
Por Ricardo Cayuela Gally
noviembre
2006
Carlos
Franqui acaba de publicar sus memorias (Cuba,
la revolución: mito o realidad, Península),
donde repasa su labor como periodista, desde la
clandestinidad en la Cuba de Batista hasta sus
relaciones con Fidel y su inevitable exilio, temas
sobre los que versa esta conversación.
La historia oficial de la Revolución Cubana
se ha ido acomodando a los dictados y caprichos
del poder unipersonal que rige el país;
a la manera soviética, desaparecen protagonistas,
se diluyen imágenes y se retocan acciones
hasta presentar una doble caricatura: la primera,
la de la Cuba de Batista como un país bananero,
burdel de los estadounidenses; la segunda, la
de la Revolución producto de la genialidad
militar y política de un solo hombre, Fidel
Castro, acompañado por sus fieles palafraneros,
Raúl y el Che. Por ello, los libros históricos
de Carlos Franqui, El libro de los doce y Diario
de la Revolución Cubana, construidos a
base de entrevistas, testimonios, cartas y documentos,
son sencillamente indispensables para tener una
visión veraz de la Cuba prerrevolucionaria,
en toda su miseria y esplendor, y un cuadro completo
de los múltiples hechos y protagonistas
que hicieron posible el derrocamiento de Batista.
Franqui es autor también de una biografía
de Fidel Castro y un libro sobre la muerte de
Camilo Cienfuegos. Además, es uno de los
grandes periodistas cubanos del siglo XX, poeta
y crítico de arte.
Ahora,
con la publicación de sus memorias políticas,
Cuba, la revolución: mito o realidad. Memorias
de un fantasma socialista, Carlos Franqui vuelve
a la historia de la Revolución, esta vez
desde la subjetividad de su itinerario vital,
que toscamente se puede resumir como la historia
de un guajiro nacido en un latifundio cañero,
que termina por ser una pieza clave del aparato
mediático de la Revolución Cubana,
en la clandestinidad y tras el triunfo. Y que
acaba en el exilio cuando se hace incompatible
la crítica libre con la dinámica
propia de la Revolución y su cesarismo.
La
presente entrevista se realizó en Madrid
a las nueve de la mañana de un domingo,
algo que, para los hábitos noctámbulos
de aquellas latitudes, puede resultar inconcebible.
Para mí, lo verdaderamente difícil
de aceptar de aquella luminosa mañana de
junio era que ese joven interlocutor que tenía
delante, lleno de humor y velocidad mental, había
cumplido ya 85 años. Franqui o el último
testigo incómodo.
En
Revolución, el periódico que dirigías
desde la clandestinidad y luego al triunfo de
la Revolución Cubana, intentaste conciliar
la libertad de expresión con la dinámica
del proceso revolucionario. ¿Era posible
este empeño? ¿Son compatibles la
libertad de expresión y la crítica
con la lógica revolucionaria?
No,
porque la cultura es libertad, y la Revolución
es la negación de la libertad. Todos mis
esfuerzos, desde la época de la Sierra
Maestra, hasta el triunfo de la Revolución
y su toma del poder, chocaron siempre con la lógica
del poder revolucionario y con el propio Fidel
Castro, que en algún momento, por sus contradicciones,
y de manera táctica, permitía algunas
iniciativas, como un César benevolente,
pero que, en cuanto había una ocasión,
las eliminaba. Así pasó con la visita
a Cuba de intelectuales y pintores de todo el
mundo, con el fallido plan de creación
de algunos museos, con la censura al suplemento
cultural de Guillermo Cabrera Infante en mi periódico,
Lunes de Revolución, etcétera.
Fidel
Castro ha transmitido la imagen de la Cuba previa
a la Revolución como una tiranía
monolítica, un país extraordinariamente
atrasado, un burdel de Estados Unidos. En tu libro
Cuba, la revolución: ¿mito o realidad?
analizas la dictadura de Batista, pero también
dejas entrever la riqueza cultural, los espacios
de libertad y la riqueza material que existía
en la Cuba prerrevolucionaria. ¿Cómo
es la Cuba en la que triunfa la Revolución?
Los
mitos de Cuba como república bananera,
burdel de América, analfabeta, se pueden
responder con palabras del propio Fidel Castro
o del Che Guevara, rastreándolas en los
periódicos de la época. Al triunfo
de la Revolución, en Santiago de Cuba,
el 9 de enero de 1959, Fidel Castro dijo textualmente:
“Hemos roto el mito de que no se puede hacer una
revolución sin el ejército o contra
el ejército, y hemos roto el mito de que
no se puede hacer una revolución en un
país sin crisis económica.” Guevara,
después de su primer viaje por el mundo
socialista, dijo que para un cubano, acostumbrado
a vivir con los niveles del imperialismo, aquel
mundo era sorprendentemente pobre. Estas afirmaciones,
por citar sólo dos, contradicen totalmente
ese mito. Hay muchos estudios, como los de Leví
Marrero, que demuestran que Cuba en los años
cuarenta era un país en pleno desarrollo,
y la mayoría de la riqueza estaba ya en
manos cubanas; que a partir del 34, cuando desapareció
la Enmienda Platt, la nación había
recuperado su dignidad e independencia. Además,
había un gran desarrollo de la cultura,
y la prueba son los escritores, novelistas y pintores
de esa época: Alejo Carpentier, Lezama
Lima, Wifredo Lamn y otros.
Otro
mito de la Revolución es que la guerrilla
de Sierra Maestra fue central para derrotar a
Batista, y tú has demostrado en tus libros,
sobre todo en este último, la importancia
decisiva que tuvieron el Movimiento 26 de Julio,
el Directorio Revolucionario, la rebelión
en las ciudades. ¿Por qué prosperó
este mito de los guerrilleros frente al resto
de la subversión contra Batista? ¿Tu
primer libro, Cuba: el libro de los doce, no contribuyó
en algún lugar a construirlo?
¿Qué
es lo primero que hace Fidel Castro antes de atacar
el Moncada? Hace un movimiento en el que se inscriben
unos mil doscientos jóvenes. De ahí
van a salir los asaltantes. ¿Quién
hace después la campaña por su amnistía
cuando está en prisión? Este movimiento.
¿Quién prepara todo para que venga
de México? Este movimiento. ¿Y quién
lo salva después del desastre del desembarco
en Alegría de Pío? Este movimiento.
¿Quién hace popular a la guerrilla
enviando a Herbert L. Matthews, del New York Times,
y a otros periodistas? Este movimiento clandestino.
¿Quién manda en el año 57
–y Guevara lo reconoce– en cuatro ocasiones refuerzos
de hombres y armas a la Sierra Maestra, si no
este movimiento clandestino? ¿Y el dinero,
las medicinas, para que se mantuvieran? Pero,
además, el primer acto clandestino importante
es la toma de Santiago de Cuba por Frank País,
el 30 de noviembre del 56, dos días antes
de que Fidel desembarque y fracase. Allí
no se perdieron las armas y hubo solamente tres
muertos. Después, el 13 de marzo del 57,
el Directorio asalta Palacio, que fue un acto
en el que murió José Antonio Echevarría,
su máximo dirigente, y creó a la
dictadura grandísimos problemas. Más
tarde, el 5 de septiembre, se produce una nueva
rebelión de la Marina de Guerra por el
Movimiento y otras fuerzas: tomaron la ciudad
de Cienfuegos y dividieron al ejército.
Hubo, además de esto, miles de sabotajes,
en todas partes de Cuba, actos como el que paralizó
La Habana durante tres días. En mayo de
1958, cuando vivíamos en la Sierra Maestra,
después de la ofensiva, había menos
de trescientos hombres, eso era la guerrilla.
¿Por
qué posteriormente se crea el mito de “los
doce”? Porque Fidel Castro tenía un conflicto
con el movimiento clandestino muy grave: después
del fracaso de la huelga general de abril de 1958,
mandó intervenir el movimiento de las ciudades,
y a la victoria prácticamente lo disolvió.
Entonces creó el “mito de los doce” como
los únicos responsables del triunfo, a
pesar de que en Santiago de Cuba había
dicho que esa guerra la había ganado el
pueblo. Porque es verdad: la nuestra no fue una
victoria militar, fue una victoria por rendición
del ejército, porque al final el pueblo
se puso en contra.
Una
de mis grandes discusiones con Guevara siempre
fue ésta. Porque él, como todos
los comandantes de la Sierra, se creía
esta historia de la guerrilla como madre y triunfadora
de la Revolución, y yo siempre le decía:
“Tú te acordarás de Lenin, que no
hay revolución sin movimiento revolucionario.”
Fidel Castro crea ese mito para pasar todo el
poder al ejército rebelde y, a través
de éste, a sí mismo. ¿Por
qué hice El libro de los doce? Por varias
razones. En primer lugar, porque “los doce” míos
no son los de Fidel. Aparecen las luchas de la
ciudad y aparece algo fundamental: que la Revolución
no es comunista, a través de la boca de
todos ellos. Usé la capacidad de hablar
de los cubanos para escribir ese libro coral,
cuya única herramienta fue un micrófono.
El libro se publicó en todo el mundo, en
parte por la sensibilidad de la época de
los sesenta a este tema. El último sitio
donde se publicó fue en Cuba, y prácticamente
en un momento de confusión, porque a Fidel
nunca le gustó. Y esto porque en el libro
hay ya algunos detalles, como que cuando muere
Frank País y todos pierden el apetito,
menos Fidel Castro, que revelaban ya parte de
su carácter de absoluta indiferencia hacia
el dolor ajeno y la suerte de los demás.
O el detalle de cómo Fidel Castro engañó
a Matthews, del New York Times, cosa que éste
nunca me perdonó, al hacer desfilar varias
veces a los mismos guerrilleros para dar la impresión
de ser un ejército rebelde mucho mayor
al real.
Un
elemento estratégico de Fidel para hacerse
con el poder absoluto, según se desprende
de tu libro, es la forma en que planea la llegada
a La Habana. ¿Fueron tan decisivos esos
siete u ocho días que él tardó
en hacer el recorrido, una especie de procesión
triunfal, para acumular todo el poder sobre sus
espaldas?
Fue
importante, pero yo no diría que decisivo,
porque de hecho, desde la toma del Moncada, el
jefe indiscutible de la Revolución es Fidel.
Por otra parte, la lucha la había hecho
una minoría, pero la gran mayoría
sentía simpatía por su genio. Además,
la clandestinidad, como en todas las luchas de
este tipo, era desconocida, y sus dos grandes
líderes, José Antonio Echeverría
y Frank País, habían muerto. Entonces,
Fidel Castro sin duda habría sido siempre
el caudillo de la Revolución. Pero, ¿por
qué hizo esa marcha? Porque a la caída
de Batista, Guevara está en el centro de
Cuba, ha tomado Santa Clara, que se ha rendido.
Además, Raúl Castro ha tomado todo
el segundo frente. Y él, que preparaba
la batalla de Santiago de Cuba, no había
podido realizarla y queda en un segundo término
militar.
Fidel
Castro era un lector de discursos de Mussolini
y conocía la Marcha sobre Roma. Por ello,
planea la marcha sobre La Habana y de hecho, durante
una semana, fue “tomando” todos los pueblos del
país hasta llegar a La Habana, en procesión
multitudinaria y para restarle peso a las tomas
reales del Che y Raúl.
Una
de las tensiones más importantes del libro
es cómo la Revolución es traicionada
por el caudillismo de Fidel Castro, no sólo
al excluir al Movimiento 26 de Julio o al Directorio,
sino también al entregar paulatinamente
las decisiones y el poder al Partido Comunista.
¿Cómo se dio este proceso? ¿En
qué momento te diste cuenta de que era
irreversible? Y la pregunta central: ¿Castro
fue alguien taimado, que estratégicamente
ocultó su verdadera filiación, o
es algo que utilizó porque le convenía
en aquel momento?
Considero
que la Revolución fue traicionada, porque
la toma del poder se hizo con la Carta de la Sierra
y con documentos que hablaban de la restauración
de la Constitución del 40, de democracia
y reformas. Ahora, yo creo que la naturaleza de
las revoluciones comunistas es traidora. La tesis
de Trotsky de la revolución “traicionada
por un hombre” es muy limitada. Está en
su propia naturaleza, por eso se produce igual
en todas partes, en la Unión Soviética,
en China... En el caso cubano, Fidel Castro siempre
tuvo un proyecto, que como lo demuestran estos
46 años, no estaba basado en otra ideología
que la ideología del poder. Es decir, él
quería el poder total, y éste no
lo podía tener con una dictadura tradicional.
Quería ser un protagonista mundial, y la
única manera en que esa isla pequeña
fuera protagonista mundial era deshacerse de Estados
Unidos y tener el apoyo soviético.
Lo
que hace Fidel Castro es ingresar en el Partido
Comunista con varios comandantes en minoría,
y forzar los acontecimientos. No olvidemos que
es un conocedor profundo de Maquiavelo. De no
haber caído el comunismo en el 89, Castro
habría continuado toda su vida diciendo,
como dijo en el 61, que era marxista-leninista.
Cuando cayó el comunismo, ¿qué
hizo? Simplemente vendió Cuba a los capitalistas
tras nacionalizarla, para seguir manteniendo el
poder, su verdadera ideología.
Lo
que dices, además, desmiente uno de los
mitos de la Revolución: que por la actitud
intransigente de Estados Unidos, Cuba se volvió
comunista, cuando quizá fue justamente
al contrario: forzaron el rompimiento con Estados
Unidos porque ya había el plan de transformar
la Revolución.
Los
mitos son tan poderosos que tú le enseñas
a esa gente al propio Fidel Castro hablando en
público en ese sentido, y no lo acepta.
Una vez, aquí en España, en los
años ochenta, le preguntaron a Fidel en
la televisión: “¿Es Cuba comunista
por culpa de Estados Unidos?”, y respondió:
“No. Cuba es comunista por un acto de mi voluntad,
del que los Estados Unidos sólo fueron
cómplices.”
En
tu libro Diario de la revolución cubana
también queda demostrada esa evolución,
mediante documentos, cartas, hechos históricos.
Tú has escrito mucho de tu relación
con Fidel, un personaje con el que nunca tuviste
la relación siervo-amo que él establece,
y que en algún lugar eso hizo que te respetara,
porque marcaste desde el principio los límites
que no estabas dispuesto a transgredir. Dedicaste
todo un libro a analizar la figura de Fidel y
tu relación con él, sobre todo el
Fidel temprano, Retrato de familia con Fidel.
De esto se desprende una pregunta rara: si llegara
un extraterrestre y le pidiera a Carlos Franqui
“defíname en pocas palabras quién
es Fidel Castro”, ¿qué le dirías?
Vuelvo
otra vez a las autodefiniciones de Fidel Castro.
En tres revistas de años recientes, se
ha autocalificado como “el Diablo”. La primera
vez que lo dijo, pensé que era un lapsus
mental, porque últimamente tiene lapsus
mentales. La segunda, ya me quedé más
sorprendido, porque él es un conocedor
de la Biblia y de los textos religiosos, dado
que estuvo en un colegio de jesuitas. Y la tercera,
ya no podía dudar. ¿Por qué
se autocalificó como el Diablo? Pienso
que por dos cosas: quizá porque cree que
el Diablo nunca pierde el poder, pero no deja
de ser sorprendente que la destrucción
de Cuba coincida con la idea de que sólo
el Diablo puede destruirla. Un hombre que tuvo
la oportunidad, en el año 59, de hacer
de Cuba una isla extraordinaria y que al final
de ese año todavía tenía
el 90% del apoyo de los cubanos, en 46 años
lo que ha hecho es destruirla, como todo el mundo
sabe. Además de eso, mi impresión,
basada en hechos, es que Fidel Castro es un esquizofrénico:
él se cree lo que oye y lo que dice, no
ve la realidad. Y también, tiene una capacidad
fantástica para pasar de una afirmación
a la contraria como si no ocurriese nada. La esquizofrenia
ha tenido en su vida dos fases: una, la del optimista,
que dura hasta la zafra de los diez millones;
Cuba como la maravilla del mundo. Su idea no era
si Cuba servía o no, sino que lo que había
en Cuba antes de él debía ser destruido
para construirlo de nuevo, y ése es el
gran problema, porque de hecho, sin duda lo destruye.
Ésa es la fase donde habla del país
más desarrollado del mundo. Después
viene la segunda fase, la del pesimismo, cuando
tiene que admitir que está en minoría;
entonces aplica la técnica del terror y
el hambre para mantener el poder.
Una
de las primeras señales de que Cuba iba
hacia una dictadura es la forma en que Castro
manejó la renuncia de Hubert Matos. Matos
renunció lealmente en una carta privada,
y Castro transformó eso en una conjura
y primera purga. ¿No fue para ti una señal
suficientemente fuerte como para pensar en un
exilio temprano? ¿Cuál es tu lectura
hoy de lo que pasó con Matos?
Para
mí, existieron señales previas.
Y te lo dice alguien que desde 1946 sabía
qué era el Partido Comunista Cubano y la
Unión Soviética y había roto
con todo ello.
La
primera quizá fue advertir las enormes
consecuencias, en 1953, del asalto al cuartel
Moncada y la terrible matanza que provocó.
Claro, aquella acción era la respuesta
de Fidel Castro al golpe de Batista, pero la forma
en que se planeó y ejecutó la acción
del Moncada me llevó a pensar que el hombre
que lo había diseñado era muy peligroso.
La
segunda fue en el 56, cuando viajé a México
para llevarle dinero a Fidel y para organizar,
junto a intelectuales mexicanos como Fernando
Benítez, una campaña internacional
para sacarlo de la cárcel, que al final
resultó exitosa, y él nos trató
con enorme displicencia, menospreciando el trabajo
clandestino que realizábamos.
La
tercera, en la Sierra Maestra cuando se impuso
el consenso de que Fidel era un caudillo y un
militarista. Lo que pensábamos es que el
movimiento de la ciudad era muy poderoso y que
sería capaz de equilibrar su personalidad.
El día que yo debí tomar la decisión
que no tomé, fue el primero de enero del
59, el día de la victoria. Ese día
estuve en Santiago de Cuba dando vueltas, decidiendo
qué debía hacer. Al final, decidí
fundar Revolución, como un instrumento
de crítica dentro de la Revolución,
y que pronto entraría en conflicto tanto
con los conservadores como con los comunistas.
Fidel Castro me ofreció ser comandante
y luego ministro, y me negué a ambas cosas.
Lo que yo quería hacer era hacer una revolución
cultural, no burocrática, e invitar a todo
el mundo a conocer Cuba y su Revolución.
Siempre he tenido un espíritu de lucha,
de rebeldía. Una vez escribí: “Perezco,
pero me rebelo.” No es que yo desconociera que
una lucha violenta y clandestina contra una dictadura
no es un lecho de rosas. La cuestión está
en saber si, en una revolución, los resultados
justifican los medios. Es el caso, a mi parecer,
de la Revolución Francesa, pese al Terror,
cambió al mundo, cosa que no ocurrió
con la Revolución Rusa ni con la Revolución
Cubana. De manera que antes de lo de Hubert Matos
pasaron ya muchas cosas, como la destitución
de Urrutia.
Otras
cosas que pasaron fueron la alejación táctica
del poder por 45 días, o la postergación
de las elecciones. Pero quizá una señal
ya muy firme es todo el asunto de Hubert Matos,
perdona que insista.
Así
es. Pero recuerda que Revolución representaba
la corriente revolucionaria no comunista, frente
a la corriente marxista-leninista, y de alguna
manera estaba dando una batalla en la cultura,
el movimiento obrero y el estudiantil bajo la
consigna de no renunciar. De manera que la renuncia
de Hubert Matos, que él presentó
pensando que iba a ser aceptada sin consecuencias,
nos planteó al resto el hecho de aceptar
un acto que no compartíamos, y que iba
a liquidar la lucha que teníamos en estos
tres frentes, incluido el Congreso Obrero de noviembre
del 59, que le ganamos a los comunistas. Nosotros
queríamos dar la lucha, y la renuncia la
vimos como una equivocación. Hoy pienso
que fue un acto que, además de valerle
la injusticia de veinte años de prisión,
lo salva de gran parte de su responsabilidad histórica.
En
tu biografía sobre Camilo Cienfuegos especulas
que su muerte no fue un accidente. ¿Cuáles
serían las bases de esta afirmación?
La
base de esa afirmación es, primero, el
pensamiento independiente de Camilo. Segundo,
su popularidad. Camilo no tenía miedo de
ningún tipo y era el único contradictor
real de Fidel. Dado que Fidel pensaba hacer una
revolución comunista, no iba a tener problemas
con el Che ni con Raúl, pero sí
los iba a tener con Camilo. Además de eso,
están los hechos. Uno, las órdenes
contradictorias antes de la victoria para restarle
méritos. Dos, se destituye a Camilo en
octubre del 59, poco antes de morir, y se nombra
a Raúl Castro. Tres, acontecimientos como
la discusión de Camilo en mi presencia,
diciéndole a Fidel: “Hay que escribir la
historia, porque tú vas a estar viejo,
vas a decir muchas mentiras, y no estará
aquí Camilo para decirte que vas mal”,
que no sólo lo dijo allí, sino en
muchos lugares.
Camilo
Cienfuegos es invitado por Fidel para ser el testigo
de la acusación contra Hubert Matos, al
que se culpa de conspirar contra la Revolución.
Parece ser que Camilo descubre que, detrás
del caso Matos, lo que hay es un montaje. Y Castro
sabe que Camilo ha llegado a esa conclusión
y, dada su honestidad personal, no se va prestar
al juego. Esto ya crea una crisis, porque imagínate
lo que habría sido un juicio a Matos donde
Camilo niega la mayor acusación. Además,
del accidente en sí, hay muchos cabos sueltos
y actitudes sospechosas. ¿Cómo es
posible que Camilo saliera –y está en todos
los partes– y no llegara a La Habana cuando debió
llegar? De eso hay comunicaciones que fueron publicadas
en los periódicos. ¿Cómo
es que Juan Almeida, jefe de la Aviación,
manda un parte a Revolución, diciendo que
lo están buscando, y Fidel Castro espera
un día entero después para hablar,
como si se acabara de enterar del accidente? Incluso
yo descubrí los sospechosos desplazamientos
de Oswaldo Sánchez, jefe de los servicios
secretos y que participó activamente en
los fusilamientos de La Cabaña en 1959,
y que evidentemente fue el ejecutor de Camilo.
Me parecen demasiados elementos. ¿Por qué
Fidel, en la larga comparecencia, no analiza estas
cosas, no trae a comparecer al aviador militar
que siguió a Camilo, sólo a los
aviadores civiles? ¿Por qué, mientras
buscaba a Camilo, ponía delante de los
periodistas cara de tragedia pero, en cuanto terminó
la búsqueda, empezó a repartir comida?
Todo eso daba a entender que Camilo no iba a aparecer.
Y es muy curioso, porque para mí, la única
figura revolucionaria que salva el pueblo cubano
hoy es la de Camilo.
Camilo
te dejó además usar libremente sus
documentos para Diario de la revolución
cubana ante el peligro de manipulación
histórica. Algo que hemos aprendido de
la Revolución Rusa es que los hechos del
pasado pueden ser alterados. Pienso en la famosa
pintura de los jerarcas comunistas en torno a
Stalin, que van desapareciendo, hasta quedar solo
el líder soviético. A ti te pasó
lo mismo: fuiste borrado de una foto oficial.
¿Cuál es tu lectura sobre la historia
en una revolución, y por qué impide
la historia como ciencia social?
El
sistema comunista es de naturaleza totalitaria.
Es sorprendente cómo la aplicación
de una doctrina en la práctica puede negar
la realidad. Marx habla de la dictadura del proletariado,
pero en la práctica, en el mundo comunista,
el Partido sustituye al proletariado; después,
el Comité Central sustituye al Partido,
y después, el secretario del Partido sustituye
al Comité Central, y así se crea
el jefe absoluto. Además, toda la riqueza
y las instituciones de un país van a parar
a las manos del Partido, que tiene que crear una
gigantesca burocracia para administrarla. Y ya
se sabe de la ineficiencia de la burocracia. Todo
esto niega rotundamente la posibilidad de una
historia objetiva o de diversos enfoques históricos.
Hay una verdad oficial decretada; por ello, la
primera cosa que ocurre en la Unión Soviética
es acabar con Trotsky; primero como figura histórica
y luego como persona, y después con todos
los demás.
Me
acuerdo siempre de una frase que me dijo Fidel
Castro en la Sierra, mientras discutíamos
sobre la crítica: “Toda crítica
es oposición y toda oposición es
contrarrevolución.” Y yo le dije: “Estás
equivocado, porque mira: hay un hueco en el techo
y cae agua, y yo te digo: ‘Fidel, está
cayendo agua por ese hueco, la solución
es tapar el hueco’: ésa es la crítica
revolucionaria; la crítica contrarrevolucionaria
sería: ‘Este rancho no sirve porque cae
agua’.” Pero esto no creo que sea sólo
Fidel, creo que todo el mundo comunista es realmente
así. En el caso de Cuba, no solamente han
desaparecido muchísimos de los que hicimos
la Revolución, sino que, al mismo tiempo,
es más grave todavía: han logrado
meter en la cabeza de la mayoría de los
cubanos que Fidel Castro es la continuidad de
la historia de Cuba. Martí, el Che Guevara
y Fidel. Los jóvenes se creen todo eso
y piensan “esto es el infierno, el infierno no
se puede cambiar, y este país nunca sirvió”.
Tienen una ignorancia absoluta de lo que era Cuba,
de lo que era Martí, de lo que fueron las
luchas previas, de lo que fue la revolución
del 30, de lo que fue la propia Revolución.
Es muy difícil refundar una nación
que no se identifica con su historia real.
Ése
va a ser uno de los problemas de la transición,
sin duda. Otra figura que forma parte del mito
occidental imbatible es la del Che. Sin embargo,
el retrato que tú haces de él es
muy duro. Él tenía unas ideas y
estaba dispuesto a morir –y matar– por ellas,
pero no a cambiarlas en función de la realidad.
¿Es ajustada esta lectura?
Peor
aún: veía la realidad, la criticaba,
y al final recurría siempre al dogma. Por
ejemplo, su cambio del dogma prosoviético
al prochino. Y en algunas cosas no cambiaba nada,
como la idea de que fue sola la guerrilla en la
Sierra la que triunfó –idea que le costó
la vida. Todo el largo testimonio sobre Guevara
lo he basado en palabras y en actos suyos, no
me he inventado nada.
Nuevamente
recurres a las fuentes originales, que es una
de tus formas para hacer trabajos que no puedan
ser cuestionados: no lo dijo Carlos Franqui, sino
el propio Ernesto Guevara.
Además
de eso, cuando Guevara se hace una autocrítica,
ésta tiene poca consideración de
los efectos. Y no se diga el desastre económico
del que él es corresponsable. Y de la burocratización.
Pregunto, si las revoluciones se burocratizan,
conclusión a la que llegó el Che,
¿para qué intentar hacer nuevas
revoluciones, siempre con los mismos principios?
Su
mito pervive, entre otras cosas, por el hecho
de que Fidel lo deja morir solo y por el hecho
de morir asesinado después de hacerlo prisionero
–a los prisioneros no se los asesina. Además,
ante la caída de tantas certezas, su mito
es necesario todavía para mucha gente.
Es curioso: dado su enorme dogmatismo, seguramente
se enfurecería de ver que muchos de los
que desfilan tras su imagen lo hacen con un pito
de marihuana en la boca.
¿Cómo
piensas que llegará la transición?
¿Cuál es tu visión del futuro
de Cuba en el mediano plazo?
En
los años setenta, nos reuníamos
disidentes como yo, de todo el mundo comunista.
En un coloquio del Partido Socialista en Roma,
nos pidieron una breve definición del comunismo.
Yo expliqué que el comunismo en su primera
fase acaba con toda oposición; en su segunda
fase, se paraliza, y en su tercera fase, se autodestruye.
Me parece que, de alguna manera, eso fue lo que
ocurrió en la Unión Soviética.
En esos sistemas tan poderosos, es imposible una
oposición que salga victoriosa, si no hay
dentro del sistema, en su desarrollo, una serie
de contradicciones que ocurren con sus crisis,
con la paralización de la economía,
con la destrucción de la vida, con lo de
que el individuo ya no es más un individuo.
Como en el caso soviético, esos sistemas
anhelan convertirse en un imperio. Al pensar en
la historia de América Latina, ¿qué
país, incluidos los grandes como Brasil,
México o Argentina, ha mandado medio millón
de hombres, entre civiles y militares, a hacer
guerras en quince países? Son palabras
de Fidel, no mías. Te puedes imaginar lo
que eso significó para todos esos países
y para Cuba, la locura de querer convertirla en
la cabeza de los Países No Alineados.
El
sistema castrista, aparte de todo eso, supone
que el dictador es el Estado. No es como China
o la Unión Soviética, donde ni Stalin
ni Mao pueden gobernar el país sin el Estado:
en el caso cubano, el Estado es Fidel. Además
de eso, se trata de una personalidad como la suya,
que carece de sentimientos, que no puede terminar
más que con su derrota final. Claro, la
transición va a depender mucho de la sucesión.
Es evidente que, en la crisis que abra la sucesión,
será muy importante que una parte del aparato
–que de alguna manera es víctima también
del propio poder, que sabe que está fracasado
y que sólo tiene miedo a lo que va a pasar–
se una a esa oposición pacífica
que hay en la isla, que juega un papel importante
para salvar la historia de Cuba de este periodo,
incluido el nacimiento de la prensa independiente.
De ahí puede nacer el intento de una reconstrucción
de la isla. Claro, pueden ocurrir otras cosas.
Puede ocurrir que una fracción de extremistas
conserve el poder y reprima durante un cierto
tiempo; puede ocurrir un estallido popular, porque
ha engendrado mucho odio durante muchos años,
no sólo fuera, sino dentro.
El
castrismo es un cáncer que no termina sino
con la muerte. Después de que muera, vamos
a ver si podemos esta vez enseñarle al
mundo todas las cosas terribles que ocurrieron
en la isla. Porque el comunismo desapareció,
pero se ha propiciado un olvido casi total del
desastre y de sus crímenes.
¿Te
arrepientes de haber participado en la Revolución?
No.
Hay un hecho que es insuperable: yo siento que
a mí me obligaron a ser un revolucionario.
Por más que miro hacia atrás para
ver si podía haber hecho otra cosa, no
la encuentro. Esa revolución destruyó
mi país, y destruyó la idea de un
cambio profundo tan necesario. Y haber vivido
esa tragedia es realmente una cosa muy dura. Más
allá de los adversarios, de los enemigos,
de todo lo demás. ~
Imagen
1: Ulises Culebro
Foto:
Carlos Franqui.
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