
Movilización
de policías en La Habana. (AP)
MANUEL
CUESTA MORÚA, Ciudad de La Habana
La
represión a la que me referiré no
es la de tipo político, la que ataca las
otras conciencias organizadas de una sociedad.
Quiero dialogar acerca de la represión
normalizada que ejerce la policía en cualquier
lugar del mundo frente al delito posible o de
hecho. Está claro que, como decía
Foucault, toda represión tiene un sustrato
político: en última instancia los
poderes reprimen la criminalidad que segregan
con sus malas y a veces nefastas políticas
públicas.
Esa represión normalizada ha adquirido
en la Isla un peligroso carácter antropológico.
¿Qué es un policía? Un funcionario
público que, inscrito en las instituciones
globales del Estado encargadas del orden, disuasión
y represión de los actos delictivos, ejerce
su función dentro de un territorio específico
y atendiendo exclusivamente a criterios de orden
legal y social.
Los Estados modernos evitan, por ejemplo, la policía
étnica. Esta existe desde luego en aquellos
países donde los Estados siguen, junto
a la continuidad territorial, una continuidad
étnica. Es lógico que en Ruanda
sea recomendable que los tutsis tengan una policía
tutsi y no hutu.
Fuera de esas consideraciones, la policía
tiene un carácter nacional y se organiza
en torno a las unidades administrativas del Estado:
municipio, condado, distrito, región, etcétera.
Teniendo en cuenta que su función disuasoria
corre pareja con su función represiva,
la policía se nutre, en parte, dentro la
propia comunidad donde actúa, para garantizar
la simpatía que puede proporcionar la convivencia.
Sin embargo, en Cuba se está dando el caso,
hasta ahora circunscrito a la capital, de una
policía antropológica que ejerce
su función atendiendo no tanto a las infracciones
visibles de las leyes, sino a criterios de comportamiento
cultural.
¿Meter en cintura a los habaneros?
La policía en La Habana no viene a cuidar
y restablecer, allí donde sea roto, el
orden público, sino a meter en cintura
a los habaneros. Como la talla de arrogancia de
los habaneros es de garrocha, se necesita una
arrogancia más o menos de altura similar
que lidie con el desorden cosmopolita de la capital.
Para ese propósito, los orientales son
los más aptos. Orientales según
la vieja división administrativa de Cuba,
que unifica, antropológicamente, a las
hoy provincias de Las Tunas, Granma, Santiago
de Cuba, Holguín y Guantánamo, y
que define, con la fuerza tradicional de su denominación,
la vieja rivalidad entre el Oriente y Occidente
del país, capitaneada desde siempre por
Santiago de Cuba y La Habana.
Debe haber en la capital policías de las
restantes provincias, seguro casi ninguno de Pinar
del Río y Matanzas, pero el grueso son
de las diversas provincias orientales.
¿Cuál es la distinción antropológica
del oriental? Que es un tipo aguerrido, que se
alza rápidamente, que no la piensa dos
veces y que está especialmente dotado para
la acción y reacción violenta que
se necesita en cuestiones de orden público.
En
esto hay de mito y también de realidad,
por lo que la vieja rivalidad entre dos aproximaciones
culturales diferentes se actualiza a través
de los mecanismos de represión, y más
que administración de justicia, se parece
todo eso a administración de venganza.
La proyección y expresión de muchos
policías en La Habana tiene más
de densidad cultural que de derecho.
Las consecuencias y mensajes que esta antropologización
de la policía están dejando son
extremadamente peligrosos. Ante todo, La Habana
no es menos caótica ahora, ni ha reducido
sus niveles de criminalidad. Más bien crecen.
Por otra parte, y esto es fundamental, la policía,
por sus orígenes, no se inserta en la comunidad,
sino que parece en cada barrio o comunidad un
ejército de ocupación diseminado
en territorio extraño; razón que
explica por qué la policía se vincula
más con los marginales en cada lugar que
con las personas probas y decentes de la comunidad.
La rivalidad cultural no resuelve los problemas
En otro sentido, se está alimentando una
histórica rivalidad regional y cultural
que atiza un conflicto bien y positivamente canalizado
a través del deporte, que no es más
que un juego.
Se está, también, alimentando la
imagen, totalmente falsa, de que todo lo oriental
significa vulgaridad, atraso, violencia, machismo
y pulsión vengativa hacia una capital abierta,
afeminada, viva para el negocio y la mentalidad
flexible, y preocupada por la cultura, el buen
vestir y las actividades superiores.
Si uno se atiene al hecho de que las personas
que vienen desde cualquier punto de las provincias
orientales para ejercer de policías son
las menos instruidas y educadas, la conclusión
de una joven quinceañera nacida y criada
en Miramar, blanca por demás, va a ser
una enteramente despreciativa y racista.
Por ese camino, las necesarias instituciones que
tienen que ver con el orden y la paz ciudadana
pierden fuerza, prestigio y capacidad de acción
en una ciudad absorbente como lo es La Habana.
Es nefasta la idea de que el orden se puede lograr
intimidando desde la diferencia, porque reproduce
la rivalidad cultural y no resuelve los complejos
problemas que, en cualquier ciudad del mundo con
más de dos millones de habitantes, se presentan
como desafío para ciudadanos y autoridades.
Para su eficacia, es imprescindible restituir
la idea de que la policía en Cuba tiene
un carácter nacional, no regional, y que
la delincuencia se combate con más fuerza
por la entidad, extensión y calidad del
crimen, no porque es cometido por el diferente.
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