ella tomó
conciencia, hasta dónde un niño
puede tomarla, de la importancia de ese libro
fue cuando el profesor de su escuela me pidió
que fuera con la ilustradora de la edición
francesa para presentarle a los niños cómo
se hace un libro. Las preguntas fueron geniales.
Recuerdo un niñito que levantó la
mano y dijo: “señora, pero ¿cómo
usted puede hacer tantas veces el mismo libro?
¿Cómo pone las letricas así
juntitas?” Bueno, ése fue el inicio, luego,
hicieron preguntas increíbles. Pero lo
simpático fue que al final, Luna levantó
la mano y preguntó que para qué
servía escribir libros, es decir, que después
de las preguntas maravillosas que hicieron los
demás niños, ella lo desbarató
todo en un segundo… (ríe). Fue muy bonito,
es uno de los libros que más ternura me
ha hecho experimentar.
HP:
¿La niña tiene algún tipo
de inclinación literaria?
ZV:
La niña escribe unos poemas muy lindos,
pero de momento es rapera, le gusta cantar. Pero
hizo un poema en francés muy bonito que
dice así: en el mundo hay un país,
en el país hay una ciudad, en la ciudad
hay una calle, en la calle hay una casa, en la
casa hay un cuarto, en el cuarto hay una cama,
en la cama hay una almohada y en la almohada hay
un libro. Cuando me enseñó ese poema
le dije: Luna, vas acabar conmigo!
HP:
Alejo Carpentier escribió en francés
y Cabrera Infante lo hizo en inglés. ¿Piensas
escribir en otro idioma que no sea el español?
ZV:
No, por el momento. He escrito pequeñas
cosas en francés, como poemas y cuentos
cortos, pero prefiero el español. Hay escritores
que han escrito en otros idiomas, Alejo Carpentier
sólo escribió articulos en frances,
a diferencia de Guillermo, que escribió
un libro,
y me inclino ante eso, pero a mí me interesa
mi lengua, que tiene grandes proporciones y mundos
infinitos. Me gusta estudiar mi idioma, con toda
su rudeza; me interesa desde Mújica Laínez
hasta un carretonero o un estibador de muelle.
HP:
¿Hay planes de llevar alguna de tus obras
al cine?
ZV:
Hubo dos intentos, uno con Vicente Aranda, y con
La nada cotidiana hubo rumores de que Martin Scorcece
la haría, pero en ambos casos se querían
hacer las filmaciones en Cuba y nunca les dieron
el permiso ni se lo darán, y a mí
tampoco me interesa si estas son las condiciones.
Creo que el cine brinda tremendas oportunidades
de comunicación con el espectador y puede
convertir lo que uno ha hecho en otras imágenes
creativas, un lenguaje que me interesa mucho y
estaría encantada de que se llevaran al
cine.
HP:
Si Cuba diera el permiso para que filmaran una
obra tuya en su territorio, ¿viajarías
allá para participar en el rodaje?
ZV:
No, no, no, eso ni me lo cuestiono. Para mí
está claro que no visitaré la tierra
cubana mientras ese dictador, ese monstruo que
gobierna a Cuba ahora no haya desaparecido. Esta
es una decisión personal y respeto la opinión
de los demás. No me interesa ir a mi tierra
a sufrir. Además, tengo la llaga muy sensible,
pues hace sólo siete años que salí
de Cuba y no estoy dispuesta a sufrir más
humillaciones.
HP:
Sin embargo, durante la época en que viviste
en Cuba trabajaste para el ICAIC y para la Embajada
de Cuba en Francia. ¿Esos puestos no requerían
de la confianza y aprobación del gobierno
de Castro?
ZV:
Yo salí a los 23 años hacia Francia
con Manuel Pereira, mi marido y escritor, con
quien había convivido cuatro años
antes de casarnos. Esta persona formó parte
del equipo de Alfredo Guevara en un momento en
que la película Cecilia Valdés provocó
una situación caótica en Cuba y
le costó el puesto a Guevara, quien entonces
fue nombrado, para alejarlo del ambiente cultural
cubano, como embajador de Cuba ante la UNESCO.
A Manuel lo nombraron primer secretario de la
misión de Cuba ante la UNESCO, no era la
Embajada de Cuba, y me dijo que se iba probablemente
por cuatro años y quería que nos
casáramos, pues no se podía ir soltero.
Tenía miedo de que le pusieran a una mujer
para que le sacara información. Y por supuesto,
entre cargar cubos de agua en la Habana Vieja
e irme a París con el hombre que amaba,
me fui a París después de casarnos.
Allí descubrí todo un mundo. Para
mí París fue mi verdadera universidad
porque descubrí que el mundo no era el
que nos habían enseñado en Cuba.
Allí tuve amigos latinoamericanos que me
dieron mucho y con quienes también sostuve
violentas polémicas porque, aunque como
mujer de un diplomático tenía que
defender algunas cosas, mi discurso era otro.
Yo soy una persona que siempre he hablado claro.
En Francia ocurrieron sucesos, como haber quitado
una foto gigantesca de Fidel Castro, que le molestaba
a ciertos visitantes de la UNESCO cuando entraban
en mi oficina, así como haberme enamorado
de otro hombre y haber cambiado de marido, como
se dice vulgarmente. Todo esto hizo que me sancionaran
tres meses a trabajar cargando latas de películas
y haciendo el trabajo de una secretaria. En el
año 1989 regresé a Cuba, estuve
desempleada bastante tiempo y después trabajé
cuatro años en el ICAIC gracias a un amigo
que me respetaba mucho y que respetaba mi poesía,
que no era conocida en Cuba, pero que él
había leído. Pepe Horta, que así
se llama este amigo, me invitó a trabajar
como acompañante de personalidades que
venían al Festival de Cine de La Habana,
sobre todo franceses porque yo hablaba francés.
Esto lo hice sin contrato y sin recibir un sueldo,
era la forma de vincularme al medio para poder
pasar a otra rama. Después fui consejera
literaria de guiones, sin percibir salario, hasta
que probé que yo podía aspirar a
un contrato y entonces fue cuando Pepe me propuso
como redactora en jefe de la revista Cine Cubano.
Fueron cuatro años y quiero aclarar que
para el gobierno cubano trabajamos todos, pues
en Cuba todo el mundo es funcionario del gobierno
cubano. Mucha gente dice de manera peyorativa
que Zoé Valdés fue funcionaria del
gobierno cubano, pero en Cuba nadie trabaja para
una empresa independiente, salvo el gobierno,
que es la empresa independiente. Mi trabajo consistía
en recoger los artículos para Cine Cubano,
pasárselos a Alfredo Guevara que los leía
y los censuraba, y después tener un censor
del ICAIC, que era un policía de la Seguridad
del Estado, que también leía lo
que se iba a publicar sin saber lo que era el
postmodernismo o quién era (Akira) Kurosawa,
y que quitaba lo que le pareciera. Yo no tenía
libertad para decidir.
HP:
¿Alguna vez te has sentido atacada por
la prensa europea o latinoamericana?
ZV:
La europea no, pero la prensa latinoamericana
sí. Han habido versiones sobre mi persona
que no son reales y esto viene directamente de
las personas que manipulan las informaciones en
Cuba. Por ejemplo, han dicho que he sido funcionaria
del castrismo, han querido dar la imagen facilona
de la acomodada. A mí nunca el gobierno
cubano me dio casa ni carro, como hizo con otros
escritores, y no lo hubiera aceptado tampoco.
Prefería irme en bicicleta o a pié
a mi trabajo, como lo hice muchas veces, y no
es cuestión de falsa modestia porque yo
no era nadie, a mí no me conocían
en Cuba. Pero no quería estar metida en
ese mejunje de agradecimiento y de tener que pactar
por un carro o una casa.
HP:
¿Mantienes algún tipo de vínculo
con escritores y otros intelectuales de “Aquella
Isla”?
ZV:
Bueno, cuando estaba en la Isla lo tenía
muy poco, así que al no estar allí…
Mantengo relaciones con la obra, con los pocos
familiares que dejé allá y con los
amigos que me quedan. Lo que más me interesa
en estos momentos de la cultura cubana es el mundo
clandestino de las bibliotecas independientes.
Me gustaría que en una feria del libro,
como la de Madrid, o que en un salón del
libro de París, le dieran un reconocimiento
internacional a este fenómeno, que la gente
supiera que existen bibliotecarios independientes
en Cuba que han sido perseguidos, que se han quemado
libros en la calle, que han sido desalojados de
sus casas por el único hecho de darle un
libro a otra persona. Creo que a estos bibliotecarios
independientes hay que reconocerlos.
HP:
A menudo se dice que los escritores cubanos, y
en general los latinoamericanos que viven en Miami
tienen pocas oportunidades de ser reconocidos
internacionalmente debido a la mala fama que la
ciudad y el exilio cubano tienen en muchos países.
¿Crees que podrías ayudar a cambiar
esta imagen y a promocionar a tus compatriotas
y a otros talentos latinoamericanos, digamos,
en casas editoriales españolas?
ZV:
Ya lo he hecho. Cuando vine a la Feria del Libro
de Miami en el año 1997, mi editor en aquel
momento iba a la Feria de Guadalajara que coincidía
con la de Miami, y yo le dije: tienes que ir a
la Feria de Miami porque hay muchos escritores
cubanos y latinoamericanos en aquella ciudad que
no conoces. Y mi editor desvió el rumbo
y vino a Miami. En casa de Bobby París
se hizo un encuentro con escritores cubanos en
Miami, donde asistieron mi editor y Reinaldo Bragado,
entre otros. Posteriormente, mi editor, Pepe Horta
y yo dimos una fiesta a los escritores de Miami
en Café Nostalgia. Por ejemplo, ya edité
a Pepe Triana en francés, un libro de relatos
titulado Cinco mujeres, salió en mi colección
de Actes-Sud que hago con Alzira Martins, allí
publiqué Irlanda de Espido Freire, Natalia
de Pablo Azócar, Los domésticos
de Gustavo Bossert, y La ruta del mago de Carlos
Victoria. Estoy intentando publicar a Clara Obligado;
pero también sucede que yo tengo mi vida,
mi obra y no dispongo de mucho tiempo. No puedo
dedicarme a todo porque no soy un Mecenas, ojalá
lo fuera y tuviera mucho dinero para poner mi
editorial y publicar a los escritores que quiero
y admiro. También hay que tener en cuenta
que la primera novela no siempre vende. Por ejemplo,
de Sangre azul, que fue mi primera, sólo
se vendieron unos dos mil ejemplares, y a veces
uno publica dos y tres novelas y no vienes a dar
el palo hasta la quinta, la sexta o la séptima,
todo depende del talento del escritor y de otros
factores. Entonces, me da dolor y angustia con
esos escritores, porque yo también tengo
una obra que hacer.
HP:
¿Crees que haya rechazo o resistencia por
parte de las editoriales españolas hacia
los escritores de Miami?
ZV:
No creo que haya rechazo, creo que hay ignorancia,
que desconocen el talento que hay aquí.
HP:
¿Te ha resultado fácil manejar la
fama?
ZV:
Sí, porque yo no he vivido la fama. Tengo
mis programas de promoción cuando sale
un libro, los cumplo estrictamente, voy a todas
las conferencias y actividades. Trato de cumplir
con todo lo que me he comprometido en el contrato,
trato de ser lo más profesional posible
y luego me retiro a vivir normal en mi casa. París
te brinda un refugio, una intimidad que a mí
me interesa mucho.
HP:
¿No te para la gente por la calle?
ZV:
Sí, pero la gente suele ser muy amable
con los escritores. Se portan muy diferente de
como lo hacen con los artistas, los cantantes,
las vedettes. Sólo una vez me sucedió
algo comiquísimo. Yo acababa de mudarme
para el barrio donde vivo ahora, que es un barrio
de artistas, intelectuales, músicos y bohemios,
y tenía cosas urgentes que despachar por
correo y me iban a cerrar las oficinas. Bueno,
estaba en mono de jogging y me puse un abrigo
por encima, pero no me di cuenta que tenía
las pantuflas puestas, y llego al correo, hago
la cola y cuando me toca, la señora del
correo, muy puesta ella, me mira y me dice: “¿y
usted es Zoé Valdés?” ¡Con
una cara de decepción! Otra anécdota
muy simpática me ocurrió aquí
en Miami. Yo estaba en la librería La Universal
viendo unos libros y, de pronto, entra un señor,
un mulato divino, precioso, y le dice a Juan Carlos:
“oye, dame el libro ahí de Te di la vida
entera”, y contesta Juan Carlos: “mira que suerte
tienes porque la autora está aquí
y te lo puede firmar”. Y el tipo empieza a buscar
por toda la librería con tremendo aguaje
y pregunta: “¿dónde está
la autora?” Y le dice Juan Carlos, “es aquella”;
y el tipo se me acerca y me dice: “¿tú
eres Zoé Valdés? Ay, chica, yo te
imaginaba con unas tetas grandes, tremendo culón,
una mulatona rica”. (Zoé termina la frase
con una carcajada).
HP:
¿Te sientes realizada como escritora?
ZV:
La escritura te convierte en una especie de esclavo
de ti mismo y siempre estás indeciso. No
hay momento más terrible para mí
que cuando el libro sale y, una vez editado, empiezo
a leerlo para detectar una coma que se me fue
y todo eso.
HP:
Entonces tú actúas a la inversa
de otros escritores que no vuelven a leer el libro
una vez que está publicado.
ZV:
Siempre lo leo por una razón muy terrible
que, por ejemplo, me ocurrió con Milagro
en Miami. Me mandaron las correcciones y lo devolví.
Ya había tenido problemas con el corrector
porque le había dicho que no me cambiaran
las expresiones. Cuando yo digo teta de yute quiero
decir teta de yute, no me pongan tetera de yute;
o cuando pongo una coma en un lugar donde no va
es porque en algún momento he dicho que
ese personaje es gago, entonces esa coma la necesito
aunque esté mal puesta. Pero en este caso
el corrector volvió a cambiar lo que ya
yo había corregido.
HP:
¿Muy difícil lidiar con las editoriales?
ZV:
No. Tengo la suerte de que siempre he tenido buenos
editores. El problema es que hay personas que
han sido formadas como filólogos. Yo estudié
filología y los entiendo, pues la formación
del filólogo te puede frenar la escritura
y las travesuras que uno hace inconscientemente
con el lenguaje.
HP:
¿Te gustaría cerrar nuestra charla
con algún pensamiento, algo que se te haya
quedado por dentro?
ZV:
Bueno, creo que ésta ha sido una de las
entrevistas más completas de mi vida, donde
he dicho cosas muy importantes que quería
decir.
Miami,VI. 2001
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