
Por Manny Gonzalez
En
su libro “La Lupe, resurrección de una
cantante de 'soul', la escritora Mireya Navarro
recuenta que La Lupe, en el ocaso de su vida,
mientras daba su testimonio en una iglesia, hablaba
rápidamente y en staccato, a golpes de
energía, con una voz tan chillona como
la que utilizaba en sus canciones. “Me llamaban
'La Lupe', 'La Yiyiyi', 'La reina de la canción
latina'”, decía, y le contó a los
miembros de la iglesia que una vez había
sido rica y famosa, que había cargado abrigos
de visón, que tenía automóviles
de lujo y una enorme casa, pero entonces su vida
comenzó a desarrollarse en una cadena de
desgracias. Su marido se enfermó de la
mente y tuvo que acudir al gobierno para recibir
ayuda; mientras colgaba una cortina se cayó
y se lastimó la espalda; su apartamento
se quemó y ella y su hija acabaron en un
albergue para menesterosos. “A veces”, decía
La Lupe a la congregación en palabras que
se conservan aún en una cinta grabada,
“le preguntaba a Cristo Jesús, ¿por
qué había tenido que pasar por tanto
para poder encontrarlo?”.
La
historia de Guadalupe Victoria Yoli Raymond, “La
Lupe”, pudiera ser fácilmente un guión
para una película de Hollywood. Después
de todo, ¿no acaban de filmar una de la
vida de Muhammed Alí, otra del esquizofrénico
John Nash y una más que Whoopi Goldberg
quiere hacer sobre Celia Cruz? 
Nació
el 23 de diciembre de 1939 en San Pedrito, un
barrio de Santiago de Cuba, Oriente, tan pobre
y desconocido que si no fuera por ella nunca hubiera
aparecido en un mapa. Desde niña, Guadalupe
Victoria denotó su pasión por la
música. Ella prefería escuchar y
emular a Celia Cruz y a Olga Guillot que ir a
la escuela, pero su padre, un trabajador de la
empresa Bacardí que no toleraba su afición,
la obligó a estudiar para maestra mientras
actuaba al aire libre y en concursos radiales.
Ya casada, se instala en la capital, La Habana,
y se convierte en la cantante de “Los Tropicales”,
empleo que pierde por ser “incontrolable”, una
mulata visceral, impúdica y salvaje, lo
mismo dentro que fuera del escenario.
En
1960, “la Lupe” graba su primer disco, “Con el
Diablo en el Cuerpo”, durante el mismo período
que Fidel Castro y sus rebeldes tomaban total
control de la isla, y aunque su popularidad con
el pueblo iba en subida, su estilo, sensual y
agresivo, no era del gusto del nuevo régimen,
que quería que domara sus presentaciones,
por lo que la cantante, con mucho dolor, abandona
su tierra y busca la libertad a comienzos de 1962,
huyendo a México. De allí se traslada
a Nueva York y comienza a cantar en “La Barraca”,
un popular cabaret cubano en el centro de Manhattan.
Poco
tiempo después, el percusionista Mongo
Santamaría se entera, leyendo una revista
cubana, que la cantante a la que “ poseía
el diablo cuando cantaba” estaba en Nueva York.
Curioso, decide verla cantar en persona, y pronto,
la carcajada de “La Lupe” suena en uno de los
éxitos de más trascendecia del percusionista
cubano, “Watermelon Man”. En diciembre de ese
mismo año, Riverside Records lanza “Mongo
Introduces La Lupe” de cuyo disco salen los temas
“Besitos pa' ti”, “This is my mambo” y “Canta
bajo”, que le ganaron reconocimiento internacional.
“La Lupe” y Santamaría comienzan a actuar
juntos en los lugares de moda: el Apollo Theatre;
el Club Triton; el Palladium, etc., siendo ella
presentada como la estrella. Cuando Mongo se prepara
a salir de gira a Puerto Rico, “La Lupe” le informa
que ella no va por dos motivos: uno, que está
embarazada con la hija del vocalista Willy García,
con el que más tarde se casó, y
dos, que acaba de firmar un contrato exclusivo
para cantar con Tito Puente.
“La
Lupe” debuta con Puente en el Lowe's Boulevard
Theatre de Nueva York, y en 1965 lanzan el primero
de los tres discos que grabaran juntos para el
sello Tico: “Tito Puente Swings, The Exciting
La Lupe Swings.” Ese álbum vendió
más de 500,000 copias, pero la asociación
entre los dos no dudaría mucho. En 1968,
cansado de sus extravagancias y de sus locuras,
en medio de una grabación, Tito Puente
la despide. Ese momento quedó para siempre
grabado en el tema “Oriente”, donde “la Lupe”
canta “Ay, ay, ay, Tito Puente me botó”.
Tratando
de mantener en la cumbre a una de sus mejores
vendedoras, Morris Levy, presidente de Tico, convoca
a una presentacion en noviembre de 1968 en la
que, acompañado por la orquesta de Machito,
él mismo corona a “La Lupe” como “La reina
de la salsa” (la primera cantante que recibiera
ese pseudónimo), aunque después
de ese baile, la estrella fulminante de “la Lupe”
comenzó a extinguirse.
Aún
cuando continuamente aparecía como invitada
en los programas más populares de televisión,
como los de Dick Cavett, David Frost, Mike Douglas
y Merv Grifith, quien la adoraba, y aunque la
veíamos siempre en los periódicos
y las revistas hispanas, pocos se atrevían
a contratarla, debido a los rumores que siempre
circulaban acerca de su comportamiento: sus actitudes
violentas, su tendencia al vicio, su inestabilidad
y su falta de juicio.
Además,
Tico fue adquirido por Fania y ella no pudo integrarse
en el panorama de la salsa por dos razones: su
individualismo y su mala fama. La música
latina exigía que sus divas fueran fogosas
en el escenario pero moderadas en la vida privada.
“La Lupe” nunca pudo calificar en ese segundo
requerimiento, como cuando decidió desnudarse
durante una actuación para la televisión
de Puerto Rico o se retrató vestida de
blanco para que todos supieran que era santera.
La fotógrafa Teresa Gamboa cuenta que una
vez, mientras estaba siendo asaltada en su propio
estudio, se apareció “La Lupe”, invocó
a Changó, al Dios del fuego y formó
tal 'revolú' que los delincuentes, asustados...
¡se dieron a la fuga!
Como
solista, “La Lupe” vendió miles de discos,
actuó en el Carnegie Hall y hasta tomó
parte en una obra teatral: “Two Gentlemen From
Verona”, junto al actor Raúl Juliá.
Sus temas iban desde afrocubanas hasta rancheras
e incluso rock americano. Sin embargo, las canciones
que la hicieron famosa, “¿Qué te
pedí?”, “Puro teatro”, “La tirana”, “Amor
gitano”, “Lo que pasó, pasó” y,
desde luego, “Con el diablo en el cuerpo”, hablaban
de desventuras amorosas o romances equívocos.
Luis
Caballero, el director del documental titulado
“La Lupe: Mi vida, mi destino”, recuerda que cuando
era un adolescente quedó desconcertado
cuando la vio actuar en un pequeño club
en Puerto Rico. “Se quitó la peluca, tiró
los zapatos y se golpeó contra las paredes”,
recuerda. “Salía del escenario y regresaba.
No entendía por qué. Parecía
que estaba loca, pero a la gente le encantaba”.
La actuación impulsiva de “La Lupe” dio
lugar a muchos rumores, mayormente relacionados
con el uso de drogas. Sin embargo, sus amigos
más cercanos siempre lo negaron. Antonia
Rey, la actriz cubana que es la madrina de René
Camaño, el hijo de “La Lupe”, confiesa
que ella siempre cantaba así. “A veces,
había que darle oxígeno cuando salía
del escenario, porque no podía respirar.
Ella era demasiado intensa”.
Camaño,
hoy día asistente en un estudio de música
en Nueva York, ha estado tratando por largo tiempo,
junto con su hermana Rainbow García, de
recuperar los derechos de autor y las regalías
de su madre. Según él, lo que mucha
gente llamaba excentricidad en su madre era sólo
su manera de ser única. “Ella era una mujer
muy fuerte e independiente, pero también
fue una madre muy cariñosa que estaba adelantada
a su tiempo”. Y quizás tenga razón,
porque si leemos una entrevista que la cantante
le diera en 1971 a la revista “Look”, ella define
su popularidad de la siguiente manera: “Yo creo
que le gusto a la gente porque hago lo que ellos
quisieran hacer, pero no se atreven”.
“La
carrera de La Lupe”, dice Carmen Rivera, autora
del antes mencionado documental, “se fue a pique
debido a sus tragedias personales: el incendio
de su casa; una lesión en la espalda que
la dejó en silla de ruedas por un tiempo
y luego con un bastón; la enfermedad de
su esposo y su asocación con las personas
equivocadas. Ella firmó contratos que nunca
debería haber firmado”.
Para
la década de los 80, cuando “La Lupe” comenzó
a tomar unas clases en la Universidad de Lehman,
en el Bronx, ya nadie la reconocía. Estaba
pasada de peso, coja y muy mal vestida. En un
testimonio que dio en su iglesia dijo que se había
matriculado en la universidad “para utilizar el
dinero de las becas para renta y comida”. Un día,
uno de los otros estudiantes le preguntó:
“Usted tiene una voz tan linda, ¿canta?”.
A lo que ella le respondió: “Sí.
Me gusta cantar”.
Aunque
“La Lupe” murió en 1992, a los 53 años
de edad, pobre y olvidada (el hospital Lincoln
del Bronx indica que su defunción fue debida
a un infarto cardiaco), sus interpretaciones del
bolero caribeño han pasado a la historia,
consideradas entre las mejores. Ella arrastraba
su voz en la exposición del drama, llegaba
al llanto, y el quebranto de su voz desarrollaba
el tema, características que la hicieron
única, irrepetible y una de las intérpretes
favoritas del rodador español Pedro Almodóvar.
Por
desgracia, “La Lupe” murió cuando estaba
preparando su vuelta al mundo del disco. En su
honor, quedan 25 álbunes, gratos recuerdos
de aquellos que tuvieron la fortuna de conocerla
a fondo, y una calle en el Bronx de Nueva York:
“La Lupe Way”, en la 140 Este, cerca de La Iglesia
de Dios, entre las avenidas St. Anns y Cypress.
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