
Cientos
de miles de cubanos peregrinaron ayer hasta
el Rincón, en las afueras de La Habana,
para rendir tributo a San Lázaro, una
deidad de creación popular que los católicos
identifican con el San Lázaro Obispo
y los santeros con el Babalú Ayé.
Caminando de rodillas sobre el asfalto, en una
mano un puro, en la otra una vela, Roely Román,
de 18 años, cumple su promesa, la misma
desde que tiene siete años y que su madre
hizo por él.
Bajo un intenso sol se le hacen interminables
los casi 30 metros que lo separan del portón
de hierro y las puertas de la pequeña
ermita del Rincón, que junto a un leprosorio,
es el principal lugar de devoción a San
Lázaro, en las afueras de La Habana.
Ataviado con las ropas que le hizo su madre
con tejido de yute, Roely llegó al santuario
la mañana del 17 de diciembre, poco antes
de que el cardenal Jaime Ortega oficiara una
misa ante miles de feligreses.
''Tengo un riñón más pequeño
que el otro. Cuando bajé de la guagua
(autobús), se me perdió mi perrito
y tampoco veo a mi mamá, tengo que hacer
esto solo'', dice a la AFP mientras avanza lentamente
a su destino, el altar de San Lázaro.
Colmado de flores de todos los colores, la imagen
del santo u orisha (deidad de los cultos de
origen africano), representado en un enjuto
mendigo en harapos, con barbas y muletas, martirizado
por grandes llagas en su piel, lamidas por dos
perros, es el centro de un hormiguero humano.
Cientos de fieles se estrujan para poder entregar
su ofrenda: un habano, un trago de ron, una
vela de color morado o un saquito repleto de
monedas reunidas durante todo el año.
En medio del bullicio un golpe seco se escucha
junto a una de las columnas cercanas al altar.
Abstraído, un hombre de sombrero de paja,
con sus zapatos colgando del cuello y vestido,
igual que Roely, con un pantalón hecho
de yute, golpea contra el piso su bastón.
A San Lázaro se le atribuyen propiedades
curativas de la lepra, el sida, la viruela,
cólera, problemas gástricos, úlceras,
gangrenas, embolias, parálisis, erisipelas
y amputaciones.
A muchos con esos padecimientos se les ve junto
a un plato en espera de una moneda en las afueras
de la ermita, visitada por el papa Juan Pablo
II durante su histórico viaje a Cuba
en enero de 1998.
Roely estuvo allí hace siete años.
Lo trajo su mamá. El está a punto
de llegar a las puertas de la ermita y su madre
no aparece. A Chicho, su perrito, ya no tiene
esperanzas de volverlo a ver.
Esta vez todo fue más duro. Aún
no sabe cómo va a regresar a su casa,
ubicada a unos 40 kilómetros del lugar.
Quizás el otro año la experiencia
no sea tan cruel. Su promesa, así lo
quiso su madre, deberá pagarla hasta
que muera.