
Por Ernesto Hernández Busto
¿Cuáles son los mitos fundamentales
del nacionalismo autoritario cubano?
¿Cómo contribuyó parte de
la elite intelectual isleña a apuntalarlos?
¿Qué giro cultural ha dado el poder
cubano en los últimos quince años?
Rafael Rojas conversa sobre su más reciente
libro y las respuestas que en él propone.
Le cabe a Rafael Rojas (Santa Clara, 1965) la
virtud, a veces dudosa, de convocar con semejante
intensidad las pasiones de adversarios y apologetas.
Muchas veces la razón es Cuba, y Rojas
simplemente el pretexto. Pero esa vocación
de autor en cuya obra se dirimen las pasiones
de un país y de una cultura tiene, en su
caso, la ventaja de la tolerancia. El más
prolífico ensayista de su generación
y su polemista más agudo es también
nuestro lector más generoso. Libros como
Isla sin fin, Un banquete canónico o José
Martí: la invención de Cuba son
bibliografía obligada para quien intente
comprender el “drama familiar” del ensayo cubano
contemporáneo. Por esas y otras virtudes,
Rojas se ha convertido en la cabeza más
visible de una “generación perdida”, la
de los ochenta, obsesionada con un pasado demasiado
reacio a desaparecer. Hace unos días Rafael
se convirtió, también, en el primer
cubano en ganar el premio Anagrama de Ensayo con
su libro Tumbas sin sosiego. Revolución,
disidencia y exilio del intelectual cubano, más
decuatrocientas páginas que resumen treinta
años de historia y una década de
obsesión intelectual. Mi lectura entusiasta
de ese libro, que algunos han criticado con saña
incluso antes de que llegue a las librerías,
fue el tema de la siguiente conversación
El
famoso título de Cyril Connolly te sirve,
si he entendido bien, para describir algunas contiendas
culturales que han ocupado el panorama cubano
en los últimos cuarenta años. Hablas
incluso del paso de una “guerra civil”, con aristas
militares, diplomáticas, comerciales y
migratorias, a una guerra de la memoria. ¿Cuándo
crees que comenzó ese desplazamiento?
El
título de Connolly, que proviene de la
excelente traducción de Ricardo Baeza,
alude al cadáver de Palinuro, el piloto
de Eneas, profanado por los habitantes de Velia,
y me sirve para describir ese momento en que una
guerra civil, que ha dividido a una comunidad
nacional, comienza a ser procesada a través
de la memoria y los descendientes de cada bando
se disputan el legado de los muertos. En Cuba,
ese momento, que Elías Canetti describe
como una colectiva “sensación de cementerio”,
comenzó hacia 1992, cuando, tras la desaparición
de la Unión Soviética, el régimen
castrista intentó rearmar su legitimación
desde el nacionalismo poscomunista y el Ministerio
de Cultura de la isla comenzó a interesarse
en la obra de algunos clásicos de la República
(1902-1959) y del Exilio, como Lydia Cabrera,
Jorge Mañach, Gastón Baquero, Eugenio
Florit y Lino Novás Calvo. La “recuperación”
de esos “enemigos” operaba, desde luego, una neutralización
de sus mensajes opositores y exiliados.
Si
seguimos el símil al pie de la letra, se
trataría de una cultura náufraga
que nunca recibió verdaderas honras fúnebres,
puesto que en cuanto Palinuro toca tierra le matan
unos bárbaros. Y esto nos recuerda, inevitablemente,
aquel ensayo donde Roberto Fernández Retamar,
uno de los intelectuales que retratas en tu libro,
convierte al salvaje Calibán en emblema
de esa cultura revolucionaria y latinoamericana...
Lo
decisivo en la alegoría de Palinuro, como
se observa al final de The Unquiet Grave, no era
tanto que el piloto naufragara en la isla, que
su cuerpo fuera despedazado por los bárbaros
o que su ánima descendiera al Hades, sino
que, siendo el piloto de la nave, se quedara dormido
y cayera al agua. El crítico y, en general,
el intelectual, según Connolly, debía
poseer una similar vocación de fracaso,
cierta impunidad poética, pocos deseos
de representar a comunidad alguna o carecer de
un compromiso, rígidamente definido desde
la moral o la política. En el interesante
paralelo que trazas con Calibán de Fernández
Retamar, encontramos un arquetipo radicalmente
distinto del intelectual moderno. Para Fernández
Retamar, la disfuncionalidad de Palinuro correspondería
a la ingravidez de Ariel, el letrado exquisito
latinoamericano, mientras que el bárbaro
de la isla vendría siendo ese buen salvaje,
estetizado por el pensamiento anti-intelectual
de la ultraizquierda. Lo curioso es que el propio
Retamar, creador de esa inversión alegórica
de Shakespeare y Rodó, ahora, en la condición
poscomunista, reniega del emblema de Calibán
e intenta reconstruirse como letrado tradicional.
Como
supongo que ya habrás podido comprobar,
la opinión habitual de la izquierda española
sobre el “caso cubano”, incluso entre gente medianamente
informada, es que el orden republicano, cuya destrucción
fechas en 1961, nunca consiguió una verdadera
entronización política y, en cualquier
caso, ya estaba lo bastante erosionado durante
el último gobierno de Batista como para
que la Revolución suscitara la ilusión
de un nuevo comienzo sin necesidad de borrar la
tradición anterior. ¿Cómo
ves ese proceso?
En
Cuba se estableció un orden liberal y republicano,
con gobierno representativo, poder judicial autónomo
y considerables libertades públicas en
1902. Ese orden fue modernizado en 1940 y funcionó,
con breves interrupciones autoritarias como las
de Gerardo Machado en los veinte y Fulgencio Batista
en los cincuenta, hasta 1961. De hecho, la Revolución
que dos años antes, en 1959, llevó
a Fidel Castro al poder era profundamente republicana,
ya que junto a una reforma agraria moderada demandaba
el restablecimiento de aquella Constitución
de 1940, anulada por Batista. El “renacimiento
nacional” o reconquista de la soberanía
frente a Estados Unidos no era una demanda importante
desde la abolición de la Enmienda Platt
en 1934, cuando Cuba dejó de ser, realmente,
una entidad neocolonial. De modo que aquel “renacimiento”
o “segunda independencia” fue, más bien,
una construcción simbólica de las
nuevas élites revolucionarias, en 1961,
cuando ya estaban decididas a aliarse con Moscú,
a insertar a la isla en el bloque comunista de
la Guerra Fría y a fomentar, por tanto,
el estatus de confrontación con Washington,
que tanto les ha ayudado a mantenerse en el poder
durante medio siglo.
Después
de leer algunos de los ensayos de la primera parte
del libro, sobre todo “La ansiedad del mito”,
es inevitable preguntarse si una lectura puramente
liberal del fenómeno revolucionario, en
el que tú mismo reconoces un trasfondo
mesiánico y otras implicaciones casi religiosas,
podrá dar cuenta de esa extraña
atracción que suscita la Revolución
hasta hoy día.
Tu
duda formula la paradoja hermenéutica,
tan cara a Hans Blumenberg, acerca de la dificultad
de una lectura y una crítica liberales
del pensamiento mítico. Pero las naciones
más liberales y democráticas de
Occidente, a pesar de la racionalización
cultural que han experimentado en los dos últimos
siglos, siguen apoyando sus identidades en mitos
fundadores. Tal vez habría entonces que
discernir, como han hecho Jon Juaristi y Roger
Bartra, entre mitos que favorecen la construcción
de nacionalismos democráticos y aquellos
que sustentan discursos y prácticas autoritarias.
En Cuba, por ejemplo, los mitos de intransigencia
y rechazo a cualquier negociación, como
el de la Protesta de Baraguá, o el del
sacrificio de Martí, la “revolución
inconclusa” y la vuelta del Mesías (Fidel
Castro), que reconquistaría la independencia
nacional, están muy arraigados en la simbología
histórica del orden totalitario.
¿Qué
papel juega en este repertorio mítico la
figura, siempre recurrente, de José Martí?
Uno
de los mitos fundamentales del nacionalismo autoritario
cubano es el de la inmolación de Martí,
en 1895, frente a las tropas españolas.
Durante un siglo, esa muerte ha sido entendida,
por la mayoría de los cubanos, como un
sacrificio apostólico que debe ser vengado
por el regreso de un Mesías que, por fin,
dará término a la “revolución
inconclusa” y alcanzará la libertad de
Cuba. El castrismo y el anticastrismo siguen estando
legitimados por esa sacralización de la
muerte de Martí: Castro cree haber cumplido
esa promesa y muchos de sus enemigos aspiran a
“reconquistar” el sepulcro martiano. Sin embargo,
ese mito es una construcción de los lectores
y “discípulos” de Martí, tanto en
el período republicano como en el revolucionario.
En la obra martiana lo que encontramos es una
visión muy moderna, es decir, republicana,
de la nacionalidad insular. Una idea que rechaza
determinaciones étnicas, religiosas o espirituales
de la nación y que, como en Harrington
o en Bolívar, remite la identidad al cuerpo
de una ciudadanía libre e igual ante la
ley, y no al “alma”, el “espíritu” o la
“ideología” nacional.
¿Es
Cuba un ejemplo de nacionalismo moderno? Me ha
llamado la atención ver que usas ese término
a propósito de Fernando Ortiz...
Desde
el punto de vista histórico, casi todos
los nacionalismos, en tanto discursos y prácticas
culturales, son modernos, ya que las identidades
lingüísticas, religiosas y étnicas
comienzan a movilizar subjetividades propiamente
nacionales en el tránsito de la época
clásica a la romántica. Pero creo
que tu pregunta se refiere, en concreto, a si
es posible un nacionalismo políticamente
moderno, es decir, liberal y democrático.
En el caso de Ortiz, por ejemplo, veo el desarrollo
antropológico de aquella formulación
republicana del nacionalismo propuesta por Martí.
Me
refiero, por supuesto, a la modernidad política,
a esa tradición universalista que se asocia
con la Ilustración. Algunos intelectuales
españoles debaten hoy la oposición
entre una vertiente ilustrada de la modernidad,
centrada en los derechos de los ciudadanos, y
otra vertiente pre-ilustrada, que insiste en el
Volkgeist y en los derechos consagrados a ciertos
territorios; derechos históricos, por así
decirlo, que fundamentan algunos nacionalismos
reivindicativos.
Nacionalismos
románticos, como el alemán y el
italiano, tuvieron que pagar un costo muy alto
para llegar a la modernidad política. En
cambio, nacionalismos republicanos, como el francés
o el norteamericano, han debido abrirse gradualmente,
hasta conformar las ciudadanías multiculturales
contemporáneas. De manera que sí
creo posible la democratización de los
nacionalismos como procesos de desencanto o secularización
de los discursos identitarios. Ahí tienes
los casos de nacionalismos católicos subalternos,
como el polaco o el irlandés, que se han
modernizado aceleradamente en las dos últimas
décadas. El nacionalismo cubano, liberado
de la camisa de fuerza simbólica que le
impone el totalitarismo, podría dejar de
ser una ideología y convertirse en una
afectividad comunitaria que favorezca el nuevo
orden democrático. Lo peor que le puede
pasar a cualquier comunidad es que ciertos actores
políticos ideologicen, desde el poder,
esa afectividad y hagan del nacionalismo eso que
Jean-Luc Nancy ha llamado un “artefacto de captura”
de las subjetividades, que impone al ciudadano
una demanda de representación.
La
segunda parte de tu libro se presenta como una
galería de figuras intelectuales cuyas
biografías están ineludiblemente
ligadas a la Revolución. Llama la atención,
sin embargo, ver a Cintio Vitier, figura emblemática
de la anterior generación de Orígenes,
en esa lista.
La
figura de Vitier, estudiada en la parte central
del libro, me resultó inevitable por tratarse
del intelectual que agencia el vínculo
simbólico entre la empresa literaria más
refinada y autónoma del ancien régime,
la revista Orígenes, nucleada en torno
al poeta católico José Lezama Lima,
y el proyecto cultural, ateo y comunista, de la
Revolución. Vitier, que en la época
republicana produjo estudios literarios de obligada
referencia, como Lo cubano en la poesía,
y que en las primeras décadas revolucionarias
era mal visto por su catolicismo, a partir de
1992, cuando el régimen se desplaza hacia
el nacionalismo poscomunista, se convierte en
el intelectual orgánico por excelencia
del castrismo tardío, en el clérigo
que reconcilia la República y la Revolución,
Cristo y Marx, Lezama y Castro.
Así
visto, tu ensayo es también una antología
de las paradojas de nuestra tradición más
reciente: una Revolución que entierra al
republicanismo que la prohijó, que manipula
los límites de la cultura para desactivar
el capital intelectual del exilio, que acaba convirtiendo
a un escritor católico, como Vitier, en
intelectual orgánico y a un intelectual
orgánico, como Fernández Retamar,
en letrado tradicional... Más allá
del oportunismo táctico, ¿cuáles
serían los rasgos distintivos de la cultura
revolucionaria cubana?
Tengo
la impresión de que el momento específicamente
revolucionario de la cultura cubana es el que
se extiende de 1959 a 1968. Lunes de Revolución,
La Gaceta de Cuba, Casa de las Américas,
El Caimán Barbudo y buena parte de la narrativa,
la poesía, la gráfica y el cine
que se producen en esos años describen
una atmósfera de cambio social, donde no
faltan discursos jacobinos, antiburgueses, anticatólicos,
pero, también, antiestalinistas, ya que
para entonces Fidel Castro, aunque se lo ha propuesto
desde 1961, aún no ha logrado sellar su
alianza con Moscú. El respaldo de Castro
a la invasión soviética de Checoslovaquia,
en 1968, y su distanciamiento de la revuelta estudiantil
de ese año fueron las pruebas de lealtad
que faltaban para inscribir plenamente a la isla
en el bloque comunista. Lo que viene sucediendo
desde 1992, sobre todo en el orden de la cultura,
no es más que el intento de simular una
reconciliación nacional, desde el poder,
para hurtar simbólicamente el discurso
pluralista sin proceder a un cambio de régimen
y una transición a la democracia.
La
última parte de Tumbas sin sosiego dibuja
una especie de mapa del desencanto: el de una
cultura desmembrada pero provocadora, un poco
cínica, muy lejos de las aspiraciones eugenésicas
que proclamó la Revolución. ¿Cuál
crees que es la principal diferencia entre la
generación de los ochenta, a la que tú
mismo perteneces, y la que ahora mismo trata de
encontrar un espacio entre la isla y el exilio?
Las
tensiones entre generaciones contiguas, por lo
general, son muy fuertes e impiden valorar con
justicia el carácter acumulativo del trabajo
crítico. A nuestra generación le
tocó reaccionar, tal vez con excesiva vehemencia,
contra los mitos históricos de la ideología
del poder en Cuba. La última generación
de intelectuales cubanos, la nacida alrededor
de 1980, recibe esa herencia de desmitificación,
pero, a la vez, se siente más libre a la
hora de ponderar los múltiples legados
de la cultura cubana. En la obra ensayística
de Duanel Díaz Infante o en la historiográfica
de Alain Basail Rodríguez, por poner dos
casos de autores que no rebasan los treinta años
y que se mueven en disciplinas similares a las
nuestras, encuentro menos ansiedades políticas
y una mayor serenidad a la hora de cuestionar
mitos y sopesar tradiciones. ~
Tomado
de Letras Libres.