
Por
José Hugo Fernández
Requerir
los servicios de un plomero, un electricista,
un soldador, un carpintero o un mecánico
resultó tarea angustiosa entre los cubanos
durante toda la década de los setenta y
gran parte de los años ochenta. Fueron
tiempos de tinieblas para el oficio en Cuba.
La
cifra de quienes se desempeñaban en tales
menesteres se había reducido al mínimo
ante la prohibición de ejercerlos en la
forma acostumbrada, que es también su forma
más racional y eficaz, o sea, a través
del trabajo por cuenta propia.
Así,
pues, al público demandante no le quedaba
otro remedio que atenerse a las ofertas que extendía
el Estado (sólo para unos pocos servicios)
en establecimientos llamados "consolidados",
donde —encima de soportar largas colas y una pésima
atención, generados por una estructura
burocrática infernal— debía sufrir
las chapucerías de "técnicos"
deficientemente preparados y además apáticos,
que no recibían más estímulo
que un sueldo de hambre a cambio de su excesiva
faena, por lo cual tiraban a mondongo el oficio.
En
poco menos de tres décadas, había
quedado hecha añicos una tradición
de siglos. Siempre los oficios se asumieron aquí
como auténticos patrimonios familiares,
con particularidades y secretos que se traspasaban
de padres a hijos, con una dedicación y
un empeño por imponer la calidad como crédito
que, aunque no estaban recogidos en reglamentos
formales, ni aparecían escritos en consignas
para el mural, ni eran supuestamente controlados
por administradores chupatintas, se cumplían
con rigor y ética que hicieron tradición.
Sin
embargo, el afán totalitario de monopolizar
cada acto, cada virtud y aun cada posible necesidad
de las personas, anuló también lo
esencial del oficio, que es el espíritu
emprendedor de quien lo desempeña y su
disposición competitiva.
Mareando
la perdiz
Cuando
en los años noventa, obligado a distraer
la perdiz con la introducción de livianas
reformas económicas, el régimen
volvió a soltar un tanto las ataduras al
trabajo independiente, los oficios habían
padecido en la Isla su letargo triste y entorpecedor.
No
obstante, las casas volvieron a ser visitadas
de inmediato por colchoneros, albañiles,
pintores de brocha gorda, reparadores de fogones
o de equipos electrónicos, entre otros;
mientras que en cualquier cuchitril en desuso
surgía un taller. Es verdad que ya no estaban
todos lo que eran y que tampoco eran todos los
que estaban, pero al menos dispusimos nuevamente
del concurso de gente agenciosa, con sinceras
ganas de arreglar lo descompuesto.
La
exitosa vuelta a este ejercicio de la iniciativa
individual podría medirse no sólo
por sus resultados en el orden concreto, que hoy
aparecen a ojos vista, sino además por
la incomodidad y hasta el abierto rechazo que
casi desde los primeros días provocó
en el régimen.
Muy
pronto, los practicantes de oficios por cuenta
propia empezaron a ser criticados en comparecencias
oficiales. Se les acusó de no cumplir lo
establecido para el otorgamiento de licencias,
se dijo que ganaban demasiado dinero (para el
gusto de quien lo decía), e incluso fueron
tildados de infractores de la ley.
A
la hora de legalizar tales actividades, el aparato
estatal no tuvo en cuenta que éstas demandan
el apoyo de una infraestructura que garantice,
cuando menos, la compra de herramientas y materiales
imprescindibles para su realización.
Si
quien ejerce el oficio no dispone de un mecanismo
por el que pueda adquirir legalmente lo que necesita,
entonces quedan servidas en bandeja las premisas
para que se remedie el problema mediante maniobras
ilegales. Es algo tan obvio, que tienta a la sospecha
de que fue hecho adrede, previendo el fracaso
de la empresa, por falta de medios, o previendo
quizás el argumento de la violación
de la ley como pretexto para volver a prohibir
el trabajo independiente, tan pronto estuviesen
dadas otra vez las condiciones.
Ahora
resulta que a los cargos (graves por sí
solos) que se aducían en contra de quienes
desempeñan oficios en forma independiente,
se ha sumado otro que amenaza con ser decisivo,
fulminante. Se les acusa de derrochadores de energía
eléctrica, justo en un momento en que el
país, dicen, está acentuando la
lucha por el rescate de su estabilidad económica,
ni más ni menos que en el plano del ahorro
y del enfrentamiento a las ilegalidades.
El
Oficio de Tinieblas que se eleva al cielo mediante
las cotidianas peroratas del régimen induce
a temer un nuevo período de tinieblas para
el oficio en Cuba.
Primero,
rompieron la tradición. Luego, ganaron
tiempo disponiendo que reapareciera, pero bajo
condiciones adversas y propicias para torcer su
real sentido y su importancia. Finalmente, la
estigmatizan como corruptora y nociva para los
intereses del país, con el claro propósito
de darle el tiro de gracia.
Una
vez más, estamos ante el cerrado círculo
totalitario, la serpiente que se muerde la cola.
Y una vez más, con su mordida, la serpiente
logrará envenenar a todos los que le rodean,
en tanto ella apenas queda hipnotizada.
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