INICIO

Entrevistas

Galeria Multimedia

Articulos y Opiniones

Noticias

Curiosidades

Sitios Cubanos

Contactenos

Arte y Cultura
Arte y Cultura

| CONTACTO CUBA | San Juan, Puerto Rico |

 
Apología del Odio Justificado

 

Muchas veces el odio político es saludable. Hasta los poetas, como el inglés John Dryden, han dicho que hay que tener cuidado con la ira del sufrido. Por eso yo creo que el odio cubano a Fidel Castro está justificado.

Como el odio perpetuo a Herodes, Calígula, Nerón, Atila, Genghis Khan, Cesar Borgia, Torquemadas, Pizarro, Iván el Terrible, Robespierre, Juan Manuel De Rosas, Stalin, Hitler, Idi Amín, Pot Pol. El asesinato, la opresión, la persecución política, la violación de derechos humanos, la devastación nacional, son tan execrables que difícilmente un pueblo los olvide, justifique, o perdone. Por lo menos, así nos enseña la historia.

Creo que ni aún los místicos, los cristianos más fundamentalistas, los pacifistas, puedan absolver el democidio amparándose en la justicia divina. Mis respetos, pero creo firmemente que los crímenes de un tirano deben ser sancionados por el pueblo mediante leyes terrenales o ira popular. Creo que el cuerpo destrozado de Mussolini, colgado de un gancho en Como, es uno de los actos más justificadamente vindicativos y sublimes que los italianos puedan lucir en su rebosante historia.

Como pueblo, el cubano no conoció el odio político hasta 1959 en que triunfó una revolución innecesaria, apócrifa, asentada en odio y revancha ya germinados desde la clandestinidad y la montaña. No porque fuéramos pueblo más noble que ningún otro, ni mejor, mucho menos superior; carecíamos de gobiernos limpios, de instituciones serias, e individualmente reincidíamos en cada uno de los pecados capitales (la envidia a veces nos tipifica), pero nuestro origen jovial --hijos de siboneyes festivos, de negros mansos y españoles vanos-- nos formó una cultura tropical y veleidosa, cuya tierra sangra dulce, cuyo mejor logro tiene ritmo y cuya reacción personal más espontánea está en la agudeza y la sonrisa. El odio no era parte del mosaico nacional, pues nuestras broncas populacheras se resolvían entre algarabía y abrazos.

Tal vez donde más acremente manifestáramos nuestra agresividad criolla era en el estadio de pelota cuando el equipo azul le ganaba al rojo. O viceversa.

Porque durante las luchas políticas republicanas, a pesar de los lapsos constitucionales que todos conocemos, el espíritu de decencia ciudadana se mantuvo; el cubano supo reconstruir y seguir la marcha. Nunca hubo enemigo fiero, ni permanente, ni la discrepancia, el antagonismo o la enemistad partidista trancó las entendederas a la tolerancia, el diálogo o la cordialidad. Por eso Cuba prosperó en todos los gobiernos para regocijo del pueblo que podía mirar al futuro con cierta esperanza aún desde los rincones más apartados del olvido y la miseria. Muchas veces he preguntado, tal vez retóricamente, como estuviera la isla hoy si en vez de Castro hubiesen ya gobernado diez presidentes distintos.

Fidel Castro encanalló el ambiente. Desde el primer momento. Cuando quiso hacer de todo cubano un militante revolucionario, no un mejor ciudadano. Nunca antes en Cuba se mató con tal frecuencia y fervor, nunca antes las cárceles se abarrotaron de opositores de conciencia, nunca antes los niños marcharon uniformados con rostro marcial, nunca antes las iglesias fueron subrepticias, nunca antes la familia se había disgregado por razones políticas. Nunca antes el terror oficial llegó a afectar todos los sectores nacionales: tribunales juzgando a destajo, vecinos vigilando al prójimo, hermanos denunciando a hermanos, rabiosas turbas apoderándose de las calles, gobernantes pidiendo públicamente paredón para sus adversarios. Nunca antes el pueblo cubano había tenido que renegar de sus creencias, separarse de sus hijos, huir de su suelo, involucrarse en una lucha fratricida ajena a su criterio y voluntad.

Pensemos seriamente que la gran mayoría del exiliado de estos 41 años jamás militó activamente en organización política o revolucionaria alguna. La diáspora cubana está formada esencialmente por un pueblo pacífico forzado a escapar de un régimen despótico que victimiza a todo el que no se le somete.

Pero la tragedia isleña no comienza y termina en el exilio, en Cuba hay millares de familias con luto de muertos en guerras extranjeras y la prisión política todavía está repleta de cubanos que piensan distinto. Las calles de pueblos y ciudades siguen siendo escenario de represión oficial y el régimen no da señal alguna de intentar un cambio sustancial en las estructuras oficiales.

Todo por culpa del odio de Fidel Castro.

Nunca, ni aún en los albores del triunfo revolucionario, Castro ha dado una muestra sincera de bondad hacia su pueblo o tolerancia con la discrepancia. La revolución, afirma, justifica todo, hasta la maldad.

El odio de Fidel Castro hacia el cubano es constante, jamás ha bajado la guardia, ya sea en los fusilamientos del cincuenta y nueve, en la represión de los noventa, o en lo que haga mañana por la mañana.

Por lo que odiar a Fidel Castro no debe extrañar a nadie. Es una reacción frustrantemente natural. Tal vez sea, en realidad, la antesala al amor de pueblo.

Algún día, por supuesto, se logrará una reconciliación en la isla. Y tal vez, después de un largo período de minuciosa introspección, al cubano le vuelva la cordialidad.

Pero ello nunca sucederá mientras Fidel Castro rija los destinos de Cuba con obsesión perpétua. Por eso el odio es saludable. Odio de pueblo ansioso de justa y necesaria reivindicación.

Sí. Por el odio al odiador --démoslo por seguro-- llegaremos a la liberación nacional.

(Publicado originalmente en Diario Las Américas, Miami, Florida.)

Publicidad 

  Buscar en este Sitio

DIVULGUE LA VERDAD

  Imprimir  
  Envie Articulo
  A Favoritos

Inicio | Entrevistas |Sitios Cubanos | Galeria Multimedia | Arte y Cultura | Articulos y Opiniones | Noticias | Curiosidades | Contáctenos
© Contacto Cuba - Derechos Reservados