
Jorge
Olivera Castillo
Las primeras víctimas del zarpazo "revolucionario"
no fueron quienes le pusieron a sus objeciones
pasión y decibeles Ya en el cadalso se
balanceaban pálidos e inermes los derechos.
Abajo, la muchedumbre, los aplausos, una marea
de júbilo, un trance de ingenuidad, almas
perdidas en las malezas del entusiasmo como infantes
crédulos y gentiles.
Allí
estaba la mayoría delante del discurso,
a merced de las profecías y ajena a los
balbuceos agónicos de las libertades. Detrás
de las tribunas, las sogas columpiándose
con esos cadáveres todavía frescos.
A unos metros de las prédicas, el olor
a muerte.
Pocos
lo advirtieron. El éxtasis del triunfo
había hecho trizas el entendimiento.
Era
la fiesta del instinto, el despliegue de la frivolidad
a cuenta de las promesas que dibujaba en el aire
una ideología de aires, en apariencia místicos
y futuristas.
La
dictadura con rostro de ángel, planeando
su ruta. Al fondo, los derechos en el dogal, listos
para el enterramiento, la tolerancia rota sin
remedio, herida con el filo de la impunidad, la
nación. Aquí continuamos después
de 47 años desandando sobre la patria que
un Partido amarró como a un asesino en
serie. ¿Un secuestro, un suplicio, el acto
requerido ante una situación de peligro?.
Me inclinaría por las dos primeras. Lo
digo asaltado por la experiencia.
Yo
he visto el tono gris del dolor, he notado la
densidad del abuso; el estremecimiento ante las
iniquidades es un retrato esculpido en mi conciencia.
Por eso puedo disertar sobre las sensibilidades
en quiebra, de los miedos sueltos como fieras
insaciables, de la desesperanza torciendo el cuello
de inocentes, y también de la paz crucificada
en un poste de madera, irreconocible y en las
neblinas del olvido.
La
Patria sufre, se retuerce con vistas a zafar los
nudos que la mantienen inmóvil. Es el mismo
padecimiento que enfrentan miles de sus vástagos,
sí, esos cubanos y cubanas que quieren
borrar la derrota de sus inventarios, que buscan
convertirse en enemigos mortales de las amarguras,
en soldados de la virtud y del respeto a los criterios
diferentes.
El
10 de diciembre es un arma formidable para matar
las sombras en una geografía que han colonizado
a perpetuidad. Este día la Declaración
Universal de los Derechos Humanos se viste de
gala, es el momento de recordar la valía
de sus preceptos reflejados escueta y certeramente.
Reflexionar,
tomar unos minutos de aliento en el escarpado
camino hacia la instauración de un estado
de derecho y retomar el legado de Ghandi, Martin
Luther King, José Martí y muchos
otros hombres que irradiaron luz sobre las tinieblas
debe ser, más que un deseo, una certeza,
un acto de fe, el compromiso a salvo de claudicaciones.
No
estoy solo en mis labores de rescate. El empeño
es suficiente para partir la soga con la que enlazaron
a la Patria. Aquí y en el mundo sobran
damas de ilustre valentía y caballeros
que se negaron a capitular ante la injusticia.
Pienso
en los derechos de la ciudadanía. En su
muerte brutal. En las cuerdas que propiciaron
el genocidio, fluctuando al compás de aquellos
discursos que anunciaban el paraíso.
A
pesar de todo, cierro el paso a las vacilaciones.
Lucho por devolverlos a la vida atándome
con fuerza al optimismo. Tengo en mi poder la
clave de la resurrección.
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